Cozy love y crímenes navideños 13 Diciembre
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13 Diciembre

Llego a casa jadeante, con las mejillas encendidas por el frío y por la subida hasta el sexto piso. Tardo cero coma segundos en quitarme las botas y el abrigo y plantarme delante de mi investigación repostera.

Despego el pósit en el que escribí todos los elementos que dejó caer Amanda sobre su proyecto:

Abro el ordenador y escribo en el buscador: «Globo Tullerías».

Ese día, un globo aerostático se alzó delante de cientos de parisinos entusiasmados.

Antes, en la terraza del Loulou, he pensado que debe de haber unas vistas increíbles desde el globo de los Juegos Olímpicos que se alza en el cielo todas las noches de verano.

Entonces, mi cerebro ha relacionado esa idea con lo que aprendí en clase de Historia sobre la Revolución francesa, ¡justo en la época en la que empezaron a desarrollarse los globos aerostáticos!

Si a «Tullerías, París y Revolución» le añadimos los elementos que reveló Amanda (esfera, soufflé , cesta de caramelo y estructura de hilos de chocolate) y los dibujos que encontré en su despacho (el círculo, algo que parece una llama), lo que tienes es...

Intento llamar a Léo, pero no responde. Supongo que se enfrió un poco cuando lo dejé plantado con una copa de champán en medio de la nieve...

Sobre todo, porque no es la primera vez que le hago algo así.

Pero, cuando le cuente lo que he descubierto, me perdonará.

Aunque, de todos modos, la verdad es que me importa un pepino que me perdone o no.

Voy a salvar el tronco de Navidad.

Siempre y cuando duerma un poco. Eso es vital.

Me meto en la cama y enseguida me quedo frita. Sueño con Léo, con Soufian, con pirámides de copas de champán, con cestas de caramelo que se derriten bajo un soplete y con la Nochebuena en el magnífico comedor del restaurante del Rivoli.

Mientras pedaleo sobre la bicicleta, empiezo a dudar. Reviso los pasos de mi razonamiento, y todo lo que anoche me parecía claro y cristalino ahora me parece arbitrario y sin fundamento.

Es cierto que hay dibujos de formas redondeadas como globos, y otros de una cesta hecha con tejas...

También es cierto que uno de los dibujos parece una especie de llama...

Así que tiene que ser lo que he pensado, seguro.

Pero no hay nada que lo demuestre.

Y hay algo que me he dejado fuera: en los bocetos pone «Balzac».

¿Qué tienen en común todos esos elementos y el famoso novelista del siglo xix ?

En los vestuarios, me cambio mientras sigo reflexionando. Antes de guardar el móvil en la taquilla, le echo un vistazo a la página de Wikipedia del escritor. Publicó casi noventa novelas. No me da tiempo a leérmelas todas antes del 24 de diciembre.

Me estoy abrochando la chaqueta de cocina y recogiéndome el pelo cuando oigo exclamaciones al otro lado del pasillo. El acento italiano es más que reconocible, igual que la voz tajante y nasal del chef Bala, tan genial como odioso, que está dándole una charla a Sweet Dio:

–Estamos en la mierda, Carmine. ¡En una mierda histórica!

¡Esto no nos ha pasado nunca! Llevo diez días fingiendo que sé lo que estamos haciendo, pero no puedo seguir así.

¡Los de comunicación, los de prensa, los jefes de rango, los clientes, el director...

! ¿Sabes cuánto tiempo me paso gestionando el problema del tronco de Navidad?

No hay respuesta por parte de Sweet Dio. ¿Qué le va a decir el pobre?

–¡Piensa en algo! ¡Lo que sea! ¡Un tiramisú, por ejemplo! Debería valer. ¡Le das un toque especial y lo llamas tiramisú de Navidad!

En la cocina solo está Soufian. Es el momento perfecto. Me saco el auricular del bolsillo y se lo tiendo. Tengo que salir de dudas.

–¿Es tuyo?

Él entrecierra los ojos.

–No lo sé... ¿Dónde lo has encontrado?

–En la habitación 24.

Finge, pero está claro que lo he desestabilizado. Me pregunta:

–¿Qué hacías en la habitación 24?

–Buscar el cuaderno. ¿Y tú?

Él no dice nada.

Ahí tengo mi respuesta.

Es su auricular.

Soufian ha estado en la habitación 24, sin duda.

Hacia las ocho de la mañana, Odette me dice:

–Suzanne, haga su pausa.

En la sala de descanso, me topo con Léo. Se está tomando un café mientras hojea un libro sobre la elaboración de la crema fontainebleau , una delicia que se hace con nata fresca. Me siento a su lado.

