8 Diciembre
Deshago la maleta.
¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Siete días? ¿Ocho? Pero, en realidad, no he tenido tiempo de instalarme. Lanzo sobre la cama las cosas que no necesito ahora mismo, diciéndome que ya las ordenaré más tarde. Hay de todo: mi KitchenAid, mis libros de cocina, el regalo de mi padre...
Me lo dio casi al borde de las lágrimas. Y a una no suele apetecerle mucho ver a su padre llorar, así que... Me olvidé de abrirlo.
Negación, que diría mi psicóloga.
Deshago el lazo y abro la caja.
Es una pequeña impresora portátil que funciona con wifi, junto con dos bolsitas de papel de fotos y un montón de accesorios.
Incluye una tarjeta con un pastel enorme de todos los colores del arcoíris, en la que pone: «Todos los días son una fiesta».
En el reverso de la tarjeta, mi padre ha escrito:
Busco en el móvil una de las fotos que he hecho de las Tullerías nevadas, especialmente lograda, y la imprimo. Funciona genial.
En dos minutos, tengo unas cinco o seis fotos impresas. Son pequeñitas, pero quedan muy bien.
–¡Cómo mola!
Me prometo enviarle una de las fotos a mi padre, en plan postal. También tendría que escribirles al señor y a la señora Legall.
Pero, mientras tanto, tengo que ponerme a currar.
Le paso un trapo a la KitchenAid, que ocupa buena parte del miniespacio de trabajo que he improvisado encima del frigorífico.
He decidido demostrarle al equipo de Léo de qué pasta de tronco de Navidad estoy hecha.
¡Yo voy a ser quien averigüe lo que tenía Amanda en mente!
Me hago un té y me siento a la mesa, delante de la ventana.
Empiezo hojeando Revolución azucarada y Diez postres maravillosos para celebrar París , ambos escritos por Amanda Tuile.
Entre los dos libros solo hay una receta de tronco de Navidad, y lleva un relleno bastante simple de mermelada de naranja con nata al mascarpone.
No creo que Amanda hubiera servido un postre tan básico en Nochebuena en L’Harmonie, el restaurante del Rivoli.
Abro el ordenador.
Es hora de ampliar la búsqueda.
Hace justo diez años que Amanda consiguió la plaza de chef repostera del Rivoli, y tengo la intención de estudiar los diez troncos que hizo a lo largo de esas diez Navidades.
Encuentro muchos artículos sobre su trayectoria, entrevistas, la inauguración de su primera repostería...
Pero hay muy poca información sobre los troncos de Navidad.
Hace siete años, por el setenta cumpleaños del palacio, hizo una cosa de locos: un tronco que representaba la fachada del hotel, hasta el mínimo detalle.
La receta, muy elaborada y evidentemente virtuosa en su concepción, era una variación de praliné con galleta, nata avainillada y chocolate laminado para darle un toque audaz e imaginativo.
También encuentro un artículo de un tronco de Navidad sobre Los nenúfares que dio mucho que hablar: una base de lenguas de gato finísima, crema (la famosa crema...) y un glaseado que evocaba la obra maestra del impresionista Claude Monet, con nenúfares de chocolate...
Todo ello alrededor del tema de la vainilla, con matices japoneses de té y yuzu.
Cómo le gustaban los cítricos...
También se menciona un tronco de Navidad que hizo en colaboración con una importante marca de moda, con forma de lazo verde y rojo, con pistacho y cereza burlat... Huy, esto último no es muy propio de Amanda.
Ah, ¡este es magnífico! Un tronco de Navidad basado en el jardín de las Tullerías en invierno: las fuentes, las avenidas... Todo de chocolate y nata para la nieve. Simple y elegante. ¡Me encanta!
El papel que viene con la impresora también es adhesivo, así que hago pantallazos y luego, en el trozo de pared que hay encima de la mesa, pego las imágenes de los troncos de Navidad de Amanda. Con un taco de pósits, indico el año y los sabores elegidos: praliné, yuzu, cítricos, nata, vainilla...
