Epílogo #2
Me miró desde donde estaba agachado, y la expresión de su rostro era de adoración, de ansia, y estaba tan llena de amor que me oprimió el pecho.
Me dieron ganas de arrodillarme y darle las gracias al universo por haberme dado a ese hombre, aunque hubiera tenido que dar un rodeo largo y difícil para conseguirlo.
Se incorporó, dejó caer el sombrero al muelle y se quitó la camisa de un tirón impaciente.
Contemplé cada músculo, cada cicatriz y cada peca que contaban la historia de un cuerpo forjado tras años de duro trabajo.
Se agachó y me besó, deslizando las manos por mis costillas, y volví a sentirme ingrávida, flotando a pesar de que mis pies pisaban madera maciza.
La boca de Colt seguía pegada a la mía cuando fue hacia atrás, paso a paso, hasta que la escalera se apoyó contra mis pantorrillas.
Rompió el beso y, durante un segundo, ninguno de los dos dijo nada.
Los únicos sonidos eran el chapoteo del agua contra el muelle, el relincho lejano de uno de nuestros caballos y los latidos desenfrenados de mi corazón.
Me sonrió con picardía y desafío.
—Las damas primero —dijo, pero sus ojos me contaban que podía hacer lo que me diera la gana y que él me habría seguido a cualquier parte.
Extendí la mano hacia atrás, con los dedos buscando a tientas el corchete de mi sujetador.
Sus ojos siguieron mis movimientos, oscureciéndose a medida que los tirantes se deslizaban por mis hombros.
La tela quedó suspendida un instante entre nosotros antes de caer sobre el suelo de madera.
Dudé, sintiéndome de repente tímida a pesar de todo lo que ya habíamos hecho, y luego me bajé lentamente las braguitas enganchándolas con los pulgares.
Su respiración se entrecortó de forma audible mientras las pasaba por mis muslos; el aire de la tarde acariciaba cada centímetro de piel recién expuesta.
Dejé que mi mirada vagara antes de posarla deliberadamente en la parte de su cuerpo que aún permanecía oculta bajo el vaquero. Arqueé una ceja y mis labios esbozaron una sonrisa pícara.
—Vas demasiado elegante —susurré, las palabras temblaron en mi lengua como un desafío.
Él siguió mi mirada, sonrió y abrió la boca como para decir algo presuntuoso, pero no le di esa satisfacción.
Mi piel ya se estremecía de anticipación, y tenía hasta la última terminación nerviosa a flor de piel por su contacto y el recuerdo de sus manos, de su boca.
Así que me di media vuelta y me zambullí de cabeza en el lago.
El frío me caló hasta los huesos mientras buceaba, y jadeé al salir finalmente a la superficie.
Me puse de espaldas y floté, con los brazos y las piernas extendidos, antes de entreabrir un ojo para mirar hacia el muelle.
Colt estaba allí, con los brazos cruzados sobre el pecho desnudo, sin perderme de vista.
Se recreó en el instante de desabrocharse lentamente los vaqueros, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Lo contemplé mientras se los bajaba al mismo tiempo que los calzoncillos, los dejaba en el suelo y los lanzaba de una patada, junto con las botas, para formar un montón desordenado en el muelle.
Luego se detuvo en el borde, con las piernas bien abiertas, y se limitó a mirarme, con los ojos oscurecidos por la determinación.
Mi mirada se deslizó hacia sus muslos, se detuvo en su erección y luego volvió lentamente hacia su rostro. Un calor intenso me invadió a pesar del agua fría que me acariciaba la piel. Arqueé la espalda todo lo que pude y dejé que mis pechos salieran a la superficie.
—¿A qué esperas, vaquero? —lo provoqué—.
No te dará miedo un poco de agua fría, ¿verdad?
—Al principio no se movió, se quedó allí plantado, y yo pude ver sus músculos marcados y la mirada voraz de sus ojos.
Me estiré un poco más, deslizando una mano por mi pecho y dejando que mis dedos bajasen lentamente, con la vista clavada en la suya—.
Podría hacerlo sola, ¿sabes? Lo he hecho tantas veces pensando en ti…
A Colt se le curvó la boca en una sonrisa, y sus ojos me recorrieron perezosamente, como si no tuviera prisa por romper ese momento.
Se recreó contemplando cada centímetro de mi cuerpo, deteniéndose en los lugares que sabía que podían hacerme sonrojar, pero yo me negué a avergonzarme.
Quería que me viera, que me viera por completo.
—Quizá solo estoy disfrutando de las vistas —dijo por fin con voz arrastrada, una voz melosa y perezosa que amenazaba con extenderse y posarse sobre cada una de mis terminaciones nerviosas—.
