Epílogo
Tres meses después
Blaire
La silueta de un jinete se recortaba contra el cielo de Tennessee.
La luz del sol, ya en declive, bañaba su piel, resaltando la orgullosa línea de su mandíbula, donde se marcaba la barba de un día, y proyectando largas sombras bajo el ala de su sombrero de vaquero.
Me quedé sin aliento al ver cómo sus hombros se flexionaban y se balanceaban con cada movimiento del caballo.
La camisa se ciñó a su torso cuando cambió el peso en la silla de montar.
Mientras cabalgaba, parecía tan salvaje e indómito como si no perteneciera a nada ni a nadie más que al cielo abierto que se extendía sobre nosotros.
Pero me pertenecía a mí y le pertenecía a esa tierra.
Cada músculo de sus brazos y de sus muslos se movía con la confianza firme y serena de un hombre que conocía ese suelo tan bien como conocía sus propias manos.
Llevaba ya tres millas persiguiéndole, con el corazón latiéndome más rápido que los cascos de mi caballo, igual que había perseguido a aquel hombre durante media vida.
Cada pocos minutos, él se volvía en la silla de montar, y cuando nuestras miradas se cruzaban, su sonrisa se desplegaba lentamente y con complicidad.
De cada vez, esa sonrisa me provocaba una oleada de calor que me recorría como a las flores silvestres que florecían por esa ladera después de la lluvia.
Habíamos dejado a Ruby en la casa principal hacía media hora.
Lou nos había recibido en el porche con un tupper lleno de galletas recién hechas, aún calientes del horno.
Ruby apenas nos había dicho adiós con la mano antes de entrar corriendo; las palabras habían salido de su boca más rápido de lo que se tardaba en articularlas correctamente.
Sentí la primera punzada provocada por la separación al ver marcharse a Ruby, seguida de un alivio inmediato y culpable que me hizo sonrojar.
A continuación, sentí el deseo inconfundible que florecía en lo más profundo de mi vientre cuando los dedos curtidos de Colt encontraban la parte baja de mi espalda.
Rozó con el pulgar la franja de piel desnuda donde se me había subido la camiseta.
Esa simple caricia me había quemado la piel como un hierro candente.
Era difícil llevarle la contraria a un hombre como Colt cuando quería algo. Y aún más cuando yo también lo quería.
Cabalgamos en silencio hacia casa, nuestra casa, desde aquella noche de hacía dos meses en la que nos encontramos en mi dormitorio recién reparado en casa de June. Colt había cambiado el peso de una bota a la otra, con la mirada recorriendo rápidamente el pequeño espacio.
—Ruby se ha acostumbrado a tenerte al final del pasillo —dijo con voz ronca. Me miró a los ojos mientras se rascaba la nuca con una mano—. De todos modos, esta habitación es demasiado pequeña para todas tus cosas.
—¿Qué? —Me reí y le rodeé la cintura con los brazos.
—Quédate con nosotros, Blaire —resopló, y estaba tan monísimo que no pude negarme.
Al fondo de la finca, la casa apareció ante nuestros ojos y, justo más allá, el lago se extendía y brillaba bajo los últimos rayos del sol.
Nuestros caballos redujeron el paso a un trote al acercarnos a la casa, y Colt miró hacia allí, con los ojos brillando de una forma que me hizo sentir un cosquilleo en el estómago.
Cuando nos detuvimos, nuestras piernas casi se tocaron al deslizarnos de las sillas de montar.
Sus dedos rozaron los míos al alcanzar mis riendas.
—Ya las tengo —dijo con voz grave y áspera.
Con movimientos rápidos y expertos, ató a los caballos al poste de amarre y luego se pasó el antebrazo por la frente. No pude evitar fijarme en cómo se movían sus músculos bajo la piel bronceada ni en el rubor que aún se le marcaba en los pómulos tras nuestro paseo.
Estaba a mitad de los escalones del porche cuando sus dedos me agarraron la muñeca.
Sentí un calor que se extendía bajo ellos y me detuve, mirando por encima del hombro para encontrarlo unos treinta centímetros más abajo de donde yo estaba, con el rostro a medio camino entre la sombra y la luz del sol.
Sus dedos se deslizaron entre los míos y su pulgar curtido encontró el sensible hueco de mi palma.
Sentí que se me cortaba la respiración cuando me recorrió el cuerpo con la vista, deteniéndose en mi cuello, mi pecho y la curva de mis caderas, donde mis vaqueros se pegaban a la piel por el calor del trayecto.
—¿Qué? —pregunté, con una voz tan baja que no estaba segura de que me hubiera oído.
Sentí un cosquilleo en la piel al notar cómo sus ojos subían lentamente, dejando tras de sí un rastro de calor.
Cuando su mirada finalmente se cruzó con la mía, el inconfundible deseo que vi en ella hizo que algo en lo más profundo de mi vientre se tensara y se expandiera.
Se acercó, lo suficiente como para que pudiera sentir el calor que irradiaba su cuerpo, oler el sol en su piel, pero no lo suficiente como para tocarlo.
