2 Diciembre #2
Me veo separada de mi sueño por una gigantesca mesa de trabajo de acero inoxidable.
–Te presento a Gwendoline.
–Llámame Gwenn.
Bajo el cabello largo y fino, recogido en una coleta de caballo, Gwenn lo tiene todo largo: las piernas, los brazos, los ojos claros un poco perdidos...
–Hola, yo soy Suzanne.
–Esta mañana te toca estar en modelado –continúa Soufian–. ¿Sabes lo que hay que hacer?
¡Por supuesto que sé lo que hay que hacer! ¡No soy tonta! Me dan ganas de meterle la cabeza en la harina.
Pero me controlo. «Inspira... Espira...».
–¿Dar forma a los cruasanes y meterlos en el horno?
–Eso es. El hojaldre lo hacemos aquí, por supuesto, y nos vamos turnando: unos hojaldran y otros le dan la forma. ¿Está claro?
–Muy claro.
Lo que sí que está claro es que debe de haber un error. Está genial hacer cruasanes, pero yo no he venido aquí para eso.
–¿Sabes si puedo comer algo? No he tomado nada desde ayer y...
Gwenn me enseña una cesta con bollería.
–Los descartados. No son lo suficientemente bonitos para subirlos, así que sírvete.
¡Si son preciosos! No entiendo qué tienen de malo...
Cojo uno que todavía está tibio y corto el pliegue del extremo. La masa está crujiente y tierna, sabe a mantequilla y libera un toque de sal muy ligero...
–Humm.
A lo mejor es porque me muero de hambre, pero es el mejor cruasán que he comido en mi vida.
Soufian contiene una sonrisilla al ver que abro los ojos como platos del placer.
–Y eso que todavía no has probado las napolitanas de chocolate...
–Vamos a empezar por unos cruasanes sencillos –dice Gwenn–. ¿Alguna vez has hecho cruasanes?
–Sí, por supuesto.
–Los hacemos un poco más pequeños de lo normal, así los clientes pueden probar varios. La masa de Odette es la mejor de París. Tienes suerte de estar aquí.
No sé yo si es suerte...
Me pongo a cortar triángulos y a enrollarlos sobre sí mismos para hacer «los cruasanes más bonitos de París».
Cortar, enrollar, meter en la cámara de crecimiento.
Luego los pintamos, los horneamos... Cortar, enrollar, pintar, hornear.
Odette, con su delicada mano regordeta, designa, como una reina, los cruasanes que considera dignos de «subir».
Muchos de los míos terminan en la cesta «para el personal».
Al parecer, no están lo suficientemente bien enrollados para los clientes.
De vez en cuando, la jefa dedica unos segundos para darme ánimos.
–No pasa nada. Ya lo conseguirás.
–¡Gracias, chef!
Pero no puedo evitar darme cuenta de que hay movimiento al otro lado de la cocina. Llegan los reposteros. Le pregunto a Soufian:
–¿La vamos a ver?
–¿A quién?
–A Amanda Tuile.
Él me lanza una mirada de desprecio.
–Cómo no. Eres fan.
–Es que es la mejor repostera del...
Ni siquiera me da tiempo a terminar la frase, pues desde la cocina vecina se oyen utensilios que salen volando y una voz que chilla:
–¡Eres estúpido!
–Sí, chef.
–Y además, eres un vago. Es increíble que seas el segundo. Si fuera por mí, ¡estarías fregando platos, y aún me parece demasiado!
–Es Oswald, el segundo de cocina –me informa Gwenn–. Amanda no pierde una ocasión de humillarlo.
Le lanzo una miradita a Soufian, que se encoge de hombros como diciendo «a mí me la pela».
De todos modos, se ha pasado toda la mañana con los auriculares puestos. Al parecer, algunos sí que pueden conservar el teléfono...
Entonces, por fin, veo a Amanda Tuile. Es grande y sólida, con el cabello pelirrojo corto recogido por una pañoleta con una cenefa naranja bordada, y lleva una chaqueta de cocina de algodón egipcio con su nombre.
Sus penetrantes ojos azules están enmarcados por unas arruguitas que parecen formar un sol.
El aire cambia de textura, como cuando brilla la ganache que acabas de hacer.
A mi lado, Odette se tensa imperceptiblemente.
A Amanda la siguen cuatro ayudantes, todos con delantales naranjas y una ramita de acebo bordada en el pecho. Lo sé porque lo he visto en internet: la rama de acebo indica que se encargan del tronco de Navidad.
Exploto y digo entre dientes:
–Se suponía que yo estaba en el equipo tronco de Navidad.
–Ah, ¿sí? A lo mejor no tenías suficiente enchufe. Al parecer, ha habido cambios de última hora –dice Gwenn con tono conspirador.
Amanda rodea la isla central, inspeccionando la colocación de sus subordinados, y declara:
–Trabajáis muy duro. Y algunos os quedaréis decepcionados, pero he tenido que tomar decisiones. Los cuatro reposteros que me ayudarán con el tronco de Navidad son Clara Li, Jane, André y Léo.
La crema y nata, podríamos decir. Vienen de todos los rincones del mundo y, aunque todos parecen muy seguros de sí mismos y sin duda tendrán talento, hay uno que destaca entre ellos: Léo.
Tatuajes en los brazos, cuerpo delgado y nervudo, el pelo recogido en unas rastas bien apretadas al cráneo, aunque tiene los ojos azules y la piel clara...
No es que sea guapísimo, pero desprende cierta energía.
Además, es el único que sonríe como si estuviera esquiando y no en una cocina.
Me cabrea, sin más.
Por un lado, porque estoy segura de que ha sido él quien me ha robado el puesto.
Y, por otro lado, porque me guiña un ojo y yo, como una tonta, me pongo roja.