1 Diciembre #2
El vestíbulo parece sacado de Pinterest, con sus molduras, un espejo enorme, una escalera cubierta con una alfombra roja... Y hay un ventanal compuesto de pequeños cuadraditos de vidrio. Está cubierto por unas cortinas y tiene una placa que indica:
Pero hay otra placa que indica:
Miro el teléfono.
Son las 12:11.
Mierda.
Golpeo el ventanal con los nudillos. Nada.
Tendré que esperar hasta las tres de la tarde.
Me dejo caer en el primer escalón... La luz automática se apaga... Y me sumo en la oscuridad.
–Joder, no me lo puedo creer...
Me soplo la punta de los dedos, que me sobresalen de los mitones. Entonces, la puerta del edificio se abre y entra una mujer de unos cuarenta años. Lleva un abrigo de lana ajustado y un pañuelo de seda que la protege de la nieve. ¡Qué elegante!
–Tú debes de ser Suzanne –me dice.
Me levanto de un salto.
–Soy Marianne, la portera –continúa la mujer–. Alex no sabía a qué hora llegarías. Ven, te enseño tu habitación.
Deja las bolsas de la compra y coge una llave de portería. Yo voy hacia el ascensor.
–¡Por ahí no! Hay que subir a pie. La habitación está en el sexto, y el ascensor solo va hasta el quinto.
Miro la maleta.
–Eh... ¿Y no se puede coger el ascensor hasta el quinto y subir el resto a pie?
–Por desgracia, no –responde Marianne, abriendo una puertecita de madera–. A las habitaciones del ático solo se puede acceder por la escalera de servicio.
Y la escalera de servicio es mucho más estrecha que la de la barandilla de caoba y la alfombra roja.
–¿Cómo que en el ático? No lo entiendo... ¿No me quedo en casa de Alex?
–¿No te lo ha dicho? Su casa es muy pequeña, un apartamento de soltero. Pero tiene una antigua habitación de servicio que ha arreglado como cuarto de invitados. Ya verás, ¡es muy acogedora! ¡Y muy parisina!
Vuelvo a mirar la maleta. A lo mejor tendría que haber dejado en casa de mi padre los libros de cocina, el álbum de fotos de mi madre y la KitchenAid.
–¡Aquí es! –anuncia Marianne–. Te dejo para que te instales.
Se encarga de abrir el radiador de forja, que empieza a calentar con un gluglú reconfortante.
–El baño está en el descansillo, pero solo lo vas a usar tú. Y si necesitas cualquier cosa, no dudes en avisarme, sea la hora que sea. Los amigos de Alex son mis amigos.
Y me deja con mi nueva vida.
Vale.
Aquí es donde voy a vivir.
Cuando sea rica y famosa, tendré un apartamento enorme decorado en blanco y beis, con una cocina tan grande como toda la planta, una encimera de mármol, una isla central, dos fogones...
Mientras tanto, la habitación en la que me encuentro es perfecta, si te gusta el estilo «comedia romántica en París».
La curva del tejado empieza a la altura de las dos ventanas.
El parqué de madera está cubierto de alfombras orientales.
Hay un rincón donde están la cama, una pequeña biblioteca y una ducha, y un rinconcito hace de cocina, con una mesa delante de la ventana.
Me quito los zapatos, que me están matando, dejo los calcetines y el gorro sobre el radiador, cuelgo el abrigo en la puerta...
Y me dejo caer sobre la cama con la intención de descansar un ratito.
Cuando me despierto, la habitación está completamente a oscuras.
–¡Mierda, mierda, mierda!
Son las seis de la tarde. Ya es de noche.
Mi padre me ha enviado seis mensajes y Alex ha llamado dos veces.
Alex: Marianne dice que has llegado bien. Como no respondes, imagino que has salido a pasear. Te he dejado ingredientes para que te hagas pasta.
Me levanto, tengo la boca pastosa. Le envío un mensaje rápido a mi padre:
Lo siento, me he quedado dormida en cuanto he llegado! Todo va genial! Me ducho y te llamo.
Luego, a Alex.
Lo siento, me he dormido en cuanto he llegado. La habitación es preciosa. Gracias!
Me doy cuenta entonces de que Alex ha dejado encima de la mesa una foto antigua enmarcada: una joven al lado de un hombre elegante, con aire de dandi inglés y bigote, delante de un sendero ancho del jardín de las Tullerías. Le doy la vuelta a la foto: «Con Marion. París, 2001».
Marion.
La joven de la foto es mi madre.
En 2001, debía de tener unos veinte años.
Como yo ahora.
Alex: Has mirado por la ventana? La ves? Mira bien al oeste.
Aparto las cortinas y me quedo sin aliento. Subir seis pisos sin ascensor es una tortura, pero vale la pena: delante de mí se extienden los tejados de cinc, alumbrados por la luna y las claraboyas, que forman cuadraditos dorados sobre un lienzo de plata.
–¿Al oeste? ¿Y dónde está el oeste?
Por mucho que mire hacia todos los lados, no veo nada.
Me dispongo a responder que no tengo ni idea de qué se supone que tengo que ver, cuando recibo otro mensaje:
Alex: Te he dejado una sorpresa en la nevera.
Me lanzo hacia la mininevera y descubro una cajita de pastelería de color beis con rayas naranjas.
–¡No! ¡No me lo puedo creer!
Con el corazón acelerado, abro la caja.
–¡Una orangerie !
La vida me da una segunda oportunidad.
Es una señal, ¿no? Pienso un instante en el tío que me ha empujado:
–¿Todo bien, idiota? ¡No has conseguido fastidiarme mi primer día!
Abro la ventana. Hace un frío que pela, pero quiero sentir el aire parisino saturado de nieve cuando rompa la teja para hincarle el diente a la crema.
Me detengo a observar la vista un instante antes de morderla, como esa pequeña fracción de segundo que se le concede al mar resplandeciente antes de lanzarse desde el acantilado.
En cuanto la primera nube de paraíso se deshace en mi lengua, dejo que el sabor me cautive.
Entonces la veo, detrás de una chimenea. Se acaba de iluminar.
La torre Eiffel.
Empiezan a caer grandes copos de nieve. ¡Está nevando!
Y París es una fiesta...
Una fiesta de Navidad.