Dos horas después, reculo un par de pasos para admirar mi trabajo: he encontrado la pista de cinco de los diez troncos de Navidad. No está mal. Estoy muy orgullosa de mi «muro de troncos».
Es como uno de esos croquis que hacen en las series policiacas para resolver un crimen.
Pero lo mío es una investigación repostera.
Me hago un té.
Reflexiono.
Investigación repostera...
Eso me recuerda a Amanda y al cuaderno robado.
Y a sus últimas palabras... «Habitación 24».
Cuaderno desaparecido, habitación 24... Habitación 24, cuaderno desaparecido...
¡Joder! ¿Por qué no se me ha ocurrido antes?
¡Eso era lo que quería decir! ¡El cuaderno está en la habitación 24!
Rebusco en el bolsillo del abrigo y empiezo a marcar el teléfono de Adeline Meunier.
Pero, de repente, se me ocurre que a lo mejor no es buena idea. Va a preguntarme por qué no se lo he contado antes.
Se me olvidó, sinceramente. Tenía pensado decírselo, pero han pasado tantísimas cosas...
No me va a creer, por supuesto... Voy a parecer aún más sospechosa.
¿Las últimas palabras de la asesinada y no se las cuento a la poli? Me van a meter en prisión preventiva con Oswald.
Solo veo una solución: entrar en la habitación 24 y comprobar si Amanda se dejó ahí el cuaderno.
¿Y después?
Después, ya veremos.
Es arriesgado, pero merece la pena. Tengo que encontrar el maldito cuaderno antes de que la poli le eche el guante y desaparezca para siempre tras un precinto, junto con el secreto de la crema.
La pregunta es: ¿cómo lo hago? Si se lo pido a Josépha, me va a decir que sí. Y, si nos pillan, se meterá en un lío por mi culpa. Aunque ya se considera la detective que está a cargo de la investigación...
Abrir la puerta no es lo más complicado: solo necesito la tarjeta. En las películas, los héroes siempre se la roban al personal de limpieza.
Pero ¿qué hago si la habitación está ocupada? Tendría que averiguar cuándo salen los clientes.
Miro el reloj. Entro a trabajar dentro de media hora. Odette nos ha dado la mañana libre, ya que estamos en repostería y se han trastocado todos los planes, pero esa no es razón para llegar tarde.
Me ducho y voy al Rivoli, pedaleando como loca sobre Praliné.
Al llegar, me cambio y voy corriendo a la cocina. No está el equipo tronco. Tendrán reunión. Mientras me ato el delantal, saludo a Soufian:
–¿Qué tal?
–Bien. Odette ha dejado una nota con la lista de las cosas que hay que hacer.
Lee:
–Masa choux , chocolate para las napolitanas, pasta de almendras, inventario de especias... Si no, está el servicio de habitaciones. Qué tareas tan aburridas.
A Soufian solo le gusta hacer hojaldre.
–¿Tú qué quieres hacer? –me pregunta.
–El servicio de habitaciones, si no te importa.
–Vale.
Me muestro calmada, pero por dentro estoy emocionadísima. No me creo la suerte que tengo. ¿El servicio de habitaciones? ¡Es demasiado fácil!
Cuando estoy un poco tranquila y nadie me escucha, levanto el teléfono que conecta con recepción:
–Hola, buenos días. Es mi primer día en cocina... Tengo que subir unas tostadas a la habitación 24, pero no sé si son con mermelada o con otra cosa.
–Debe de haber un error, porque no hay nadie alojado en la habitación 24.
–Ah, ¿no?
Aquí no tengo que fingir, estoy sorprendida de verdad. ¿No hay nadie alojado en esa habitación? Creía que el hotel estaba completo...
–Ah, de acuerdo –digo–. Voy a comprobarlo.
Clic.
Alucino con la suerte que tengo. No me hace falta saber si los clientes están en la habitación, ¡porque no hay nadie!
