16 Diciembre
Bueno, los no avances.
He dormido poco. La piel de Soufian, el olor de Soufian...
Me he pasado la noche dando vueltas en la cama con la sensación de que estaba bajo el efecto Soufian, como si fuera una droga.
Creo que estoy perturbada a nivel químico.
Pero no solo eso...
Lo que me pasó ayer con Soufian también me ha alterado en el plano emocional.
Vengo de la lavandería, de recoger mi nuevo uniforme: la chaqueta con una ramita de acebo bordada del equipo tronco.
Con cuidado, quito el envoltorio de plástico, desdoblo la chaqueta, me la pongo y aliso con las manos las marcas de los dobleces. Encuentro un rincón discreto para hacerme un selfi y se lo envío a mi padre.
Papá: Menuda chaqueta!
Gracias, papá. Siempre tienes la respuesta adecuada.
Dejo mi taza en el lavavajillas, compruebo que tengo el pelo en su sitio, guardo el móvil en la taquilla. Sweet Dio no es tan estricto como Odette respecto a los teléfonos, pero he aprendido a apreciar esa desconexión que me permite centrarme del todo en lo que estoy haciendo.
Voy hacia la zona de trabajo. Es el mismo pasillo, la misma cocina.
Pero antes iba a currar y ahora soy un gladiador que camina hacia su destino.
O, mejor, una estrella que camina por la alfombra roja, porque el destino de un gladiador es que se lo coma un león.
En cualquier caso, no soy «Suzanne sin más»: soy Suzanne, elegida para crear el tronco de Navidad con el que se celebrará la Nochebuena en el Rivoli Palace de París.
Esa Suzanne.
Paso a saludar a Gwenn y a Soufian, que se pone rojo cuando me ve. Me sirvo una taza del caffè della Nonna y se me acerca.
Huele bien.
Huele a Soufian.
Lo cual me hace evocar imágenes.
–¿Qué haces a las cuatro? –me pregunta.
–Hola, ¿qué tal? –respondo, evasiva.
Me gusta verlo confundido.
–Bien... ¿Y tú?
Pongo fin a su suplicio:
–Esta noche ceno en casa de Alex a las ocho, y no he terminado la tarta selva negra...
–Te puedo ayudar.
¿Es razonable? A él debe de parecerle que sí, porque dice:
–Quedamos a las cuatro y media en la esquina de la plaza de la Concordia... Si te viene bien, claro.
Me viene bien. Solo espero que no pretenda que vayamos al Louvre.
Me acerco a Léo con cierto temor.
No sé si debería contárselo o no. Además, ¿qué le digo?
¿Que ya no estoy con él? No estábamos saliendo.
¿Que he besado a Soufian? No me he limitado a besarlo.
Besarse así es como hacer el amor.
Pero eso a él no le importa, ¿verdad? Me tiende un bol.
–Estamos empezando a conseguir una textura que no está mal. Vamos a cubrirla con merengue para hacer una bola.
El merengue, que es un buen aislante, impedirá que el flameado derrita el helado: es el principio de la tortilla noruega.
–Luego, haremos una red de chocolate para imitar las cuerdas del globo. ¿Te parece bien?
Y cuando lo flambeemos, el chocolate se fundirá. Pero seguimos sin saber si Amanda había pensado que el globo alzara el vuelo en medio del restaurante.
Es lo que le explicamos a Bala cuando viene a mediodía para comprobar cómo vamos.
Escucha, le echa un ojo a nuestra crema, la prueba. Parece que le satisface. Sale de la cocina...
Nos miramos.
Sweet Dio pregunta:
–¿Creéis que le ha gustado?
Pero entonces, Bala vuelve y suelta:
–Es demasiado complicado.
Sweet Dio lo mira alarmado. ¿Cómo que «demasiado complicado»?
–¡Es muy enrevesado, y tenemos prisa! –insiste Bala–. No sabéis adónde queréis llegar.
–¡Casi lo tenemos! –protesta Léo.
–«Casi» no es suficiente. No puedo esperar más. Tengo que informar al equipo de comunicación mañana a la una del mediodía, y no quiero que hagamos algo que no sabemos si va a salir volando, a flambearse o a fundirse. Buscad otra cosa.
