14 Diciembre
Llego al Rivoli a las cinco y media para estar en mi puesto a las seis en punto, como indica mi horario de panadería. Me planto delante de la taquilla y veo que por fin han arreglado la cerradura.
Se me acelera el corazón.
¿Taquilla nueva = ascenso?
Ayer, Sweet Dio miró a Odette.
Odette se encogió de hombros.
Sweet Dio dijo: «Déjame que lo piense».
Supongo que no tardaré en descubrir su respuesta...
Paso por la lavandería para hacerme con un uniforme limpio. Me visto con cuidado, me recojo bien el pelo, me pongo la gorra y me ajusto el delantal, con cuidado de que no se me forme ninguna arruga en la chaqueta. Me remango, respiro hondo... y salgo del vestuario.
Y ahí me topo con Soufian, que me suelta:
–Es mi auricular.
Esto... ¿Qué?
–Estuve en la habitación 24. Se me tuvo que caer –explica.
–Ah, vale.
No le pregunto qué narices hacía en la habitación 24, pero lo explica de todos modos:
–Tenía que hacer una llamada.
¿Mentirá? Por supuesto que sí. Pero ¿por qué?
¿Estaría «haciendo cosas», como dice Josépha? ¿O tiene algo que ver con el asesinato?
No sé qué opción me inquieta más.
–¿Me lo devuelves?
–¿Perdón?
–El auricular.
–Ah, sí, claro.
Me lo saco del bolsillo.
–Gracias.
Se queda un momento mirándome y luego añade:
–Parece que la explicación que diste ayer fue una bomba...
–Bueno, es cierto que cayó como un bombazo –bromeo.
–Podríamos decir que eres una chica explosiva –comenta, y yo me echo a reír.
Se inclina y me ajusta el cuello de la chaqueta.
–Aun así, te vamos a echar de menos –dice.
–Sí, pero tampoco te vengas arriba... Todavía no está decidido.
–¿Suzanne?
Es Odette.
–Buenos días, chef, ¿qué tal va todo?
–Muy bien, gracias. Venga un segundo a mi despacho, si no le importa.
Me alejo caminando de espaldas. Soufian me sonríe, cruzando los dedos.
¿Me habrá mentido? Ya no estoy tan segura... Después de todo, quizá fuera solo a hacer una llamada.
Mientras recorro los pocos metros que me separan del despacho de Odette, me acuerdo de un día infernal, cuando trabajaba para el señor Legall.
Teníamos que entregar una tarta compuesta por cuatrocientos cincuenta choux para la boda de la hija del alcalde.
La fiesta había empezado hacía rato, y llevábamos trabajando diez horas seguidas sin parar.
Una hora antes de la entrega, al aprendiz se le cayó una plancha con cien choux cuando nos encontrábamos en la fase final: capa de caramelo y montaje.
Yo pensé: «Legall lo mata». Pero no fue así.
Mientras el aprendiz limpiaba el destrozo, nuestro jefe, supertranquilo, echó cuentas:
–Tenemos cuarenta de sobra. Nos faltan sesenta.
Yo ya estaba pensando cómo colocar los choux para ocultar el agujero cuando él se quitó el delantal, cogió uno limpio, se bebió un vaso de agua y dijo:
–Suzanne, haz masa para sesenta choux .
Yo estaba demasiado cansada para entrar en pánico.
Me puse a calcular: si trabajaba deprisa, necesitaba diez minutos para preparar la masa y veinte minutos de cocción.
Eso nos dejaba una media hora para formar sesenta choux con la manga pastelera, dejar que se enfriaran, rellenarlos de crema, cubrirlos de caramelo y colocarlos sobre la pieza.
Acabábamos de hacernos un maratón y ahora teníamos que rematar con un esprint mortal.
–Lo hacemos en dos tiempos: treinta y treinta –propuse–. Mientras se enfrían los primeros, preparamos la segunda tanda.
–Gracias, Suzanne.
Entregamos un cuarto de hora tarde. Pero lo más importante es que no solo al señor Legall no le petó un cable, sino que ni siquiera sudó. Permaneció sereno e impecable. Para mí, que me ponía nerviosa por nada, esa fue la mayor lección que aprendí...
