Cozy love y crímenes navideños 7 Diciembre
32%

7 Diciembre

Hello, papá! Mira por dónde corro. A que es precioso?

Correr por las Tullerías es una pasada. Le doy tres vueltas al jardín, pasando debajo de los árboles pelados y rodeando las fuentes heladas, hasta las escaleras que llevan a la plaza de la Concordia.

No estoy cansada, así que sigo un poco más hasta la orilla del Sena, con las barcas cubiertas de nieve y los edificios grises decorados con luces navideñas. Inspiro grandes bocanadas de París.

Hay que sacar la cabeza de la cocina de vez en cuando. Además, me viene bien correr. Es como la bicicleta, como la repostería.

Se te vacía la cabeza.

O te permite reflexionar.

¿Quién querría matar a Amanda?

Entre la gente a la que humillaba y la gente que quería su puesto..., casi todo el mundo.

Eso, sin tener en cuenta a toda la gente que no conozco.

En cambio, lo que me parece improbable es que la mataran para robarle el cuaderno. Aunque también es cierto que nunca se separaba de él... ¡Si hasta despidió a un ayudante que se atrevió a hojearlo!

Pero si no lo encuentran es porque lo tiene el asesino... ¿Qué habrá dentro?

Vuelvo dando grandes zancadas y, cuando llego a la puerta de casa, me encuentro a Léo sentado en un escúter.

–¡Hola! –me saluda.

–¿Qué narices haces aquí?

–No respondías a mis mensajes.

–¿Cómo sabes dónde vivo?

–Todo el mundo sabe dónde vives. El apartamento de Alex es famoso en el Rivoli. Ya se ha calmado un poco, pero hacía fiestas míticas.

Asiento, conforme con la explicación. Aunque tampoco lo voy a ayudar... Si tiene algo que decir, que lo diga.

–¿Nos tomamos un café?

–¿Qué, aquí? ¿Ahora?

Voy con unas mallas y una sudadera. Como esté dos minutos más sin moverme, me voy a criogenizar y me podrán despertar dentro de ciento veinte años.

Léo se quita el plumas y me lo echa por los hombros.

–Hay un bar en la esquina.

El local está abarrotado, húmedo del vapor que emana de los abrigos mojados por la nieve. Es un ambiente ruidoso... y maravilloso. En mi pueblecito de Bretaña solo había un pub y una crepería, y podías estar seguro de que conocías a todos los clientes.

Aquí hay gente de todo el mundo junto a la del barrio.

Encontramos una mesa al lado de la ventana, entre una pareja de abogados (que, al parecer, son amantes) y un grupo de turistas asiáticos con bolsas de tiendas tan caras que me duelen los ojos. Pido un té y un cruasán.

–¿Estás segura? –pregunta Léo–. A lo mejor no está tan bueno como los tuyos.

¿Es una broma o intenta ablandarme? Muerdo el cruasán. No está tan mal.

Él se bebe el café.

–¿Y bien? –pregunto con la boca llena–. ¿Qué querías decirme?

–Sé que el cuaderno no te lo llevaste tú.

–¡Ah! ¡Gracias! –Y añado–: Pero tú sí que te quedaste con mi puesto.

–La verdad es que no.

–No te hagas el inocente. Sé muy bien que tienes enchufe.

–Tú también lo tienes. Tu «tío» Alex.

–Venga ya... No tuve ni que buscar diez minutos en internet para enterarme de que tu madre es la hermana de Bala. Yo no estaba a la altura del sobrino del cocinero jefe.

Él se cruza de brazos. No lo niega.

–Pero, aun así, tengo nivel –le espeto–. Por eso estoy aquí. Así que ten cuidado, que podría recuperar mi sitio... El que me has quitado. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Él sonríe, medio impresionado, medio... ¿seductor?

–Siento lo de ayer. No es asunto suyo, tengas o no la FP.

–¿Lo dices por el «chavalote»? Menudo gilipollas...

No le digo que he empezado a hacer pruebas para conseguir la textura de la crema de Amanda y que he avanzado bastante.

–¿Quieres que vayamos a tomar algo tú y yo? –me dice.

–Ya estamos tomando algo.

–Sabes muy bien lo que quiero decir.

Sé muy bien lo que quiere decir, y me provoca pequeñas descargas eléctricas entre los muslos. Me gustan los tíos directos. Me parece sexi, sobre todo cuando son sexis. Y Léo lo es.

No es que sea guapo, pero tiene algo que me pone.

Me vibra el teléfono.

Soufian: Ha venido la poli. Han detenido a Oswald.

Miro a Léo, que también está leyendo un mensaje. Al parecer, ha recibido la misma información.

–¿Oswald? ¿Por qué mataría a Amanda?

–¿Para quitarle el puesto?

–¡Es una encerrona! ¡Es política!

Cuando llegamos a la cocina, Bala está gritando a los cuatro vientos que la policía ha detenido a Oswald en el Rivoli delante de todos los periodistas, y que lo han hecho a propósito. El ambiente está cargado.

Me acerco a Soufian y Odette, que observan la tormenta desde la orilla.

