Cozy love y crímenes navideños 1 Diciembre
3%
Cozy love y crímenes navideños

Cozy love y crímenes navideños

Por Anouk Filippini

© inepub.com

1 Diciembre

Nunca había visto un coulis tan bonito.

Es perfecto. De un rojo profundo, fluido pero espeso...

¿Cómo lo han conseguido? ¿Le habrán puesto arándanos rojos para que tenga ese tono intenso? Llevará más grosellas que frambuesas. En cualquier caso, lo habrán cocinado a fuego lento, manteniendo la temperatura muy baja para conseguir esa textura espesa, casi como carame...

Mientras que una parte de mi cerebro le da vueltas a la receta del coulis , otra entra en modo pánico.

De hecho, algo hace clic en mi cabeza: no es normal que te caiga tanto coulis en la chaqueta...

Y no es normal estar así, tirada en el suelo, con la chaqueta cubierta de coulis .

Y no es normal que el coulis forme una mancha cada vez más grande.

Tampoco es normal tener un cuchillo clavado en el corazón, justo en medio del nombre bordado con letras doradas sobre la tela de algodón beis.

En la vida, solo hay algo mejor que una tarta de chocolate: un tronco de Navidad.

El tronco de Navidad es a la repostería lo que un vestido de noche es a la moda: un punto y aparte, una excepción.

Hay muchísimos tipos de vestidos de noche, por supuesto, igual que hay muchísimos tipos de troncos de Navidad. Puede ser simple, elegante, clásico: el tronco de Navidad con nata de mantequilla, el bizcocho relleno de mermelada o de chocolate, el tronco de castañas...

Incluso se puede optar por algo más audaz: un tronco de tres chocolates, un tronco helado con frutos rojos, un postre de matcha ...

También se puede tirar la casa por la ventana: troncos con forma de árbol de Navidad, con bolas, ¡con joyas!

Y, por último, la categoría definitiva: los virtuosos troncos de Navidad de los maestros pasteleros.

Ese es otro nivel.

Nivel un vestido de Zendaya para la gala MET.

Precisamente por ese tipo de troncos de Navidad de alta costura estoy aquí, helándome de frío en el andén B de la estación de tren Gare de Lyon. No me he terminado de despertar del todo, estoy helada y, aunque me revienta admitirlo, un tanto perdida.

–Señorita, no puede estar ahí.

¡Ya no se dice «señorita», gilipollas!

Respiro. Les he hecho una promesa solemne a mi padre, a mi psicóloga y a mí misma: gestionar la agresividad.

Tengo un montón de técnicas para conseguirlo.

Contar de cero a diez a la inversa, inspirar llenándome los pulmones y espirar para expulsar la tensión, tocarme las yemas de los dedos con las yemas de la otra mano...

En la última sesión, la psicóloga se puso chistosa: «Aunque también es verdad que a lo mejor te viene bien ser agresiva para prosperar en París», me dijo. Creo que quería darme ánimos.

Pero yo no necesito que nadie me motive.

Estoy donde quería estar.

La maleta pesa como un muerto, pero consigo tirar de ella, empujarla y levantarla por las escaleras del metro. Esta mañana, en el andén de la estación, mi padre me ha dado un billete: «Coge un taxi cuando llegues». Y yo le he dicho: «¡Gracias, papá!».

Pero, en realidad, no me he planteado coger un taxi en ningún momento. Esos veinte euros me vienen de lujo para cualquier otra cosa, y no voy a cambiar de opinión por nada del mundo. Ni siquiera por la ausencia de escaleras mecánicas en la estación de metro...

¡Me he preparado tantísimo para este momento...!

Y es tal y como me lo imaginaba.

Cuando salgo de la estación de metro Louvre Rivoli, mi corazón hace lo mismo que un texto en una historia de Instagram que salta y destaca en tonos neón: da un vuelco y se ilumina.

A mi izquierda, la fachada este del palacio del Louvre.

Delante de mí, la hilera de edificios de piedra con sus tejados de cinc y sus famosos soportales: la calle Rivoli se pierde entre la niebla hasta la plaza de la Concordia.

Hace frío y hay humedad, una escala de grises y beis. Y podría ser una imagen triste.

Pero no lo es. Al contrario.

Parece que todo está pensado para que destaque el brillo mágico de la decoración de Navidad. Además, huele a cruasán y a castañas asadas.

Lo único que falta es la nieve...

Conmovida, levanto la cabeza hacia el cielo gris, pesado y cargado.

–Gracias, mamá.

No sé si creo en el paraíso o ni siquiera en el cielo. Pero este momento es tan perfecto que no tengo ninguna duda: esté donde esté, mi madre me acompaña.

Me saco del bolsillo el billete de veinte euros que me ha dado mi padre. Miro la aplicación: estoy a catorce minutos del modo en que sueño con gastar este dinero. A ocho minutos de mi nuevo hogar.

Dudo: sueño o casa..., casa o sueño...

Si fuera una persona razonable, pasaría primero por casa para dejar la maleta.

Pero, si fuera una persona razonable, tampoco estaría aquí.

Cruzo la calle y me adentro en los soportales azotados por el viento y atestados de turistas, flanqueados de tiendas de souvenirs en las que suenan villancicos, de bares animados donde la gente con clase bebe copas de vino dorado y de escaparates con artículos de lujo o antigüedades...

Tengo los dedos entumecidos y me arde el corazón, me siento como una tortilla noruega con una bengala encima.