Siempre has estado guapa así. Sin complejos y guapa de cojones.
Es de esas cosas que hacen que a un hombre le apetezca tomarse su tiempo.
—Las palabras le salían con naturalidad, y tuve que morderme la mejilla para no sonreír.
Agachó lentamente la cabeza, dejó vagar sus ojos desde mi cuello hasta mi cintura y hasta el lugar donde mis piernas se movían bajo la superficie, y era un gesto tan descaradamente posesivo y tan típico de Colt que me sorprendí a mí misma arqueándome para atraer su atención.
—Como quieras. —Me encogí de hombros y dejé que mi cuerpo se hundiera hasta que el agua me lamiera justo en la barbilla antes de alejarme del muelle.
Oí su risa ronca y un chapoteo. Tres brazadas poderosas y ya estaba sobre mí, con la mano rodeándome el tobillo bajo el agua, tirando de él hacia atrás a través de las ondas.
Se me cortó la respiración cuando me pegó a él y el agua se deslizó entre nuestros cuerpos hasta que la repelió el calor de nuestra piel.
—¿Adónde demonios crees que vas? —susurró, con los labios tan cerca que podía saborear sus palabras. Su muslo se deslizó entre los míos bajo la superficie, y contuve un gemido que amenazaba con delatar lo mucho que lo deseaba.
Mantuvo un brazo alrededor de mi espalda, inmovilizándome contra él, mientras su otra mano se deslizaba por la parte interior de mi muslo bajo el agua, reclamando el territorio con la lenta seguridad de un hombre que conocía cada centímetro, cada secreto, cada estremecimiento que yo tenía para ofrecer.
Intenté zafarme de su abrazo, pero lo único que conseguí fue restregarme contra su pene.
—Colt —jadeé cuando sus dedos llegaron a mi sexo.
—¿Sí, fresita? —Sonrió, con lentitud y con aire depredador.
Los dedos que tenía en mi espalda se clavaban en mi piel, mientras que su otra mano seguía siendo insoportablemente ligera—.
¿Pensabas que iba a dejar que te alejaras así sin más?
—Nos estaba llevando de vuelta hacia el muelle, pero yo apenas prestaba atención porque su dedo me acarició el clítoris hasta que gemí—.
Ni de coña —susurró, rozándome la oreja con la boca—. Eres mía.
Y dicho esto, me levantó como si no pesara nada y me sentó en el borde del muelle, con las piernas colgando justo donde la vieja madera se unía con el lago. Justo entre los peldaños de la escalera, exactamente igual que aquella primera noche en la que me corrí mientras él miraba.
Sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo, frío y calor a la vez, todo mi ser expuesto ante él. Podía sentir los latidos salvajes de mi propio corazón, tan fuertes como un trueno.
—¿Qué estás haciendo? —susurré, pero él ya se había pasado a mi lado, y el roce de su antebrazo me provocó un nuevo escalofrío.
Subió al muelle, abrió la nevera portátil y luego sonrió mientras sacaba un tarro de mermelada de fresa.
—Has tenido un éxito increíble con el lanzamiento de Las Mermeladas de June. —Dejó el tarro frío entre mis muslos y yo solté un gemido cuando el cristal rozó mi piel ardiente—. Pero, como tu novio, siento que no he probado lo suficiente el producto.
Me eché a reír, pero la risa se me atragantó cuando Colt desenroscó la tapa y metió dos dedos dentro, sacando una gota brillante de color rubí de la superficie. Me la acercó a los labios, untándome una línea de mermelada por la comisura de mi boca, y utilizó el pulgar para abrirme la mandíbula.
—Vamos, fresita —susurró, y yo saqué la lengua rápidamente para lamer el dulzor directamente de su piel.
Se agachó y me lamió la mancha de mermelada que tenía en la comisura de los labios; luego me besó hasta dejarme sin aliento.
Me aferré a sus antebrazos, sintiendo el temblor de sus músculos.
Colt dejó caer un hilo de mermelada por mi cuello, entre mis pechos; cada nuevo roce era una descarga de frescura pegajosa que hacía que mis pezones se endurecieran bajo el aire nocturno.
Recorrió los churretones con la lengua, lamiendo cada gota con una devoción que rayaba en la adoración.
Me retorcí, entre la desesperación y el éxtasis, con la sensación de estar siendo devorada por completo, algo más embriagador que cualquier droga que hubiera probado jamás.
Cuando llegó a mi vientre, se detuvo y levantó la vista, esbozando una sonrisa con los labios manchados de mermelada.