Cozy love y crímenes navideños 9 Diciembre
39%

9 Diciembre

Me he lanzado debajo de la cama. No tenía elección. Así que ahora estoy bocabajo, temblando, y mi cerebro repasa todo lo que podría ir mal en este momento.

Para empezar, no quiero ni pensar en estornudar.

Por suerte, la limpieza de la habitación está a la altura del Rivoli, incluso la moqueta de debajo de la cama.

El somier se mueve un poquito por encima de mi cabeza: alguien se acaba de sentar, o de tumbarse, sobre el grueso colchón de la cama bajo la que me oculto.

Menos mal que hay una tela alrededor del somier que hace como de cortina...

Miro el teléfono. Son las doce en punto.

Medianoche, la hora del crimen.

Contengo la respiración. Como me pillen y sea el asesino, no salgo de aquí viva.

Y, si no es el asesino, seguro que me despiden.

Prefiero la primera opción.

Pero no es el momento de entrar en pánico.

«Diez, nueve, ocho, siete, seis...».

–¿Va todo bien?

Me sobresalto antes de comprender que no me lo están diciendo a mí.

Es una mujer.

Está hablando por teléfono.

–¿Tu hermana se ha dormido? ¿Has terminado los deberes?

... Ya sé que en la universidad no se dice «deberes», cariño.

De todos modos, deberías dormir un poco...

No, no estoy en el descanso. En una habitación...

No, no hay nadie... Que no, no me van a despedir.

En esta planta está Julie-Anne, ella me cubre.

Vale. Ya vuelvo. Duerme un poco. Besos, cariño mío.

¡Ah! Y ve a comprobar que tu hermana no se haya destapado... Lo sé... Lo sé... Yo también.

Me empieza a doler el codo en el que estoy apoyada, porque no me atrevo a moverme. Pero, sobre todo, siento vergüenza. Me da vergüenza escuchar una conversación tan íntima: una madre que curra toda la noche y que tiene que esconderse en una habitación vacía para llamar a su casa.

¿Cómo se las apañaría cuando las niñas eran pequeñas?

Le oigo poner el edredón en su sitio... Distingo los pies, con zapatos negros de tacón bajo y cuadrado. Se detiene delante del espejo, tal vez para ajustarse el uniforme o peinarse...

Se dispone a salir, y yo me preparo para respirar cuando le vibra el teléfono.

No me lo creo...

–Sí, Mariam... No, no, tranquila.

Hablan durante unos minutos que se me hacen horas. De la vecina, del cuñado, de un paquete que espera y que no llega nunca... Ahora sí que me duele muchísimo el codo. Me duele como si me hubieran clavado... un cuchillo.

–Gracias, eres un amor, pero termino a las cinco, así que cogeré el primer cercanías. ¡Besos!

¡Besos! ¡Por fin! ¿Va a colgar? ¡Sí!

Esta vez, se marcha de la habitación de una vez por todas. Oigo el suave clic de la puerta al cerrarse: parece el ruido de una caja fuerte, sólido y sorprendentemente discreto al mismo tiempo. Por fin, me muevo y miro la hora en el teléfono. Las 00:17.

Llevo más de quince minutos conteniendo la respiración. A lo mejor podría haberme ganado la vida como apneísta...

Dudo si salir de mi escondite.

La mujer podría volver... o podría entrar otro empleado al que se le ocurra llamar por teléfono en la única habitación libre del hotel.

Además, ya que estoy debajo de la cama, voy a inspeccionar. En la oscuridad, enciendo la linterna del teléfono y barro el suelo.

Ni rastro del cuaderno secreto de Amanda.

Salgo y me pongo los guantes de lana que me pillé en el Monoprix. ¡No iba a comprarme guantes de cuero solo para parecerme a la protagonista de una serie! Estos también valen para no dejar huellas por todas partes.

Registro los cajones del escritorio, los del vestidor, los de las mesillas de noche, el minibar, el cuarto de baño... Todo está impecable, inmaculado..., vacío.

Me acerco a la ventana, protegida por las gruesas cortinas. La habitación da a la calle de atrás, la de la entrada de servicio. Busco entre las cortinas y la ventana, por el suelo, a ver si por casualidad Amanda «perdió» el cuaderno. Es el último lugar que me falta por mirar.

Nada.

En la punta del zapato, noto un objeto que rueda por debajo de mi pie. Apunto con la linterna: es un auricular rojo.

¿Una prueba, quizá?

Lo recojo, lo envuelvo en un pañuelo de papel y me lo guardo en el bolsillo.

El corazón me va a mil por hora cuando salgo de la habitación. ¿Y si me topo con alguien? Menos mal que la suerte sigue de mi lado: no hay nadie. Me encantaría volver a dejar la tarjeta en el carrito de la limpieza, pero la tiro al suelo. No quiero forzar al destino.

Me lanzo hacia el ascensor. La mullida moqueta absorbe el ruido de mis pasos, como una charca de arenas movedizas tragándose un secreto.

Llamo al ascensor... y caigo en la cuenta en que no he pensado cómo voy a salir del hotel sin pasar por la entrada principal.

