Capítulo 35
Blaire
Ruby y yo estábamos en su habitación cuando el teléfono de Colt sonó una y otra vez.
Un escalofriante temor me invadió al percibir el nerviosismo en su voz desde la cocina. Avanzó por el pasillo, se detuvo en la puerta de la habitación de Ruby y todo su cuerpo se puso tenso.
—Quédate aquí —murmuró, con la voz ya preparada para la pelea.
—¿Qué pasa? —pregunté, poniéndome ya de pie. No podía quedarme allí sin hacer nada.
La idea de esconderme acobardada detrás de una puerta mientras el caos reinaba en el porche era impensable. Cada nervio de mi cuerpo me gritaba que interceptara cualquier tormenta que estuviera a punto de abatirse sobre la casa de Colt, que protegiera a Ruby de ella.
Y en lo más profundo de mi ser ya sabía de qué se trataba.
Solo habían pasado dos días desde que le había enviado el mensaje a mi padre, y desde entonces no había parado de llamarme.
Dos días en los que Colt, Ruby y yo habíamos estado en una burbujita perfecta, pero, por supuesto, él iba a estropearlo todo.
—Tu padre y Grant están a punto de llegar —dijo Colt, bajando la voz hasta convertirla en un susurro brusco, pasándose los dedos por el pelo oscuro.
Un músculo se le tensó en la mandíbula y las venas de sus antebrazos se marcaron en su piel cuando apretó y aflojó los puños, como un hombre que se prepara para una pelea que no está seguro de poder ganar.
El corazón me latía rápido y con fuerza contra mis costillas; me agaché a la altura de Ruby, susurrándole con voz frenética por encima del rugido que retumbaba en mis oídos.
—Ruby, quiero que te quedes aquí, ¿vale? Ve a tu tienda y juega un rato con tus animalitos.
Ruby tenía los ojos muy abiertos y su manita se aferraba a la sudadera que llevaba puesta.
—¿Qué está pasando?
—Mi papá está aquí —murmuré con suavidad—. Y él no es como tu papá. Así que necesito que seas muy valiente por mí, ¿vale?
Le tembló la barbilla, pero asintió.
—Vale.
Ya casi había cruzado el umbral de su puerta cuando me llamó. Me detuve, me di la vuelta y vi cómo Ruby corría hacia mí; dejó caer nuestro collar de fresas en la palma de mi mano.
—Por si necesitas un poco de valentía prestada.
—Gracias, Ruby. —Estreché el collar entre los dedos y la pequeña fresa de metal se me clavó en las yemas.
Cuando llegué al salón, Colt ya estaba en la puerta principal, con los hombros rígidos, a punto de abrirla.
Hunter estaba allí, en la entrada, pero el señor Calloway también.
Su cuerpo y su rostro parecían de piedra y mostraba esa tranquila determinación que recordaba de mi infancia.
No había visto al señor Calloway fuera de su casa desde que había regresado y, a pesar de lo frágil que había estado, en ese momento se parecía mucho más al robusto ganadero que yo recordaba.
El señor Calloway miró directamente más allá de Colt cuando me vio, y había tanta lástima en su mirada que me estremecí.
—Se han presentado antes en la mansión, buscándote, al ver que no había nadie en casa de June. Ya están de camino hacia aquí.
Hunter se adentró un poco más en la casa y su mirada pasó de mí al pasillo.
—June se ha puesto delante de su todoterreno y nos ha conseguido unos minutos para que pudiéramos llegar aquí antes que ellos.
Resoplé porque, joder, era muy propio de ella,
Colt me miró por encima del hombro, con una sonrisa en los labios.
—De verdad que es la mejor abuela del mundo.
—También les estaba mugiendo, pero eso no me ha parecido relevante. —Owen negó con la cabeza, como si la mujer le exasperara por completo.
Empecé a dirigirme hacia la puerta, pero me detuve.
—Hunter, ¿puedes cuidar de Ruby? No quiero que se acerque a mi padre.
—Por supuesto. —Asintió.
Salí justo cuando aparecía un todoterreno negro.
—Blaire —susurró Colt mi nombre e intentó que me pusiera detrás de él. Intentaba protegerme y lo amaba por ello, pero tenía que enfrentarme a eso.
Negué con la cabeza y pasé junto a él. El cielo estaba cubierto de nubes y el aire, cargado de la amenaza de una lluvia que aún no había caído, pero que parecía a punto de hacerlo.
Cada fibra de mi cuerpo temblaba mientras atravesaba el porche, pisando con mis pies descalzos sobre la madera vieja.
Todavía sostenía el collar de fresas en la mano y lo enrollé alrededor de mis dedos, como si de verdad pudiera darme el valor para enfrentarme a mi padre.
Al llegar a lo alto de los escalones del porche, me detuve.
El todoterreno avanzaba lentamente por la grava, negro y reluciente, totalmente fuera de lugar en ese camino lleno de grietas, tan propio de Tennessee.
Colt llegó a mi lado, pero esa vez no intentó tocarme.
Solo se quedó allí: una presencia silenciosa y tensa que irradiaba furia y miedo a partes iguales.
El señor Calloway salió con nosotros y cerró la puerta tras de sí.
Me abracé a mí misma, en un gesto instintivo, y observé cómo el coche se detenía lentamente cerca de la casa. El motor seguía en marcha, con un ruido sordo y vibrante que hacía temblar todo el porche.
