Cozy love y crímenes navideños 6 Diciembre
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6 Diciembre

Praliné chirría un poco cuando doy las primeras pedaladas. Hay escarcha en los tejados, la calle desierta está helada.

–Lo sé... Hace un frío que pela. Habrías preferido quedarte calentita en el cuarto de las bicis, pero hay que currar.

A las cuatro de la mañana, la nieve, iluminada por la luna, desprende un extraño fulgor azulado.

Me entran escalofríos al acordarme de todo lo que pasó ayer.

Estaba en una planta en la que no pintaba nada, fuera de mi horario de trabajo, delante de un ascensor que no puedo coger, justo después de que apuñalaran a Amanda en el pecho...

Está claro: estoy en la mierda.

Al subir la calle Rivoli, las ruedas de Praliné van dejando en la nieve una línea nítida hacia la plaza de la Concordia.

Durante cinco minutos, tenemos una de las calles más bonitas de París para nosotras solas.

Pero no dura mucho: delante del hotel hay plantados periodistas de todo el mundo, esperando... ¿qué, exactamente?

¿Que Amanda resucite?

¿Que Édouard de Rosière, el director, les conceda una exclusiva?

¿Que el asesino salga con los brazos en alto, gritando: «La maté yo»?

No lo entiendo hasta que el «hombre de negro», cuya cabeza sobresale de la marea de gente, establece contacto visual conmigo: me esperan a mí.

Le doy la vuelta al edificio. Pero ahí, delante de la puerta de servicio, también hay periodistas, cómo no.

–¡Mierda, mierda, mierda!

Decido aparcar un poco más lejos y encuentro un sitio para Praliné a unas pocas calles. La ato entre dos bicicletas eléctricas mientras le doy vueltas a una idea: a lo mejor estoy delirando. ¿Cómo van a saber quién soy?

Debería poder entrar junto al resto de los trabajadores, si contengo la respiración y me abro paso a la fuerza hasta la paz insonorizada de los pasillos del hotel.

Pero, cuando me dirijo hacia la entrada, uno de los periodistas se fija en mí y agarra el brazo del cámara que lo acompaña para que me grabe.

Está claro que me ha reconocido. El resto de los paparazzi se vuelven hacia mí.

Entro en pánico.

Entonces, escucho un silbido y un:

–¡Suzanne!

Me doy la vuelta. Es Soufian, y lleva la capucha de la sudadera puesta.

–Ven...

Caminamos deprisa y, cuando llegamos a la esquina, echamos a correr. Soufian me empuja contra la puerta de un edificio para hacer tiempo mientras pasan unos cuantos valientes que han decidido perseguirnos; durante un instante, nos quedamos pegados el uno al otro.

Mi boca hace vaho.

Su boca hace vaho.

Se me acelera el corazón.

Me coge de la mano y me arrastra por una especie de callejón sin salida, flanqueado por edificios de lujo. Teclea un código, empuja una puerta.

Estamos en el pequeño patio interior que da a la parte trasera de una cafetería. Se saca unas llaves del bolsillo y cruza el patio.

–¿Adónde vamos?

–Conozco al encargado.

Entramos en el local, y Soufian abre una trampilla que desciende a las galerías de una bodega.

Tras girar unas cuantas veces, nos encontramos delante de una pesada puerta de hierro cerrada con un candado. Al otro lado hay pasillos blancos encalados, con grandes tuberías de evacuación que recorren toda la pared..., y luego, una puerta antiincendios.

Soufian abre la puerta, echa un vistazo y, tras llevarse un dedo a los labios para pedirme que guarde silencio, me hace un gesto para que lo siga.

Estamos en un cuarto de la basura...

¡La basura del Rivoli!

Cuando llego a la cocina, Odette me observa inquieta y Gwenn me pregunta:

–¿Estás bien? Me tenías preocupada. ¿No has tenido problema con los periodistas?

–No pasa nada. Me he puesto la capucha y no me han tocado las narices.

Todo el mundo respira.

Soufian me dice «gracias»... sin palabras.

Mientras trabajo, intento hacer una reconstrucción de los hechos: yo estaba en el entresuelo, buscando a Alex. Josépha me dijo que Amanda iba a coger el B en el segundo... Entonces, Josépha estaba en el segundo.

¿Y Amanda? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué estaba en la habitación 24?

En cualquier caso, eso quiere decir que a Amanda la apuñalaron entre la segunda planta y el entresuelo. O el asesino la esperaba en el primero, o entró con ella en el ascensor y se bajó en el primero.

La llegada de los reposteros me saca de mis pensamientos.

Oswald, el segundo de Bala, ha ascendido de rango.

