10 Diciembre
¿Qué he hecho?
Me quedo bajo el chorro de la ducha, diciéndome que esta noche tengo que dormir sí o sí.
No es suficiente echar una cabezada de tres horas por aquí y otra de dos horas por allá. ¡Y menuda migraña!
La he cagado. La he cagado por todo lo alto.
Ahora no sé cómo mirarlo a la cara. ¡No hay que acostarse con los compañeros de trabajo! ¡Eso lo sabe todo el mundo!
Pero a ver cómo te las apañas cuando trabajas doce horas al día...
Además, yo no soy la única culpable. Después de todo, tampoco es que tuviera que suplicarle.
Y confieso que le quedaba energía, aunque estuviera un poco borracho e incluso después de subir los seis pisos.
Confieso también que es gracioso... y que se lo curra bien. Bueno. Tampoco es que lo dudara, por cómo se mueve...
Y tiene técnica... como repostero, quiero decir.
No me refiero para nada a que...
El agua pasa de hirviente a tibia.
¡Mierda! ¡Llevo tanto tiempo soñando despierta que he vaciado la caldera!
¡Y llego tarde!
Cuando llego al Rivoli, con el pelo todavía mojado y las mejillas rojas, los periodistas vuelven a estar ahí.
Son las seis de la mañana, pero hay gente por todas partes: delante de la puerta, bajo los soportales...
Hasta en el carril bus, en medio de la calle Rivoli.
¿La poli ha venido para realizar una superinvestigación?
¿Han detenido al culpable? ¿Ha habido otro asesinato?
Pero el ambiente es más bien alegre y desenfadado. Busco un modo de esquivar la muchedumbre y veo a Léo, que observa la escena desde la acera de enfrente, delante de la verja del jardín de las Tullerías. Bueno... Será mejor que me acerque.
Se ha duchado y cambiado; no parece que se haya pasado casi toda la noche en vela. Aunque rara vez tiene pinta de venir de unas vacaciones en la Riviera...
Empujo la bicicleta e intento sonar natural cuando le pregunto:
–¿Qué tal? ¿Has podido pasar por tu casa?
–No quería despertarte.
Dibuja esa sonrisilla de canalla y añade, mirando al frente:
–Anoche me lo pasé muy bien.
Subtítulo: «Repetimos cuando quieras». Señalando a los periodistas, pregunto:
–¿Qué quieren?
–No lo sé. Han soltado a Oswald, a lo mejor es eso...
–Aunque lo hayan soltado, parece que no se incorpora al trabajo de inmediato, ¿no?
–Está fatal.
–La prisión preventiva es complicada. Hay gente que no la soporta.
Eso le hace reír. En ese momento, un coche enorme se detiene delante del palacio.
–¡Ah! Es un cliente famoso.
–Nah –me dice Léo, poniéndome la mano en el codo–. Mira...
Bajo el estallido de los flashes, un hombre baja del coche.
–¡¿Sweet Dio?!
Léo se frota las manos.
–Creo que acaba de llegar el nuevo chef.
–¡Sweet Dio!
¡No me lo creo! ¡Me esperaba de todo menos esto!
El servicio está en ebullición. Hasta Gwenn está pletórica.
Carmine Buonasanta, alias Sweet Dio, es un cocinero italiano que sigo en redes sociales.
Perdón, que todo el mundo sigue en redes sociales.
Es carismático y tiene un don para hacer tartas superinstagrameables.
En resumen, reinterpreta los clásicos de la repostería italiana, pero de una forma superlúdica y visual.
Y sube vídeos cortos muy dinámicos, con canciones de amor y de playa.
Es bueno y se le nota.
Además, todo el mundo dice que es majísimo. El equipo tronco está en trance.
Solo a Soufian le parece que hay algo chungo, como es natural.
–¡Han elegido a un inútil, cómo no!
Antes, ese tipo de comentarios me cabreaba. Pero ya no. Ahora considero que cada persona tiene derecho a mantener un punto de vista, y que Soufian tiene derecho a ser un gruñón insoportable.
Le pongo la mano en el brazo.
–¡Estás celoso!
Él contiene una sonrisa que hace que se le asome el hoyuelo de la mejilla...
Y que a mí me alborota el estómago.
–¡¿Que has hecho qué?!
Josépha aparta la cortina del probador. Me encuentro entre percheros cargados de camisas hawaianas y corbatas de los años setenta, en el sótano de una tienda de ropa de segunda mano del Marais. Se lo repito:
–He pasado la noche con Léo.
Mi amiga ha decidido hacerme un cambio de look porque, al parecer, mi estilo es «demasiado convencional». Sin embargo, es ella la que se está probando modelitos. Deja la ropa de cualquier manera sobre un perchero y me arrastra hacia un lado.
–¿Y bien...? ¿Qué tal?
–Genial.
Subimos las escaleras para pagar el fular de seda de estilo marinero que ha decidido regalarme.
–Entonces, un asco, ¿no?
–¡Para nada! Si hubiera sido un asco, habría dicho: «Fue un asco».
