Capítulo 36
Colt
Sus neumáticos levantaron una nube de polvo que permaneció en el aire mucho después de que el todoterreno hubiera desaparecido por la carretera.
Todo mi cuerpo temblaba. Romperle la nariz a ese cabrón no había sido suficiente.
No lo era ni de lejos suficiente para compensar lo que él y el padre de Blaire habían hecho.
La sangre goteaba entre mis dedos mientras contemplaba la carretera desierta, deseando que mi rabia se hubiera desvanecido junto con aquel vehículo negro.
Flexioné la mano, observando cómo la sangre se agrietaba sobre mis nudillos palpitantes.
Lo habría vuelto a hacer todo de nuevo, un millón de veces, solo por ver a ese cabrón derrumbarse delante de ella.
Los dedos de Blaire rozaron mis nudillos ensangrentados, con ternura donde los míos habían sido violentos.
Me obligué a mirarla a los ojos, y esa imagen me dejó sin aliento.
Era solo ella, mi Blaire, con sus enormes ojos marrones clavados en mí y los rizos enmarcando su rostro. Arrugó la nariz al ver mis nudillos magullados, descalza sobre mi tierra, y yo sentí ganas de caer de rodillas.
Ella era mi hogar.
—No tenías por qué hacerlo —dijo con mucha calma, pero mis labios se crisparon al pensar en la cara de Grant cuando se había subido al coche.
—Se lo tenía merecido. —La miré a los ojos, buscando cualquier indicio de arrepentimiento, cualquier indicio de lo que se estaba pasando por esa preciosa cabecita suya.
—¿Te duele? —Sus dedos seguían acariciando mi mano, con cuidado de no tocar las partes lesionadas.
—Ya no. Nada puede hacerme daño mientras te tenga a ti.
Me miró fijamente a los ojos, y la risa que se le escapó fue tan repentina que me sobresaltó. Fue una risa pequeña y desenfrenada, pero lo decía todo. Me tomó de la mano con delicadeza, acunando los nudillos abiertos como si quisiera pasar el dolor de mi cuerpo al suyo.
—Vamos —dijo, tirándome de la muñeca—. Vamos a lavarte antes de que Ruby vea a su papá todo ensangrentado por mi culpa.
No me la merecía.
El porche crujió detrás de nosotros y me volví, preparándome para ver a Hunter o a mi padre. Pero era Ruby quien estaba en la puerta, estrechando con fuerza su osito contra el pecho.
Nos miró a los dos, a la sangre de mis manos y a la forma en que Blaire me abrazaba.
Ruby se acercó y correteó por el porche, descalza, hasta llegar junto a mí.
—¿Papá? —dijo, y la palabra sonó tan vacilante que casi me partió en dos.
—Hola, cariño. ¿Estás bien? —le pregunté; Blaire por fin me soltó mi mano y los dos le prestamos toda nuestra atención a Ruby.
—¿Te has hecho daño? —preguntó.
Le acaricié la cabeza con la mano que no tenía herida.
—Solo es un rasguño, pequeña. No hay nada de qué preocuparse.
Ella frunció el ceño, incrédula, y señaló mi mano con el dedo.
—Qué asco.
—Eso es porque tu papá es fuerte —le dije, esbozando una sonrisa a pesar del dolor, flexionando la mano con cuidado de no poner mala cara por el latigazo que me subía hasta la muñeca; ver cómo se curvaban las comisuras de los labios de Ruby hizo que el esfuerzo mereciera la pena.
Intentó ocultar su sonrisa detrás del osito, pero yo la capté.
Y parte de la tensión de mi pecho se alivió.
Blaire apareció a mi espalda y le pasó el collar de fresas por la cabeza a Ruby antes de envolverla en sus brazos.
Apenas podía respirar al verlas ahí juntas.
Blaire tenía una mano suavemente ahuecada sobre la nuca de Ruby y me miró, con sus ojos marrones cálidos y claros.
—Estará bien —prometió—. Todos lo estaremos.
Ruby se movió entre sus brazos y se asomó desde detrás de su osito.
—¿Le has dado un puñetazo al papá de Blaire?
Hunter se rio y mi mirada finalmente se cruzó con la suya.
—No. Pero le ha dejado un moratón de los de verdad a su novio.
Ruby frunció la nariz y movió la cabeza rápidamente para mirar a Blaire.
—Pensaba que papá era tu novio.
—Ahora lo es. —Hunter se rio de nuevo y Blaire se sonrojó—. Blaire ha encontrado un novio más grande para darle una paliza a su novio pequeño.
Blaire le tapó inmediatamente los oídos a Ruby y yo sonreí al ver la mirada que le dedicaba a mi hermano.
—En serio, Hunter. Te juro que a veces eres lo peor.
Hunter se encogió de hombros y compuso una amplia sonrisa.
—Bah. Me quieres. No puedes negarlo.
Mi padre se quedó en el borde del porche, con las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos, la mirada vagando de un lado a otro como si estuviera rastreando alguna amenaza invisible en el horizonte.
