Cozy love y crímenes navideños 4 Diciembre
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4 Diciembre

–¡Buenos días, Marianne! Perdona que te moleste.

Golpeo el ventanal con los nudillos y la portera me abre con una gran sonrisa. No sé qué ha cocinado, pero huele de maravilla. Me ruge el estómago.

Ayer, después de haber tenido la desgracia de chocar con el planeta Amanda, volví dócilmente al apartamento.

Al llegar, me hice un plato de pasta con aceite de oliva (el colmo para una bretona) antes de desplomarme.

Y esta mañana me he comido dos cruasanes.

Ya es hora de que vaya a hacer la compra y empiece a alimentarme de verdad.

–¡No me molestas en absoluto! Bueno, ¿cómo estás? ¿Te has instalado bien?

–¡Sí, genial! Muchas gracias. Ayer vi a Alex. ¡Por fin!

–Trabaja mucho –responde Marianne con una sonrisa bobalicona.

Lo adora, me he dado cuenta. Lo que no le digo es que está «un poco» enfadado conmigo: me echó la bronca y defendió a Amanda.

–Quería preguntarte una cosa: hay una bici con las ruedas deshinchadas en el cuarto de bicicletas. ¿Es de alguien?

–De una antigua inquilina que nunca vino a buscarla. ¿La quieres?

–Me vendría genial para ir a trabajar.

–¿Estás segura de que funcionará?

–¡He encontrado un sitio de reparación a diez minutos de aquí! Me la van a poner a punto, y me saldrá más barato que comprarme una.

–Qué buena idea. Por cierto, espera...

Desaparece y vuelve cinco minutos después con una cadena antirrobo.

–Hace un año o así, me entraron ganas de aprender a montar en bici, pero al final lo dejé estar. Me gusta andar, ¿sabes? ¡Cuando vives en uno de los barrios más bonitos de París...!

Después de hacer la compra en el supermercado de la esquina, paso a recoger a Praliné, que ya está a punto.

Mi bicicleta es rosa, muy rosa. Yo no hubiera elegido ese color, pero lo que no se puede cambiar hay que aceptarlo, ¿no?

De hecho, le he puesto nombre: Praliné. Va como la seda, y siento que vamos a ser muy buenas amigas.

Solo tengo que acostumbrarme a pedalear hacia atrás para frenar, pues es una bicicleta holandesa.

Para estrenarla, decido pasar al margen izquierdo, es decir, cruzar el Sena.

Me he hecho un itinerario turístico: Notre-Dame, el Panteón, la Conciergerie...

, y volver por el puente de la Concordia.

La escarcha y la fina capa de nieve que cubren los tejados como una nube de azúcar glas brillan bajo la luz helada.

Antes de marcharme, la psicóloga me aconsejó que evitara usar la bicicleta en París porque, según me dijo, «los coches y los ciclistas están enzarzados en una guerra sin cuartel».

Parece que discuten por lo que sea. Sin embargo, me paso una buena hora pedaleando sin pelearme con nadie, y me lo tomo como una victoria y como un presagio.

Está bien pedalear.

Calma el cerebro y mantiene a raya a la rabia, que ronronea como un gato en el fondo de mi tripa. Parece que está dormida, pero en realidad siempre está dispuesta a estallar.

Me acuerdo de cómo ha ido la mañana en la cocina. Soufian me ha enseñado a hacer el hojaldre especial de la casa y nos hemos puesto manos a la obra. Empiezo a apreciar su método. Cuando cogemos el ritmo, nos dejamos llevar. Es una especie de baile, casi sensual...

Y me permite escuchar las conversaciones que se desarrollan al otro lado de la cocina.

El equipo tronco está bajo presión: este año, la mismísima presidenta va a celebrar la Nochebuena en el Rivoli.

Y, si he entendido bien, Amanda está haciendo que los reposteros trabajen a ciegas; no les ha dicho la forma que debe tener el tronco.

Es un secreto incluso para ellos. Confieso que me parece un desafío increíble.

Deben de pasarse las horas intentando adivinar qué tendrá la chef en la cabeza... ¡Y yo también!

