Cozy love y crímenes navideños 3 Diciembre
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3 Diciembre

–Respira...

–¿Qué?

Soufian se levanta un poco un auricular y repite:

–Respira.

–¿Cómo sabes que no respiro? –replico, a la defensiva–. ¡Llevas los auriculares!

El aire está saturado de mantequilla y harina. Estamos doblando la masa para preparar el hojaldre. Hay que extenderla con un rodillo, doblarla sobre una placa de mantequilla y extenderla con el rodillo otra vez antes de girarla noventa grados...

–Lo noto.

–¿Cómo que lo notas?

–Lo noto, sin más. Estás en apnea.

–¿Y...?

–Y nada. Relájate.

«Relájate».

Justo lo que no hay que decirme.

Detrás de nosotros, Gwenn prepara las láminas de mantequilla aplanándolas con el rodillo. Entorna los ojos, inquieta. Debe de sentir que estoy a punto de saltar. Pero Soufian tiene algo que te tranquiliza de inmediato..., aunque no lo bastante para no reaccionar. Le toco el brazo.

Tiene unos antebrazos bonitos, además, con un tatuaje de una luna pequeña... Y trabaja con unos ademanes flexibles y felinos. Me provoca un cosquilleo extraño que me pone los nervios de punta, pero en plan agradable.

–No entiendo por qué tú puedes usar el teléfono y los demás no.

Lo he dicho lo bastante alto para que lo oiga todo el mundo. Desde el otro lado de la cocina, Léo nos observa y no puede contener una sonrisilla.

–Soy incapaz de trabajar sin música.

–Ah, perdón. Entonces, todo bien...

Impasible, Soufian se seca las manos con el paño de cocina inmaculado que le cuelga del delantal.

–Mira, Suzanne. No sé si te has dado cuenta, pero las cocinas del Rivoli no son una sociedad igualitaria.

Se vuelve a poner los auriculares.

Tengo que reconocer que no se equivoca. Si yo estuviera en su lugar, me habría dicho que me metiera en mis asuntos. De hecho, intento acompasarme con su respiración, encontrar el ritmo adecuado. Pero no estoy tranquila.

Al otro lado de la cocina, el equipo tronco de Navidad se las ve y se las desea con el montaje de un encaje de caramelo, ¡y qué ganas me entran de estar con ellos!

Están intentando unir dos semiesferas para formar una especie de cestita.

Pero el encaje es tan fino... En todo caso, yo tenía razón: Léo es el jefe de equipo.

–Suzanne, vete al descanso.

Me sobresalto. Ahí está Odette, detrás de mí. Ni la ves llegar ni la ves marcharse.

–Sí, chef.

Es una de las normas: no hacemos la pausa cuando la necesitamos, sino cuando nos lo dicen.

–Chef..., ¿puedo hablar con usted?

–Si es por lo del tronco de Navidad, no vale la pena. Nunca cuestiono las decisiones de Amanda. –Me mira con desprecio–. Vuelve dentro de quince minutos.

Me rindo.

Me apetece tomar el aire, pero todavía me da demasiado miedo perderme en los pasillos laberínticos del hotel. Llevo desde ayer intentando asimilar la particular geografía del Rivoli. Supongo que el arquitecto creó este espacio solo para que la gente perdiera el norte.

Cuando cruzas esas puertas, entras en otro mundo, cerrado herméticamente.

Es imposible saber dónde estás: no hay ninguna ventana al exterior, a los pasillos los suceden más pasillos, y todos los ruidos quedan amortiguados.

Además, la distribución es extraña: las cocinas dan a la planta baja, pero para llegar a ellas hay que pasar por el –1, donde se encuentran los vestuarios, la lavandería, los almacenes y los despachos de administración y de los jefes de puesto.

Así que, cuando llegas, tienes que coger el ascensor S1, pasar por los vestuarios en el –1 y volver a subir a las cocinas por el ascensor S2, que solo llega hasta la planta baja.

Crazy.

La primera vez, me pregunté si era una broma.

Así que me conformo con ir a la sala de descanso que está al lado de los vestuarios, una especie de cocina-salón con neveras, microondas... y una mesa enorme, donde me instalo con el móvil y un café. Alguien acaba de sentarse a mi lado, casi sobre mis rodillas.

Pero bueno, ¿es que no hay sitio suficiente? Levanto la vista.

Es Léo.

–Hola.

Finjo que lo ignoro. Respondo al mensaje de mi padre, que ha intentado sonar desenfadado, pero no lo ha conseguido:

Papá: Todo bien, Suzette mía?

También tengo un mensaje de los señores Legall. Está redactado a la antigua usanza, como si lo hubieran escrito con una pluma y lo hubieran enviado por correo postal a caballo.

Sr. Legall: Querida Suzanne. Esperamos que el nuevo trabajo vaya bien y que te guste París.

Ya estamos haciendo los troncos de Navidad y nos acordamos mucho de ti!

Seguro que estás haciendo cosas complicadísimas!

Pero esperamos que no te olvides de nuestro milhojas.

Disfruta de todo lo que tiene que ofrecerte esa nueva vida!

¡Complicadísimas, ya te digo! Hago cruasanes. Pero, aun así, su mensaje me conmueve. Los Legall fueron los únicos que me dieron una oportunidad cuando...

De todos modos, yo tenía que seguir adelante. No iba a quedarme toda la vida en Plouarzel, aunque ellos creyeran que me iba a quedar con la pastelería...

