5 Diciembre
–Recapitulemos –dice Adeline Meunier, leyendo sus notas.
¡¿Otra vez?!
Ya hemos recapitulado veinte veces.
¿Esta poli no tiene otra cosa que hacer más que obligarme a repetir las cosas una y otra vez?
Tras ella veo a Vicent Delaville, el gerente de noche, y a Alex, mi «tito», que suelta un suspiro levísimo. Están acostumbrados a estar despiertos cuando la gente normal va por el quinto sueño, y, aun así, tienen bolsas en los ojos, y no son precisamente Vuitton.
Todos tenemos ganas de largarnos. Pero hay un poli vestido de uniforme, con la espalda bien recta, detrás de la comandante. Está en modo vigilancia: solo hay que apretar el botón para que se ponga en marcha.
Vamos, que, si doy un paso en falso, me lleva a la cárcel.
–Llegó usted a París el 1 de diciembre. Tiene un contrato temporal de un mes, renovable... Pensaba que formaría parte del equipo tronco, como lo llama usted. Pero le han asignado panadería...
Me he fijado desde el principio que le intriga lo del «equipo tronco»... Seguro que, cuando dedicas tu vida a perseguir ase sinos, te cuesta imaginar que hay gente que centra todas sus energías en crear un tronco de Navidad.
O se le están ocurriendo chistes verdes, a saber.
–Usted llamó al ascensor B en la primera planta. ¿Por qué?
–El ascensor B está reservado al personal. No se puede coger en el entresuelo. Así que subí a la primera planta por la escalera de servicio.
–¿De dónde venía el ascensor? ¿De arriba o de abajo?
–No lo sé. No me fijé.
Eso no es del todo cierto. Recuerdo que miré hacia la parte de arriba del ascensor, a esa especie de cenefa con los números de las plantas, que se van iluminando conforme pasa por ellas.
Creo recordar que estaba en el segundo. Pero, como no estoy segura, prefiero callarme.
Adeline le da vueltas al bolígrafo entre los dedos, reflexiona, apoya la espalda en el sillón.
¡Sí que se lo toma con calma! ¡Muchísima!
–¿Qué hacía usted en el Rivoli Palace por la noche, cuando trabaja usted en el servicio de mañana?
Me dan ganas de gritarle que ya le he respondido mil veces a esa pregunta. Pero, en lugar de eso, dejo caer los hombros y respondo con voz débil, como si estuviera agotada:
–He cenado en la cantina,y luego quería ir a ver a Alex al bar; de hecho, he esperado a que fueran las once porque sabía que antes es complicado, hay gente...
En realidad no estoy cansada, no he estado tan despierta en toda mi vida. Creo que es la adrenalina.
–Pero usted entra a trabajar temprano. ¿No tenía usted ganas de dormir un poco antes de empezar el servicio?
Es cierto que, dicho así, parezco sospechosa.
–Sí, por supuesto. Pero quería disculparme con él. Si no, iba a estar dándole vueltas y no iba a poder dormir. Además, tendría que esperar al día siguiente, y Alex y yo no tenemos los mismos horarios.
–¿Y desde cuándo conoce a... Alex?
Una de las cien veces que me ha hecho esta pregunta, el aludido ha intentado intervenir para salvarme, pero Adeline Meunier no le ha dejado hablar. Es testaruda y tiene las fuerzas del orden a su favor.
Así que la cosa no avanza deprisa. Desde luego, llevamos aquí mucho tiempo, pero podría ser mucho más. Por encima de esta «conversación» planea el espectro de una pena de prisión interminable.
Por la cabeza se me pasan algunos conceptos.
«Prisión incondicional».
«Irreducible».
«Perpetuidad».
Porque sí, Amanda está muerta y bien muerta.
La han asesinado.
¡Y estoy segurísima de que no la he matado yo! Pero, tras dos horas de interrogatorio, yo también empiezo a pensar que soy sospechosa: como dicen en las películas policiacas que veía con mi padre en la tele, yo tenía un móvil, un medio y una oportunidad.
Si yo fuera la poli de una serie, me habría metido de inmediato en prisión preventiva.
Cuando todos empezamos a hacernos una idea de lo larga que es la eternidad, la comandante Meunier pone fin a nuestro suplicio levantándose de un salto.
¡Chas! ¡Todos firmes!
Hasta el ordenanza se despierta.
–¿Tiene previsto marcharse de París durante los próximos días, Suzanne?
He conseguido el trabajo de mis sueños, así que no pienso irme nunca de París, salvo para abrir una pastelería en Nueva York o en Hong Kong.
–No voy a ir a ninguna parte.
Me pasa una tarjeta de visita con cosas que imponen un montón, en plan «policía judicial», todo en azul y rojo...
–Bien. Esté pendiente por si la llamamos y avíseme si cambia de planes.
La policía se ha ido del hotel y ha dejado tras de sí el caos: cintas policiales, guantes de látex, huellas de botas en las alfombras blancas y un ambiente de mierda, acentuado por las preguntas de los clientes y los trabajadores (a los que han interrogado durante horas en las salitas privadas que hay en la entreplanta).