Aparco a Praliné entre la plaza Odéon y la plaza Saint-Suplice, y encuentro un restaurante donde devorar un buen filete con patatas. Los precios son alucinantes, pero bueno, estoy en el barrio de los editores y los escritores, así que tal vez valga la pena...

Hay gente a la que le parece triste comer sola, pero no es mi caso . Me gusta muchísimo comer en silencio, mirando pasar a los transeúntes. ¡Y es genial poder ir a un restaurante a cualquier hora!

Cuando me termino las patatas, cotilleo las redes sociales del Rivoli. Vaya, ¡Léo tiene un Instagram muy chulo! Hay que admitir que es fotogénico. Hay algo que evoca la calle en su forma de moverse, tiene un aire de malote. ¡Eso es! Me recuerda un poco a Thomas Shelby..., pero menos peligroso.

Amanda da algunas pistas, pero sigue manteniendo el secretismo.

No dice nada, no hace más que insinuar que, este año, el tronco de Navidad será excepcional.

Pretende rendir homenaje a sus obsesiones de siempre: París, el jardín de las Tullerías, la crema y las tejas.

Estará decorado con una referencia a la Revolución francesa.

Dejo volar la imaginación mientras me invento troncos de Navidad, cada uno más extraordinario que el anterior.

–¿Algo más? –me pregunta el camarero al retirar el plato.

Dudo. ¿Crème brûlée? ¿Profiteroles?

Me vibra el teléfono.

Odette: Hay un puesto libre de tarde para encargarse del té, lo quiere?

–Lo siento..., no tengo tiempo. ¿Me trae la cuenta?

No estamos para rechazar un dinerillo extra.

Derrapo con la bici delante de Armand, el portero del Rivoli, que me saluda llevándose dos dedos a la gorra. Desde nuestro primer encuentro, he conseguido hacerle sonreír a fuerza de saludarlo todas las mañanas.

–¡Todavía no domino lo de pedalear hacia atrás!

Él sonríe. ¡Una victoria! Así que aprovecho:

–¿Sabe dónde puedo aparcarla?

–En la calle de atrás, si hay sitio.

De hecho, intento hacerle una broma:

–¿Puedo dejársela al aparcacoches?

El hombre contiene una carcajada, y me marcho diciéndome que soy la mejor.

Al llegar, me topo con Soufian. De hecho, no me topo con él, sino que lo embisto. Está claro que el universo intenta enviarme un mensaje..., pero ¿qué quiere decir?

–¿Eres incapaz de mirar hacia delante cuando andas?

El mensaje de Soufian está mucho más claro que el del universo.

–Te recuerdo que fuiste tú el que me tiró la orangerie .

–¡Porque tú no miras dónde pones los pies!

Es cierto que tengo la cabeza en las nubes, en sentido literal. Mi padre siempre me dice que camino mirando hacia el cielo. ¡Es porque soy muy curiosa!

Mientras mi compañero se aleja sin decir nada, caigo en la cuenta:

«Pero... ¿este qué hace aquí?».

–Gracias –me dice Odette mientras me ato el delantal y me meto los últimos mechones de pelo por debajo de la gorra «Rivoli»–. Bueno, Suzanne, le toca hacer el servicio de habitaciones. Cuando un cliente pida algo en recepción, la llamarán por este interfono.

Estoy en una sala adyacente a la cocina. Hay vajillas, bandejas enormes de madera, campanas para proteger los platos... y una silla para esperar junto al famoso interfono.

–Horneamos los cruasanes a demanda y, si alguien pide tostadas, use el pan de hoy, por supuesto.

–¿La gente pide tostadas?

–Estamos en París. Los clientes quieren probar la baguette . Las mermeladas de la casa están ahí... Y hay de todo para cumplir las peticiones que hagan, sean las que sean.

Abro la puerta de cristal del frigorífico. Es cierto, hay todo tipo de untables: bio, menos bio, algunos que ni siquiera conozco, de la casa...

–Ya verá usted que este turno es muy tranquilo. ¿Se ha traído un libro?

–Eh... No.

–De manera excepcional, la autorizo a mirar el móvil. Pero lávese las manos antes de preparar los pedidos. ¿Puedo confiar en usted?