Y, sin más, se va.
Sweet Dio se tapa la cara con las manos.
–Volved a casa. Tengo que reflexionar –masculla.
Como nos quedamos ahí plantados, se pone a gritar:
–¡No quiero ver a nadie en la cocina!
Tengo el tiempo justo para volver a casa a peinarme y maquillarme antes de quedar con Soufian. No tengo ni idea de lo que tiene pensado, pero me digo que así estaré lista para la cena en casa de Alex. Aunque tendré que pasar por el hotel para terminar la tarta...
Cuando llego a la esquina de la calle Rivoli con la plaza de la Concordia, el sol ya recorre los Campos Elíseos hacia el Arco del Triunfo. Las luces se encienden en las ventanas de los edificios. Soufian me ve y no puede contener una exclamación de sorpresa.
–¡Hala! ¿Cómo has adivinado que íbamos a un sitio elegante?
Él también va arreglado. Lleva unos vaqueros negros y unas botas de cuero.
–No lo sabía... –Me he puesto el traje de chaqueta, con mi abrigo largo negro y las botas de tacón–. Te recuerdo que ceno en casa de Alex.
Bueno, no me he arreglado para Alex, pero tampoco hace falta que lo sepa.
–Estás muy guapa.
«Tú también estás muy guapo, con esa pinta de que estás como en tu casa en todas partes y en ninguna al mismo tiempo», pienso.
No lo digo, por supuesto, igual que tampoco le hago la pregunta que me arde en los labios: «¿Por qué estamos en la plaza de la Concordia y no en mi casa, continuando la “conversación” que dejamos ayer a medias? ».
–Ven.
Me agarra de la mano, y el contacto de su piel despierta circuitos neuronales que deberían estar prohibidos para menores de edad. Cruzamos corriendo hasta la calle Royale para evitar la hilera de coches que vuelven a casa de trabajar.
–¿Adónde vamos?
–¡Ahí!
Nos detenemos casi sin aliento.
A Soufian le brillan los ojos y tiene una sonrisa de oreja a oreja.
Estamos delante del hotel más lujoso de la plaza de la Concordia.
Soufian le indica al portero que tenemos reserva en el salón de invierno. No me suelta la mano mientras cruzamos las galerías de lujo, que me dejan boquiabierta. Cuando por fin nos sentamos, me permito quejarme:
–¿Eres consciente de que, si no hubiera quedado luego, me habría vestido como si fuera a trabajar? –susurro, un poco molesta.
–Aquí a la gente le da igual lo que te pongas.
–¿Tú has visto a esas señoras emperifolladas? Les importa muchísimo cómo va la gente.
–Son ricas, ¿qué más da? Incluso con el uniforme eres mucho más guapa que ellas. Les da igual, de verdad.
Me pellizco para comprobar que estoy despierta.
Soufian habla.
Y me hace cumplidos.
¿Estoy en otra dimensión?
–¿Té? ¿Café? ¿Champán?
–Té, por favor.
–Yo también –dice Soufian.
Mientras esperamos a que nos sirvan, miro a mi alrededor.
–¿Me lo explicas?
–Cuando alguien se dedica a lo que nos dedicamos nosotros, hay que pasarse al otro lado al menos alguna vez para comprenderlo.
–¿El qué?
–Todo. Lo que viene a buscar aquí la gente, lo que recibe...
El camarero, elegante como un bailarín de ballet, deja sobre nuestra mesa dos teteras de plata, otras tantas tazas de porcelana y una bandeja de varios pisos con pasteles y minisándwiches.
–La verdad es que me alegro por ti... Es genial que al final hayas podido entrar en el equipo tronco.
Entonces, ¿no vamos a hablar de lo que pasó ayer? Vale.
–Sweet Dio es un inútil –añade–, pero me alegro por ti.
–¡No es un inútil!
–¿Tiene un buen plan para el tronco?
–No.
Soufian no añade nada más.
–¿Y tú estás bien en el equipo de Odette? –le pregunto.
–Soy su favorito.
–Anda, ¡no me había fijado!