–Si hubiera sido genial, me habrías dicho –pone voz teatral–: «Fue increíble. Mi piel todavía huele a su piel... Aún siento la dulzura de sus besos en los labios».
–De acuerdo, mi piel todavía huele a su piel. Huele muy bien, de hecho.
Mi amiga paga y volvemos a salir a la calle. Me envuelve el cuello con el fular y me admira satisfecha.
–Bueno. Cambio de programación. Vamos a la calle Rivoli. Veo que la ropa de segunda mano no es lo tuyo, pero necesitas un traje de noche.
Me quedo sin aire.
–¿Un traje de noche?
–Créeme, Léo va a llevarte a sitios que ni siquiera imaginas. Ya me darás las gracias luego...
Nos tiramos dos horas en las tiendas abarrotadas de la calle Rivoli. Confieso que me viene bien ver gente y, sobre todo, gente «normal».
No solo millonarios, turistas y reposteros de uniforme.
Cuando por fin salimos con las manos cargadas de bolsas, Josépha me ha convencido para que me compre un pantalón negro bastante elegante, un esmoquin de imitación Yves Saint Laurent que casi podría pasar por uno real (de noche y con poca luz) y un vestido largo de punto negro con escote Bardot.
Ni siquiera sabía lo que era el escote Bardot.
–Les saca partido a tus hombros.
Entramos en una cafetería que hay delante del Louvre para tomar un chocolate.
–¿Y el galán tenebroso?
–¿Quién, Soufian?
Ella me mira por encima de sus gafas de sol estilo mariposa. Decido ignorar sus indirectas y cambio de tema:
–No dejo de preguntarme algo... Si las huellas de Odette estaban en el cuchillo, ¿por qué todavía no la han detenido?
–Tiene una coartada, está claro. Investigaré. Soy bastante amiga del jefe de seguridad.
– What? ¿A pesar de que tienes tu cuartel general en una zona prohibida y escuchas a los polis?
–¿Qué quieres que te diga? La gente se fía de las chicas con coletas.
–Hay algo que no te he contado...
–¿Sobre Soufian o sobre Léo?
–Sobre ninguno de los dos. Es sobre Amanda.
–Ah, ¿sí?
–Justo antes de morir, me dijo algo.
–¿La tía te habló antes de morir? ¿Y qué tal? ¿No estás traumatizada?
–¡¿A ti qué te parece?!
–¿Y qué te dijo?
–«Habitación 24».
–Habitación 24... ¿Solo eso?
–Solo eso.
–¿Y no se lo has contado a la poli?
–No, esa es la cosa.
–Pero ¿por qué?
–En el momento no me acordé. Se me habían echado encima, me estaban friendo a preguntas... Estaba en shock ... Y cuando me acordé, pues... era demasiado tarde.
–Pero ¿qué quiso decir con eso?
–Ni idea. Pensaba que a lo mejor tú lo sabrías.
–No...
–Bueno, la cosa es que fui allí.
Mi amiga pega un brinco.
–¿A la habitación 24?
–¡Sí, a la habitación 24! ¿Me escuchas o qué?
Josépha se quita y se vuelve a poner las gafas de sol.
–Pero ¿quién eres tú? ¿Una espía?
–¡Para!
–No, en serio. ¿Has ido sin mí a la habitación 24? ¿Cómo lo has conseguido?
–¡No quería meterte en un lío! Le robé la llave a la camarera de piso.
–Joder, no te lo perdonaré en la vida. Pero ¿dónde estaban los huéspedes? ¿No tenías miedo de que te pillaran?
–No estaba reservada.
–Creía que el hotel estaba completo.
–¡Yo también!
–Qué raro...
–El caso es que se me ocurrió que Amanda habría perdido ahí el cuaderno. Todo el mundo anda como loco con el cuaderno ese... Ahí era donde apuntaba todas las recetas, y la mitad de la cocina piensa que lo he robado yo. ¡Hasta hay gente que cree que por eso maté a Amanda!
–Vale, creo que necesito algo más fuerte –dice Josépha, llamando al camarero–. ¿Y lo encontraste? ¿Estaba en la habitación?
–No.
–Hay otro sitio... Un sitio donde todavía no hemos buscado –dice, y me fijo en que habla en segunda persona del plural–. Su despacho.
–¿El despacho de Amanda?
–Ese mismo.
–¡Pero todo el mundo lo habrá pensado!
–Y todo el mundo se dice que todo el mundo lo habrá pensado.
No es mentira...
–Solo hay un modo de comprobarlo –continúa Josépha–: ir a echar un vistazo.
¡Ni de coña! No tendría que haber sacado el tema. Intento oponerme:
–¿Y cómo vamos a entrar?
Mi amiga rebusca en su bolso vintage de cuero negro... y saca una tarjeta. Una llave maestra.
Esboza una sonrisa triunfal:
–La próxima vez, habla conmigo.
