Cozy love y crímenes navideños 15 Diciembre
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15 Diciembre

–¡Joder! ¡Es que no nos sale ni lo más básico!

Léo tira un montón de cortadores de galletas que tienen la mala suerte de encontrarse sobre la mesa de trabajo. Se deslizan por el acero inoxidable antes de caer al suelo con gran estrépito.

Por una vez, no soy yo la que se pone de los nervios.

Una de las tandas de nata montada se ha cortado.

–¡Hace demasiado calor en este maldito sitio!

Pero no es culpa de la temperatura: Léo ha ajustado mal la batidora. Ni siquiera es un error de principiante... Y eso solo puede significar una cosa: estamos demasiado estresados.

–Empezamos de cero –dice, poniendo los boles en el fregadero–. Batidora uno: claras batidas a punto de nieve. Batidora dos: mascarpone. Batidora tres: nata fresca.

–¿No quieres que hagamos una pausa? Estamos atascadísimos.

–Sí, joder, tienes razón.

El aire glacial nos viene bien. Nos quedamos ahí, en silencio, pelándonos de frío con el abrigo abierto sobre el uniforme. Léo se fuma un cigarro.

–¿Es cierto que Amanda no comía nada dulce? –pregunto.

–Sí.

–¿Dedicándose a esto? ¿Cómo lo hacía?

–Probaba, pero nada más. Estaba obsesionada con su imagen y decía que estaba enganchada al dulce. Por eso se había declarado abstemia en todo lo relacionado con el azúcar.

–¿Abstemia?

–Al menos, oficialmente.

–Porque, en realidad...

Él me mira como si me fuera a confiar un secreto de Estado.

–Cuando estaba estresada, cedía a la tentación.

–¡No me digas!

–Sí. La gente cuenta auténticas locuras. Una vez, se zampó una tarta de cumpleaños que había tardado dos días en hacer. Hubo que volver a prepararla en una hora. Bala estaba furioso. Pero la verdad es que Amanda había tenido un día de mierda.

Aplasta la colilla.

–Suzanne...

–¿Sí?

–¿Tú y yo...?

Mierda.

–¿Tú y yo qué?

–¿Qué somos?

¿El ligón del barrio me está preguntado qué somos?

Entro en pánico y suelto una frase hecha:

–No quiero nada serio.

Él dibuja una sonrisa enorme.

–¡Aún mejor! ¿Quién ha hablado de ir en serio? ¡No querrás que nos casemos!

–Ni en sueños, chaval.

–Qué maja...

–¿Qué? ¿Tú te ves casado?

–Bueno, ahora no, pero algún día...

¿Léo? Si está casado con su trabajo... Se enciende otro piti.

–Pero, para todo lo demás, estoy a tu disposición.

Le doy un codazo.

–Eres tonto.

–Yo solo digo que, cuando tengas ganas, estoy a tu servicio.

–Ah, ¿sí? ¿En plan gigoló o qué?

–Eso es. Si la señora lo desea...

Volvemos a la cocina riéndonos. Cuando paso por delante de Soufian, apenas levanta los ojos de su mesa de trabajo, pero es evidente que nos ha visto.

Y no sé por qué, pero me siento culpable.

Es absurdo, pero no me gustaría que pensara que estoy con Léo.

Papá: Acabo de mirar los trenes. Sé que lo tienes difícil hasta el 25 con el trabajo, pero puedo ir el 26 y así celebramos un poco la Navidad en París los dos, no? Qué te parece?

Ideaza!

Me rompe el corazón saber que mi padre estará solo en Navidad. Bueno, no estará solo del todo, irá a la casa de su hermana, pero es la primera vez que no estaremos juntos...

Alex me ofrece una habitación en el Rivoli, pero me parece demasiado. Buscaré algo más sencillo.

Seguro? Si lo ofrece él...

Lo que te apetezca, pero ven! Es buena idea! Qué ganas tengo de enseñarte dónde vivo!

Dónde estás?

Josépha: B

Voy.

Me encuentro a Josépha en la puerta del ascensor B.

–¿Tienes un minuto?

–Estoy en el descanso. Ven, vamos a mi escondite, tengo que merendar.

Cuando nos tiramos en nuestro rinconcito, me tiende la tableta de chocolate de Dubái. La rechazo.

–Qué bien se está aquí, ¿no?

–Sí.

Tenemos las rodillas casi en las orejas y la espalda encorvada, pero es cierto que este sitio es muy acogedor.

–Tengo una exclusiva –digo–: Amanda sí comía dulce.

–Ah, ¿sí?

–Solo cuando estaba muy estresada. De hecho, se declaraba abstemia... Pero, a veces, cedía.

Josépha reflexiona.

–Entonces, tal vez la envenenaran.

–Es imposible.

–Espera, déjame terminar con mi teoría –dice–. La noche del asesinato, o estaba estresadísima y fue a comprarse algo a una pastelería...

–Es absurdo –la interrumpo–. ¿Para qué iba a molestarse? Si algo hay en las cocinas es dulce. Cuando eres adicto a algo, pillas lo que tienes a mano.