Odette me señala la silla que hay enfrente de la suya.
–Siéntese, Suzanne.
... y yo solo pienso en que tengo que acordarme de esto, independientemente de la respuesta de hoy.
–Prefiero quedarme de pie.
–Y a mí me gustaría que charláramos un poco.
Obedezco.
–El chef Buonasanta te acepta en su equipo –dice.
Por dentro, me pongo a hacer un bailecito de la victoria, chillando mientras giro sobre mí misma en medio del despacho. Por fuera, estoy impasible.
–Gracias, chef.
–No tiene que darme las gracias a mí, sino a él.
–Gracias por aceptar.
–No obligo a nadie a trabajar conmigo. Pero me cae usted bien, Suzanne. Tiene talento, es aplicada y comprende la materia, y eso es raro.
¿Que comprendo la materia? Eso no sé lo que quiere decir... Pero me da miedo interrumpirla o quedar de idiota, así que me callo. Ella continúa:
–Sé que su sueño es ser parte del equipo tronco, pero no se encuentra en un buen momento. Me veo en la obligación de indicarle que es probable que no sea una buena decisión para su carrera profesional.
–Vine para eso, chef. Debo aprovechar la oportunidad.
Ella se pellizca el puente de la nariz y se hunde en la silla para reflexionar.
Aprovecho para mirar a mi alrededor. No hay mucha decoración: una foto de una casa junto al mar (¿en Normandía?), el retrato de una mujer (¿su madre?) y una foto enmarcada en la que salen Amanda y ella, jóvenes, con el uniforme de aprendices.
–También puede quedarse con nosotros y esperar a que llegue su turno.
–«Más vale pájaro en mano que ciento volando». Es lo que siempre decía mi madre.
–Su momento llegará, Suzanne. Pero, en este caso se arriesga a unirse al equipo perdedor. Deje que se estrellen.
–En realidad, ese no es mi estilo. Y no nos vamos a estrellar... Lo conseguiremos.
Ella sonríe satisfecha.
–No esperaba menos de usted. Pero tenía que decírselo.
Alex: Hello Suzanne! Hoy viene mi amiga. La que hace EMDR. Te pasas por casa esta tarde? Sin compromiso.
Después de todo, no tengo nada que perder.
Vale!
Entro en la cocina con un nudo en el vientre muy particular, una mezcla de nerviosismo y ganas, como antes de una cita.
Gwenn me ofrece un abrazo.
–Enhorabuena.
Soufian se conforma con levantar el pulgar y, al verlo, me pregunto qué habrá querido decir Odette con eso de que «comprendo la materia». ¿Acaso Soufian «comprende la materia»? ¿A él también le parece que yo lo hago?
Mientras espero a que llegue el equipo tronco, observo el planning y me encargo de una de las tareas más sencillas: preparar tres kilos de masa quebrada y hacer tartaletas bicolores, con una florecilla en el fondo que nadie ve nunca. Tengo los ojos clavados en el reloj redondo.
A las ocho y cinco, llegan Léo y los demás.
–¿Y bien...? –pregunta Léo.
–Creo que me han aceptado en el equipo.
–Enhorabuena –responde.
Pero no lo dice en plan caluroso. Chavalote suelta:
–¿Esta con nosotros? Yo es que alucino.
Leo lo pone en su sitio:
–¿Tú eres el jefe? No, ¿verdad? Pues te callas.
A las ocho y diez, Sweet Dio entra en la cocina y pone en los fogones las cafeteras de la nonna .
Se limita a decirme:
– Benvenuta .
No hace falta tener un A1 de italiano. Respondo:
–Grazie .
Lo cual le arranca una sonrisa.
–Vamos a ponernos a trabajar con las pistas de Suzanne. Quiero que dos personas os encarguéis de las tejas, y otras dos, del helado y el merengue.
–¡Ni siquiera sabemos si quería hacer un tronco o varios individuales! –protesta Jane.
–Empezaremos haciendo un prototipo –replica Sweet Dio.
–Yo creo –se adelanta Léo– que quería hacer una especie de espectáculo. Un globo enorme.