Entrar va a ser pan comido. Solo tengo que quitarle la llave maestra a la camarera de piso; hay una para cada planta.
Y, sobre todo, puedo esperar hasta el final de la noche sin correr el riesgo de toparme con los clientes dormidos.
Y es una buena idea, porque después de las once hay menos gente en los pasillos, y también menos personal.
Mientras espero, dado que estoy atrapada haciendo el servicio de habitaciones, miro a Soufian trabajar por la puerta entreabierta –un espectáculo nada desagradable– y organizo mi plan.
Tengo un problema: ¿cómo subo a la segunda planta?
Hello. Puedes subirme esta noche? Tengo que ir a ver a Alex.
Josépha: No estoy, lo siento
Mierda...
Un momento: a lo mejor se me ha ocurrido una idea.
Cuando termino el servicio, voy a despedirme de Soufian, que tiene harina en la mejilla.
Dudo si avisarlo, porque está muy gracioso, pero al final pienso que no sería muy amable por mi parte.
Así que se lo digo, y él se lo limpia mientras dibuja una sonrisilla avergonzada que le saca un hoyuelo en la comisura de los labios.
No me había fijado en ese hoyuelo...
–¡Menudo día! –exclama con un suspiro.
–Me sorprendes...
–Ha sido un muermazo. Y yo aún me he entretenido..., pero tú debes de haberte aburrido muchísimo.
¡Si él supiera...!
De repente, pregunta:
–¿Quieres ir a tomar algo?
Mierda... Me encantaría hacerle unas cuantas preguntas, saber un poco más de la misteriosa Odette... y sobre el misterioso Soufian. Pero tengo una misión. Así que respondo:
–Esta noche no puedo, lo siento.
Me dirijo a la cantina y como algo mientras miro las redes sociales y cotilleo el hashtag #Rivolipalace. Nada reseñable: solo fotos que suben los clientes y algunos vídeos que publica el palacio para promocionar el ambiente de Navidad que hay a este lado del río.
De todos modos, tampoco iban a comunicar que no tienen chef repostero a tres semanas de Navidad...
Cuando dan las once, salgo, le deseo buenas noches al vigilante, doy la vuelta a la manzana y me planto delante de la entrada del hotel. El hombre de negro me fulmina con la mirada, pero Armand me saluda:
–Hola, Suzanne, ¿qué tal está?
–Muy bien, Armand, ¿y usted? Vengo a ver a Vincent... Al señor Delaville, perdón. Tengo que hablar con él.
Armand mira al hombre de negro, que asiente con un leve gesto de la cabeza.
–Entre... ¡Y que pase buena noche!
¡Sabía que algún día entraría en el Rivoli por la puerta grande!
Y reconozco que es elegante. Para empezar, huele bien, a vela de Navidad y a perfume de lujo.
La gente va vestida como en los anuncios de las marquesinas de los autobuses, y todo el mundo habla en voz baja.
La luz es tenue, pero al mismo tiempo deslumbra.
El color predominante es el «J’adore Dior».
Mostrador. Conserjería... La recepción está un poco apartada, en una especie de hueco entre dos columnas antiguas. Me acerco y pido hablar con el señor Delaville, que aparece como el genio de la lámpara.
–Suzanne, ¿qué hace usted aquí? –susurra a toda prisa, en el tono justo para que no lo oigan los clientes.
–Buenas noches, señor Delaville. Quería hablar con usted.
–Pero ¿cómo ha entrado?
Señalo el vestíbulo.
–Por la puerta.
–Naturalmente... Venga, adelante.
Me lleva a su despacho, detrás de recepción. Es tan grande como mi piso.
–¿Hay algún problema? ¿Puedo hacer algo por usted?
–Me he permitido venir a verlo porque no llegué a darle las gracias por lo del otro día.
Él suspira. ¿De alivio? ¿De exasperación?
–Le agradezco mucho el gesto, Suzanne –responde.
Uf. Le ha gustado.
–Pero también me podría haber llamado a recepción –añade.