Hasta ese momento, todo el mundo había conseguido guardar la calma.

Pero este arresto es el segundo golpe duro que recibe el personal, sobre todo los cocineros, los pinches, los reposteros, los panaderos...

Uno de los reposteros está llorando, una chica recoge todo lo que se ha caído cuando los agentes han venido a llevarse a Oswald a la fuerza...

Hay harina por todas partes y manchas de chocolate sobre el horario de trabajo.

Bala se vuelve hacia Léo.

–¡Y vosotros, a currar, que estáis pensando en las musarañas! Ese tronco de Navidad no va a hacerse solo. ¡Maldita sea! ¿Cómo he acabado con estos imbéciles?

–Después de todo, no se está tan mal en panadería –bromea Soufian, pasándome una placa de mantequilla.

Nos ponemos a trabajar juntos, al mismo ritmo y en un silencio que me viene bien. No tengo ganas de hablar del asesinato una y otra vez.

Además, el silencio deja espacio para otras cosas. Cuando trabajas al lado de alguien durante horas, los cuerpos acaban por establecer una especie de acuerdo tácito.

Se crea fluidez de movimiento, armonía.

En un momento dado, Soufian se quita los auriculares y va a buscar la masa en la sala de levado. Cuando vuelve, me pregunta:

–Por cierto..., ¿has conseguido sacar la receta de la crema?

Sonrío y respondo con otra pregunta, una técnica inspirada en el cabrón de mi ex (que no solo tenía defectos, a la hora de la verdad):

–¿Te gusta ser panadero? ¿Nunca te han dado ganas de pasarte a repostería?

–Me encanta la masa. Sobre todo, el hojaldre.

Es cierto que parece encantarle. Cuando lo veo amasar (aquí se suele amasar a mano), pienso que esas manos y esos brazos están hechos para eso, para el movimiento lento de la masa que se estira una y otra vez, que se cubre de harina, que se estira de nuevo...

–¿Llevas tatuado un cruasán?

–Es la luna.

Veo que el dibujo se le mueve en el antebrazo.

–¿Un recuerdo?

Soy consciente de que hago muchas preguntas, pero ha empezado él. Aunque da igual, porque Odette nos interrumpe y lo salva del interrogatorio:

–Los reposteros necesitan ayuda. Dos se han desmayado y a otro le ha dado un ataque de nervios. Les faltan manos, y el servicio debe ser impecable.

–Un asesinato, una detención... Como encima fallen los pasteles, esto va a ser una tragedia –suelta Soufian.

–¿Os apetece hacer horas extra?

Nos miramos. Como es evidente, él está a favor.

–¿Estás seguro? Te recuerdo que esta vez vamos a estar en mi terreno.

Alex: Buenas, Suzanne. Marianne me ha dicho que te ha visto un tanto paliducha. Seguro que duermes bien? No dudes en avisarme, sobre todo si necesitas cualquier cosa.

Gracias, Alex, va todo bien! Me las apaño. Eres un solete.

Papá: Hola, Suzette mía. Tienes razón, el jardín de las Tullerías nevado es precioso! Cómo estás? Aguantando el chaparrón? Estoy algo preocupado.

Va todo bien. Y Alex está muy atento.

En el vestuario, me cambio de chaqueta mientras pienso en lo que ha pasado en los últimos días.

Cuando acepté el puesto en el Rivoli Palace, esperaba que fuera un trabajo duro.

Era consciente de que habría competencia y horarios complicados; que tendría que darlo todo, mantener la calma y la concentración...

Pero no esperaba un asesinato y un servicio devastado por la ausencia de la chef.

Me reúno con Soufian. Es extraño estar en la misma cocina, pero al otro lado. No tengo que hacerme ilusiones, no soy experta ni en decoración ni en diseño. Soufian prepara las bases de las tartas, yo me pongo a hacer la masa choux y los malvaviscos.

Sin dejar de trabajar, observo a los reposteros que trabajan en las tartas Mont-Blanc y de limón.

Con la manga pastelera y el plato giratorio, dibujan unos pétalos de crema de castañas y de merengue preciosos sobre las bases.

A continua ción, añaden trocitos de castaña, hojas de violeta confitada y ralladura de fruta escarchada.

Es clásico. No es tan brillante ni tan audaz como las creaciones de Amanda, pero es magnífico.

–¿Cómo vas? –me pregunta Soufian.

–Estoy celosa. Me encanta la manga pastelera.

Incluso siento pasión por ella.

¡Es casi la única razón por la que quería dedicarme a esto!

Es genial cuando estás hiperconcentrada y aprietas la manga para que salga la crema, y encuentras el ritmo para hacer que todo sea perfecto, regular, deliciosamente delicado y deseable.

¡Cómo me gustaría estar en su lugar!

Justo antes de la hora punta de la cena, Bala viene a inspeccionar sus tropas.

–Bueno, tengo que informaros de algo. Dado que Oswald está, digamos..., fuera del circuito, la dirección nombrará un nuevo chef repostero en los próximos días.

Todas las miradas se vuelven hacia Odette.