Reconocí la energía ansiosa de mi viejo, esa que solo afloraba cuando no tenía las palabras ni las herramientas para arreglar lo que fuera que estuviera roto en uno de sus hijos.
Señaló con el dedo por encima del hombro, buscando mi mirada.
—Creo que tu hermano y yo vamos a quitarnos de en medio. ¿Quieres que me lleve a nuestra chica conmigo un rato? Podría poner a Ruby a trabajar.
La respuesta de Blaire fue tan inmediata que me sorprendió.
—No. Hoy no. —Blaire la abrazó con más fuerza—. La quiero con nosotros.
La expresión de mi padre se suavizó. Asintió una vez antes de agacharse y darle un rápido tirón de pelo a Ruby.
—Esta vez te ha salvado ella, Ruby, pero para la próxima te voy a hacer limpiar los establos conmigo.
Ruby puso cara de asco y Blaire resopló.
Blaire cogió en brazos a Ruby y la apoyó en sus caderas, sin apartar la mirada de mi padre.
—Gracias —dijo en voz baja—. Por todo. —Se volvió hacia Hunter—. A ti también, Hunter. Gracias por estar ahí cuando te necesitaba.
Mi padre carraspeó.
—Eres de la familia, Blaire. Siempre lo has sido.
Los ojos de Blaire se llenaron de lágrimas y abrió la boca para responder, pero Hunter se le adelantó antes de que pudiera articular palabra. Su habitual sonrisa de sabelotodo había desaparecido cuando las abrazó.
Le dio un beso en la sien a Blaire y estrechó a Ruby con tanta fuerza que esta chilló y empezó a reírse. Blaire apoyó la cara en el hombro de Hunter, riendo mientras se secaba los ojos. Ruby sonreía, radiante, con el osito aplastado entre ella y el pecho de mi hermano.
Las soltó, dio un paso atrás, y mi padre volvió a carraspear.
Extendió la mano para darme una palmada en el hombro y, a continuación, él y Hunter se dirigieron hacia la camioneta, uno al lado del otro.
Los vi alejarse, con el brazo de Hunter echado sobre los hombros de mi padre, sus siluetas recortadas contra el camino de grava. No miraron atrás, no les hacía falta.
Blaire volvió a poner a Ruby en el suelo antes de entrar en casa. Ruby la seguía de cerca, arrastrando a su osito por una pata, con la mirada clavada en ella como si temiera que fuera a desaparecer si apartaba la vista.
Blaire se movió por la cocina mientras yo abría el grifo y dejaba que el agua fría me corriera por los nudillos ensangrentados. Llenó un vaso con agua y cogió unos analgésicos, y lo dejó todo delante de mí.
—Tómate esto —me ordenó, y yo sonreí.
—Sí, señora.
La mirada de Ruby saltó de mi cara a la de Blaire, y tenía el ceño fruncido en señal de concentración. Tenía una pregunta rondándole por la cabeza, pero se mordió el labio antes de soltarla con ese tono sincero y directo que solo los niños pueden adoptar.
—Pero papá es tu novio de verdad, ¿no? —preguntó mi hija, abrazando a su osito y parpadeando ante mí con esa misma curiosidad sin filtros que había visto en su rostro tantas veces antes—. Aunque le haya dado una paliza a tu otro novio…
Resoplé, con la risa retumbándome en el pecho, pero Blaire hizo caso omiso de mis carcajadas.
Miró a Ruby con una dulzura que me hizo preguntarme cómo demonios había podido dejarla marchar la primera vez.
—¿Te parece bien si él quiere serlo? —preguntó—. No sé qué pensará tu padre, pero a mí me gustaría. Me gustaría ser algo más que eso. Quiero que seamos una familia.
Ruby abrió mucho los ojos, y, joder, yo también.
—¿Como una madre? —susurró Ruby, y mi mirada se clavó en Blaire.
Aún no habíamos hablado de eso, y solo me había dicho hacía un par de días que iba a quedarse. No quería que se asustara.
Pero Blaire mantuvo la mirada de Ruby, tranquila y sincera, y supe que nunca había amado a nadie como las amaba a ellas dos.
Las contemplé, a mi hija y a la mujer a la que amaba, y vi un futuro con el que siempre había tenido demasiado miedo de soñar.
—Si eso es lo que quieres, sí —dijo Blaire, con una voz tan suave que casi parecía un susurro—. Pero también puedo ser solo tu amiga. Tú decides.
Ruby abrió la boca formando una O perfecta y miró de Blaire a mí una y otra vez, como si nos estuviera evaluando, sopesando esa promesa frente a todas las cosas que había perdido y aprendido en su corta vida.
Se hizo el silencio, como ese instante antes de que caiga un rayo, y me di cuenta de que estaba aferrando el borde de la encimera de la cocina, con los nudillos blancos y en carne viva por la pelea, pero insensibles a todo excepto a eso.