Estoy atrapada.

¿Robo un sombrero para pasar de incógnito por delante de los porteros?

¿Me escondo hasta que vuelva Josépha?

¿Me oculto entre un grupo de turistas?

¿Activo la alarma de incendios?

¡Alex! Seguro que todavía está trabajando.

Voy a ir a hacerle una visita, que hace diez mil mensajes que se preocupa por mí.

Las puertas se abren y... Mierda.

Un ascensorista.

Y no es Josépha.

Por suerte, no lo conozco.

–Buenas noches.

En realidad, lo único que hace falta para que parezca que tienes derecho a estar en un sitio es comportarte como si fuera cierto. Me enderezo y pongo cara de saber lo que hago.

–Buenas noches, señorita. ¿Planta baja?

–No. Castiglione.

Le da a un botón que tiene el logo del bar.

Debe de pensar que tengo una cita, o que soy la gerente de una start-up , o que soy una espía...

O igual le importa tres pepinos.

¡Ding, ding!

Las puertas se abren. El hombre me sonríe.

–Que pase buena noche.

Yo no respondo. Después de todo, soy la hija secreta de un empresario forrado: no hablo con los empleados.

Alex está dejando una copa con un licor amarillento delante de un hombre que lleva un chándal de lujo. Es uno de los pocos clientes.

–¡Suzette mía! ¿Qué haces aquí?

–He venido a darle las gracias al señor Delaville por lo de la otra noche. Y ya que estaba en la zona de la clientela, se me ha ocurrido pasar a decirte hola.

Él mira el reloj.

–¡Con lo tarde que es! Bueno, es muy amable por tu parte. ¿Qué quieres tomar? ¿Te apetece un cóctel?

–¡Venga!

–Siéntate.

Me acomodo en uno de los taburetes de la barra. Es comodísimo, por increíble que parezca. Tiene un asiento de cuero y reposabrazos.

–¿Te apetece un sidecar?

–¡No tengo ni idea de lo que es!

–Coñac, licor de naranja y zumo de limón. Perfecto para esta hora. No es muy de chica, pero tampoco es un cóctel de cosaco...

Le añade una cereza confitada. ¡Qué bonito es! Parezco la protagonista de una película antigua en blanco y negro. Lo pruebo.

–Hummm.

Enseguida se me sube a la cabeza. No suelo beber, y con las emociones de los últimos días...

–¿Cómo estás? –pregunta Alex, de repente serio.

–Bien, no te preocupes.

–¿Qué tal duermes?

–Dormir está sobrevalorado...

–Suzanne, me gustaría que hablaras con una amiga mía.

–Ah, ¿sí?

–Lo que has vivido es muy grave... He hablado con tu padre por teléfono. Está preocupado por ti.

Genial. Hablan a mis espaldas.

–Mi padre siempre está preocupado por mí –replico.

–Sí, eh, bueno... No se le puede culpar. Le he prometido que hablarás con mi amiga.

¿Y a qué se dedica esa amiga? ¿Es abogada? ¿Maga? ¿Vidente extralúcida?

–Es psicóloga –responde Alex como si me leyera el pensamiento–. Hace EMDR. Es una técnica para curar traumas. Verás, solo tarda una hora y es supereficaz.

¿Eficaz en una hora? No me lo creo.

–Es una técnica que utilizan en el ejército para curar a los soldados que vuelven del frente –explica.

Ya veo.

–El principio es que, cuando duermes, tus ojos hacen pequeños movimientos y «clasifican» los eventos del día –continúa Alex–. El trauma es un evento que el cerebro no ha archivado.

–¿Y lo archiva ella?

–Digamos que ayuda a tu cerebro a hacerlo.

–Vale... Me lo pensaré.

–No esperes demasiado –me advierte–. No hay que dejar que los traumas se instalen. Si no, se enquistan.

Cuando me termino el sidecar, son casi las dos de la mañana y estoy completamente zombi. Vuelvo a casa con Alex por las calles blancas y vacías y me acurruco en la cama unas cuantas horas.

Pero tengo un montón de sueños extraños: discuto con Léo y acabo clavándole un cuchillo en el corazón.

La sangre invade la imagen y todo se vuelve rojo.

Cuando suena el despertador, me siento aliviada.

Si la noche es peor que el día, ¡más vale currar! A lo mejor debería aceptar la propuesta de Alex.

En cualquier caso, casi me alegro de ver a Soufian y a Gwenn en la cocina a las seis de la mañana.

–Hola, ¿qué tal?

Gwenn me da un beso, casi un abrazo.

Soufian se limita a sonreír con los ojos y me pasa la cuchilla circular.

No lo veo como siempre, pero tampoco soy capaz de adivinar qué ha cambiado.

¿El pelo? ¿Unas vibes diferentes? No sé si es por su energía tranquila, por su respiración ligera y regular o por su olor, que se mezcla con el de la mantequilla y la harina, pero hoy me viene bien hacer cruasanes y napolitanas de chocolate.