–Le encanta ese lado que tengo de «tipo hecho a sí mismo».
–¿Te has hecho a ti mismo?
–Solo tengo una FP... Pero, aparte de eso, es una buena tía. Sincera. Pura. Me dio una oportunidad. Creyó en mí.
Dudo, pero al final pregunto:
–¿Crees que podría haber matado a Amanda?
Él se atraganta con el té.
–¿Odette? ¿Estás de coña? Jamás.
Le ha salido del corazón. Pero ¿de verdad es objetivo? Como bien ha dicho, Odette lo adora...
–¿Por qué no terminaste la FP? –me dice de repente.
Ah. Ya estamos. A lo mejor ha visto que he encajado mal la pregunta, porque añade:
–Si no quieres hablar de ello, lo entiendo...
–Me echaron.
Él ladea la cabeza incrédulo:
–¿En serio te expulsaron? ¿Pegaste fuego al insti, o qué?
–Casi...
Sonrío, pero el ambiente ha cambiado.
–Lo siento –dice Soufian–. No tendría que haberte preguntado. No es asunto mío.
–Bueno, si querías saberlo, no hacía falta que me invitaras a un hotelazo.
Suelta una carcajada.
–Tengo un colega que trabaja aquí. Me debía una, pero no te he invitado por eso. Mira a tu alrededor.
Le hago caso. Es precioso.
–¿Qué hacen los clientes? –pregunta Soufian.
–¿Comer pasteles y beber champán?
–Mira bien.
Vuelvo a obedecer. Veo paredes decoradas con espejos, manteles blancos cubiertos de vajillas y bandejas de plata, tazas de chocolate, sándwiches con forma de triángulo, abrigos de visón, bolsos que solo se pueden comprar con lista de espera, mujeres con piernas interminables y hombres que se creen superiores, turistas asiáticos con el pelo negro y ojos asombrados, americanos que calzan crocs ...
–Están todos mirando el teléfono –me explica Soufian–. No comen: suben fotos a las redes sociales.
Tiene razón.
–Somos unos artesanos excelentes, pero a ellos les da igual lo que hacemos. Lo más importante no es que esté bueno: es que tenga pinta de estarlo.
–¿Tú crees?
–Estoy seguro. Por eso siempre preferiré a una Odette antes que a una Amanda o a un Sweet Dio. A ella le dan igual las redes sociales. Busca la verdad.
–¿La verdad? ¿La verdad del hojaldre?
–Exacto.
Soufian me acompaña dando un paseo, a pesar del viento glacial que se cuela por los soportales de la calle Rivoli.
Hemos pasado por la cocina de las bodas para montar mi tarta selva negra.
Cuando hemos sacado las virutas de chocolate para decorar la tarta, nos hemos visto obligados a comernos algunas.
Los dos estábamos pensando en lo de ayer, estoy segura. Por suerte (o por desgracia), yo llevaba prisa; si no hubiera sido así, sé que habríamos cedido a la tentación de saborearnos los labios llenos de chocolate.
No sé él, pero yo me muero de ganas. Y... Bueno, claro que sé que él también. Sin embargo, él mantiene las distancias. A veces nos rozamos, pero no me atrevo a cogerle de la mano. Hablamos de París, de su sueño de infancia de trabajar en un gran hotel como el Rivoli.
En el portal de mi casa, me mira a los ojos.
¡Cuántas cosas me dice solo con la mirada!
Me dice: tengo ganas. Me dice: voy en serio. Me dice: me da un poco de miedo.
–¿Hasta mañana?
Estoy a punto de besarlo cuando me coge de la mano.
–Suzanne, hay algo..., pero no te va a hacer mucha gracia.
El suelo se abre bajo mis pies. Me va a confesar que tiene novia.
–Amanda estuvo en la habitación 24 la noche en que la asesinaron.
Ah, vaya... Por absurdo que sea, me siento aliviada. Además, ya lo sabía, en vista de que allí es donde perdió el cuaderno. Aunque, en realidad, no sé si lo perdió, teniendo en cuenta que no lo encontré. Pero es lo que me he estado diciendo a mí misma desde el principio.