Los dedos de Colt rozaron mi codo cuando se abrió la puerta del coche y mi padre salió el primero, impecable como siempre, sin un solo pelo fuera de lugar a pesar de la humedad, con la chaqueta del traje impoluta y de un negro intenso que contrastaba con la apagada mañana.
Cerró la puerta y subió por el camino de entrada como si fuera suyo.
Apenas me fijé en la segunda figura hasta que rodeó la parte delantera del coche.
Grant, por supuesto. Apareció con un traje gris tormenta que probablemente había costado más que mis dos primeros años de universidad, pero el hombre que lo llevaba parecía desaliñado, poco adecuado para el papel que le habían asignado.
Se quedó detrás de mi padre, con las manos en los bolsillos y una sonrisa tenue e insatisfecha en los labios.
Sus ojos se posaron en mí, se desviaron hacia Colt y luego volvieron inmediatamente a mí.
Pude sentir el calor de Colt cuando tomó aire y me rozó el omóplato con el pecho, pero mantuve la vista fija en mi padre, que tampoco apartó la mirada de mi rostro. Ni siquiera prestó atención a Colt ni al señor Calloway cuando se detuvo al pie de la escalera.
—Blaire. —Mi nombre salió de los labios de mi padre, cargado de toda la decepción que le provocaba.
—Papá —dije, con una voz sorprendentemente firme—. ¿Qué haces aquí?
Sus fosas nasales se dilataron.
—Te vienes a casa. Ahora mismo. Haz las maletas y despídete de todos. Aquí hemos terminado.
Eso no tenía que ver con mi futuro ni siquiera con su posición en la política. Se trataba de control. Me había pasado toda la vida intentando ser la hija que él quería, y era liberador escaparme de sus manos.
Grant se movió, inquieto, esbozó una sonrisa y, por fin, se armó de valor para hablar.
—Blaire, tienes un aspecto… descansado.
Colt se puso a brincar detrás de mí, y pensé que iba a saltar la barandilla y abalanzarse sobre Grant allí mismo, sobre la grava. Podía sentir los latidos de su corazón contra mi espalda, cada vez más fuertes y rápidos con cada palabra condescendiente que salía de la boca de Grant.
Volví a centrar mi atención en mi padre.
—No pienso marcharme.
La expresión de mi padre se endureció. No estaba acostumbrado a que le dijeran que no, y mucho menos a que lo hiciera yo. Dio un paso hacia delante, acortando la distancia entre nosotros, pero yo no cedí.
—Estás cometiendo un error —me advirtió, en voz baja e irritada.
Tragué saliva con dificultad, con la adrenalina ardiendo en mi garganta y el sabor de Colt aún pegado a mi lengua.
—No. Qué va.
Grant resopló.
—Vamos, Blaire. ¿De verdad quieres echar tu vida por la borda por… esto? —Señaló la casa y luego a Colt con una expresión de lástima fingida—. ¿Por un vaquero acabado y una niña que no es tuya?
Noté que Colt se movía detrás de mí, pero en cuanto mencionó a Ruby, la ira me inundó.
—No te atrevas a hablar de ella —espeté, con voz baja y temblorosa por el esfuerzo de contenerme—.
Esa niña vale más que mil como tú. Si vuelves a hablar de ella, llamaré a todos los periodistas que se me ocurran y les contaré con pelos y señales por qué la boda de Grant Chandler se ha ido a la mierda.
¿Quieres que les envíe las fotos en las que follas con tu asistente, que ni siquiera tiene edad para beber?
Eso le borró la sonrisa de la cara.
Colt se puso a mi lado, con el cuerpo tenso.
—No sois bienvenidos aquí. —Me puso la mano en la parte baja de la espalda, como si necesitara sentirme tanto como yo a él—. Tenéis treinta segundos para salir de mi propiedad antes de que llame al sheriff .
Mi padre apretó la mandíbula y su mirada osciló de Colt a mí, como si estuviera calculando la mejor manera de separarnos.
—Se trata de salvar lo que queda de tu futuro. No estás pensando con claridad, Blaire. Nunca lo haces cuando estás con gente como…
—¿Como quién? —espeté.
—Como tu madre. —Mi padre se volvió, prestándole por fin atención a Colt, y esbozó una sonrisa burlona—. ¿Crees que puedes protegerla de mí? ¿De todo esto? —Hizo un amplio gesto con la mano—. Ni siquiera pudiste evitar que se escapara la primera vez.
—Me he pasado todos estos años arrepintiéndome de ello —dijo Colt con un gruñido.
Mi padre frunció los labios.
—Qué conmovedor. —Se volvió hacia mí—. La granja de June pende de un hilo, Blaire.
Una sola llamada mía y el banco la embargará mañana mismo.
—Ladeó la cabeza, observando mi reacción—.
Tu abuela firmó unas cifras que no podía entender en absoluto.
Para mí sería una bendición quitarle esa carga de encima.
Se me aceleró el corazón. Las cifras de esa escritura de fideicomiso acudieron a mi mente. La granja de June era todo lo que tenía. Yo era todo lo que tenía.
—Voy a ayudarla a saldar la deuda. —Ni siquiera quería pensar en cuántos tarros de mermelada harían falta para eso—. June y yo estamos…
El resoplido de mi padre me interrumpió, y me temblaron las piernas. El brazo de Colt se ciñó alrededor de mi cintura, sujetándome contra la sólida pared de su pecho.