11 Diciembre
Hace un frío glacial, pero el cielo está despejado y la luna está casi llena.
–¿Vienes mucho aquí? –pregunta Josépha.
–Cuando necesito estar tranquilo –responde Soufian–. Reconozco que se está mejor en verano.
Después de salir del despacho de Amanda, Soufian nos propuso que lo siguiéramos a las zonas del Rivoli reservadas par el servicio de bomberos. Así es como hemos acabado en el tejado, decorado con el cielo de París repleto de estrellas.
Las vistas me dejan sin palabras..., pero no son suficiente para que me olvide de que en el bolsillo llevo una foto sacada hace veinte años en la que aparece mi madre en una habitación del Rivoli.
Josépha se saca un frasquito del bolso y se lo tiende a Soufian, que lo rechaza.
–No, gracias.
Yo me acerco el frasquito a los labios y doy un trago. Es un licor fuerte, que me quema los bronquios y me caldea la sangre.
–Whisky puro de malta –precisa Josépha después de darle un buen tiento–. Lo he robado de la despensa.
–Esta tía está chalada –masculla Soufian, echando el aliento a sus guantes de lana para intentar calentarse.
–Si estoy loca, ¿por qué me has traído aquí?
Soufian se encoge de hombros.
–¿Por las vistas?
Me mira sonriente y me pongo roja.
Tengo que tener cuidado, en serio. Mis hormonas están descontroladas.
Josépha se saca el vapeador del bolso y se lo pasa a Soufian. Las campanas de la iglesia más cercana tocan la una, y mi amiga extiende la mano para levantarse la manga y mirar la hora.
–Mierda –masculla.
Lleva un reloj de hombre demasiado grande para ella y una pulserita en la que nunca me había fijado. Tiene unos colgantes preciosos: medallas y una torre Eiffel en miniatura, cubierta de piedras de todos los colores.
–Qué bonita...
Esconde la mano a toda prisa y farfulla:
–Tengo que irme. Quiero pillar el último metro.
Me levanto de un salto.
–¿Qué?
–Pero vosotros quedaos... Hace una noche preciosa.
Soufian le devuelve el vapeador, pero ella no lo acepta.
–Quédatelo, te lo regalo.
Acompaño a Josépha hasta la puerta de hierro de color verde botella que conduce a las escaleras de incendios, y ella me ofrece la llave del ascensor B antes de salir.
–Toma. Mañana me la devuelves, ¿vale?
–¿Qué haces? ¿Me dejas aquí?
Ella pone cara de inocente.
–¿Qué? ¿Es que no te parece mono?
–¡Pues no, la verdad! –respondo un poco demasiado deprisa.
–¡Hasta mañana! –canturrea Josépha antes de desaparecer por las escaleras.
Vuelvo a sentarme al lado de Soufian, que le da una calada al vapeador. Me lo pasa diciendo:
–CBD... No es fuerte.
Le doy una calada. Está dulce, áspero... Enseguida me relajo.
Empiezo a percibirlo todo con mayor nitidez: el frío punzante en la punta de la nariz, el calor del muslo de Soufian contra mi rodilla, la belleza de las nubes iluminadas por la luna, que se desgarran en el cielo despejado...
–Así que te estás preparando para el concurso de mejor panadero de Francia.
Lo digo por decir algo. Era urgente decir algo.
–¿Te sorprende?
–No. Te lo mereces.
–No creo en los méritos –replica Soufian sin mirarme.
Ah.
–¿En qué crees?
–En la suerte.
–Entonces, ¿por qué curras tanto?
–Porque también creo que la suerte hay que trabajarla.
Me recorre un escalofrío. Una nube oculta la nube y nos sumimos en la oscuridad.
–¿Y tú? –pregunta Soufian aspirando el humo.
–¿Yo qué?
–¿Por qué curras tanto?
–Porque creo que hay que trabajar los sueños.
–¿Y tu sueño es hacer un tronco de Navidad?
Se me escapa una carcajada. Visto así...
–Sabes muy bien lo que quiero decir.
–¿De dónde te viene esa pasión por la repostería? –me pregunta.
–Pues empecé para molestar a mi padre. Quería que fuera abogada, como él.
Se echa el vaho en las manos para calentarse. Luego insiste:
–La verdadera razón. Dime la verdadera razón.
–¡Esa es la verdadera razón! Además, ¿por qué iba a contártelo?
–Porque estamos en el tejado de un hotel, porque es el invierno más frío desde no sé cuándo y porque... No sé... Me interesas.
–¿Te intereso? ¿En serio?
–Nah, lo que quiero decir es... que eres interesante, diferente. Más que las otras tías con las que me cruzo.
Me digo que está de coña. Gwenn, por ejemplo, es tan «diferente» como yo. ¿Acaso le ha preguntado a ella de dónde le viene la pasión por la panadería?
–Pero lo entiendo si no me lo quieres contar.
–Primero tú.
–Vale.
–¿Qué es la luna que tienes en la muñeca?
–Es un cruasán.
–¡Pero si me dijiste que era la luna!