Bueno, no tengo tiempo ni de pensarlo ni de responder. Tengo que volver. Miro a Léo, que también está pegado al teléfono. ¿Por qué se ha sentado tan cerca? Dudo un segundo, pero al final le digo:

–No lo estáis haciendo bien con el caramelo.

Se pica muchísimo.

–Ah, ¿sí? ¿Por qué?

–Esperáis a que se enfríe. Sería más flexible y menos quebradizo si juntarais las dos partes cuando todavía esté caliente.

Parece dudar.

–Pero se pegaría al molde.

–Usad uno flexible.

–Amanda se niega. La semana pasada despidió al segundo porque usó un molde de silicona. Dice que deja regusto.

Mierda.

No lo sabía.

–Entonces, ¿por qué no hacéis una especie de nido con hilos de caramelo muy finos? Quizá quede menos finolis, pero será superbonito. Puedo enseñarte, si quieres.

Esta vez, tengo toda su atención. Me observa como si yo fuera un extraterrestre que acaba de aterrizar en el planeta Rivoli.

–¿Cómo te llamabas?

Hola, Alex. Marianne dice que me des la tarjeta para abrir el portal, porque la contraseña no funciona después de las 20h. Subo a recogerla al bar!

Después del servicio, me cambio, guardo los zuecos en la taquilla y dejo la ropa de trabajo en la lavandería (es una de las ventajas del hotel: tenemos cinco uniformes y nos los pueden lavar aquí mismo).

Me gusta tener una excusa para ir a saludar a Alex, pero ¿cómo se llega al bar? Estoy segura de que existe un vórtice que conecta las cocinas con el «mundo de arriba». Tan solo tengo que encontrarlo...

Estoy perdida en los pasillos cuando veo a Amanda y a Bertrand Bala, el cocinero jefe, delante de una puerta cortafuegos, enfrente del S1.

Parece que están discutiendo en la esquina.

No me atrevo a moverme; no me apetece que me vean, pues parece que los dos están de muy mal humor.

Adoro a Amanda Tuile, pero comprendo a Bala.

A mí tampoco me gustaría que la chef de otro servicio humille a mi segundo...

Ya está, han terminado. Bala se va hacia los despachos y Amanda empuja la puerta cortafuegos.

Es el momento de hablar con ella, ¿verdad?

La sigo.

¿Me estará permitido? Seguramente no.

¿Me importa? En absoluto.

Empujo la puerta... Mierda. Ha desaparecido...

Pero creo que acabo de descubrir el vórtice.

Es un pasillo desierto, enmoquetado del suelo al techo. No es que sea aterrador, pero tampoco tranquiliza mucho. Es el escenario de una peli de terror.

Para empezar, no se oye ni un ruido. El edificio está tan bien insonorizado que escucho los latidos de mi corazón.

Además, no hay más puertas que la que acabo de atravesar.

Giro a la derecha, otra vez a la derecha.

Parece que el pasillo rodea una especie de patio interior inaccesible, y que no está conectado con el resto.

¡Ah! Un ascensor. Es diferente, más antiguo, también más elegante que el S1 y el S2. Tiene una puerta dorada y un marco de madera precioso, coronado con la letra B. Aprieto el botón desgastado por los años y la puerta se abre con un ¡ding!

Entonces, veo a una chica de mi edad que lleva uniforme de ascensorista: chaqueta azul oscuro con botones dorados, gorra azul y galones blancos. Lleva los ojos ahumados, y el pelo negro como ala de cuervo recogido en dos coletas tensas con flequillo.

Parece Miércoles Addams disfrazada del botones Sacarino.

–Mierda –dice, mirando fijamente una pequeña herramienta dorada que tiene en la mano.

–¡Hola! –saludo mientras sujeto la puerta–. ¿Podrías indicarme cómo llegar al bar?

–¿Al bar? ¿Qué bar?

Bloqueo la puerta del ascensor con el brazo para impedir que se vuelva a cerrar. La chica me hace un gesto para que suba y, con la cosa dorada, que resulta ser una llave, acciona un mecanismo que permite subir.

–No funciona muy bien. Tengo que dar parte.

–Necesito ir al bar, y te confieso que estoy un poco perdida.

–Te repito la pregunta: ¿qué bar?

–¿Por qué? ¿Hay varios?

–Están el salón de invierno, la Brasserie Rivoli y Le Castiglione.

–¡Ese! ¡Le Castiglione! Mi «tío» –dibujo las comillas con los dedos– es el camarero jefe.

–Entonces, tu «tío» es Alex.

–¿Lo conoces?

–De oídas. Le Castiglione está en el entresuelo. Pero está prohibido.

Dice todo eso con un tono monótono. Esta chica es una vampira... Me va a comer.

–¿Por qué?

–Los empleados no pueden acceder a las zonas de la clientela. Salvo para trabajar, claro. Pero tú no eres camarera, ¿verdad?

Me contempla con mirada crítica. Mis vaqueros, el jersey de cachemira negro más bonito que tengo –me lo regaló mi padre– y las botas. No es un atuendo que grite «Rivoli Palace».

–Mierda... ¿Tengo que entrar por la puerta de clientes?

–¿Quieres que te despidan o qué? Pero tienes suerte, me conozco todos los accesos...

Mira a su alrededor, como si alguien pudiera oírnos mientras estamos aquí perdidas en una dimensión paralela.

–Tienes que saber que el ascensor B no funciona con un código. Hace falta una llave. Esta llave.

Esgrime un pequeño objeto de latón que, en efecto, parece una llave, pero más bien de las que se usan para montar muebles de Ikea, no de las que abren la puerta de un gran hotel.

–Te cuelo de tapadillo –añade.