De hecho, la verdadera pregunta es:
–¿Eso qué tiene que ver conmigo?
–Amanda había quedado allí con alguien.
Sigo sin entender nada. Sus palabras me dan vueltas en la cabeza igual que la nieve que nos rodea.
–¿Con quién?
–Con Alex Moore.
¿Alex? ¿Mi Alex?
–¿Có... cómo lo sabes?
–Lo sé, sin más. –Y añade–: Suzanne..., ten cuidado.
–¡Ah! ¡Aquí está nuestra Suzette! –exclama Alex tras abrir la puerta.
Huele genial, a una mezcla de velas de lujo y estofado.
–Dan ha hecho osobuco. Entra rápido para no enfriarte.
Me quito el abrigo y le tiendo la tarta selva negra para que la meta en el frigo.
–¿Cómo sabes que es mi postre favorito?
–He echado mano de mis contactos.
–¡Con todo el trabajo que tienes! ¡Es extraordinario!
Una luz calurosa inunda el salón, que se mantiene caliente gracias a la chimenea encendida, delante de la cual duerme un gato.
La última vez no lo vi...
–¡Te presento a Platón! –dice Alex–. Ha entendido el sentido de la vida.
–Es el único –responde Marianne, que está abriendo una botella de vino.
Lleva una falda lápiz muy bonita y unos zapatos de salón. Dan, la pareja de Alex, a quien aún no conocía, lleva un cárdigan de cachemira y babuchas de cuero.
Son gente elegante. A la antigua, pero elegante.
–Suzanne es la hija de mi amiga Marion. ¡Éramos inseparables cuando estudiábamos!
–¿Ella también estudió hostelería? –pregunta Dan.
–¡En absoluto! –exclama Alex–. Hizo medicina, pero se pasaba todo el día con nosotros. Supongo que éramos más divertidos que los cirujanos en ciernes.
En el salón hay varias fotos enmarcadas de mi madre, y me conmueven tanto que siento que las lágrimas me acuden a los ojos. Tuvo que ser una amistad muy importante para él, si ha conservado esas fotos durante cuarenta años.
–Y esta eres tú de bebé...
Saca un álbum de un mueble de diseño que recorre toda la pared del comedor. Hay todo un amasijo de libretas, álbumes de fotos, recuerdos...
–Me la envió poco después de que nacieras. Por entonces ya no nos veíamos, pero seguíamos en contacto.
Contemplo una foto de mi madre, de pie delante de un tocadiscos rodeado de vinilos. Una oleada de recuerdos me abruma. Mi madre nunca escuchó música en CD, y mucho menos en MP3. Decía: «No hay que comprimir la música. Si lo hacemos, al final acabaremos por comprimirlo todo».
Durante la cena, Dan cuenta anécdotas graciosísimas (trabaja en el mundo de la moda) y Marianne habla de sus paseos con su nuevo novio (aunque insiste una y otra vez en que no quiere nada serio porque le gusta demasiado su independencia).
También comentan los últimos libros que han leído y, al cabo de un rato, Alex abre una segunda botella de vino.
La cabeza me da vueltas por culpa del vino, por culpa de la nieve, por culpa de las conversaciones desordenadas que no me importan nada y de esas otras conversaciones que me importan demasiado, como cuando Alex habla de su juventud junto a mi madre.
Y, en el fondo, sigo inquieta.
¿Alex? ¿Con Amanda? ¿Justo antes de que muriera?
Tengo que preguntárselo. Pero ¿cuándo? ¿Delante de todo el mundo? Me voy a cargar el buen rollo. Aprovecho un momento en que estamos los dos solos en la cocina, recogiendo antes de servir el postre.
–Alex, ¿puedo preguntarte una cosa?
De pronto, alguien llama a la puerta.
Alex se sobresalta.
–¿Qué pasa?
Más golpes en la madera, fuertes e insistentes.
Alex entra en pánico y corre hacia la puerta para abrir. Nadie llama así, a no ser que sean los bomberos o la...
–¿Comandante Meunier? ¿Qué sucede?
–Señor Moore, tengo que pedirle que nos acompañe.