Cenamos en la cantina del hotel. Josépha elige pollo, una ensalada, un carpaccio ... Pero, al final, no se termina ningún plato y va a por una chocolatina. Yo me decanto por un plato de patatas fritas con jamón cocido y queso.
Nos dedicamos a comentar los posts que suben los reposteros a redes sociales.
–En realidad, no entiendo qué le ves.
Se refiere a Léo.
–Las vibras.
–Bah...
Esperamos a que el turno de tarde le ceda el sitio al turno reducido que se queda por la noche. Así hay menos posibilidades de que nos sorprendan. Sin embargo, no existe el riesgo cero.
Hacia las once de la noche, Josépha me pregunta:
–¿Preparada?
–Por supuesto.
En realidad, estoy un tanto estresada.
–¡Pues vamos allá!
La detengo.
–A ver, no estoy del todo segura de que sea buena idea.
–Es demasiado tarde para echarse atrás –replica Josépha, poniéndose las gafas de sol.
–¿Quieres ir de incógnito o qué?
–Es para crear ambiente.
Suspiro, porque es de noche y no va a ver nada. Por si fuera poco, en cuanto nos detenemos delante de la puerta del despacho de Amanda, veo algo que me hace dar un respingo.
–¡Joder! –mascullo.
–¿Qué? –exclama Josépha levantándose las gafas, mientras mantiene la puerta abierta con el pie.
Le señalo el final del pasillo.
–Mierda –masculla ella.
Alguien se acerca.
¿Entramos? ¿Nos quedamos delante de la puerta? Demasiado tarde... Nos ha visto.
–¿Qué hacéis?
–¿Soufian?
¿Este qué hace aquí? ¡¿Es que nunca vuelve a su casa?!
–Eh... Nada –dice Josépha, intentando ocultar la puerta abierta con su cuerpo.
Pero entonces se acerca otra persona, entretenida por una conversación telefónica bastante animada.
Como esto lo ha pillado por sorpresa, Soufian nos empuja al interior del despacho.
Nos pegamos a la puerta cerrada y acabo muy cerca de él en la oscuridad.
Oigo su respiración y siento el calor de su cuerpo. Me recorre un escalofrío.
Joder. Léo, Soufian... ¡Tengo que llamar a la psicóloga!
O a la ginecóloga. Debo de tener un problema hormonal.
La persona del teléfono se aleja y nosotros tres volvemos a respirar. Josépha enciende la luz. Soufian la apaga enseguida.
–¡Estás loca! ¿Qué hacéis?
–¡Estamos buscando el cuaderno!
Él vacila un segundo.
–¡El cuaderno de Amanda! –explica Josépha, como si lo tomara por tonto.
–¡Estáis taradas! Además, la policía ya ha registrado el despacho.
–Sí, pero a ellos se la trae al pairo el cuaderno –replica Josépha–. En todo caso... ¿Qué narices haces tú aquí?
–Odette me ha pedido que le lleve una cosa de su despacho.
Lo miramos fijamente, nada convencidas por esa excusa. Al final, nos confiesa:
–Vale... A veces me cuelo en el despacho de Odette para echar una cabezadita, cuando quiero hacer horas extra. Ella me deja las llaves.
–¿Por qué haces horas extra? –pregunta Josépha–. ¿Eres un pelota?
Mientras Josépha somete a Soufian al tercer grado, yo empiezo a rebuscar por el despacho.
Con la linterna del móvil en ristre y los guantes de lana puestos, busco en los cajones y entre algunos papeles que los polis dejaron en la papelera.
En realidad, registraron el despacho a conciencia, y huele a tristeza y polvo.
Mi abuelo tenía un escritorio parecido al de Amanda, con cajones laterales y un compartimento secreto que se accionaba haciendo presión. De pequeña me fascinaba. De hecho, lo busco, pero aquí no hay ningún escondrijo.
Sin embargo, parece que hay algo que ha resbalado hasta caer detrás de un cajón. Tiro... No es el cuaderno.
–Me estoy preparando para el concurso del mejor panadero de Francia –explica Soufian.
–¿En la categoría de cruasanes? –pregunta Josépha.
–No, en panadería general –suspira Soufian.
Es un pequeño bloc de notas con algunos dibujos garabateados. A lo mejor Amanda los hacía mientras hablaba por teléfono...También hay una palabra escrita: «Balzac».
Me guardo el bloc en el bolsillo.
–Nos largamos –dice Josépha.
–¡Espera!
Entre el borde superior del mismo cajón y el panel del fondo encuentro también una foto amarillenta. Me llama la atención porque parece que la sacaron en una habitación del Rivoli.
Reconozco a Alex con veinte años menos: es él quien está sacando la foto, pero se ve reflejado en un espejo. También sale Amanda, mucho más joven pero siempre fiel a sí misma: principesca, con el pelo corto y la mirada desafiante.
A su lado, otra mujer que no conozco, de melena castaña, guapísima y sonriente.
Y, por último...
–¿Vienes? –me insiste Josépha.
La cabeza me da vueltas y siento un hormigueo en los dedos.
Porque en la foto aparece... mi madre.