Y entonces... ¡Madre mía! Es aquí.

La fachada de madera preciosa, la vitrina un tanto rococó, el toldo beis con rayas naranjas, el cordón rojo como si fuera un teatro... Porque aquí estoy, pero ¡no soy la única! Hay cola.

¿Cómo no iba a haber cola? Llevo un año cotilleándoles todas las historias, SIEMPRE hay cola. Bueno. Eso da igual, ¿no?

No me voy a desanimar por tener que esperar veinte minutos, ¡al contrario!

¡Es parte de la experiencia! Mientras espero, se me acerca una camarera con un uniforme gris que lleva una cenefa naranja bordada: es el uniforme del Rivoli, el gran hotel al que pertenece la confitería.

Me ofrece una pequeña teja de almendra con fruta escarchada. Sonrío boquiabierta y respondo:

–Muchas gracias, de verdad.

Muerdo la teja... Está crujiente y se pega un poco a los dientes, pero solo unos segundos. Enseguida se deshace y libera los aromas a almendra y a cítricos.

Menuda maravilla... Pero no es una obra de arte.

La obra de arte está en el escaparate. Seis personas se interponen entre nosotras. Entre mi primer sueño y yo...

–Señorita, ¿qué desea?

El chico del mostrador va impecable, no tiene ni un pelo fuera de sitio, parece que lo han hecho con IA.

Me saca de un vídeo de promoción que me estaba montando yo sola y me trae de nuevo a la realidad.

Y la realidad es aún más bonita que en los anuncios: ¿qué deseo?

¡Una orangerie , por supuesto! ¡Es lo que más deseo en el mundo!

Nunca he probado una orangerie (la creación más famosa de Amanda Tuile), pero sé todo lo que hay que saber.

Sé que es una oda a París y al conocido museo de l’Orangerie, que se encuentra en el jardín de las Tullerías. Sé que...

–¡No me la pongas para llevar! ¡Me la voy a comer ahora mismo!

Ahora mismo, bajo los soportales de la calle Rivoli.

Así es exactamente como se debe degustar una orangerie cuando tienes veinte años y veneras a Amanda Tuile. Cuando has leído todo lo que se ha escrito sobre Amanda Tuile. Cuando has visto todos los vídeos de Amanda Tuile.

Ni hablar de esperar hasta llegar a casa.

Hay que disfrutarla como se disfruta la luz azulada de un día de diciembre en París, como se disfruta un nuevo cambio o una primera cita...

Se disfruta como se disfruta la vida, en definitiva.

La orangerie consiste en una base crujiente con un corazón cremoso de ganache de chocolate, coronado con una teja de naranja que descansa con delicadeza sobre una nube de crema doble, una parte al natural y la otra de vainilla, como la crema fontainebleau , pero lleva algo más...

Amanda nunca ha revelado el secreto de esta crema.

¿A lo mejor soy la primera que la prueba y descubre el ingrediente secreto, su toque mágico?

La orangerie reposa sobre una servilleta de papel crepé con letras, al mismo tiempo principesca y natural, despreocupada y estilosa... ¡Es una parisina en toda regla!

Abro la boca, cierro los ojos...

–¡Mierda! ¡Lo siento!

Tardo varios segundos en darme cuenta de que:

1. Mi orangerie ha terminado en el suelo. No es más que migas, crema y lágrimas pisoteadas sobre la acera.

2. El tío que me ha empujado se ha quedado con los brazos colgando.

Lo voy a matar.

«Diez, nueve, ocho, siete, seis... Inspira, espira...» El chico me mira, y algo en él me aplaca al instante. Exuda una especie de tranquilidad. Me mira con unos ojos de color castaña glaseada y masculla un sorry antes de darse media vuelta y largarse.

–¡Oye! –grito.

Como es de suponer, el tío no se da la vuelta. Y para salir corriendo detrás de él, tendría que abandonar el maletón. Cuando vuelvo a bajar los ojos hacia mi orangerie para despedirme, las palomas ya han empezado a dar buena cuenta de ella.

Papá: Soy papá. Llegaste bien, Suzie mía?

Suspiro. Mi padre todavía no ha entendido que, cuando me escribe, sale su nombre.

Estoy un poco preocupado! Tenías que escribirme cuando bajaras del tren.

Otra cosa: tampoco ha comprendido que ya no soy una niña pequeña... Está un poco perdido desde que murió mi madre: se comporta como si yo fuera frágil, pero no como un jarrón de cristal. No, frágil como una bomba.

Reconozco que no debe de ser fácil para él.

Alex: Hola, Suzanne. Lo siento, no podré estar en casa cuando llegues. Pero he avisado a la portera. Ella tiene las llaves. Nos vemos luego! Welcome!

A Alex no lo conozco. Compartía piso con mi madre cuando estaban en la universidad. Fue él quien mandó mi currículum para el trabajo, y me voy a quedar en su casa.

Pero no necesito conocerlo: ya lo adoro.

OK, Alex

No voy a mentir: hubiera preferido que me recibiera en persona. Pero tengo un ángel de la guarda, un trabajo y una casa en uno de los barrios más bonitos de París. ¡Tampoco voy a quejarme!

Mientras tanto, tengo frío y hambre... Ya le responderé a mi padre luego. Tardo más de diez minutos en encontrar la puerta de un edificio tipo Haussmann.

Lo admito, es impresionante.