Cowboy casual Capítulo 33
91%

Capítulo 33

Blaire

El silencio en la habitación era asfixiante.

El brazo de Colt rodeaba posesivamente mi cintura y tenía la mano sobre de mi cadera, como si alguna parte subconsciente de él supiera que yo ya estaba medio perdida.

Como si su cuerpo dormido ya se estuviera preparando para la despedida que su mente despierta aún no podía afrontar.

No podía quedarme ahí con el peso de todos esos secretos aplastándome por todas partes.

Apoyé mi mano sobre sus dedos, solo por un instante, una pequeña rendición ante ese hombre al que siempre había amado.

Mi pulgar buscó su palma curtida, esa misma aspereza que había memorizado cuando era adolescente, y algo en mi interior me hizo desear acurrucarme contra su pecho y fingir que no había oído ni una sola palabra.

Una inquietud silenciosa se apoderó de mí, un cosquilleo bajo las costillas que no daba tregua.

Conté mis respiraciones —inspirar contando hasta cuatro, aguantar la respiración hasta siete, espirar contando hasta ocho—, tal y como me había enseñado mi madre durante las tormentas.

No sirvió de nada. Los pensamientos seguían llegando, suaves pero insistentes, como la lluvia contra una ventana.

Me deslicé fuera de las sábanas. La pérdida de su calor me dejó vacía, y un dolor sordo se extendió bajo mi piel.

Se me puso la carne de gallina ahí donde su cuerpo había estado pegado al mío, como si cada centímetro de mi ser recordara y anhelara su calor.

Me incorporé con las piernas temblorosas, haciendo una mueca ante el susurro de protesta del colchón, mientras mis dedos buscaban a ciegas algo con qué taparme para evitar el frío que se había instalado en mis huesos.

Cogí la sudadera que colgaba del poste de la cama y me la puse, sumergiéndome en el aroma que se desprendía de la tela.

Las tablas del suelo crujían suavemente bajo cada paso vacilante que daba para atravesar la habitación con los pies desnudos.

Sentía un dolor en el pecho que parecía pena, y me puse la palma de la mano contra el esternón para sentir el ritmo desenfrenado del corazón bajo mis dedos.

Con el teléfono bien sujeto en la mano, salí sigilosamente al pasillo y cerré la puerta sin hacer apenas ruido. El intenso resplandor de la pantalla me hizo entrecerrar los ojos. Eran las cuatro y media de la madrugada. Ni siquiera había salido el sol. El mundo exterior estaba envuelto en niebla.

Sabía que debía salir al aire de la mañana, despejar la mente e intentar recuperar el aliento.

En cambio, mis pies me traicionaron y me llevaron por el pasillo hacia la habitación de Ruby.

Un fino rayo de luz de su lamparita se filtraba por la puerta entreabierta y se proyectaba sobre el suelo del pasillo.

Me detuve, con los dedos suspendidos sobre la madera, antes de abrirla suavemente y entrar.

Ruby yacía tumbada en el colchón, con los brazos y las piernas extendidos como si se hubiera caído del cielo sobre su montón de peluches. Ni siquiera se había quitado la ropa del día anterior, y el recuerdo de su cara de emoción en la feria me hizo esbozar una sonrisa.

Al acercarme a su cama, algo en el suelo me llamó la atención. Era el dibujo que Colt había esquivado con cuidado la noche anterior, y vi los tres muñecos hechos de palitos, cogidos de la mano bajo un sol torcido. Colt, Ruby y yo.

Un pequeño sollozo se me escapó antes de que pudiera evitarlo, y me agaché para aferrar el dibujo con fuerza.

Mis dedos recorrieron las líneas de crayón con tanta fuerza que el papel se arrugó por los bordes.

Esa familia, esas tres figuras esquemáticas, eran todo lo que había soñado desde que tenía uso de razón.

Me miraban fijamente, increíblemente sencillas y devastadoramente complicadas a la vez.

