Cozy love y crímenes navideños 2 Diciembre
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2 Diciembre

Dos árboles de Navidad blancos flanquean la puerta giratoria, desde la que se derrama una franja de luz cálida y dorada.

En las ventanas de la planta baja, por las que se entreven las columnas neoclásicas de los grandes salones, las frondosas coronas navideñas cargadas de bayas rojas desprenden un lujo sencillo y suficiente.

Me miro los zapatos, unos Chelsea negros. Tenía tantas ganas de comprármelos que dilapidé un buen pellizco de mis ahorros para autorregalármelos. De repente, me parecen miserables y feos.

Ni siquiera pegan con la acera.

Porque aquí, bajo los soportales de la calle Rivoli, hasta la acera es de lujo. Las losas centenarias desaparecen bajo un mosaico de pequeñas teselas marrones, ocres y doradas que dibujan arabescos para destacar el nombre del establecimiento:

Rivoli Palace

Son las cinco y media de la mañana.

Y estoy delante del Rivoli Palace.

El jardín de las Tullerías ha desaparecido casi del todo bajo un manto blanco, y la noche brilla con ese extraño resplandor que sigue a una nevada.

Un botones empuja un carrito dorado hacia un coche con chófer para cargar unas maletas decoradas con unas iniciales; una pareja entra en el vehículo, dejando entrever de manera fugaz unos zapatos que deben de valer miles de euros y unos abrigos tan suaves como las nubes.

Hay gente a las cinco de la mañana, ¡delante de un hotel tan lujoso como un palacio!

Hay gente y estoy yo, con mis botines y mi gorro de lana y mi bufanda y mi abrigo.

Aspiro una buena bocanada de aire. Quería estar aquí y aquí estoy. A unos pasos de mi sueño... ¿Estoy preparada? Sí y no al mismo tiempo. Me animo a mí misma:

–Vas a conseguirlo...

–¿Puedo ayudarla?

Es un portero con librea y gorra de plato. Está claro que se pregunta qué narices hago aquí.

–Soy Suzanne Secrétant. He quedado con Odette Azar.

El hombre duda entre mearse de la risa y echarme la bronca. Luego, intercambia una mirada cómplice con sus compañeros.

–Tiene una reunión con...

–Odette Azar.

–¿Y de verdad cree que va a entrar por la puerta principal?

–¿Hay otra entrada?

Vuelven a intercambiar unas sonrisillas burlonas.

Al parecer, les hago mucha gracia. Entonces, el hombre más impresionante (un tipo calvo que parece el jefe de seguridad, con su auricular en la oreja y un traje en plan Hombres de negro ) avanza hacia mí con aire amenazante.

En ese momento, aparece un señor. Tiene un aspecto extraño, con un traje de tweed y el pelo cortado como un futbolista.

–¿Hay algún problema?

No sé quién es este tipo, pero su presencia no les hace tanta gracia, ya ninguno se hace el listo.

–No, señor Delaville. Una nueva que quería entrar por la entrada principal.

–Ah, bueno, usted también ha sido joven, ¿no, Armand? ¿Acaso ha olvidado lo que se siente al empezar? Señorita, ¿puedo ayudarla?

Levanto la barbilla con orgullo y repito:

–Soy Suzanne Secrétant y he quedado con Odette Azar.

–Tiene usted que dar la vuelta –me explica el hombre–. La entrada del personal está al otro lado.

Le doy las gracias, me aferro a mi tote bag ( All I want for Christmas is chocolate cake ) y me doy la vuelta, conteniendo las ganas de hacerles una peineta.

Algún día entraré en el Rivoli Palace por la puerta grande.

Mientras tanto, entraré por la de servicio. Me piden la carta con la cita, el carné de identidad... Incluso tengo que pasar por un detector de metales. Tras la calma de la noche, me encuentro bajo una luz viva, en medio de un enjambre. Son las cinco de la mañana y hay gente por todas partes.

Me impulsa la adrenalina. Tengo el pulso acelerado.

Aquí es.

Este es el coliseo donde sueño combatir.

Qué ganas tengo de llegar a mi puesto...

Pero, para eso, primero tengo que encontrar a Odette Azar.

Y nada, en mi convocatoria no hay nada de nada que indique adónde tengo que ir.

Decido avanzar por el primer pasillo que veo, en plan «si no sabes adónde vas, ve de todos modos», cuando me choco contra un chico que me dice directamente:

–¡No te quedes plantada en medio del pasillo!

Tiene unos ojos preciosos de color madera, la piel mate, una fuerza tranquila... Es el tío de ayer. Y, por lo que veo, sigue siendo igual de simpático.

Me mira fijamente sin reconocerme. Para ayudarlo un poco, le suelto:

–Me debes diecisiete euros y cincuenta céntimos.

–Mira, no sé qué quieres de mí, pero no tengo tiempo...

Intenta alejarse, pero me interpongo en su camino.

–Me debes diecisiete euros y cincuenta céntimos. Por la orangerie .

–La orangerie ... ¡Ah, joder!

Ya está. Ha unido los puntos. Ha tardado.

–No lo entiendo... ¿Qué narices haces aquí?

–¿Y tú?

–Yo curro aquí.

–Yo también.

–¿No eres turista?

–¿Tengo pinta de turista?

–¡Estabas en la calle Rivoli con una maleta, tragándote un pastelito que cuesta diecisiete pavos! ¿A ti qué te parece?

« Diez, nueve, ocho, siete, seis ... » .