–Pero no iba a echarlo a volar...
–El desafío es el helado –precisa nuestro jefe–. Quiero un helado de vainilla que tenga la misma textura y sabor que la crema fontainebleau de Amanda. Suzanne, Léo, conmigo.
Los demás nos miran celosos cuando lo seguimos hasta la zona reservada para la preparación de helados y sorbetes. Al pasar, le sonrío a Soufian.
Él me responde con otra sonrisa.
Y a Léo no se le escapa...
–Primero, la crema. Vamos a ir despacio. Empezamos de cero. Contadme: ¿qué le ponía Amanda a su crema?
–Vainilla –responde Léo.
– Molto bene –asiente.
Me hace gracia lo italiano que suena todo el rato...
–Naranja –aventuro.
–¿Aroma de naranja? ¿Azahar?
–Tal vez azahar. Le encantaba.
–¿Almendra? –añade Léo.
–Sí, todos esos ingredientes, pero falta algo. Y la textura supone un problema. Hemos probado todas las versiones de fontainebleau y no damos con ella. ¿Alguna idea, Suzanne?
–Tengo que hacer algunas pruebas por mi cuenta..., pero creo que es una especie de nata montada. ¿A lo mejor la hacía con mascarpone? En cualquier caso, no la hacía con claras de huevo.
–Yo creo que lo que la distingue es el aroma –propone Léo–. Nos equivocamos al trabajar la textura.
–Seguid buscando. El resto vamos a hacer una crema fontainebleau básica y vamos a intentar que siga siendo esponjosa cuando la pasemos a la heladera. O, casi mejor, intentad hacer una fontainebleau al mascarpone.
En resumen, tenemos que pasarnos la mañana haciendo una nata montada que tenga un efecto de mousse , con el sabor inimitable de la crema de Amanda.
–Bueno –dice Sweet Dio–, os voy a enseñar a trabajar la nata como se hace en mi pueblo. ¡Vamos a hacer helado italiano!
Trabajar con Sweet Dio es un sueño hecho realidad. En los vídeos nunca sonríe; se pone en modo latin lover herido. Pero en persona es amable, paciente, apasionado... El día se me pasa volando, y cuando acabamos son casi las seis de la tarde.
Delante de los vestuarios, detengo a Léo, que parece llevar prisa.
Ha estado un poco distante todo el día.
–¿Hay algún problema? –le pregunto.
–Me hubiera gustado que me hubieras hecho partícipe de tu «descubrimiento».
–Lo siento... No estaba segura de mí misma.
–Parecías muy segura de ti misma cuando soltaste la idea delante de todo el mundo.
–Me arriesgué mucho...
–Eso es cierto.
Suspira hondo y me propone:
–¿Nos tomamos algo?
–Esta noche no puedo...
–¿Alguna amiga tiene una emergencia?
–Para nada: es mi tío quien tiene una emergencia.
–Qué pena...
Hace como que va a besarme y, en el momento en el que acerco los labios (sí, a veces soy tontísima), se aparta y se despide:
–Hasta mañana.
Luego, se aleja guiñándome un ojo.
Es que me daría una torta a mí misma...
Josépha: parece que estás en el equipo tronco!!!!!!!
¿Cómo se ha enterado?
Te invito a algo para celebrarlo! Vienes a mi casa?
No puedo. Tengo sesión de EMDR donde Álex.
EMDR? Qué es eso? Da igual. Ya me contarás.
Llamo a casa de Alex, en el cuarto piso. Me abre, con una bata de seda sobre un traje de tweed .
–Suzanne, entra. ¿Quieres un té? ¿Un café?
–Un café me vendría bien, sí.
–Como tu madre –sonríe Alex–. Estaba enganchadísima al café. Yo soy más de té...
Es increíble, pero todavía no había venido a su casa. Es un bonito apartamento parisino con parqué, alfombras, ventanas de madera y molduras en el techo. Hay un piano, un sofá delante de la chimenea y un cuadro de arte contemporáneo en el comedor. Una mujer se levanta cuando me ve llegar.
–Flo, esta es Suzanne... Suzanne, te presento a Flo, una vieja amiga.