–Pero a lo mejor le apetecía algo concreto...

–No creo. Ten en cuenta que no querría que la vieran.

–Vale, pero hay otra posibilidad: alguien le dio un dulce envenenado.

–Entonces, el asesino no sabía que no tomaba dulces... En ese caso, no la conocía bien.

–O sí que la conocía y sabía que estaba estresada.

–Siempre estaba estresada.

–Especialmente estresada.

De repente, Josépha me hace un gesto para que me calle. Se oyen ruidos en la sala de al lado. Con cuidado, abre la trampilla que permite escuchar lo que se dice en el salón privado.

–La policía –susurra.

–Póngase cómoda, como si estuviera en su casa –dice un hombre–. ¿Té? ¿Café?

Miro a Josépha, que me susurra al oído:

–Es Rosière, el director.

–Nada, gracias...

Reconozco esa voz. Es la de Adeline Meunier, un tanto amplificada y deformada. Tengo la impresión de que estoy escuchando la radio en una película antigua en blanco y negro.

–¿Sabía usted que, en ciertas ocasiones, la señora Tuile reservaba la suite Obelisco? –pregunta la comandante.

–No entiendo a qué se refiere –responde Rosière.

–Empiezo de nuevo –repite Adeline, paciente–. Sabemos que, en ciertas ocasiones, la señora Tuile reservaba la suite Obelisco.

–Si lo sabe, ¿para qué me pregunta?

Un tintineo de porcelana. A lo mejor alguien sí que se ha servido té.

Después de todo, estamos en el Rivoli Palace. Es como en la comisaría: hay que respetar ciertos procedimientos.

–Para comprobar su nivel de colaboración –responde Adeline–. Puede seguir usted haciéndose el tonto..., o nos puede ayudar. ¿Por qué Amanda reservaba la suite Obelisco, cuando disponía de un gran apartamento en la calle Faubourg-Saint-Honoré exactamente a seis minutos a pie de su lugar de trabajo?

–Nuestro deseo es respetar la intimidad de nuestra clientela. Comprenderá que la discreción es nuestra prioridad.

–Y usted comprenderá también que estoy investigando un asesinato...

Nada.

Apenas oímos que las sillas se mueven, solo algunos crujidos por aquí y por allá. Luego, Adeline Meunier habla otra vez. Se ha levantado y camina de un lado a otro, a juzgar por el ruido de sus pisadas.

–He venido con toda la discreción del mundo para ahorrarle esa mala publicidad que, según me dejó muy claro el prefecto, era mejor evitar.

Pero, si no es usted capaz de cooperar, tendré que volver con un mandamiento judicial y, sobre todo, con unos cuantos compañeros de profesión bien elegidos.

Por ejemplo, mis amigos de la brigada de estupefacientes: tipos con brazaletes y pistolas, en modo cowboy . ¿Sabe a lo que me refiero?

–¡Me cae bien! –susurra Josépha , sonriendo de oreja a oreja.

–Porque no estás en su lista negra.. . Yo sí.

–Bien –se rinde el director–. Supongo que, dadas las circunstancias, podemos hacer una excepción. –Un nuevo crujido. ¿Adeline se sienta otra vez? –. En efecto, la señora Tuile reservaba a veces la suite Obelisco... para alojar a una amiga.

–¿Una amiga? –susurro.

–Una amante –corrige Josépha.

El director no responde. Algunos silencios son más elocuentes que las palabras.

Josépha y yo esperamos a que todo el mundo se marche para volver a respirar. Entonces, ella me mira.

–¿Y bien...? ¿Qué te parece?

–Creo que, si Amanda tenía una amante, su esposa encabeza la lista de sospechosos...

–Y el veneno es una forma muy femenina de matar.

Reflexiono:

–Pero, si tenía una habitación reservada para su amante...

Josépha termina la frase por mí:

–... ¿qué narices hacía en la habitación 24?

Alex: Qué tal el EMDR?

Genial!

Ya notas la diferencia?

Sí, he dormido superbién.

Cenas con nosotros mañana? Viene Marianne.

Genial! Yo llevo el postre

Hola, Marianne, cuál es el postre favorito de Alex?

Es lo mínimo que puedo hacer por él.

Marianne: Selva negra.

Ok, hasta mañana!

Cuando termino mi turno, voy a la cocina de las bodas. A Alex le gusta la tarta selva negra, así que se la voy a regalar.

Al llegar, me topo con Soufian.

–Hola –le saludo.

Se quita los auriculares y sonríe.

–¿Entonces? ¿Os las arregláis bien?

–No, la verdad. Pero trabajar con Sweet Dio es increíble. Y además, es gracioso.

–La verdad es que sí que parece simpático.

Me pongo a sacar los ingredientes que necesito. Había pensado pasarme por el súper a comprar, pero qué pereza... Además, el Rivoli tampoco se va a arruinar.

–¿Qué haces? –me pregunta Soufian–. ¿Sigues con la crema de Amanda?

–No, es una tarta selva negra para Alex. Me ha invitado a cenar mañana. Voy a dejar preparados el bizcocho y la nata; así, mañana solo tengo que montarla.