Pero tampoco es que sea culpa de la policía que hayan apuñalado a Amanda Tuile en el ascensor B.
Aun así, soy consciente de que Alex y Vincent Delaville (que ya me salvó el pellejo el día que llegué y que, como ahora sé, es el gerente de noche) están asustados.
Un asesinato es algo asqueroso, no es algo discreto, es real...
Un asesinato es algo propio del «mundo exterior», algo que no debería ocurrir en el Rivoli.
Pero, en todo caso..., ¿quién ha matado a Amanda Tuile?
Sin embargo, Alex y Vincent son unos caballeros.
Y, de momento, por lo que a ellos respecta, yo soy una damisela en apuros acosada por un poder abusivo.
–Suzanne, vaya a dormir, puede tomarse la mañana libre. Estoy seguro de que Odette lo comprenderá.
¿Dormir? ¿Mañana libre?
–Prefiero trabajar. Hay que tener agallas, como dicen...
Lo que no explico es que este trabajo es toda mi vida. Y, si no me renuevan el contrato, cosa que no va a pasar, tengo un plan B: la escuela Mirandi. Pero es una escuela de pago, no un trabajo remunerado.
Así que estoy ahorrando. Cada céntimo cuenta.
Cada hora cuenta.
Alex y Vincent me miran con la cabeza ladeada, como dos periquitos inseparables. Parece que están pensando: «Vale. O está loca, o llegará muy lejos».
Al salir de los vestuarios, me topo con Soufian.
–¿Estás bien?
Parece preocupado de verdad. Es la primera vez que lo veo abandonar su actitud de «yo me meto en mis asuntos, tú métete en los tuyos».
–Más o menos, si no tenemos en cuenta que he visto un cadáver y que la poli ha estado dos horas interrogándome.
Suelto una risilla para intentar sonar menos dramática.
–Lo siento. Amanda, joder... Menuda locura.
–¿A ti también te han interrogado?
–Sí, durante cuarenta minutos. Pero bien, no han preguntado nada sobre ti. ¿Sigues al pie del cañón, o te coges el día libre?
–No. Prefiero currar...
Soufian me mira, desconcertado.
Por primera vez, veo cierto respeto en sus ojos de caramelo.
La alarma me despierta, ni siquiera he soñado. Tengo la boca pastosa y el corazón me late un poco acelerado.
Josépha: Joder tía!! Estás bien?
Más o menos. Menuda movida. Pero estoy bien. Al menos no estoy muerta!
Me gustaría borrar esa broma tan mala.
Demasiado tarde.
Empiezo a trabajar a las cinco y media, con la gorra en su sitio, el pelo bien recogido, el delantal sin una arruga y la chaqueta impecable.
Alisarme el pantalón es volver a poner el mundo en su sitio, intentar olvidar que Amanda Tuile se me ha muerto prácticamente en los brazos y que nunca podré volver a mirar el coulis del mismo modo.
–Buenos días, Suzanne –saluda Odette, rozándome el hombro por un segundo–. Si necesita usted cualquier cosa...
Es la máxima compasión que esta mujer es capaz de demostrar. O igual le da vergüenza verme trabajando hoy... Me da igual. Yo he venido a enrollar cruasanes, no a que la gente se apiade de mí. Además, el abrazo ya me lo ha dado Gwenn, que me ha estrujado en cuanto ha llegado.
Ahora me mira espantada, con los ojos bien abiertos. De vez en cuando sacude la cabeza, como si todavía no se lo creyera del todo. Soufian ya ha levantado el muro que lo protege de los demás.
Trabaja en silencio, con sus auriculares.
Al principio, la cosa va bien. Estoy cansada, pero, cuando te dedicas a esto, el cansancio no es una opción.
Hay que aprender a gestionarlo. Sin embargo, empiezo a notar las consecuencias: momentos en los que tengo la impresión de que se me aflojan las piernas, náuseas traicioneras, el corazón latiéndome en los oídos...
Y me vienen imágenes de anoche sin previo aviso.
Amaso y me vuelvo a ver buscando a Alex.
Extiendo la masa y me encuentro delante del ascensor...
La corto y vuelvo a ver el cuchillo... Meto los cruasanes en el horno y escucho las últimas palabras de Amanda: «Habitación 24... ».
Es espantoso.
Los reposteros llegan y Léo me dice:
–¿Estás bien?
Respondo que sí con la cabeza.
Solo con ese leve gesto, me entran ganas de vomitar.
–Bueno –dice Bala, el cocinero jefe de L’Harmonie, el restaurante estrella del palacio–. En resumen: estamos en la mierda.
Odette aparece, atándose el delantal y pidiendo disculpas por llegar tarde a la reunión extraordinaria.
Finjo que tengo que lavar una cosa para acercarme y escuchar lo que dicen.
Oswald Amal, el segundo de Bala, está blanco como la nieve.