–No tan vieja –bromea Flo; es un chiste muy de madre.
Tiene el pelo blanco y largo, y lleva un jersey de cachemira enorme, unos leggings y unas botas. Es elegante. Alex sirve un té japonés en una pequeña tetera negra, charlamos un poco y, después, Flo dice:
–Si estás preparada, nos ponemos manos a la obra.
–Estoy lista.
La verdad es que no estoy muy segura...
–Vas a contarme con tus propias palabras lo que viviste. No te preocupes si hago gestos raros delante de tus ojos. Y, si no te sientes bien, me lo dices y hacemos una pausa. Cuéntame lo que pasó...
Igual que hice con la policía, repito la escena una y otra vez: el tintineo que hicieron las puertas del ascensor al abrirse, el coulis que no era coulis , el momento en que me lancé sobre Amanda para ayudarla...
Una vez más, oculto la información de la habitación 24. No sé por qué, pero siento en lo más profundo que eso es algo que no tengo que compartir.
Cada vez que cuento la escena, Flo me pide que encuentre palabras para explicarle lo que eso me provoca en el cuerpo, en mis emociones...
Después, hace un gesto con el dedo delante de mis ojos y tengo que contárselo otra vez, precisando ciertos detalles según sus preguntas.
Por extraño que parezca, eso me relaja, como si literalmente me quitaran las emociones negativas de los músculos.
Cuanto más revivo la escena, más segura estoy de que el cuaderno no estaba allí. Amanda no tenía ningún bolsillo. Llevaba el pantalón y la chaqueta del uniforme.
Sin embargo...
¿Qué es eso?
Había algo en el suelo, al lado del cuerpo...
–Una caja de repostería –digo.
–¿Cómo? –se asombra Josépha.
–Una cajita blanca, como las que se usan en las pastelerías para envolver un dulce. Pero era pequeña...
La sesión en casa de Alex ha terminado y ahora estoy en casa de Josépha, en Belleville. Por extraño que parezca, me siento tranquila tras la terapia de EMDR. Es un poco como si flotara, como si me hubieran quitado un peso de encima.
Josépha ha venido a buscarme al metro y me ha enseñado su piso compartido, que se encuentra en un edificio moderno.
Su habitación es cuadrada, con un colchón en el suelo, guirnaldas de colores, una cámara antigua, libros por todas partes y pósteres antiguos de películas.
Desde la ventana hay una vista increíble de la calle Ménilmontant, que baja hacia el centro de París.
Como teníamos hambre, hemos decidido ir a un restaurante chino que le gusta mucho.
Josépha ha pedido en mandarín, y ahora devoro unos dim sum deliciosos acompañados de unos fideos salteados que saben increíbles.
–¿Estás segura? –pregunta Josépha–. ¿Al cien por cien?
Como era de esperar, a ella se le da genial comer con los palillos, pero yo estoy sudando la gota gorda. En Bretaña no comía chino muy a menudo.
–Al parecer, a veces creamos recuerdos falsos. Digamos que estoy casi segura... De todos modos, se lo llevaría la poli.
–¿Y la caja estaba llena o vacía?
–¿Por qué? ¿Qué cambiaría eso?
–Podría significar que alguien le regaló un pastel antes de morir.
–O que se compró algo para merendar en la panadería de la esquina antes de ir a currar...
–Nah. Nunca comía dulce.
–¿En serio?
–¿No lo sabías? Amanda no probaba el dulce. Es increíble, siendo repostera.
–Entonces, ¿qué narices hacía con una caja de pastelería?
Cierro los ojos... Esta vez, me cuesta menos recordar, y no se me acelera el corazón ni me sube la bilis por la garganta. En cualquier caso, hablo con seguridad:
–El paquete estaba vacío..., así que se lo comió.
Alguna vez tendría que catar un dulce...
–¿Crees que la envenenaron? –pregunta Josépha, que se ha puesto blanca de repente.
–Te recuerdo que la apuñalaron.
–Eso no quiere decir nada –replica, lívida–. A lo mejor la envenenaron y la apuñalaron.
Hay algo que no entiendo: ¿por qué se pone así por hablar de esto...?