12 Diciembre
–Muchas gracias por venir –me saluda Adeline Meunier.
Como si hubiera tenido elección...
Declinar una invitación a cenar da mal rollo, pero es posible si realmente no quieres ir.
Declinar una invitación de la policía, sin embargo... Eso casi equivale a darse a la fuga.
Me fijo en que la nueva sede de la policía judicial, al norte de la ciudad, es mucho menos Emily en París que el mítico número 36 de la calle Orfèvres.
Pero me guardo las consideraciones cinematográficas y me concentro en Adeline, intentando olvidar la lucecita roja de la cámara de vídeo que me graba y el armario empotrado con chaleco antibalas que monta guardia.
Es una combinación que mete miedo.
Casi pido que me acompañe un abogado. El problema es que el único abogado que conozco es mi padre... Y no me apetecía mucho llamarlo en plan «Hola, papá, ¿qué tal? Oye, que me ha citado la policía, ¿te vienes?», sobre todo teniendo en cuenta que me paso la vida intentando tranquilizarlo.
Adeline Meunier lee lo que imagino que es mi declaración acerca de la noche del crimen, como si no se la supiera de memoria. Luego, se quita las gafas y me mira.
Tengo la impresión de que estoy el despacho de la directora del insti.
Aprobé bachillerato por los pelos, pero si hubiera habido una asignatura de tocarle las narices a la directora, habría sacado matrícula.
Sin embargo, esta situación es algo más seria: en este caso, el castigo podría durar veinte años.
La comandante me desliza por encima de la mesa el papel que estaba leyendo. No es mi declaración, sino una denuncia. La que puso el padre de Josselin Menard hace dos años.
Mierda.
–Tiene usted antecedentes por agresión, señorita Secrétant.
Tengo ganas de responderle que el tío no dejaba de pincharme, que se atribuyó el mérito de una ganache que hice yo, que intentó encerrarme en la despensa para meterme mano y que ese cabrón solo recibió su merecido...
–Tres puntos de sutura en el arco superciliar...
... Sí, y también le arranqué un mechón de pelo, pero no serviría de nada explicarlo. Ya lo he contado mil veces y, aun así, la gente solo se queda con lo que hice yo.
–Su historial escolar también hace mención a varios incidentes.
¡Ha echado mano de mi historial escolar, cómo no!
No respondo. ¿Qué digo? ¿Que estaba cabreada?
¿Que mi madre había muerto? ¿Que unos cuantos gilipollas aprovecharon para acosarme?
¿Que tenía ganas de cargarme a todo el planeta porque la mejor persona del mundo me había abandonado?
¿Que una panda de pringados con mala baba se dedicó a hacerme la vida imposible?
No, gracias. Todo eso ya lo dije, y no voy a repetirlo. Porque, en general, cuando lo hago me cabreo.
Es un círculo vicioso.
–¿Dónde estaba usted la noche del 8 al 9 de diciembre, señorita Secrétant?
La noche del 8 al 9 de diciembre... Veamos...
Desde que llegué, las noches se confunden con los días. Meunier no es consciente de lo que significa trabajar a veces a las cinco de la mañana y otras a las cuatro de la tarde, en una cocina aislada del resto del mundo.
De todos modos, empiezo a hacerme una ligera idea de adónde quiere llegar cuando me muestra una imagen de las cámaras de seguridad del Rivoli mientras dice:
–Deje que le refresque la memoria.
No hay duda alguna: soy yo, delante de los ascensores. De hecho, ya me acuerdo: la noche del 8 al 9 de diciembre estuve escondida debajo de una cama...
–¿Qué hacía usted en la segunda planta del Rivoli Palace? Más concretamente, en la habitación 24.
Pienso a toda velocidad. No puedo decirle lo que hacía porque se me olvidó contarle lo de las últimas palabras de Amanda. Ups.
–Por favor... No quiero que me despidan. Ese trabajo lo es todo para mí.
–Estoy investigando un asesinato. Su trabajo es el menor de mis problemas, señorita Secrétant.
¿Por qué no hace más que llamarme así?
–Responda –me ordena con tono seco.
–¡Todo el mundo va a la habitación 24 porque está vacía! –estallo.
Eso ya lo sabe. Punto para mí.
–Solo quería ver cómo eran las habitaciones del hotel –añado a modo de explicación.
Ella se apoya en el respaldo de la silla y cruza los brazos delante del pecho. Está sopesando mis palabras. Quiere saber si digo la verdad.
–¿Y cómo entró?
–Mis compañeros y yo nos pasamos la tarjeta.
–¡No!
Me parece oír un pitido estridente: ¡respuesta equivocada!
–Se la robó usted a la camarera responsable de la planta.
Ah, mierda.
–¿Por qué me miente, señorita Secrétant?
–No quería meter en un lío a la camarera.
