Cozy love y crímenes navideños 3 Diciembre #2
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3 Diciembre #2

Vale. Entonces, es maja. En todo caso, es capaz de ser maja...

Le da al botón de la primera planta.

–No puedo acompañarte. Si se dan cuenta de que no estoy en mi puesto, me despiden. Y ya no les caigo muy bien... Solo me han contratado porque hablo ruso y chino.

–¿Hablas ruso y chino?

–E italiano y español y hebreo.

–¡Anda!

Ella se encoge de hombros; le parece tan normal hablar ruso y chino y español y hebreo e italiano.

–Al final del pasillo hay una puerta roja. Entra por ahí y baja una semiplanta. Por cierto, me llamo Josépha. ¿Y tú?

–Suza...

Demasiado tarde.

El ascensor ya se ha marchado. Estoy en un nuevo pasillo sin ventanas, silencioso y con las paredes tapizadas, como el interior de una caja de música. Hace horas que no veo la luz del día y empiezo a tener jet lag .

Empujo la puerta roja, bajo las escaleras...

–¡Cuidado, que paso!

Me sobresalto y me pego a la pared tapizada para dejar pasar a un tío alto que lleva una pirámide de copas sobre una bandeja.

–Perdona, estoy buscando a Alex Moore.

Con la barbilla, me indica una puerta batiente y...

Si llevara encima las gafas de sol, las sacaría sin pensármelo.

Tampoco es que haya muchísima luz. Lo que hace que me escuezan los ojos es más bien el lujo. Es como la traca final de un castillo de fuegos artificiales.

Una gran lámpara de araña, compuesta de cientos de cuentas de cristal, derrama una cascada resplandeciente sobre una barra redonda que ocupa todo el centro de la sala, cuyas paredes están cubiertas de espejos.

Por encima del mostrador de color oro rosa hay estantes acristalados, cargados con frascos llenos de cítricos y especias, así como copas de cóctel que resplandecen bajo la lluvia de luz.

La sala parece acogedora gracias a los pequeños reservados donde los clientes hablan en voz baja.

Me fijo en Alex Moore de inmediato. Nunca lo he visto en persona, pero no ha cambiado tanto desde aquella foto de 2001.

Sigue teniendo el pelo rojizo, un bigotillo, una silueta alargada y ágil y ese aire de lord inglés un tanto chiflado.

Lleva un traje de tres piezas sobre una camisa de color blanco roto y unos gemelos que hacen juego con la corbata, donde aparecen las siglas RP de «Rivoli Palace».

Está enseñándole a un camarero joven cómo se coloca una baya sobre una rodaja de naranja escarchada cuando se fija en mí. Una ligera sonrisa hace que le tiemble el bigote. Abandona a su camarero, me recibe con los brazos abiertos y se me acerca exclamando entre susurros:

–¡Suzette! ¡Mi pequeña Suzette! ¿Cómo has conseguido llegar aquí? –Me da un abrazo y dos besos, y luego extiende los brazos para admirarme–. ¡Dios, cómo te pareces a tu madre!

Cinco minutos más tarde, estoy instalada en un reservado, con un vaso de zumo de saúco y un plato de galletas de mantequilla.

Algunas van cubiertas de chocolate y otras de limón, pero todas llevan las siglas RP.

Alex me avasalla a preguntas. ¿He visto París?

¿Me gusta mi habitación? ¿Estoy bien con Amanda?

–¡De eso quería hablar! Estoy con Odette Azar...

–¡Adoro a Odette! –exclama Alex–. Hace los mejores cruasanes de Francia.

–Es cierto que es buena. Pero no es Amanda.

Alex se disculpa.

–Yo lo especifiqué bien. Pero ya sabes: aquí los puestos de ayudante son el santo grial. Vas a tener que conformarte con el hojaldre...

–Me las apañaré, no te preocupes.

De repente, oigo una voz que me suena en el bar.

Es ella.

Amanda tiene una voz muy reconocible, punzante y aterciopelada a la vez, autoritaria y amortiguada, entre la de una serpiente y la de un coronel del ejército. Miro a Alex.

–¿Es ella?

–Sí, va a hacer una entrevista. Pero no te aconsejo que...

Ah, no. Esta vez no voy a desaprovechar la oportunidad. Me lanzo y salgo del reservado. Amanda se está instalando con todo su personal. Está su community manager , que conozco de vista porque están casadas y subieron las fotos de la boda, y también un asistente y dos periodistas.

Como espere a que se sienten, se acabó.

Tengo que hablar con ella ahora.

–¡Señora Tuile! ¡Por favor!

Su mujer/mánager me detiene de inmediato.

–Amanda está en una reunión de trabajo, hoy no firma autógrafos...

–No quiero un autógrafo. Trabajo aquí y...

Amanda levanta la mano para que me calle. Todos los presentes me miran alarmados. El asistente entorna los ojos con expresión de pánico: está claro, esta pobre gente va a asistir a una ejecución en directo. Amanda fulmina a Alex con la mirada, y él se encoge de hombros, entristecido.

Y entonces, ella me suelta, glacial:

–¿Desde cuándo los ayudantes de panadería se permiten dirigirme la palabra sin que les haya dado pie a ello?

–De repente, se da cuenta de que los periodistas no se pierden ni una palabra de lo que dice.

Así que añade, con una voz que pretende ser más dulce–: Suzanne...

Vuelva a la cocina, por favor. No está autorizada a estar aquí.

¡Sabe quién soy!

Me dispongo a insistir, pero le basta lanzarme una mirada para prohibírmelo.

No suelta rayos por los ojos, sino balas de verdad.

El mensaje está claro. Como pronuncie una palabra más, me mata.