–No es así como me han educado. –Esto le encanta–. Fue usted muy amable cuando me interrogó la comandante... Menos mal que estaba usted ahí.
El gerente de noche sonríe. Gracias a mí, acaba de recuperar la fe en la juventud.
Me marcho orgullosa de mí misma.
Pero, en lugar de volver a salir a la calle, giro a la derecha. Es imposible que los porteros me hayan visto. ¡Gracias, decoración de Navidad!
Estoy en la parte noble del hotel.
Entre los clientes.
Lo único que tengo que hacer es rezar para no toparme con nadie que conozca. Me abalanzo hacia un ascensor con un grupo de turistas asiáticos.
No hay ascensorista. Vaya por Dios, está claro que las cosas ya no son como antes... De hecho, tengo que apretar yo misma el botón del segundo piso.
Me encuentro los pasillos desiertos.
¿Esto es el lujo? ¿Pasillos vacíos? ¿Silencio?
No me cuesta encontrar la habitación 24. Está bien situada, un poco apartada, en un pequeño recoveco al fondo del corredor.
Solo me queda conseguir la tarjeta. Eso siempre es sencillísimo en las películas, pero en la vida real es algo más complicado.
Estoy buscando un sitio donde esconderme para esperar a la camarera de piso cuando la veo aparecer por el final del pasillo.
Como va mirando el móvil, no me ha visto.
Se mete en el almacén en el que probablemente vaya a pasar la noche, rodeada de material de limpieza.
A no ser que alguien llame... Me escondo detrás de un árbol de Navidad (los hay en todas las plantas), saco el teléfono, busco el número de recepción, marco... Tardan un siglo en cogerlo.
–Rivoli Palace, buenas noches.
¡Por fin!
–Buenas noches. He perdido un pendiente, y me pregunto si no se me habrá caído en el ascensor, porque nos hemos marchado con algo de prisa. Es un zafiro pequeño, una dormilona. En el segundo... Sí, espero.
¡La distracción funciona! Veo que la camarera de piso vuelve a salir y se dirige hacia los ascensores. Solo tengo unos segundos, un minuto como máximo. Va a buscar el pendiente, pero tampoco creo que registre la moqueta palmo a palmo.
Me precipito hacia el almacén y rebusco en el carrito de la camarera.
Aún no he cortado la llamada con recepción, y me han puesto musiquita de espera.
Le lanzo un vistazo a la cesta que hay a un lado...
¡Una tarjeta! ¡Espero que sea la buena! La música se detiene.
Al otro lado del teléfono, vuelve a hablar el recepcionista.
Lógicamente, la camarera no ha visto la joya.
–¿No? ¿Nada? Debo de haberlo perdido en el taxi –respondo–. Muchas gracias...
Cuelgo y suelto una bocanada de aire.
De momento, todo va según lo planeado, pero aún me queda mucho trabajo por delante.
Me dirijo hacia la habitación 24.
Ojalá sea esta la tarjeta que abre todas las puertas...
¡Bingo!
La cerradura se abre con un pequeño zumbido.
Me deslizo dentro del cuarto, que está sumido en la oscuridad.
Para encender la luz, hay que meter la tarjeta magnética en una ranura que hay junto a la entrada.
Pero prefiero abstenerme. Hay una farola al otro lado de la ventana, y la luz difusa, aunque queda filtrada por las gruesas cortinas, me permite moverme sin problema.
Es una «pequeña» habitación de unos veinticinco metros cuadrados con dos camas queen size , un escritorio, puertas decoradas con espejos tras las cuales veo un vestidor, un minibar, sillones, una mesa...
¿Por dónde empiezo? Decido que lo primero que voy a hacer es echar un vistazo en el cuarto de baño, aunque es improbable que Amanda se dejara ahí el cuaderno. Estoy a punto de entrar cuando oigo el leve zumbido que produce la llave magnética.
Miro a mi alrededor.
¿El vestidor? Demasiado lejos.
¿Las cortinas? Demasiado arriesgado.
El pomo gira...
Ay, mierda.