Cowboy casual Capítulo 34
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Capítulo 34

Blaire

Me quedé en la puerta de la habitación de Colt, observando cómo subía y bajaba su pecho bajo las sábanas.

Ruby se había vuelto a quedar dormida hacía casi una hora, y me moría de ganas de regresar junto a él.

Colt abrió los ojos de golpe, desorientado por un instante, cuando las bisagras me traicionaron con un suave crujido al abrir la puerta.

—¿Qué pasa? —Se le escapó la pregunta con la voz ronca por el sueño, pero aguda por la preocupación.

Entre y cerré la puerta detrás de mí con cuidado; llegué hasta la cama y me tumbé frente a él. Antes de que pudiera hablar, sus manos encontraron mi cintura y me rodearon con su calor.

—Fresita —susurró con la voz quebrada al pronunciar esa palabra, mientras me clavaba una mirada ardiente en el rostro—. Dime qué te pasa.

—No me voy a ir a ninguna parte —musité, y todo su cuerpo se tensó contra el mío. Sus dedos se clavaron en mi piel con tanta fuerza que creí que me dejarían moratones.

—¿Qué? —Sus ojos azules se abrieron con tal pánico que mi corazón dio un vuelco en mi pecho.

—Sigo enfadada contigo —dije, acariciándole la mandíbula con un dedo.

—Lo sé —logró articular con voz entrecortada.

Sus manos temblaban violentamente y vi el miedo que se escondía bajo sus ojos, el miedo a que yo desapareciera como humo entre sus dedos desesperados, dejándolo solo entre los escombros de lo que habíamos sido.

Mi corazón se partió al verlo y sentí un auténtico dolor que me hizo jadear. Su miedo me destrozó: era un espejo que reflejaba todas las dudas que jamás había conseguido reprimir.

¿Y si tenía razón? ¿Y si quedarme no era más que otra promesa que no iba a poder cumplir?

Solo de pensarlo, algo primitivo y desesperado me subió por la garganta, amenazando con destrozarme por dentro.

Puse las manos temblorosas sobre el pecho de Colt, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza.

Quería cumplir todas las promesas que le había hecho, y estaba tan asustada…

Pero su corazón seguía latiendo bajo mi palma, firme y seguro, mientras el mío vacilaba.

Todo lo que necesitaba estaba en él y en Ruby, y la certeza de ello me atravesó como un rayo.

Amaba a Colt Calloway con una desesperación que me aterrorizaba.

Siempre lo había amado, siempre iba a amarlo, aunque eso significara sufrir el resto de mi vida.

Y necesitaba que él lo supiera.

Estreché con fuerza el colgante de fresa que llevaba al cuello, apretándolo hasta que sus pequeños bordes dentados se me clavaron profundamente en la palma de la mano.

Aquella diminuta pieza de metal lo era todo: mi rendición, mi regreso a casa, mi declaración.

Con cada latido de mi corazón, el colgante dejaba una marca en mi piel; cada latido era un recordatorio.

Lo elegía a él. Los elegía a ellos. Y, de alguna manera, a lo largo de todos esos años, de todos los desengaños y de todas esas decisiones imposibles, él siempre me había elegido a mí.

—Te quiero —le dije, y las palabras brotaron como si una presa hubiera cedido por fin. Mi voz se quebró y apoyé mi frente contra la suya—. Dios, Colt, he intentado con todas mis fuerzas no hacerlo. He huido, me he escondido y me he mentido a mí misma durante años, pero te quiero.

Me miró fijamente, con los ojos azules muy abiertos por la incredulidad.

—Blaire. —Su voz se rompió en esa única sílaba, como si contuviera todas las plegarias que jamás había susurrado en la oscuridad.

Abrí la mano, en la que el colgante con forma de fresa había dejado unas airadas marcas rojas en la palma y llevé sus dedos curtidos hacia arriba hasta que pudo tocar el collar contra mi cuello.

Sus dedos temblaron violentamente al agarrar el metal y el calor de su piel me atravesó.

Sus ojos se clavaron en los míos, desnudos y vulnerables, suplicándome en silencio que no me lo quitara.

—Me haces sentir valiente, Colt —susurré.

Su rostro se contrajo y tensó la mandíbula como si mis palabras le hicieran daño.

Un gruñido brotó de su garganta mientras su mano se deslizaba alrededor de mi cuello, hasta que sus dedos se hundieron en mi pelo con urgencia.

Me pegó a él con fuerza y entonces su boca se estrelló contra la mía.

Acepté con gusto el escozor, la brutal presión de su beso marcándome, reclamando cada aliento.