–Bueno. Escucha. Nos podemos pasar el resto de la noche discutiendo si tengo pinta de turista , o puedes decirme dónde encontrar a Odette Azar. A menos que prefieras devolverme ahora mismo los diecisiete euros con cincuenta céntimos , claro, que también es una posibilidad .

Parece dudarlo un minuto y termina diciendo:

–Sígueme...

Nos dirigimos hacia un ascensor de servicio. Según las letras gigantes de la puerta, es el ascensor S1 y, según el único botón que hay, comunica la planta baja con el nivel –1.

Recorremos varios pasillos hasta que mi «adorable» guía me deja delante de una puerta:

Odette Azar Maestra panadera

–¡¿Maestra panadera?!

En cuanto voy a llamar a la puerta, esta se abre de repente y aparece una mujer bajita y enérgica que lleva uniforme de cocina: pantalón azul marino, chaqueta beis con el logo del hotel y su nombre bordado en letras doradas, y el pelo recogido por una pañoleta a juego.

–¿Es usted Suzanne?

–¡Sí!

–La estaba esperando. ¡Sígame!

Un pasillo a la derecha, un pasillo a la izquierda...

–No ha llegado usted temprano –indica Odette avanzando a paso ligero.

Troto detrás de ella, diciéndome que, a este ritmo, acabaré molida antes de que empiece el turno.

–Me habían dicho a las seis...

–A las seis en el puesto de trabajo, menos cuando te encargues del hojaldre. Entonces tienes que estar a las cinco.

¡A las cinco!

–Le darán el horario y el uniforme. ¿Ha traído medias de compresión?

–Sí, pero debe de haber un error...

La mujer se detiene delante de una puerta.

VESTUARIOS

–¿Qué error? –me pregunta.

Me pone en las manos un uniforme todavía envuelto en la bolsa de plástico de la tintorería.

–Mis prácticas son en repostería.

Contiene una risilla, igual que otra gente contiene una lágrima, y comprueba algo en su carpeta.

–¿Es usted Suzanne Secrétant?

–Sí.

–Entonces, no hay ningún error. Está usted en panadería conmigo. Aquí tiene el candado para la taquilla, la tarjeta y el uniforme. Cámbiese y reúnase conmigo en la cocina. ¡Y no remolonee! ¡Ya llega usted tarde!

Ni siquiera me da tiempo de preguntarle dónde está la cocina. Ya se ha marchado a una velocidad alucinante para tener unas piernas tan pequeñas.

Rompo el plástico. Algún día tendré una chaqueta con mi nombre bordado... Aunque debo admitir que este uniforme es el más bonito que he tenido en la vida, a pesar de ser el que llevan los empleados que están abajo del todo.

Con «Rivoli Palace» escrito en letras doradas sobre el pecho, salgo del vestuario. Me pongo el gorro con las iniciales. Ya había visto el uniforme de los aprendices en Instagram, y soñaba con ponerme este gorro.

El inconveniente es... que estoy en la sección de panadería.

Joder... ¡Voy a hacer pan y cruasanes! Está muy lejos de mis sueños de ganache y chocolate.

Pero, al menos, estoy aquí.

Ya encontraré una solución.

Cuando por fin llego a la sección de las cocinas reservada para panadería y repostería, lo primero que me embarga es el olor.

Y entonces me doy cuenta de que no he comido nada desde la orangerie ...

Me he mantenido gracias a la adrenalina y a mis reservas.

Pero, como me tire ocho horas de pie, rodeada del aroma a pan y a hojaldre, me voy a desmayar, cosa nada aconsejable cuando acabas de empezar en el trabajo de tus sueños... o casi.

Me estoy ajustando el delantal alrededor de la cintura cuando Odette me fulmina con la mirada:

–Joyas.

–¿Perdón?

–Hay que quitarse las joyas. Ni reloj ni anillo.

A toda prisa, me meto en el bolsillo el anillo con una esmeralda que me regaló mi padre cuando cumplí dieciocho años, así como la pulsera y el reloj.

–Y lo mismo digo del teléfono. Hay que dejarlo en el vestuario; si no, acabará en el horno. ¿Entendido?

Asiento con la cabeza, pero parece que no es suficiente. Odette insiste:

–No lo digo de broma. La pantalla del móvil está más sucia que la taza del váter. Los clientes del Rivoli Palace quieren desayunar cruasanes de mantequilla, no cruasanes de bacterias.

–Entendido, chef –digo mientras me guardo también el móvil en el bolsillo del delantal.

Odette da un par de palmadas y todos los empleados que se encuentran en la panadería se detienen. La mujer inspira respeto, no miedo. Un poco como el señor Legall, mi tutor de prácticas en Plouarzel.

–Os presento a Suzanne Secrétant, que se une al equipo de panadería. Me gustaría que la recibierais con los brazos abiertos y que la ayudarais a instalarse. ¡Soufian!

El aludido sale de detrás de una estantería de cinc llena de barras de pan sin cocer. Lleva puesto el uniforme, el delantal impecable, ni una sola arruga en la chaqueta.

–Soufian, tú te encargarás de Suzanne. Te dejo al mando para que le expliques cómo funciona el servicio.

Nos miramos de arriba abajo durante una fracción de segundo. Mierda... Mi «adorable» guía.

Mientras me acompaña a ver las cocinas, Soufian me va contando con tono monótono todo lo que hay que saber.

–El hotel hace su propio pan, con harinas bio y levaduras artesanales. También hacemos bizcochos y bollería...

Normal.

–Aquí, las salsas, las preparaciones... Esta es la zona de repostería. Y nosotros, panadería, estamos aquí.