Se ha visto obligada a encargarse de la cocina, y me he fijado en que es mucho mejor jefa que Oswald e incluso que Amanda.

Esta última tenía un talento increíble, pero, para qué mentir, la forma en que trataba a sus subalternos rozaba el maltrato.

Imagino que no debía de ser fácil abrirse paso para estar a su lado.

Me pregunto si yo lo habría conseguido.

Estoy segura de que sí.

Estoy cerrando la taquilla medio destrozada cuando Léo se me acerca.

–¿Crees que me la van a arreglar?

–Tendrás que preguntárselo a tu jefa.

–¿Quién? ¿Odette? Tiene cosas más importantes entre manos, ¿no crees?

–¿Vamos a tomar algo, entonces?

Sin el uniforme tiene más pinta de malote, a pesar de los ojos azules y la piel clara. La verdad es que las rastas y los tatuajes son un look bastante arriesgado. Pero le salva esa energía que desprende, esa pinta de ir a por todas, de querer comerse la vida.

–¿Ahora?

–Cuando tú quieras.

Dudo. Soy consciente del tipo de tío que es Léo.

Sé que tengo ganas de salir con él.

Sé que no es buena idea.

–Otra vez será... Creo que necesito dormir.

–¿Dormir?

–Sí, ya sabes, esa cosa que hay que hacer dos o tres horas al día si quieres seguir en pie.

–No lo sabía... –dice con una sonrisa.

Luego, duda un momento y pregunta:

–¿Crees que podrías ayudarnos con el tronco de Navidad? Estamos sudando la gota gorda.

–Ah, no me había dado cuenta... Bueno, fuera de coñas: me encantaría, pero ¿cómo os ayudo?

–No lo sé... Con tu talento.

–Ya. Voy a pensármelo.

Él me mira de arriba abajo. Cuando se aleja, lo llamo y le pregunto:

–¿Crees que nombrarán chef repostera a Odette?

–Ya quisiera ella.

–Ah, ¿sí? –contesto extrañada.

Estaba convencida de que Odette adoraba su trabajo. No se consigue el mejor hojaldre del mundo si no te gustara un poco el oficio...

–¿No lo sabías? –pregunta Léo–. Amanda y ella estudiaron juntas en la escuela de hostelería. Y fue Amanda la que consiguió el puesto.

Cuando llamo al S1, me encuentro con Josépha.

–Hola, ¿qué tal?

–Ya ves... Hoy me ha tocado ser repostera.

Ella me mira, no lo entiende muy bien.

–No he estado en panadería, vamos. Me ha venido bien.

–¿Puedo enseñarte una cosa? Pero prométeme que no se lo contarás a nadie.

–Vale.

La sigo por los pasillos. Tomamos el ascensor B, salimos a la primera planta, bajamos al entresuelo...

–Ven.

Me arrastra hacia el extremo opuesto del ala donde se encuentra el Castiglione, hacia una especie de galería con unas cristaleras desde las que se ve el restaurante L’Harmonie.

–¡Hala!

Desde donde estamos se pueden admirar el gran árbol de Navidad que domina la entrada y el aparador central, cubierto con una composición floral de temática navideña. Las mesas están preparadas con manteles blancos, copas de cristal y ramitos de muérdago.

–Es precioso, ¿eh?

–Una pasada.

–También es una locura. ¡Trabajas aquí y ni siquiera te enseñan la sala! Ven. Voy a enseñarte otra cosa.

En las paredes de la galería hay nichos pequeños rodeados de molduras y volutas doradas. Josépha se desliza en uno de ellos y me invita a hacer lo mismo. Nos encontramos en una especie de escondite del tamaño de una bañera. En el suelo hay almohadones y envoltorios de chocolatinas.

–Es mi madriguera –dice Josépha.

Yo me he quedado sin habla.

–Hago turnos dobles. ¡Tengo que descansar!

Empiezo a darme cuenta de que Josépha tiene siempre una explicación lógica para un montón de cosas ilógicas. Me enseña una rejilla de aireación.

–Cuando hay alguien en la salita de detrás de recepción, se oye todo.

Asiento lentamente, intrigada.

–Ahí es donde tiene la poli el cuartel general –añade Josépha–. Me entero de todo lo que dicen.

–¡Estás loca!

–El cuchillo... Sé qué cuchillo usó el asesino. Estaba en una de las bandejas del servicio de habitaciones, ¿sabes? El cliente la había dejado en la puerta para que la recogieran las camareras de piso.

–Entonces, el asesino solo tuvo que cogerlo...

–O la asesina –me corrige Josépha con aire conspiratorio–. Han encontrado las huellas. Y pertenecen a una mujer.

–¿Una mujer? ¿Quién?

–Odette...

¿Odette? ¡Joder!

Claro, tenía un móvil: ocupar el puesto de Amanda.

–Cuando pasé a verla, justo después de la hora del té de esa tarde..., la sorprendí guardando algo en un cajón a toda prisa –confieso–. Era una llave de ascensor... Una llave del B.

–¿Ves? –dice Josépha–. Tenemos a la primera sospechosa.