Estreché el papel contra mi pecho, donde mi corazón latía con fuerza como un animal salvaje.

Mis dedos se aferraron a los bordes, temblando. Quería romperlo, destrozar esa frágil esperanza que se me había metido en el pecho, pero mis manos vacilaban demasiado y mi visión se nublaba porque las lágrimas resbalaban por mis mejillas.

Por supuesto que eso era lo que quería. Quería una familia, un lugar al que pertenecer, algo que nunca me pudieran quitar, pero cada vez que intentaba alcanzarlo parecía resbalarse entre mis dedos.

¿Y si no era suficiente para nada de eso?

—¿Blaire?

Me di la vuelta, pegándome el dibujo al pecho como si me hubieran pillado robando. Ruby se incorporó en la cama, rascándose los ojos con una mano y agarrando a su conejo de peluche por la oreja con la otra.

—Lo siento, pequeña —susurré con la voz entrecortada—. No quería despertarte.

Me miró parpadeando, con los ojos enormes y serios en la penumbra. Tenía un rubor rosado en las mejillas, cálidas y suaves por el sueño, y la maraña de su cabello oscuro me recordaba tanto a Colt que sentí un pinchazo en el pecho.

—¿Por qué estás triste? —me preguntó con la voz ronca por el sueño.

Se abrazó a su conejo con más fuerza, con la mirada pasando del dibujo que aún tenía sobre mi corazón a mi rostro, como si no pudiera decidir cuál era más importante.

Abrí la boca y luego la cerré. Una parte de mí quería recoger mis cosas y escabullirme antes del amanecer, antes de que nadie pudiera detenerme.

Otra parte quería meterse en esa camita y prometerle que nunca iba a marcharme.

—Es solo que… —Mi voz se quebró—. Hoy no me siento muy valiente.

—Yo también tengo días así. —Ruby se bajó de la cama y me agarró de la mano.

Sus pequeños dedos me parecieron a la vez un ancla y una trampa.

Tiró de mí y yo la seguí—. Vamos. —Se deslizó dentro de su pequeña tienda con dosel y yo dudé en la entrada antes de entrar tras ella.

Dentro de la tienda, todo estaba en penumbra y en silencio, un mundo aparte de todo lo que había fuera.

Nos sentamos con las piernas cruzadas sobre el suelo acolchado, con las rodillas chocándose y los rostros casi tocándose en aquel espacio tan reducido.

Ella me miró fijamente con una seriedad imperturbable que me hizo querer apartar la vista.

—¿Es esto lo que haces aquí dentro? —le pregunté, y una risa temblorosa se me escapó de la garganta.

—Sí. —Asintió—. A veces solo me siento con mis peluches. —Señaló la pila de peluches que ocupaba la mitad de la tienda—. A veces solo juego aquí dentro hasta que vuelvo a sentirme valiente.

Me llevé los nudillos a la boca, tratando de que mi voz no temblara.

—¿Funciona?

—Siempre no. —Se encogió de hombros—. Por eso necesito mi fresa valiente.

Parpadeé.

—¿Fresa valiente?

Se puso de rodillas y se abrió paso a empujones entre una barricada de peluches hasta el fondo de la tienda, donde la penumbra era más densa. La vi hurgar a tientas, con los brazos entre un montón de cojines desiguales, y cuando volvió a salir sus manos sostenían un diminuto joyero rosa.

—Mi papá me lo dio cuando mi mamá se fue.

—Esas palabras cayeron entre nosotras con un peso que sentí físicamente en el estómago.

Con cinco años, ya había aprendido quién se quedaba y quién no.

Ruby forcejeó con el cierre del joyero, con su pequeña lengua asomando entre los labios en señal de concentración—.

Me deja ponérmela siempre que necesito sentirme valiente.

—Me miró, con una seriedad que se le notaba en cada poro de su piel—.

¿Quieres probar? —Me puso el joyero en las manos.

No estaba preparada, pero abrí la tapita de todos modos.