Cualquiera diría que ha visto un fantasma o que él es el espectro.
Bala no tiene fama por su dulzura y empatía; al parecer, le da todo igual. Continúa con el mismo tono:
–No sirve de nada haceros un resumen, ya lo sabéis: la cena de Nochebuena es un clásico del Rivoli. Y este año es aún más importante porque la mismísima presidenta ha decidido celebrarla en L’Harmonie . Oswald, ¿está usted con nosotros?
El aludido se sobresalta.
–Eh... Sí, en efecto, es una cena de Nochebuena aún más... excepcional... de lo normal. Parece que a la presidenta le encanta el Rivoli...
–Como decía, estamos en la mierda –continúa Bala–. Amanda tenía pensado hacer un tronco de Navidad increíble. Pero, como era una tocapelotas, que en paz descanse, no le pareció necesario darles a sus reposteros los detalles de la receta. Y, como ellos son idiotas, ni se les ocurrió preguntarle.
Los aludidos se tragan su orgullo.
–Gracias a Dios –continúa–, Amanda tenía la molesta costumbre de apuntarlo todo en ese cuaderno horrible del que no se ha despegado en veinte años.
Así que, entre las cosas que fue dejando caer y sus notas, deberíamos poder apañarnos.
Puede que algunos de ustedes estén sorprendidos, y me han pedido que les informe de que el hotel pone a su disposición ayuda psicológica.
El pobre Oswald tiene pinta de necesitarla más que nadie.
–Hagan lo que quieran –añade Bala–, pero pónganse a trabajar.
–Qué majo –murmura Gwenn, que se acerca también al fregadero para pegar la oreja.
–Tenemos diez días para averiguar lo que quería preparar Amanda y hacerlo realidad –concluye Bala–. Y queremos estar a la altura. Debemos estar a la altura. Por ella.
Oswald, al darse cuenta de que el discurso ha terminado, recupera la palabra:
–¿Alguna pregunta?
Ninguna pregunta.
Pero los reposteros deben de estar dándole vueltas a la cabeza: nadie tiene nivel suficiente para hacerlo tan bien como Amanda, no tienen tiempo suficiente para entender lo que tenía en mente, y mucho menos para que se les ocurra algo nuevo...
Y, como guinda del pastel, ¡nadie conoce el secreto de su crema!
Deben de estar aterrados. Me parece ver cómo se les agitan las neuronas en todas direcciones, y cómo su presión sanguínea sube y baja igual que un yoyó. Pero ahí están, saben gestionarlo.
Nadie dice ni mu.
–Bien –dice Bala, dando unas palmadas–. Oswald se quedará al mando de las operaciones mientras llega el suplente. ¡A trabajar!
Miro a Soufian. No se ha movido de su sitio. Trabaja como si nada.
Este tío es imperturbable.
Es la una del mediodía cuando termino mi servicio. El equipo tronco sigue al pie del cañón. Yo diría que no están preparados para volver a su casa, porque Léo se despide con la mano cuando paso por delante de él. Yo solo tengo ganas de una cosa: irme a mi apartamento y darme una ducha.
Pero, cuando salgo del Rivoli, me topo con Josépha, que me espera vapeando, apoyada en una farola junto a mi bicicleta.
Me mira con expresión inquisitiva.
–¿Estás bien? –dice.
–No lo sé... ¿Te han interrogado?
–Ya ves... No he dicho nada sobre el B. ¿Tú tampoco?
–He dicho que cogí el B, pero no he explicado cómo.
–Gracias.
Parece aliviada de verdad.
–De nada. Necesitas el curro.
–Eres muy amable.
Echamos a andar, yo empujando la bicicleta y ella dándole al vapeador.
–De todos modos... Apuñalarla... Quien fuera le tenía muchas ganas, creo yo –pienso en voz alta.
–¿Quién piensas que es el asesino? –pregunta Josépha.
–Ni idea. El problema es que, de momento, la principal sospechosa soy yo.
Subo a pie los seis pisos de mi estudio. Tengo la impresión de que no han pasado veinticuatro horas, sino años, desde que me marché a trabajar. ¿Cuándo fue? ¿Ayer por la mañana?
Una eternidad... De hecho, he cruzado a otra dimensión.
Me desvisto, me lavo los dientes, subo la calefacción al máximo, me pongo mi pijama de felpa...
Y entonces caigo en la cuenta de que se me ha olvidado contarle una cosa a Adeline Meunier, la policía: ¡la habitación 24!
Tendría que llamarla, pero, siendo sincera, no tengo fuerzas.
Ya lo haré mañana.
Me meto en la cama en posición fetal y me duermo en menos de un segundo.
Por desgracia, la noche no me aporta ningún consuelo.
Amanda muere una y otra y otra vez. Hay sangre, el tintineo del ascensor. En mi sueño, Amanda me echa la bronca: ¡me he cargado el coulis !
Pero, sobre todo, me agarra y me dice al oído con voz espectral:
–Habitación 24, Suzanne... Habitación 24.