Me siento arropada y segura, con el murmullo de la radio de fondo. Es Hélios, el panadero que se encarga de las baguettes , quien está escuchando las noticias. En la pared, el reloj redondo marca los segundos, y Gwenn me sonríe cuando nuestras miradas se cruzan.

Casi me pongo a ronronear.

–¿Suzanne?

Soufian me saca del sopor señalando el minutero que se ha puesto a sonar.

Corro hacia el horno para sacar los cruasanes.

No puedo evitar observar a Odette. Mientras deciden quién será el chef repostero, Bala la ha puesto al mando de la cocina, postres incluidos. Si en el cuchillo estaban las huellas, ¿por qué Odette sigue aquí? ¿Por qué no la han arrestado?

La chef da un par de palmadas y reparte el trabajo: el merengue para la tarta pavlova, la masa para las tartas, las ganaches, los copos de almendra, los pétalos de flores, las virutas de caramelo, las emulsiones, los cortes y el emplatado...

También hace una lista de las exigencias especiales: una pedida de matrimonio, dos cumpleaños, un aniversario de boda...

–Equipo tronco, vosotros os encargáis del cumpleaños del hijo del cliente de la suite Excelencia. Tiene ocho años y quiere un éclair .

–¿Un éclair ?

–Dos, de hecho. Uno de vainilla, su sabor favorito, y otro de rosa, el sabor favorito de su madre. Cada éclair tiene que ser para doce comensales.

–¿Con qué forma?

–La que vosotros queráis, siempre y cuando no se parezca al éclair de la panadería de la esquina. Quiero estilo, glamur... En fin, mucho bling bling.

Gwenn, Soufian y yo nos miramos. Si hasta Odette quiere bling...

Es un desafío hacer un éclair para doce comensales. La masa choux debe ser ligera, pero consistente. No debe tener mucha crema para no quedar pringoso. La crema no tiene que chorrear cuando se corte en trozos el éclair . ¿Y el glaseado? ¿Y la decoración? Le doy vueltas, como si fuera mi problema...

Aunque no lo es.

Léo se ausenta de la cocina y tarda unos minutos en volver.

–He conseguido el nombre del crío y se me ha ocurrido una idea. No vamos a hacer un éclair grande: vamos a hacer cincuenta de vainilla y otros cincuenta de rosa, y luego vamos a escribir su nombre con caligrafía árabe, en vista de que son emiratíes. Va a quedar superbonito.

Se pone a dibujar su composición en una esquina de la pizarra. Cuando ve que lo estoy mirando, me sonríe y me pongo roja.

Léo: Nos tomamos ese algo?

Hoy?

Me envía una ubicación.

A las 19?

No sé por qué he aceptado.

Léo no es mi tipo. Bueno, sí. Precisamente, Léo es mi tipo.

El tipo que se lleva toda la atención.

El tipo que sale de fiesta toda la noche y luego trabaja todo el día.

El tipo que sube sus últimas creaciones a TikTok con un fragmento de rap.

El tipo que conoce a todo el mundo.

El tipo que me da ganas de demostrarle que estoy a su altura.

He quedado con él en un bar abarrotado. Está pidiendo cócteles porque es la hora feliz.

Me pasa una copa y anuncia a todo el reservado:

–¡Chicos, os presento a Suzanne! ¡No terminó la FP, pero tiene más talento que André!

Parece que ya va borracho... Y, como yo bebo muy poco, tengo bastante con una copa para llegar al mismo estado en que está él. Hablo con algunas personas que no he visto en la vida y que tal vez no vuelva a ver jamás.

Luego, Léo se me acerca y me dice:

–¿Nos piramos?

Paseamos por las calles heladas hablando de nosotros, de nuestra carrera.

Él sí que terminó la FP. Después, prácticas en un hotel de Megève...

La gran vida, vamos.

–¿Y el tronco? ¿Cómo va? –pregunto.

Eso le baja un poco los ánimos.

–No avanzamos. Estamos perdidísimos.

Dudo si hablarle de mis investigaciones. No estoy muy segura de mí misma, y mucho menos estoy segura de él. ¿Puedo confiar en su discreción? Aun así, le doy un consejo:

–Hay que pensar en las cosas que obsesionaban a Amanda: París, la crema, los cítricos y todo lo que recuerda al Magreb. Almendras, azahar... Al menos, es lo que yo haría.

Me lanza una mirada astuta; no lo voy a engañar.

–¿Lo que harías o lo que haces?

–Bueno, vale, he empezado a darle vueltas.

–Podemos darle vueltas juntos, si quieres.

Lo dice con todas las segundas del mundo. Confieso que me tienta acceder.

–Oye, me muero de hambre. ¿Tú no? –digo en su lugar.

Paramos a tomarnos un kebab con unas patatas fritas bien grasientas. Luego, Léo propone acompañarme a casa. Subimos la calle Faubourg-Saint-Honoré, cubierta de luces de Navidad.

En el portal de casa, me dice:

–Hasta mañana.

Dudo.

Léo es de esos tíos que te hacen creer que su luz te deslumbrará, y que terminan quitándote tu llama.

Pero, bueno..., solo se vive una vez.

–¿Te da miedo subir seis pisos a pie? –pregunto.