–Hola.

–Hola.

Está enfadado. Lo entiendo.

–Siento lo de ayer. Una amiga tuvo una emergencia.

Dudo si contarle lo que he averiguado. Para hacerlo, debería estar segura. Y no lo estoy, porque tan pronto me digo que soy genial como pienso que estoy loca.

–No me debes nada –dice.

–Sí, fuiste muy amable al invitarme y te dejé plantado...

Él se encoge de hombros.

–¿Sabes qué, Suzanne? Tengo otros problemas.

–¿Estás trabajando en la crema de Amanda?

Me mira como si fuera adivina. Señalo el libro.

–Unas de las pocas cosas que se saben de la crema de Amanda es que tiene una base de fontainebleau ... No hace falta ser un genio.

Parece derrotado.

–No encontramos nada. No tenemos ni idea de lo que Amanda tenía en mente, no conseguimos reproducir su crema...

–Saldréis de esta. Estáis en el camino correcto.

Él cierra el libro de un golpe seco.

–¡El camino correcto ni lo olemos! ¡Vamos a hacer un tiramisú para celebrar Nochebuena en el Rivoli Palace, Suzanne! ¡Un tiramisú! ¡Hasta mi madre sabe hacer tiramisú! Estamos metiendo la pata, y lo sabes muy bien.

–Aun así, saldréis de esta, te lo aseguro.

–¿Cómo?

Reflexiono.

–Puedo ayudaros, pero tendría que estar en el equipo.

–¿Estás loca? Esto es el Titanic , y tú vas en uno de los botes salvavidas. Quédate donde estás. No te tires al agua helada.

Me gusta mucho la comparación, y debo reconocer que aquí Di Caprio no se equivoca. Pero estoy segura de que puedo salvarlo.

Solo me falta una pieza del puzle, una sola: Balzac.

Cuando termino el servicio, me reúno con Josépha en su guarida. Me ofrece una tableta de chocolate de Dubái.

–Es mi vicio...

Le doy un mordisco. Está demasiado dulce.

–Podría estar bueno, pero sabe demasiado industrial –comento.

–Viviría solo de chocolate de Dubái. Bueno, ¿qué tal ayer?

–¿El qué de ayer?

–¡Léo! Por cierto, el traje de chaqueta de Saint Laurent te quedaba perfecto.

–El traje de chaqueta casi Saint Laurent. ¿Cómo sabes lo que me puse?

–¡Te vi en Insta!

–¿Qué Insta?

–El de Léo...

–¿Sigues a Léo?

–Sigo a toda la gente que curra en el Rivoli. Por cierto, tu cuenta está muertísima. Nunca subes nada. Si quieres dedicarte a esto, tienes que currarte un Insta y un TikTok. Ahora es así.

No se equivoca.

–Te puedo ayudar si quieres –propone.

–No estaría mal.

–¿Te das cuenta? ¡No tienes amigos!

Si ella supiera... No tengo amigos en Instagram, pero, sobre todo, no tengo amigos en general. He conseguido terminar a malas con la poca gente que me quedaba, aparte del señor y la señora Legall... Lo cual es patético a mi edad.

–¿Y tú? –pregunto.

–¿Yo qué?

–¿Sales con alguien? ¿Vas de fiesta, tienes amigos?

–No salgo con nadie ahora mismo... Salía con alguien, pero rompimos. Fue ella quien no aguantó.

–¿El qué no aguantó?

–A mí. No me aguantaba a mí.

Vaya. No me esperaba que la guerrera de Josépha fuera tan vulnerable. Le agarro la mano y veo de nuevo esa pulsera tan bonita, con la minitorre Eiffel. Me pregunto si se la regalaría su ex, pero no me atrevo a preguntárselo. Siento que no hay que presionarla. Ya se abrirá cuando esté preparada.

Igual que el otro día, enseguida aparta la mano y dice, fingiendo tranquilidad:

–Pero comparto piso.

–¿Y tus compañeros son majos?

–Son normales.

No sé si eso es bueno o malo. Enseguida cambia de tema:

–Tienes que venirte a casa un día de estos. Te va a encantar.

–Vale... Cuando quieras.

–Te voy a descubrir el verdadero París.

Papá: He comprado un árbol! Lo he decorado pensando en ti. Besos!

Es precioso! Y has puesto los calcetines en la chimenea!

Sí . Va bien el trabajo? Algún problema?

No! Bueno, es duro, y lo del asesinato no ayuda a que haya buen rollo, pero lo llevo bien.

Una vez en casa, subo el radiador a tope y abro el ordenador. En el buscador escribo: «Balzac».

Necesito pensar en cualquier cosa que no sean Soufian y su auricular, Odette y su coartada...