Ella suspira, repiquetea sobre la mesa, reflexiona... Estira el tiempo como quien estira una masa. No tiene prisa. No tiene nada más que hacer, solo esperar a que yo diga la verdad.
Pero, de repente, cuando empiezo a retorcerme en una silla que cada vez se me hace más incómoda, me suelta:
–¿Asesinó a Amanda Tuile, señorita Secrétant?
Pego un brinco.
–¿Qué? ¡Claro que no! ¿Por qué iba a matar yo a Amanda..., a la señora Tuile? ¡A Amanda Tuile, quiero decir!
Me clava una mirada punzante.
–Le guardaba rencor por no haberla aceptado en el equipo tronco.
–¿Qué?
–Algunos testigos han hablado de un altercado intenso entre la señora Tuile y usted en el bar... –Hace como que consulta sus notas–. Le Castiglione, la noche del 3 de diciembre.
¿Quiénes habrán sido? ¿Los periodistas? ¿La esposa?
–No tuvimos un «altercado intenso». ¡Me mandó a paseo!
–La humilló. Y eso es un móvil, señorita Secrétant.
–Pero yo no soy la única. ¡Humillaba a todo el mundo!
–En efecto –responde Adeline Meunier con una sonrisilla–. Pero no todo el mundo ha matado a Amanda Tuile, y usted fue la última que la vio con vida.
Como me he tomado la mañana libre para acudir a la «invitación» de Adeline Meunier, me encuentro sin nada que hacer a las once de la mañana en un barrio que no conozco.
No me han metido (todavía) en prisión preventiva: he entregado mi pasaporte y he quedado «a disposición de la policía».
Solo espero que la policía judicial sea competente...
Porque, como no encuentren al culpable, a lo mejor deciden que yo doy el pego y me convierten en un error judicial.
Me estoy preguntando si podré dedicarme a la repostería en la cárcel cuando me doy cuenta de que tengo algunos mensajes sin leer.
Gwenn: Va todo bien? Estás mala?
Soufian: Dicen que la poli te ha convocado?
Soufian tiene información que Gwenn no tiene. No hay que ser Sherlock Holmes (ni Adeline Meunier) para adivinarlo: Odette se lo ha contado.
He tenido que decirle por qué no iba a trabajar. Prefiero confesar que me ha llamado la poli que inventarme que tengo la gripe. Yo nunca me pongo enferma. Y, aunque sea absurdo, estoy orgullosa de ello.
Acabo de salir. Soy la enemigo pública número 1. Me han soltado, pero creo que me siguen. No me busques, estás en peligro.
Soufian: Jaja. Bueno, si necesitas ayuda o lo que sea, me dices.
Soy sospechosa de asesinato. Sí que necesito ayuda. Pero ¿qué? ¿Una coartada? ¿Un indicio sobre la identidad del verdadero culpable?
Aun así, me arrepiento de no haberle preguntado a Meunier por qué Odette no está en prisión preventiva. Pero la comandante y yo todavía no tenemos tanta confianza...
Mientras compruebo cómo volver a casa, me doy cuenta de que no estoy lejos de Montmartre. ¿Y si voy al Moulin Rouge?
Sería estúpido terminar en chirona sin haber visto París.
Papá: Hola, cariño. He ido de compras! No vas a adivinar nunca cuál es tu regalo de Navidad! Pero no servirá de nada que me supliques, no te lo voy a decir!
Jaja! Qué ganas de verlo!
Mi pobre padre... Espero que no tenga que llevarme el regalo a la cárcel.
Me tomo un café en un bar de la calle Abesses y hago un montón de fotos: el Sacré Coeur cubierto de nieve, la plaza cubierta de nieve, la calle Blanche cubierta de nieve...
Luego le pido a la IA que me busque una biblioteca pública. Me gustaría aprovechar este día de vacaciones forzadas para continuar con la investigación sobre el tronco de Navidad de Amanda. Quiero ser parte del equipo de Sweet Dio, ¡y no podrá decirme que no si averiguo lo que quería hacer Amanda!
Léo: Esta noche vamos al Loulou. Fiesta pasteleros influencers. Tengo 10 invitaciones. Te apetece?
Así que busco información sobre el Loulou y veo que es un restaurante chic, caro y de moda que se encuentra en el patio del Louvre.
Mooola! Gracias!
Nos vemos.
Mientras tanto, la IA me ha hecho un resumen de las mejores bibliotecas de París. ¡Rumbo a Beaubourg! Parece que ese es el lugar más adecuado para encontrar lo que busco.
Espero mi turno en los grandes tubos transparentes del Centro Pompidou. Llevo tres cuartos de hora aquí, pero no tengo prisa, la verdad. Las vistas son una locura, y me viene bien salir de mi barrio, ver el cielo. Es aún más increíble que el Moulin Rouge.