–¡Los cruasanes tienen forma de luna!
Se parte el culo. Le doy un empujón.
–Es la luna que se veía desde la casa de mi abuelo, que era panadero en Marsella. Fue él quien me lo enseñó todo. Siempre me decía que los cruasanes son trozos de luna... Yo era un crío y me lo creía. Te toca.
–Mi madre era médica rural. Murió una Nochebuena.
Cuando le sueltas a la gente que tu madre está muerta, su reacción lo dice todo. Soufian se conforma con responderme con los ojos y... en su mirada no hay lástima. Solo empatía.
Lo agradezco.
–Fue a recoger a una paciente mayor porque no quería que pasara sola una noche así.
Había hielo en la carretera, y el coche se le fue.
Yo tenía quince años. Durante todo el instituto, mi padre y yo nunca celebramos la Navidad.
Nada, ni siquiera un arbolito, un regalo o un rato juntos delante de la tele para ver los programas navideños.
Íbamos al cementerio, volvíamos, y ambos hacíamos como si fuera cualquier otra fecha. Me matriculé en Derecho...
Soufian no habla mucho, pero sabe escuchar. Eso me da fuerzas para continuar.
–El primer año, volví a casa por Navidad.
Estaba hecha polvo, todo se me hacía cuesta arriba.
No solo la universidad, o aquellas vacaciones...
Era todo, la vida en general. No me veía capaz de salir adelante.
Pero el 24 de diciembre, me desperté a las seis de la mañana cubierta de sudor y me di cuenta de algo evidente: ella habría odiado todo aquello.
¿Una vida sin Navidad? ¿Una Nochebuena sin Nochebuena?
No hacía frío, aunque llovía a cántaros...
Ya sabes cómo es Bretaña. El caso es que esperé a que abrieran el supermercado, cogí el coche y me fui.
Compré un árbol de Navidad, decoraciones, un libro para mi padre y algo con lo que hacer un tronco de Navidad.
Nos lo comimos pensando en ella. A medianoche, mi padre apareció con una caja: dentro estaban todos los regalos que me había comprado durante los últimos años, pero que no se había atrevido a darme.
Después de aquello, dejé la universidad y me matriculé en una FP de cocina:
Bajo la mirada. Solo entonces me doy cuenta de que la mano de Soufian rodea la mía.
La retira con cuidado y se levanta.
–¡Bueno! Hace un frío que pela, ¿no?
He encontrado una foto antigua de mamá. Parece que está en una habitación del Rivoli, es posible?
Alex: No sería extraño! Hacíamos bastantes fiestas en aquella época...
Entro corriendo en los vestuarios. La noche ha sido demasiado corta y no he oído el despertador. Me cambio, voy corriendo a la cocina... Antes de entrar, me detengo ante la puerta para aspirar una buena bocanada de aire y me ajusto bien el uniforme.
«Si llegas tarde, por lo menos no llegues desaliñada. Nunca hay que perder el control de uno mismo. Eso es muy importante», me decía siempre el señor Legall.
Por fin, empujo la puerta de la cocina con expresión neutra. Gwenn me mira como si hubiese llegado el fin del mundo y yo fuera la única que no me he enterado. Soufian apenas levanta la vista del trabajo.
Vale.
Yo también estoy un poco aturdida por lo que pasó ayer.
Pero ya lo superaremos, ¿no?
Odette me suelta:
–Llega usted tarde, Suzanne.
Opto por la sinceridad.
–Lo siento, chef. Se me han pegado las sábanas. No volverá a pasar.
Ella hace un leve gesto con la cabeza; al parecer, por esta vez me he librado. Me pongo a trabajar al lado de Soufian, que sigue evitando mirarme.
–Sweet Dio va a dirigirse a la plantilla –me informa Gwenn–. Será a las siete y media.
–¡Lo sé! Estoy como loca. ¡Voy a conocer a Sweet Dio!
Soufian no puede evitar sonreír.
Y entonces me fijo en lo que me mosquea desde hace un par de días: ya sé por qué está diferente. Es porque escucha todo lo que decimos.
De verdad se encuentra entre nosotros.
Y hay una razón: solo lleva un auricular.
Mi sangre abandona el cerebro y se precipita hacia mis zuecos de cocina.
Soufian solo lleva un auricular, y es rojo.
¿Y si el otro es el que me encontré en la habitación 24?
–¡Buenos días, buenos días!
Sweet Dio entra en la cocina y la temperatura aumenta seis grados. Cuando Amanda hacía la ronda de equipos, el ambiente se volvía quebradizo como una capa de hielo a punto de ceder. Sweet Dio, sin embargo, insufla un aire de Dolce Vita a todo lo que roza.
Además, es guapo como un dio ...
–¡Venid, acercaos!
Nos invita a que nos reunamos alrededor del puesto central, donde deja una bandeja de acero inoxidable cubierta con un paño grande de cuadros.
–Os he preparado un tiramisú enorme. ¿Dónde están los platos? ¿Podéis sacar platos para todo el mundo?