Sus dientes rozaron mi labio inferior y yo gemí, arañándole los hombros.

—No vuelvas a dejarme, joder. —Sus palabras me quemaron la piel mientras deslizaba la boca por mi mandíbula—. Nunca he sabido amar a nadie más que a ti, Blaire.

Lo empujé con mis manos sobre su pecho, con suavidad pero con firmeza, hasta que cayó hacia atrás y su cabello oscuro se recortó contra la almohada.

La sudadera, su sudadera, se me enganchó en los pechos cuando me la quité.

Metí los pulgares en las bragas y me las bajé por los muslos tan rápido como pude; sus ojos se clavaban en cada centímetro de piel recién descubierta.

Entonces deslicé una pierna por encima de su cuerpo para sentarme a horcajadas sobre él y sus manos se clavaron en mis muslos.

Me eché sobre él y mi pelo formó una cortina alrededor de nuestras caras; lo besé con fuerza. Necesitaba que sintiera la verdad sobre mí, sobre nosotros.

Sus manos seguían aferrándose a mis muslos con tanta fuerza que supe que llevaría la huella de su cuerpo durante horas.

Nuestro beso fue un campo de batalla, una plegaria, una última resistencia.

Se estremeció cuando le mordí el labio inferior, y el sonido que dejó escapar fue de esos que perduraban en el aire y se deslizaban por la piel.

Me separé para tomar aire y él me siguió, con la mano acariciándome la nuca, ansioso y sin vergüenza.

Apenas respirábamos entre beso y beso. Su deseo era frenético, pero también era el mío.

Extendí la mano para llevarla a la cinturilla de sus calzoncillos y él me agarró la muñeca, con los ojos muy abiertos.

—¿Estás segura? —susurró, y sonó como si estuviera pidiendo permiso para creer en nosotros, permiso para tener esperanza.

—Siempre —susurré, y lo besé de nuevo, esa vez más despacio.

Podía sentir cada centímetro de su cuerpo, caliente y duro debajo de mí, y mis dedos temblaron cuando deslicé la mano entre nosotros y rodeé su miembro. Quería recorrer cada centímetro de su ser y reclamarlo como mío, como el único lugar al que siempre había pertenecido.

No necesitaba hectáreas de tierra de Tennessee ni campos de flores silvestres bajo un cielo infinito.

Él era mi hogar.

Gimió, desde lo más profundo de su pecho, y cada músculo de su cuerpo pareció tensarse debajo de mí.

Deslicé la mano arriba y abajo, al principio despacio, alargando el momento hasta que sentí el temblor en sus muslos, la tensión de sus caderas.

Su respiración era entrecortada; cada espiración, una súplica que intentaba tragarse.

Observé su rostro mientras lo acariciaba, fascinada por la tormenta cambiante que se escondía tras sus ojos.

Había visto a Colt Calloway furioso, riendo, desenfrenado y destrozado, pero nunca tan deshecho como en ese momento; nunca con sus defensas tan bajas.

Sus ojos siguieron el movimiento de mi mano, mientras se pasaba la lengua por el labio inferior.

El deseo descarnado de su rostro me hizo sentir una oleada de poder.

Anhelaba saborearlo lentamente, ir aumentando nuestro deseo hasta que ninguno de los dos pudiera soportarlo más, pero era demasiado impaciente.

Necesitaba sentirlo dentro de mí, borrar los años que nos separaban y acallar los susurros de duda que aún veía rondando en sus ojos.

Me puse de rodillas y lo llevé a mi entrada.

Levantó la cabeza de la almohada para seguir el movimiento, y su mirada se posó donde mi mano se aferraba a su miembro, y luego en el calor suave y resbaladizo de mi interior, que él estaba a punto de llenar.

Sus ojos me devoraban, y el espacio entre nosotros vibraba con un deseo tan visceral que apenas podía respirar.

Me eché hacia delante, apoyándome con la palma de la mano sobre su pecho, sintiendo el frenético latido de su corazón bajo mis dedos.

Lo guie dentro de mí, saboreando la sensación de ardor hasta que me senté sobre él, con su miembro tan profundamente hundido que lo sentía por todas partes.

Él dejó escapar un gemido y su presa sobre mis caderas se aguzó tanto que me hizo daño.

Intentó decir algo. Vi cómo las palabras se formaban y luego se desvanecían en sus labios, sustituidas por un jadeo cuando empecé a moverme.

Marqué el ritmo, balanceando las caderas en lentos círculos, restregándome contra él de la forma que sabía que lo volvía loco.