Me tiende un bol y empuja hacia mí la bolsa de harina y la mantequilla.

–¿Y tú qué haces? ¿Estás con lo del concurso?

–Para nada. Sweet Dio le ha pedido a Odette bollería de Navidad. Detalles en rojo, cruasanes en forma de flor...

Me río.

–¿Y Odette ha sobrevivido?

–Le he prometido que mantendré la «autenticidad».

–Tiene suerte de contar contigo.

Nos ponemos a trabajar en silencio.

Yo preparo mi bizcocho: monto las claras a punto de nieve, añado el azúcar...

Soufian está amasando con el rodillo. Cuando las claras están bien compactas, añado las yemas.

Sin detener el robot de cocina, precaliento el horno y tamizo la harina.

El secreto es la fluidez, no dejar que a la masa le dé tiempo a reflexionar.

Hay que trabajarla sin interrupción y airearla.

Engraso la bandeja, vierto la masa, la aplano, la meto en el horno y luego caliento el chocolate sobre una placa de mármol para formar las virutas.

Las dejaré reposar en la nevera toda la noche.

–¿Sabes? –suelta de repente Soufian–. Sobre la habitación 24, quería decirte que... En realidad, sí que estaba hablando por teléfono.

–No es asunto mío.

–Sí, pero bueno... Me había llamado mi tía. La situación con mi primo es un tanto complicada a veces, y quería estar seguro de que no me escuchaba nadie.

También podría haber ido al despacho de Odette o a la azotea... Decido cambiar de tema:

–Odette me dijo algo raro: que comprendo la materia. ¿Sabes lo que quiere decir?

Él me mira.

–Que sientes la masa. Que puedes trabajarla en función del modo en que reacciona al aire, al ambiente, al grado de humedad... En resumen, que no te conformas con seguir la receta. Es un cumplido muy bonito.

–¿Y a ti también te parece que siento la masa?

Me mira un momento, mientras trabaja con un hojaldre invertido para formar las rosas de Navidad.

–Sí.

Lo dice en un susurro.

–¿Puedo ayudarte?

–¿Lo dices en serio? ¿No estás cansada?

–Mi bizcocho está en el horno, y lo que haces parece muy bonito.

Me pasa un cortador circular para que empiece a cortar láminas finas de masa, igual que está haciendo él. Luego hay que entrelazarlas.

–No, así no...

Se coloca detrás de mí para enseñármelo y me agarra la mano con firmeza.

Nunca lo había tenido tan cerca.

Noto su calor en la espalda.

Me guía la mano sobre la encimera enharinada para enrollar las tiras de masa.

Siento su aliento en el cuello.

Se detiene.

Dejo de respirar. Luego, vuelve a moverme la mano con mucho cuidado.

Recorremos la encimera con el cortador: arriba, abajo...

Ninguno de los dos quiere ir deprisa. Ninguno de los dos quiere que se acabe.

No quiero que aparte la mano de la mía, que su piel abandone la mía.

Hunde los dedos entre los míos, se entrelazan.

Me acaricia los nudillos y doy un respingo. Jamás me había afectado tanto un roce tan leve como este.

Me doy la vuelta. Él no se aparta. Al contrario, sumerge esos estallidos de caramelo que tiene por ojos en el fondo de los míos, frente contra frente. Cerramos los párpados para intentar resistirnos, pero, en realidad, ya le estoy desabrochando la chaqueta del uniforme para buscar su piel.

Y él me acaricia los ojos, los labios, las mejillas , con besos tan suaves como pájaros que sobrevuelan una fuente para co ger agua con el pico , antes de volver a rozar la superficie...

Lo aprieto contra mí, suspira. Me levanta y me sienta sobre la encimera.

Le rodeo las caderas con las piernas , y él me abraza como si quisiera fundirse conmigo .

Su boca busca mi boca. Ambas dudan, se encuentran, se buscan otra vez...

¡Ding!

El horno.

Volvemos a la realidad.

–Mierda. Lo siento –susurra Soufian, apartándose.

Pero no quiero que se arrepienta de esto.

Quiero que siga entre mis brazos.

Quiero ir más allá. Se abrocha la chaqueta, pero lo que yo quiero es quitársela.

–Se me ha ido la pinza... –dice.

A mí también, pero ¿qué más da? Cuando algo te sale así, sin pensarlo, de manera instintiva, es que...

Es él quien saca la bandeja del horno.

–¿No estás enfadada?

–¿Yo? No... ¿Por qué iba a enfadarme?

Me recoloco la ropa. Él se activa, mete los utensilios en el lavavajillas, la mantequilla en la nevera, la harina en la despensa...

Yo me limpio las manos en el delantal. Las tengo llenas de harina, suaves como un beso de Soufian.

Tengo ganas de lanzarme sobre él para seguir con lo que estábamos haciendo, pero él ya se ha puesto a trabajar otra vez.

Así que esto era lo que quería decir Josépha.

Con Léo, la cosa estuvo bien.

Esto... ha sido una locura.