Dentro, sobre un cojín de terciopelo, había una fina cadena de oro.

Metí los dedos y lo levanté, insegura y temblorosa.

Allí, colgando del extremo, había un pequeño colgante de oro con forma de fresa.

El corazón me dio un vuelco y sentí que no podía respirar.

Lo levanté y el colgante se balanceó suavemente entre nosotras.

Me quedé mirando el collar que le había tirado a Colt hacía más de diez años.

El mismo collar que le había dejado la pequeña cicatriz de la mandíbula—.

Papá me dijo que pertenecía a la chica más valiente que había conocido jamás.

Dijo que, cuando lo necesitara, podría ponérmelo y tomar prestada un poco de su valentía.

—El dolor que sentía en el pecho se intensificó, presionándome las costillas, subiéndome hasta detrás de los ojos.

Intenté respirar a pesar de ello, pero era como tragar una piedra.

El amuleto permanecía cálido en mi palma y me di cuenta de que estaba temblando.

Ruby me quitó la cadena de las manos con sus delicados dedos—.

Yo te lo pongo. —Se echó hacia delante, sacando de nuevo la lengua de la boquita en señal de concentración, y me lo abrochó alrededor del cuello.

Sus manos eran frías y seguras. La fresa de oro se posó en el hueco de mi cuello—.

Ya está. Ahora tú también puedes ser valiente.

—Rodeé el colgante con los dedos, mirándolo fijamente, como si fuera un fragmento de otra vida.

Podía oler a Colt en el algodón de la sudadera que aún llevaba puesta, y me pregunté cuántas veces habría sostenido este collar, cuánto tiempo lo habría tenido escondido—.

¿Te sientes más valiente? —La pregunta era tan sincera, tan increíblemente tierna, que casi me derrumbé.

Miré sus enormes ojos azules, a esa niña a la que tanto quería, y la valentía que sentía no tenía nada que ver con el trozo de metal que llevaba alrededor del cuello.

Mis dedos se cerraron alrededor del pequeño colgante con forma de fresa, sintiendo su frágil peso en mi palma.

Era algo absurdo, en realidad, creer que el valor pudiera conjurarse con un trozo de oro, pero cuando los ojos de Ruby se clavaron en mí con esa fe inquebrantable y leal, casi pude fingir que era verdad.

Quería responderle con algo grandioso, algo digno del momento, pero la verdad era que ya no me quedaban palabras grandiosas.

Estaba vacía, despojada y en carne viva por la noche y por todos los secretos que me habían desbordado horas antes.

Lo único que me quedaba era su calor, el susurro constante de su respiración y el recuerdo de las manos de Colt sobre mi piel, anclándome a un futuro que me había dado demasiado miedo nombrar.

—Sí —susurré; la hice sentarse en mi regazo y la rodeé con mis brazos, hundiendo el rostro en su maraña de pelo. Era pequeña e increíblemente ligera, y, sin embargo, fue precisamente su peso el que me llevó a sacar el móvil y pulsar el nombre de mi padre.

Había un montón de mensajes sin leer, y la familiar sensación asfixiante de las expectativas y las obligaciones me oprimió.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Ruby, mirando mi móvil.

—Tomando prestado un poco de esa valentía. —Le di un beso en la coronilla y miré el último mensaje de mi padre.

Senador Monroe: Se me está acabando la paciencia, Blaire. ¿De verdad quieres seguir el camino difícil?

Me quedé mirando esas líneas hasta que las palabras se difuminaron.

Cada comentario hiriente, cada cumplido ambiguo, cada suspiro de decepción que me había dirigido parecía escapar de la pantalla luminosa.

Entonces alcé la vista hacia el rostro confiado de Ruby; sus pequeños dedos aún estaban tocando la fresa valiente, y algo se endureció dentro de mí.

Yo: Sé lo que les hiciste a Colt y a June, papá. No voy a regresar jamás. Willow Grove es mi hogar.