–¡Los clientes quieren tostadas de mantequilla, no tostadas con bacterias!

La chef dibuja una sonrisa. Es fugaz.

–¿Debo ocuparme del pan de la cena?

–No, usted se limita a la merienda. Pero no se aleje del interfono.

Mientras espero los pedidos, observo al equipo tronco de Navidad a través de la puerta abierta. Siguen trabajando en el encaje de caramelo. Al parecer, Amanda les ha pedido una elipse, no una esfera. Están sudando la gota gorda.

En la zona de cocina, Bala –el chef, precisamente– está haciendo un hombrecillo de mazapán. A lo mejor eso lo relaja, como la gente que monta circuitos de trenes eléctricos.

Suena el interfono de la sala de servicio.

–Suzanne al aparato.

–Soy Mustafá, de recepción. Necesito tortitas para la 512.

–Vale, ¿para cuándo las necesitas?

Silencio al otro lado.

–¡Para hace diez minutos!

–Vale, perdón.

Busco por todas partes. No hay masa para tortitas.

No importa: saco leche, huevos, harina, levadura...

y enseguida hago la masa con mi toque secreto: un poco de vainilla.

Sabe mejor cuando se la deja reposar, pero bueno.

Encuentro una sartén y hago las tortitas con un buen trozo de mantequilla salada.

Elijo un sirope de arce de entre las seis marcas que hay y lo vierto en una jarrita de leche.

Llamo a recepción.

–Es mi primer servicio de habitaciones. ¿Vienen a buscar las tortitas? ¿Cómo funciona?

–Le envío a alguien al ascensor B.

Busco entre la vajilla, encuentro los platos con las iniciales, coloco las tortitas bajo una campana para que conserven el calor, añado algunos frutos rojos como decoración, azúcar glas... Así debería valer. Lo pongo todo sobre una de las bandejas de madera cubiertas con una servilleta bordada.

Menos mal que soy un culo inquieto y que ayer ya exploré. Si no, me habría costado la vida encontrar el ascensor B.

Le doy al botón. Las puertas se abren... Es Josépha.

–Anda, hola... ¿Vas al bar? Sí que tienes ganas de que te despidan.

–¡Para nada! –Muy orgullosa, le enseño la bandeja–. Me encargo del servicio de habitaciones. ¿Y tú?

–Horas extra. Necesito pasta. Parece que los de la 518 quieren chouquettes . ¿Sabes hacerlos?

Sonrío.

–Sé hacer chouquettes .

La chica coge la bandeja. Como las puertas van a volver a cerrarse, me pregunta:

–¿A qué hora terminas?

–A las siete.

–¿Y qué haces después?

–Eh...

–¿Cenamos en la cantina? La comida está buena y no es cara.

Cuando regreso a la cocina, se me acelera el pulso: Amanda está aquí. Léo le está enseñando su hallazgo: un nido con hilos de caramelo. Es delicado y está muy logrado.

–Vale... –dice Amanda–. ¿A quién se le ha ocurrido?

Léo duda una fracción de segundo antes de señalarme con el dedo:

–De hecho, se le ocurrió a ella. Hablamos ayer y me dio la idea.

Amanda me fulmina con la mirada.

–Es una idea de mierda. Pero aprecio que investiguéis, que hagáis experimentos. No pasa nada.

Pero... ¿eso es bueno o malo? Y Léo, ¿me ha señalado para no pasar vergüenza? ¿O para darle al césar lo que es del césar?

Le doy el beneficio de la duda y me centro en mi pasta choux . Mi psicóloga estaría orgullosa de mí; antes se me habrían cruzado los cables por mucho menos.

Después del servicio, me cambio y llamo a la puerta de Odette para decirle que, si no le hace falta nada más, me voy. En cuanto entro en el despacho, la veo guardar a toda prisa en el cajón una llavecita que se parece a la del ascensor B. Creía que solo los ascensoristas tenían esa llave...

Cuando salgo, veo a Amanda cruzando el pasillo a grandes pasos. Parece estar de muy mal humor y no hace más que repetir:

–Lo voy a matar. Juro que lo voy a matar.