Eso podría ser un buen móvil, ¿no?

En todo caso, ha recuperado un poco el color. Da unas palmadas para reunir a su equipo.

–¡Muy bien! Gracias por venir hoy. Sé que es duro. Todos la echamos de menos.

Ya... Tampoco es que se detenga a hacerle un homenaje emotivo. Amanda ha dejado un gran vacío, sobre todo, porque se ha llevado a la tumba el secreto de su crema.

–Sin Amanda, la confitería Orangerie nunca será la misma. Se han reunido con la dirección del hotel y... han decidido cerrar.

–¿Cerrar... el qué? –pregunta Clara Li.

–¡La Orangerie! Sin crema, no hay orangeries .

¿Qué? ¿Se acabaron las orangeries ? ¿Nadie sabía la receta, en serio? Yo no soy la única sorprendida. Al anuncio le siguen algunas reacciones.

–¿Nadie más sabía cómo hacía la crema? ¡Eso es imposible!

–Era ella quien preparaba la base y añadía el ingrediente final. ¿Alguna pregunta más?

–¿Qué va a pasar con la tienda? –pregunta una de las pasteleras.

–Ni idea –responde Oswald–. Ya hay una lista de espera tan larga como mi brazo para venir al salón de té a tomar las últimas orangeries . Es un momento... histórico.

Pienso que tengo que ir a pillar una, sea como sea. Si Amanda no ha dejado la receta, lo único que nos queda es la crema en sí. Y nuestras papilas gustativas.

Deberíamos poder sacar la fórmula, ¿no?

Cruzo una mirada con Léo. ¿Habrá pensado lo mismo que yo?

–Por lo que a nosotros respecta, vamos a cambiar la carta.

–¿Qué?

Cambiar el menú a diez días de Navidad es una locura.

Cuelga en el panel de corcho la lista de las nuevas tartas que propone para la hora del té y el postre:

TARTA DE LIMÓN

MERENGUE DE JENGIbrE

TARTA SAINT-HONORÉ CON VAINILLA

TARTA PAVLOVA CON CÍTRICOS

TARTA MONT-BLANC AL ESTILO RIVOLI TEJAS DE AMANDA CON CÁSCARA DE NARANJA

MENDIANTS A LA TRUFA

CRÈME brÛLÉE DE PISTACHO

Vale, la nueva carta es de todo menos una locura.

–Volvemos a los clásicos... –murmura Edo, un tipo alto de América del Sur.

Oswald lo fulmina con la mirada. Seguro que le encantaría decirle que se puede ir a tomar viento si no le gusta, pero necesita a los reposteros más que nunca.

Entonces, se vuelve hacia Léo y su equipo.

–Equipo tronco de Navidad, ingeniáoslas. Quiero saber qué tenía Amanda en mente. Contadme todo lo que sepáis y poned a trabajar la materia gris..., los que tengáis.

Es Léo quien hace la pregunta del millón:

–¿Vamos a seguir con el tronco de Navidad de Amanda?

Oswald se encoge de hombros.

–¿Se os ocurre algo mejor?

Casi siento alivio de estar en panadería, tan tranquila enrollando mis cruasanes con Soufian y Gwenn. Porque los del tronco las están pasando canutas.

En la pizarra blanca con la que se comunican los equipos de la mañana y de la tarde, Léo apunta todo lo que saben. Y no saben nada... No es que no estuvieran muy avanzados, es que están a años luz de lo que Amanda tenía planeado.

Les estaba haciendo trabajar en:

* Un caramelo con forma de cesta

* Una estructura de chocolate

* Un suflé de merengue

–Espero que encuentren pronto el cuaderno –dice Gwenn con cara de pena.

Pero yo creo que el cuaderno está a buen recaudo. La policía lo habrá cogido, y los reposteros no van a verlo ni en pintura.

Tienen que empezar por el principio: llevar el registro de los diez últimos troncos que creó la célebre repostera, fijarse en las tendencias, los puntos en común, la evolución. Y luego, comprobar qué coincide con los elementos que les pidió.

Al menos, es lo que yo haría.

Durante mi descanso, llamo a mi padre para tranquilizarlo, lo cual es más difícil que averiguar la receta del tronco de Navidad.

Luego, respondo a unas cuantas personas que todavía se preocupan por mí (mi tía, el señor y la señora Legall, uno de los pocos compañeros de la FP que no me han ghosteado completamente y mi profesora de Lengua del instituto) para decirles que todo va bien.

En general, les vengo a decir que tampoco conocía tanto a Amanda.

Y que todo va bien en el reino del lujo y la nata montada.

Vuelvo a los vestuarios para dejar el teléfono en la taquilla. La llave se queda atascada... Mierda.