Por fin me toca. Confieso que estoy un poco perdida; no he sido muy de ir a la biblioteca durante mi época de estudiante.
¿Por dónde empiezo? Por suerte, una bibliotecaria me echa una mano, y al rato estoy sentada tras una mesa, con una pila de libros y las instrucciones para acceder a los archivos digitalizados de periódicos de todo el mundo.
En el colegio odiaba estudiar, pero es diferente cuando el tema te apasiona.
Además, así evito preguntarme por qué me pone celosa que Soufian se llevara a una chica a la habitación 24 del Rivoli.
Porque eso es lo que pasó, ¿no? A eso se refería Josépha cuando habló de «hacer cosas».
Tres horas después, vuelvo a mi casa. He hecho fotos (estaba prohibido, pero bueno...), y solo tengo que sacarlas con la impresora portátil para completar el mapa de la investigación repostera.
Cuando por fin decido sentarme, compruebo satisfecha que he conseguido establecer una cronología completa. Examino la pared, en la que se encuentran expuestas las diez últimas creaciones de Amanda.
Después de semejantes obras de arte..., ¿qué tendría pensado Amanda? ¿Un homenaje a los muelles del Sena? ¿Al puente Alejandro III? ¿Al Grand Palais?
Me saco del bolsillo el bloc que encontré en el cajón del despacho, cuando Soufian, Josépha y yo nos colamos allí, y arranco las páginas para colgar algunos de los bocetos que hay dibujados.
Cuanto más los miro, más evidente me parece que son bosquejos de su próxima creación.
¿La prueba? Hay una cesta que se parece a la que le pidió hacer al equipo tronco usando caramelo.
Lo que más me preocupa es una palabra escrita en los dibujos: «Balzac».
–Sé por qué el cuchillo tenía las huellas de Odette –anuncia Josépha en susurros.
Estamos hablando por teléfono mientras voy al Loulou .
–Fue Odette quien preparó la bandeja del servicio de habitaciones –explica–. Por eso sujetó el cuchillo. ¡Normal!
Sé la respuesta, pero, aun así, pregunto:
–¿Cómo lo sabes?
–Ha estado aquí la poli. Y adivina quién ha confirmado que el testimonio de Odette es correcto...
–¡No lo sé! Josépha, no te enrolles, que estoy en la puerta y hace un frío que pela.
–¡Soufian!
–¿Soufian?
Es cierto que aquella noche estaba allí, me lo crucé al salir del interrogatorio.
–Así que Odette es inocente –concluye Josépha.
–A menos que Soufian sea su cómplice.
–¡Menuda tontería!
Josépha adora a Soufian, y es cierto que yo también preferiría que fuera inocente. Pero estaba en la habitación 24 hace cuatro días. Y a lo mejor no fue a «hacer cosas» con una chica...
–Bueno, te cuelgo, que tengo que tocar los botones para que una pandilla de japoneses y emiratíes suban a sus habitaciones.
–Dicho así, suena raro.
–Te aseguro que suena raro lo digas como lo digas.
Cuelgo, le digo mi nombre a la recepcionista y dejo el abrigo en el ropero.
El sitio no está mal. Hay un bufé cubierto de pasteles que, en efecto, son de lo más instagrameables. Pero también es normal, ya que es una fiesta para influencers ...
Léo me ve y cruza la muchedumbre para acercarse. Dudamos un segundo entre darnos dos besos o un morreo y optamos por algo intermedio.
Me mira de arriba abajo.
–¡Joder, te has arreglado un montón!
–Gracias. Tú tampoco vas mal...
Lleva unos pantalones negros y una chaqueta bastante elegante.
–Ven, que te presento. A Anaïs ya la conoces... Y esta es Romane: lleva una cuenta genial en la que comparte críticas de las mejores pastelerías de París.
Cada dos segundos nos detenemos para saludar a alguien.
Me fijo en que todas las tías me miran. Léo me presenta como «una pastelera genial», lo cual resulta bastante trivial al lado del currículum de los demás: Varia ganó el campeonato de Francia de repostería, Ahmed se ha abierto paso en el Grupo Ducasse, Valentine tiene setenta mil seguidores...
Al cabo de dos horas, he hablado más de lo que suelo hablar en un mes, y voy por la cuarta copa de champán.
Me aíslo un instante para mirar por el enorme ventanal, desde el que se ven el césped del jardín de las Tullerías y el Louvre cubiertos de nieve.
La luna forma un círculo casi lleno en el cielo.
Una chica se me acerca.
–Mola más en verano... Desde la terraza hay unas vistas de infarto. Ahora no se ve gran cosa.
De repente, se me enciende la bombilla.
Léo está sirviendo champán rosa a un grupo de chicas. Me hace un gesto para que me acerque.
Yo sacudo la cabeza y articulo:
–¡Lo siento! ¡Tengo que irme!
Ya sé lo que quería hacer Amanda.