Al parecer, siempre pasa algo en el Rivoli...

En la cantina, enseguida veo a Josépha. No tiene pérdida: pintalabios de color rojo vivo, flequillo negro y liso sobre la raya del ojo bien gruesa, un pantalón de franela amplio y una chaqueta masculina con los hombros demasiado anchos. Levanta la vista de su libro.

–¿Vamos?

Son casi las ocho y necesito una comida de verdad.

Parece que estamos en el bufé libre de la estación de tren, pero hay más variedad: sándwiches, una barra de ensaladas, postres, yogures y platos preparados en una bandeja que hay que recalentar en el microondas.

Me decanto por el plato del día: hachis parmentier .

Josépha se saca del bolsillo una tableta de chocolate de Dubái.

–Lo siento. Es mi vicio...

–¿Qué lees?

–Un libro sobre la Nueva Ola.

–¿Qué es eso? ¿Algo de surf?

Me lanza una mirada en la que brilla el desprecio.

–Es un movimiento cinematográfico. Truffaut, Godard... ¿No te suenan de nada?

En realidad, me recuerdan vagamente a algo. Mi madre hablaba de esos nombres... Un título sale a flote en mi cerebro. Lo intento:

– ¿Pierrot el loco?

Josépha sonríe satisfecha.

–Quiero ser directora de cine –responde después de masticar un bocado–. Directora feminista. ¿Y tú?

–¿Yo? Yo quiero ser la mejor repostera del mundo.

–Te espero en el B –dice Josépha cuando me deja en la planta del Castiglione, unas horas después.

Le he contado el desencuentro que tuve ayer con Amanda y me ha dado dos consejos: que no ceda y que me disculpe con Alex. En París no tienes que enemistarte con tu casero. Es más fácil encontrar un lingote en el Sena que un apartamento en el centro.

Pero, por mucho que lo busque, no encuentro a Alex por ninguna parte, y sus subalternos tampoco saben dónde está.

Seguro que es su rato de descanso.

Josépha: Amanda está en el piso 2! Delante del B. Si lo coges ahora, te la encontrarás. Tienes dos plantas para convencerla.

Me van a despedir!

Pero lo habrás intentado! Go!

Dudo una fracción de segundo. Es un poco todo o nada, porque, además, sigo estando en la zona reservada a los clientes.

Pero Josépha tiene razón: el éxito necesita perseverancia y audacia.

Además, Amanda le ha dicho a Léo que le gusta que la gente tenga iniciativa, ¿no?

Lo único que puede hacer es recompensar mi valentía.

Me lanzo hacia el ascensor B, le doy al botón...

Las puertas se abren.

Es perfecto. De un rojo profundo, fluido pero espeso...

Mientras que una parte de mi cerebro le da vueltas a la receta del coulis , otra entra en modo pánico.

De hecho, algo hace clic en mi cabeza: no es normal que te caiga tanto coulis en la chaqueta...

Y no es normal estar así, tirada en el suelo, con la chaqueta cubierta de coulis .

Y no es normal que el coulis forme una mancha cada vez más grande.

Tampoco es normal tener un cuchillo clavado en el corazón, justo en medio del nombre «Amanda Tuile» bordado con letras doradas sobre la tela de algodón beis.

Apenas tardo un segundo en encajar todas las piezas: eso no es coulis de frutos rojos...

–¿Amanda?

Me arrodillo. Sé que no debo sacarle el cuchillo. Tienen que encargarse los del servicio de emergencias, para evitar la hemorragia.

–¡Amanda, respóndame!

Le doy al botón de «emergencia» y empieza a sonar una sirena estridente.

¿Todavía está viva?

–Amanda, aguante, ¡ya viene la ayuda!

De repente, abre los ojos y me mira fijamente. Me echo a temblar. Tiene la mirada helada, como si ya estuviera en el otro barrio.

Me agarra del jersey.

Me acerco a su rostro.

–¿Sí?

Me agarra aún más fuerte, y el olor acre de la sangre me sube por la garganta.

Pronuncia dos palabras:

–Habitación 24.

Luego, exhala su último aliento.