Habla francés con un acento italiano encantador. Los aprendices van a buscar a toda prisa una veintena de platos. Entonces, de una bolsa de la compra, Sweet Dio saca cinco cafeteras italianas y las pone en los fogones.
–Son las cafeteras de mi nonna , y también es la receta de mi nonna ... Soy consciente de que a lo mejor no a todo el mundo le apetece tomar tiramisú a las ocho de la mañana, pero bueno, quería celebrar un poco.
Es más bueno que el pan, más dulce que un cruasán.
Estoy in love .
Pero cuidado, no in love de enamorada. Sweet Dio es gay y lo sabe todo el mundo. No estoy in love en plan de quererme liar con él (para eso ya tengo a Léo, que me lanza sonrisillas cómplices desde el otro lado de la cocina). Estoy in love en plan profesional.
Creía que mi objetivo en la vida era trabajar con Amanda Tuile... Y ahora me doy cuenta de que mi objetivo en la vida es unirme al equipo de Sweet Dio.
Hay que ser un genio para hacer un tiramisú como este.
Mientras todo el mundo disfruta del café –y algunos hasta tienen aún mascarpone en la comisura de la boca–, él le dedica un homenaje conmovedor a Amanda:
–Vamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano para estar a la altura de su inmenso talento...
Desde el otro lado de la cocina, Odette le lanza una mirada asesina.
Si mató a Amanda para robarle el puesto, le ha salido el tiro por la culata.
Léo: Esta noche vamos al Dalida. Estará todo el equipo tronco. Te apetece venir?
Ok.
Tenías razón! Léo me ha invitado a una fiesta. Cómo te devuelvo la llave?
Josépha: Hoy libro, pero si quieres me paso por el Rivoli.
–Joder, ¡te has tomado tu tiempo! –protesto.
–¡Hola! Lo siento.
Le devuelvo la llave del ascensor B.
–¿Qué tal? –le pregunto.
Josépha está desatada con el modelito de hoy. Lleva una chaqueta enorme de piel sintética y gafas de sol estilo mariposa.
–Te aviso que quiero saberlo todo –me dice–. ¡Al fin y al cabo, he hecho el viaje para venir a tomarme el café más caro de París!
En realidad, ha pedido un vino. Miro el tique. Pues sí, debe de ser la copa de vino más cara de todo París.
–Tomaré un chocolate caliente, por favor –pido.
El sol hace que la nieve brille, pero un viento glacial se pasea por las calles.
–No hay nada que contar –digo por fin–. Yo volví a mi casa y Soufian se fue a la suya.
–Qué aburrido.
El camarero trae mi chocolate.
–Bueno, he estado investigando –continúa Josépha.
Deja el teléfono con una foto abierta: un pantallazo de un artículo de periódico. Leo:
–Nadie se aloja en la habitación 24 en diciembre... –continúa Josépha con aire conspiratorio–. Y todos los empleados avispados están al tanto. De hecho, no sabes cuánto me revienta. Yo creía que lo sabía todo.
–¿Entonces...?
–Bueno, pues si tienes la llave, puedes entrar y hacer cosas.
–¿Qué tipo de cosas?
–¡Pues todo tipo de cosas! ¡Espabila, tía!
Suspiro. En cualquier caso, eso explica qué hacía Soufian allí: debía de estar haciendo «cosas».
Me vibra el teléfono. Josépha no se corta ni un pelo y mira el mensaje que aparece en pantalla.
–Vaya, vaya...
Léo: Te espero en el portal de tu casa en una hora?
–Tengo que irme –digo.
Saco la tarjeta, pero Josépha me detiene con un gesto.
–Déjalo, invito yo. La próxima vez pagas tú.
–¿Estás segura?
–Segurísima. ¡Gano más que tú!
–¿Y eso cómo lo sabes? –pregunto indignada.
Ella se saca un fajo de billetes del bolsillo y hace como que los cuenta.
–Las propinas, bebé... Las propinas.
He quedado con Léo en el Dalida, un bar cerca del metro Abesses.
Hay gente por todas partes, música alta...
Léo conoce a todo el mundo. Estrecha manos, da abrazos a colegas y me presenta como «una compañera supertalentosa que curra en el Rivoli».
De vez en cuando, lo veo desaparecer en el baño y sé que no va a mear.
Charlo un poco con el resto de miembros del equipo tronco.
Tienen todos una trayectoria increíble: Jane se crio y curró en Londres, Clara Li asistió a una escuela de repostería en Nueva York...
El cabrón de Chavalote me mira como si yo fuera un zombi antes de volver a molestar a un grupo de tías en la barra.
Ese pavo es un caspas, me dan ganas de asesinarlo.
O algo así, vaya.
Salgo a tomar el aire. Alguien me ha llamado y ha dejado un mensaje en el buzón de voz. Nadie hace eso, salvo mi padre. Pero no es mi padre...
«Buenas noches, la comandante Meunier al habla. ¿Podría pasarse usted por la policía judicial mañana por la mañana? A las nueve en punto».
Mierda.