—Ven a nadar conmigo —murmuró, y me pegó a él hasta que choqué contra el sólido muro de su pecho.
Me reí, pero el sonido se entrecortó cuando su mano libre se posó en la parte baja de mi espalda.
—¿No vas a dejar que me ponga el bañador?
Se limitó a negar con la cabeza, con la comisura de los labios esbozando la media sonrisa que presagiaba un lío de los gordos.
—No lo necesitas —susurró, tan cerca ya que sus labios rozaron mi oreja.
Apenas tuve tiempo de recuperar el aliento antes de que casi me llevara a rastras por los escalones del porche hacia el lago. Se pegó a mí por detrás, con el pecho contra mi espalda, y su bigote me hizo cosquillas en el cuello cuando agachó la cabeza.
—Te quiero así —murmuró—. Después de cabalgar, todavía salvaje.
Temblé, y él captó el movimiento y lo celebró con una risa grave, mientras su mano se deslizaba hacia arriba para agarrarme suavemente por el cuello.
Me volví para mirarlo a la cara, empujada por el deseo, y ávida de la forma en que me miraba, como si fuera lo único en el mundo que mereciera la pena desear.
Asentí y me puse de puntillas para posar mis labios sobre los suyos.
Me sujetó la cara con una mano, clavándome los dedos con fuerza en la mandíbula, y me besó como si su vida dependiera de ello.
Su lengua se entrelazó con la mía y su barba incipiente me rozó la mejilla.
Gemí contra su boca, ya loca por él, pero se apartó demasiado pronto, aunque seguía sintiendo su aliento ardiente sobre mi rostro.
—Vamos —dijo con voz ronca y tiró de mí.
Apenas llegamos al lateral de la casa cuando se detuvo y cogió una vieja nevera portátil estropeada que ni siquiera había visto. Parpadeé, sin aliento, y le di un golpecito en el brazo.
—Colt Calloway, ¿lo tenías planeado?
Él solo sonrió, con aire arrogante y devastador, y me pegó a él.
—Puede.
Me estrechó con tanta fuerza que apenas pude mantener el equilibrio, mareada por el repentino cambio de gravedad. Lo único que quería era alargar la mano y llevarlo hacia mi boca, pero él ya se había adelantado, y me llevaba a rastras tras de sí con una certeza ávida y pausada.
La última luz dorada se deslizaba sobre las montañas mientras descendíamos hacia el lago. El agua resplandecía con los reflejos del cielo azul, atravesado por rayos de fuego.
Sus dedos permanecieron entrelazados con los míos mientras bajábamos por la pendiente, medio corriendo, medio deslizándonos.
Cuando su bota se enganchó en una roca resbaladiza, tropezó, pero no me soltó, y los dos estuvimos a punto de caer.
Mi risa brotó salvaje y desenfrenada; me ardían los pulmones al intentar seguir el ritmo de sus largas zancadas.
Bajó la mirada hacia nuestras manos entrelazadas, luego me miró a mí, y toda su bravuconería y su arrogancia se desvanecieron para dar paso a algo más tierno y fiero a la vez.
Con un movimiento repentino, me levantó en volandas, rodeándome los muslos con los brazos, y yo solté un grito que era mitad risa y mitad alegría espontánea.
Él se limitó a sonreír y recorrió con paso firme toda la antigua pasarela de madera conmigo pegada a su pecho.
El muelle crujió bajo sus botas, y el sonido retumbó en el agua; lo único en lo que pude concentrarme fue en la fuerza de sus brazos rodeándome y en el torbellino de mi propio pulso.
Al final del muelle, Colt me bajó con una delicadeza que contrastaba con el ardor de su contacto, sujetándome incluso después de que mis botas se apoyaran firmemente en la madera. La nevera cayó al suelo junto a nosotros, pero él no me soltó.
Me agarró la camiseta por el bajo y, con un movimiento fluido, me la sacó por la cabeza; la tela se me enganchó un instante en los codos antes de que yo levantara los brazos para ayudarlo.
Arrojó mi camiseta sobre las tablas del muelle y sus manos se posaron sobre mi vientre desnudo.
Su boca las siguió; sus labios fueron suaves al principio mientras recorrían el hueco de mi cuello, y luego bruscos y hambrientos cuando me mordió suavemente la clavícula.
Me temblaron las piernas y apoyé las manos en sus hombros, estabilizándome en la familiar pendiente de músculo bajo el algodón.
Él ya estaba desabrochándome los botones de los vaqueros, y me reí mientras intentaba atrapar sus manos, pero él solo negó con la cabeza, ampliando esa sonrisa de lobo.
—No te dije que pudieras detenerme —murmuró contra mi piel, con una voz grave y ronca que me hizo temblar hasta los huesos.
—Pensaba que íbamos a darnos un baño —logré decir, pero mi cuerpo ya se arqueaba contra el suyo, ávido de su calor.
Me había desabrochado los vaqueros y me los había bajado hasta la mitad de los muslos antes de que pudiera protestar, y luego se arrodilló para quitarme las botas y sacármelas del todo.