Cowboy casual Capítulo 32
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Capítulo 32

Colt

Le eché la manta por encima, tapándola a regañadientes y solo un poco, para no perderme la visión de su cuerpo.

—Colt —susurró mi nombre.

Levanté la vista de la curva de su rodilla, con los labios aún rozando su piel, y crucé mi mirada con la suya. Sus ojos estaban más límpidos de lo que los había visto desde que había regresado a casa. Ya no quedaban barreras entre nosotros, ni juegos.

—¿Sí, fresita? —intenté suavizar el tono de mi voz, pero ese apodo le hizo sonrojar las mejillas.

Se acercó a mí y hundió los dedos entre mi cabello, con un toque ligero, como si estuviera comprobando si iba a desvanecerme bajo sus manos. Su respiración era entrecortada cuando alzó la vista al techo.

—¿Qué estamos haciendo? —preguntó. Había un temblor en su voz, un vestigio de viejas heridas que yo no había podido sanar. Su mano permaneció en mi nuca, como si necesitara un punto de apoyo, y, a pesar de la dulzura, que había mostrado hacía solo unos instantes, estaba tensa.

Solté un largo suspiro y me apoyé en el codo. Le quité la mano del pelo y me la llevé a los labios. Le besé lentamente la parte interior de la muñeca desnuda.

—Estamos haciendo lo único que tiene sentido. Tú y yo. Siempre ha sido así, ¿no? —Vi cómo se le cerraban los ojos, cómo intentaba ocultar el alivio, pero estaba ahí, en la forma en la que había aflojado el puño y se le había relajado la respiración.

Sus dedos me acariciaron la mandíbula y en su expresión había esperanza, pero también miedo.

—Dijimos que no íbamos a hacer algo así —susurró, con la voz quebrada y el labio inferior temblando—. Por eso acordamos que fuera algo sin compromiso. No necesitamos hacernos promesas que no vamos a poder cumplir.

Se me revolvió el estómago al oír las palabras «Sin compromiso». Nada de lo nuestro era sin compromiso, aunque ella se aferrara a esa expresión como si fuera a mantenerla a salvo. Pero no había nada seguro en la forma en que la amaba.

—¿Por qué no podemos? —Le aparté un mechón de pelo de la mejilla, dejando que mis dedos se detuvieran un instante sobre su suave malla de pecas.

Ella soltó una risa llorosa e incrédula, y volvió a mirar una vez más al techo, como si este pudiera ofrecerle las respuestas que buscaba.

—Lo haces parecer tan fácil. —Las palabras eran un desafío, pero pude oír la súplica que se escondía en su interior—. Ya hemos roto nuestras promesas antes.

Cuando por fin volvió a mirarme, la angustia que se reflejaba en sus ojos era como un espejo del vacío que yo llevaba dentro. Me dolía el pecho por el peso de todo lo que habíamos perdido.

—Entonces éramos unos críos, Blaire. No sabíamos lo que hacíamos. —Tragué saliva con dificultad, obligándome a decirle la verdad—. Tenía miedo de no estar a la altura de tu familia. Tenía demasiado miedo de ver cómo te dabas cuenta de que nunca iba a estar a tu altura.

Pude ver en sus ojos las lágrimas que se negaba a derramar y, aunque quería decir algo más, me forcé a esperar a que ella hablara. Dejé que el silencio se extendiera entre nosotros mientras mis manos trazaban lentos círculos sobre sus costillas.

—Yo también tenía miedo —susurró, con la voz ronca—.

Siempre parecías tan seguro de ti mismo, como si nada pudiera afectarte…

Pero tú eras la única persona capaz de quebrarme.

—Cerró los ojos con fuerza y sentí cómo le temblaba el pecho bajo mi mano—.

Odiaba eso de mí misma. Odiaba no poder superarlo, que nunca dejara de preguntarme si algún día aparecerías en mi porche y…

—Su voz se quebró al pronunciar esas palabras, y yo le besé la línea del cabello mientras la estrechaba contra mí.

Su pena tenía forma de ser vivo, latía contra mis costillas al ritmo de su corazón, y cuando su respiración se entrecortó, lo sentí hasta en lo más profundo de mis huesos.

Quería borrar hasta la última pizca de ese dolor.

Pero ella siguió hablando, y yo la dejé, incluso cuando todos mis instintos gritaban que le dijera que iba a pasar el resto de mis días compensándola—.

Siempre quise ser yo misma —susurró, y su voz sonaba más débil que nunca—.

Pero es como si, fuera donde fuera o estuviera con quien estuviera, hubiera una parte de mí que siempre te estaba esperando.

—Suspiró, y el sonido fue tan tembloroso y dejó entrever tanta soledad que me dieron ganas de gritar—.

Estaba convencida de que por fin había encontrado el sentido de mi vida, ¿sabes?

Pensaba que, si lo hacía todo bien, si mantenía la cabeza gacha y el corazón bajo llave, entonces quizá podría…

—Se quedó en silencio, y vi cómo intentaba encontrar las palabras adecuadas—.

Pero cuanto más me esforzaba por seguir adelante, menos me reconocía a mí misma.

Sé que no es culpa tuya. La culpa fue mía y de lo que permití.

Me miraba al espejo y veía a una desconocida con la cara de mi madre, pero sin nada de su fuego.

—Entonces por fin brotaron las lágrimas, y se las sequé suavemente con el pulgar mientras la abrazaba con más fuerza—. Mi madre no me reconocería.