La mano de Blaire se deslizó sobre la de Ruby, que entrelazó sus pequeños dedos con los más grandes de Blaire, y juntaron los meñiques, que permanecieron unidos un instante, un único puente entre ellas que las unía; Ruby miró a Blaire con expresión esperanzada.
—Sí —dijo, y su voz sonaba tan segura que casi me partió el corazón—.
Eso es lo que quiero. —Entonces se lanzó hacia Blaire, con los brazos bien abiertos, y Blaire la atrapó con una carcajada.
Hizo girar a Ruby en círculos, y se rieron; el sonido agudo rebotó en los armarios de la cocina y llenó todos los rincones vacíos de la casa.
Ruby hundió la cara en el cuello de Blaire, que la abrazó con tanta fuerza que pensé que se fundirían en una.
Quería memorizar cada detalle: la forma en que Blaire la mecía de un lado a otro, la forma en que la manita de Ruby se aferraba a la camiseta de Blaire, la forma en que el sol brillaba, dorado, a través de las ventanas sobre su piel y hacía que parecieran esculpidas en la misma veta de fuego.
Tras un largo minuto, Ruby se apartó, con las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes—. ¡Deberíamos pintarnos las uñas!
—¡Claro que sí! —exclamó Blaire, y Ruby salió corriendo hacia su habitación; su risita se fue apagando mientras se perdía al doblar la esquina.
Atrapé a Blaire antes de que pudiera seguirla, rodeándole la cintura con los brazos, y pegué su espalda contra mi pecho.
Ella aterrizó con un pequeño «Uf» y se rio, y su pelo me hizo cosquillas en la mandíbula cuando hundí la cara en su cuello.
Estaba cálida y relajada bajo mis manos, y dejé escapar un suspiro tembloroso al sentirla en mis brazos.
—¿Qué acaba de pasar? —dije con cierto temor, sin saber muy bien si se lo preguntaba a Blaire o a mí mismo.
Noté que ella también temblaba. Se le cortó la respiración, como si los dos necesitáramos un segundo para asimilar que aquello era real.
Y, maldición, quería que fuera real.
Blaire se recostó contra mí, con las manos cubriendo las mías, que tenía extendidas sobre su vientre, y volvió a reír.
—Creo que me acaban de ascender —susurró mientras se movía entre mis brazos, lo justo para mirarme a los ojos—. ¿Te apuntas?
No pude evitarlo: me apoderé de sus labios y puse en el beso toda la felicidad que me recorría.
—Me apunto —murmuré, sobrecogido por la simpleza de esa verdad—. Es lo que quiero. —Mi voz se quebró un poco—. Siempre te he querido.
—Si sigues besándome así, puede que tenga que reclamarte como mío, Calloway.
Ella intentaba hacerse la indiferente, pero pude ver cómo le brillaban en los ojos la esperanza y el miedo y todo lo demás que habíamos estado cargando durante años.
—Creo que ya lo has hecho —dije con voz ronca.
Ella no discutió. Apoyó la cabeza en mi pecho, confiando en que yo iba a sostenerla; entonces la voz de Ruby la llamó desde el fondo del pasillo.
—¡Blaire! ¡No encuentro el azul!
Blaire se rio, se separó de mí y me dio una suave palmadita en el brazo.
—¡Ya voy! —Se quedó un segundo más, rozándome la mejilla con los dedos y mirándome fijamente a los ojos.
—¿No estás enfadada conmigo, fresita? —pregunté, y me dolió el estómago mientras esperaba su respuesta—. Han pasado muchas cosas en los últimos días.
—Ah, estoy muy enfadada contigo. —Asintió y entrecerró los ojos—. Pero se me ocurren un par de formas de que me lo compenses.
Ella sonrió, una sonrisa rápida y deslumbrante, y luego se zafó de mi abrazo y salió corriendo tras Ruby.
La vi alejarse y apoyé mi peso contra la encimera, con la mano magullada palpitando al ritmo de mi corazón. Miré a mi alrededor, a la casa que nos había pertenecido solo a Ruby y a mí durante tanto tiempo, y vi muchos rastros de Blaire por todas partes.
Aparecía en los dibujos de Ruby que cubrían la nevera.
Su sudadera, esa que Ruby había reclamado como suya, colgaba de una de las sillas de la cocina, donde ella la había dejado tirada.
Junto al fregadero, la taza azul desconchada que siempre había sido la primera que elegía yo, ya le pertenecía a ella.
Incluso el aire se sentía diferente, con el aroma a fresas de verano que me invadía como un recuerdo que había anhelado durante media vida.
—¿Vienes o te da demasiado miedo que te pinten las uñas? —me llegó la voz de Blaire, y levanté la vista para verla asomándose por el pasillo.
—¿Tengo otra opción? —me reí.
Blaire negó con la cabeza y me hizo una señal con el dedo para que la siguiera.
—No. Creo que te has quedado atrapado con las dos, vaquero.
Y, maldición, eso fue lo mejor que había oído en mi vida.