Él respondía a cada movimiento con uno propio, y nuestros cuerpos se sincronizaban como si nunca hubiéramos olvidado cómo encajar el uno con el otro.

Era deslumbrante la sensación que me producía.

Me llenaba a la perfección, cada embestida arrancaba otra capa de miedo, otra mentira, hasta que lo único que quedó fuimos nosotros dos.

Arqueé la espalda, recibiéndolo más profundamente, desesperada por quemar la máscara que mi padre había exigido que llevara y que Grant había alabado.

Con cada movimiento, otra parte de la hija perfecta del senador Monroe se desmoronaba.

Le clavé las uñas en el pecho y él deslizó las manos por mis costillas, rozando con los pulgares las curvas bajo mis pechos.

—Dios mío, Blaire —gimió. Lo cabalgué más rápido, hasta que la base de su miembro tocó ese punto que me hacía estremecerme.

Cada vez que me levantaba y volvía a bajar, él me recibía con una fuerza que delataba su control cada vez más frágil.

Él quería abrirme en canal, y yo quería permitírselo.

Lo notaba en la forma en que sus manos me dejaban marcas en las caderas y en cómo sus ojos no se apartaban de mi rostro, como si estuviera memorizando cada estremecimiento y bebiéndose cada sonido que escapaba de mis labios.

Estaba atento a cualquier atisbo de duda, pero no iba a encontrar ninguno.

Me recosté y posé sobre sus muslos; mi pelo se deslizó por mi espalda y él contempló todos mis movimientos.

Puso un pulgar entre mis piernas, con avidez, y yo me eché a temblar y me ceñí a su alrededor; cada caricia de su pulgar me llevaba más alto hasta que pensé que iba a partirme en dos—.

Mírame —dijo, con voz suave pero severa, y obedecí.

Dejé que me viera. Desnuda y estremecida por el deseo, desprovista de orgullo o vergüenza.

Lo único que podía hacer era moverme, persiguiendo el fuego que él había encendido en mi sangre. Me balanceé con más fuerza, sintiendo cómo se acercaba rápidamente el clímax, y él también lo notó.

Sus manos se tensaron, su propio ritmo vaciló y perdió el control. Estaba a punto.

Ya habíamos hecho eso antes, pero nunca se había sentido tan real.

—Te quiero, Colt. —No intenté ocultar lo desesperada que estaba—. Te he querido casi toda mi vida, y nunca dejaré de hacerlo.

—Joder —siseó.

Me anclé a su pecho, sintiendo el latido atronador de su corazón bajo mis manos. Quería que lo sintiera, que me sintiera. Lo cabalgué con una temeridad que rayaba en la autodestrucción, restregándome contra él hasta sentirlo en cada parte de mi ser.

—¿Me oyes, Calloway? —le espeté con voz ronca, clavándole las uñas en la piel—. He intentado amar a otros, pero siempre has sido tú. Siempre serás tú.

Tensó la mandíbula y su mano se disparó hacia mi nuca para acunar en la palma la base de mi cráneo. Me pegó a él con tanta fuerza que me dejó sin aliento, y nuestras bocas se fundieron. Me tragué su gruñido, su deseo, y le di todo a cambio.

Nuestros cuerpos se movieron impulsados por los recuerdos de la pérdida y por el tiempo que habíamos pasado fingiendo que podíamos vivir el uno sin el otro.

Fue una colisión, y no había lugar para el arrepentimiento.

El cabecero golpeó la pared, el colchón crujió y la casa pareció encogerse a nuestro alrededor. Él se empujó contra mí, con un ritmo desenfrenado, y yo me aferré a él, temblando por la intensidad de mi deseo.

—Me desarmas —murmuró contra mi boca—. Joder, siempre te he amado. —Sentí cómo me desmoronaba con cada músculo tenso—. No me sueltes —jadeó contra mi boca.

—Nunca te soltaré. Nunca más.

La tensión fue en aumento, y sus manos casi me aplastaron las caderas mientras su cuerpo temblaba debajo de mí.

Nos desatamos al mismo tiempo. Con la cabeza echada hacia atrás y mis manos aferradas a su pelo, nos entregamos por completo.

Un gemido desesperado se escapó de mis labios, y estaba lleno de todo lo que nunca había podido decir.

Él me recibió, cada centímetro, cada embestida, y se derramó dentro de mí con un jadeo.

Durante un buen rato, nos abrazamos, empapados en sudor, temblando y sin aliento. No había nada más que nosotros dos y esa cadena de oro que aún colgaba de mi cuello.

La cadena de oro que él había guardado durante todo ese tiempo.