La cerradura está deformada.

¡La han forzado!

Entonces, recibo un mensaje:

Desconocido: Sé que lo tienes tú.

Un escalofrío me recorre la espalda: primero siento miedo; luego, rabia.

«Diez, nueve, ocho, siete, seis...».

Entro en la cocina como una exhalación y voy hacia Léo.

–¿Podemos hablar en privado?

Por el rabillo del ojo, veo que Soufian nos observa.

–¿Ha sido alguien de tu equipo? –ataco.

–¿De qué hablas?

Parece sorprendido de verdad cuando lo arrastro hasta los vestuarios, delante de mi taquilla forzada.

Se rasca la cabeza.

–Te juro que no estoy al tanto.

Le enseño el mensaje.

–¿Qué se supone que tengo?

–Imagino que se refiere al cuaderno.

–¿El cuaderno?

–El de Amanda.

–¿No lo tiene la policía?

Léo sacude la cabeza.

–No. Algunos incluso dicen que por eso la mataron.

–¿Por un cuaderno? ¿Esa gente está bien?

–Allí apuntaba secretos. Y sus secretos valen oro.

Echo cuentas a toda prisa: creen que yo tengo el cuaderno + creen que quien se lo llevó mató a Amanda = piensan que la asesina soy yo.

–Joder, ¿no hay forma de saber cómo hacía la crema? Tuvo que darle la receta a alguien, ¿no?

–Ni su esposa lo sabe. Era su forma de conservar la originalidad. Así era imposible industrializar la receta... o copiársela.

Nos quedamos unos segundos meditando sobre el genio de esa mujer. Luego, exclamo:

–Sea como sea, ¡yo no tengo el puto cuaderno! ¿Sabes qué? Soy repostera, no forense. Cuando alguien se me muere en los brazos, entro en pánico, no le robo.

–¿Hay algún problema?

André, el otro repostero de la cuadrilla, acaba de aparecer. No lo soporto. Le vi tocarle el culo a Clara Li, y siempre se está arrimando a las chicas y haciendo bromas casposas.

–Pastelero, a tus pasteles.

–No me digas lo que tengo que hacer, niñata. Ni siquiera deberías estar aquí.

Léo intenta detenerlo.

–Déjalo estar, chavalote.

Pero el «chavalote» está lanzado. Nada lo detiene.

–Si ni siquiera conseguiste acabar la FP... Vuélvete con tus cruasanes, anda.

En otra situación, le calzaría un puñetazo. Pero aguanto. Se lo daría en todo el estómago.

Soufian entra en el vestuario y pregunta:

–¿Va todo bien?

–Muy bien.

En realidad, estoy destrozada.

¿Cómo saben que no terminé la FP?

¿Cómo se han enterado, joder?

Es mi mayor vergüenza.

Lo único de lo que me arrepiento.

Alex: Hola, cómo vas?

Voy.

No tienes flashes? Pesadillas?

A ratos...

Puedes llamarme cuando quieras. Sea la hora que sea.

Gracias

Cuando termina el turno, Soufian viene a buscarme al vestuario y me da una cajita de pastelería.

–Toma.

–¿Qué es?

–Lo que te debía.

Sonrío. Ya sé lo que hay dentro, pero, de todos modos, abro la caja.

¡Ha conseguido una de las últimas orangeries que todavía están a la venta! Es muchísimo más de lo que me debía. No sé cómo darle las gracias..., sobre todo, porque quiero pedirle un favor.

–¿Sabes dónde podría trabajar tranquila? –le pregunto–. Tengo curro y no quiero hacerlo aquí, delante de todo el mundo.

Él reflexiona dos segundos.

–Ven.

Me lleva hasta otra ala del edificio, empuja una puerta y enciende las luces. Estamos en una cocina enorme y casi vacía, con electrodomésticos que parecen nuevos.

–Es la cocina de las bodas, donde se preparan los eventos para más de cien personas. Pero es raro que ocurra... Puedes currar aquí. Nadie te molestará.

Abre un frigorífico y me enseña las reservas: harina, mantequilla, nata... Hay de todo.

–Amanda trabajaba aquí, así que tienes munición.

–¿Cómo lo sabes?

–¿Qué? ¿Que quieres adivinar la receta de la crema? Me parece evidente.

Sonrío. Se pone un delantal y saca harina.

–¿Me ayudas? –le pregunto.

–No. Tengo que prepararme para el concurso de mejor panadero de Francia. Pero tranquila, no te voy a molestar.

Estoy tranquila. Abro mi cuaderno y cojo un bolígrafo. Luego, meto la cuchara en la nata.

Soufian me sonríe.

Tengo un misterio que resolver.