Honoré de Balzac.

Seudónimo de Honoré Balzac.

Escritor francés del siglo xix .

Nacido en Tours.

Más de noventa novelas.

Novela naturalista.

La comedia humana.

¡Todo eso ya lo sé! Me lanzo a por los resúmenes de las novelas más famosas. No me sirve de nada. Sin embargo, estoy convencida de que, si descubro por qué Amanda escribió «Balzac» en los dibujos, resolveré el misterio del tronco de Navidad. La chef dejó una especie de acertijo.

Nos ha desafiado a todos..., y me encantan los desafíos.

¿Calle Balzac? ¿Hotel Balzac?

Me levanto, le doy tres vueltas a la habitación (no tardo mucho), miro la nieve que cae por la ventana... Vuelvo al ordenador y escribo: «Pastelería Balzac».

¡Bingo! «En 1867, Balzac, el chef del Grand Hotel de París, decidió crear un postre científico».

¡No es Balzac el escritor! ¡Es otro Balzac! ¡Un cocinero!

«Inspirándose en los descubrimientos sobre la conductividad del calor, creó la tortilla noruega».

¡El inventor de la tortilla noruega!

Pedaleo a toda velocidad sobre Praliné, intentando no resbalar en la nieve helada. Delante del Rivoli, suelto el manillar y le dejo la bicicleta a Armand.

–¡Lo siento! ¡Tengo muchísima prisa!

Rodeo la manzana de edificios corriendo, meto el código en la entrada, cojo el ascensor S1... Y llego a la cocina empapada de sudor. Los panaderos se han ido, pero Sweet Dio sigue ahí con el equipo tronco: están haciendo un tiramisú de castañas con forma de castaña.

A mí no me parece que esté mal, pero Léo tiene cara de querer tirarse por la ventana.

Recupero el aliento y suelto:

–Creo que lo he encontrado.

Todo el mundo se vuelve hacia mí.

–Sé lo que quería hacer Amanda –digo.

Sweet Dio me mira asombrado. Parece que no me ubica.

–Es Suzanne, del equipo de Odette –explica Léo.

–Ah, ¿sí? –reacciona Sweet Dio. Bueno, pues vamos a escuchar lo que nos tiene que contar Suzanne.

Saco de mi bolsa todos los pósits que he quitado de la pared al salir y los pego sobre la mesa de la cocina.

–He hecho un resumen de los últimos diez troncos de Amanda...

Todo el mundo me mira como si estuviera chalada menos Sweet Dio, que parece sorprendido. Me tiende un rotulador y me dice:

–Adelante, Suzanne, sigue con la exposición.

–A Amanda le gustaba mantener el misterio, pero dejó miguitas de pan que nos permiten saber adónde se dirigía.

Al lado de los pósits, escribo las palabras clave:

– París

– Louvre

– Tullerías

– Revolución francesa

–Y además, conocemos los elementos en los que trabajaba su equipo: la crema, claro..., pero también un helado de vainilla, una cesta de caramelo y una estructura de chocolate.

Por el rabillo del ojo veo que Odette está ahí, observando mi explicación desde el fondo de la cocina.

Ya nada me detiene.

–Lo que más me ha despistado ha sido lo de Balzac.

–¿Balzac? –pregunta Léo.

–Lo vi en un vídeo de un canal de cocina. La periodista le pidió a Amanda que diera algunas pistas. Ella respondió que estaba trabajando en sus obsesiones de siempre... y en Balzac.

Es mentira: esa información la he sacado de un trocito de papel que encontré en el despacho de Amanda, donde no debería haberme colado. Pero supongo que nadie va a comprobarlo.

Continúo:

–Creía que se refería al escritor, pero, en realidad, hablaba del chef del Grand Hotel que inventó la tortilla noruega. Es lógico, ¿no?

Parece que nadie le encuentra la lógica.

–¿Entonces? –pregunta Sweet Dio–. No entiendo muy bien adónde quieres llegar...

Aspiro una gran bocanada de aire y me lanzo:

–¡Amanda quería hacer una tortilla noruega con forma de globo!

Miradas asombradas. Este no es el éxito que me esperaba. Pero no dejo que eso me desanime:

–Me apuesto lo que sea a que su tronco era así: una base de helado de vainilla inspirado en su crema, una capa de merengue, una cesta de tejas sujeta con cuerdas de chocolate... y todo flambeado.

Sé lo que están pensando, porque yo le doy vueltas a lo mismo desde esta mañana: «O es una genialidad, o está tarada». Me planto delante de Sweet Dio.

–Quiero formar parte del equipo tronco. Quiero trabajar con vosotros.