Capítulo 31 #3
—Mírate. —Pegué mi miembro a su sensible clítoris, y ella soltó un grito ahogado mientras se abalanzaba sobre mí—.
Joder, estás desesperada por mí. —La agarré de las caderas con tanta fuerza que le dejé un moratón; la inmovilicé mientras intentaba retorcerse contra mí, y miré cómo mi líquido preseminal manchaba su piel—.
Quiero llenarte —le dije con voz ronca, y mis dedos se clavaron en su muslo, abriéndola más y exponiéndola por completo ante mí.
La imagen de ella con el vientre hinchado hizo que el fuego me recorriera las venas.
Estaría igual que cuando estaba con Ruby: tierna, cariñosa y mía.
Habíamos estado piel con piel desde aquella primera vez, pero esa noche era diferente.
La forma en que me había dejado ver sus heridas, compartiendo partes de sí misma que normalmente mantenía ocultas, me hacía querer poseerla de la forma más primitiva posible—.
Vas a recibir todo lo que te dé —dije y le di un suave golpecito en el clítoris con la gruesa punta de mi pene—.
Porque eres mía. Dilo. —Dejó escapar un gemido ahogado, a medio camino entre la frustración y la necesidad, pero aun así se contuvo.
Seguía queriendo mantener el control, incluso estando ahí, abierta, temblorosa y desesperada.
Necesitaba verla derrumbarse, necesitaba presenciar el momento en que se entregara por completo.
Necesitaba esas palabras, pero más que eso, necesitaba la verdad que se escondía tras ellas.
Empujé un poco, lo justo para que ella lo notara, y luego me detuve.
La mantuve ahí, al límite, mientras me inclinaba sobre ella, obligándola a mirarme a los ojos—.
Dime a quién perteneces. —Se le cortó la respiración y le rodeé el cuello con la mano, con el pulgar buscando su pulso—. Dímelo.
Podía sentir los latidos de su corazón en su garganta, en su sexo, pulsando alrededor de mi miembro, aunque no le había metido más que la punta.
—Yo… —Se le quebró la voz y cerró los ojos con fuerza, tratando de resistirse, pero no la dejé retroceder. Le levanté la barbilla, hundiéndole el pulgar en la mandíbula hasta que volvió a abrir los ojos y los clavó en los míos.
—Necesito oírte decirlo —dije, en voz más baja, pero con un tono de desesperación capaz de desgarrarnos a los dos—. Porque eres mía, Blaire. Eres el primer pensamiento que me viene a la mente al despertar y el último antes de dormir. Nunca he dejado de pensar en ti. Ni un maldito día.
Se estremeció como si la fuerza de mi confesión la hubiera golpeado en algún lugar que nadie pudiera ver.
Le temblaba la boca, su entereza se desvanecía, y pensé que tal vez iba a apartarme de un empujón.
Pero me miró fijamente, con el pecho subiendo y bajando tan rápido que podía sentir los latidos acelerados de su corazón en el espacio que nos separaba.
—Soy tuya. —Las palabras brotaron de su garganta como si las hubiera desenterrado de un lugar que se había prometido no volver a abrir jamás—. Siempre he sido tuya.
Esa confesión fue como un puñetazo en el estómago. Era tan pura, tan salvaje y tan sincera que me dieron ganas de arrodillarme y postrarme a sus pies. En lugar de eso, estrellé mi boca contra la suya y bebí cada sollozo entrecortado como si fuera lo único que pudiera mantenerme con vida.
Entonces la penetré hasta el fondo, y el mundo se redujo a nada más que la sensación de estar en su interior.
Estaba húmeda y se aferraba a mí como si temiera que pudiera desaparecer si parpadeaba.
Nuestros cuerpos se unieron en un choque de piel, calor y deseo, pero en el momento en que llegué al fondo, traspasó la desesperación y aterrizó en algún lugar sagrado.
Ella se arqueó para recibirme, clavándome las uñas en la espalda, y gimió mi nombre con una voz tan ronca que apenas la reconocí.
Marqué un ritmo implacable, lanzándome hacia delante y retrocediendo, con cada embestida más brusca y profunda que la anterior. Ella suplicaba, maldecía, me rogaba, y yo le di todo lo que me pedía. Porque ella, por fin, me había dado lo único que siempre había deseado.
Contemplé su rostro; sus ojos nunca se apartaron de los míos, ni siquiera cuando todo su cuerpo se echó a temblar. Se abrió para mí, se rindió ante mí, y pude ver cómo cada pizca de lucha y orgullo se desvanecía, sustituida por algo más tierno y dulce.
Le rocé el pabellón de la oreja con los dientes para hablarle al oído.
—Eres lo único que necesito. La única a la que siempre he querido —susurré.
Se aferró a mí, rodeándome la cintura con las piernas, y pude sentir lo cerca que estaba.
Todo su cuerpo se tensó debajo de mí, con todos los músculos rígidos, y metí la mano entre nosotros hasta encontrar su clítoris y acariciarlo con movimientos circulares al ritmo de cada embestida. La combinación la hizo gritar.
—¡No pares, por favor! Colt, no… —Su voz se quebró, pero me tragué el resto de su súplica con la boca.
La besé con ganas y follamos con aún más fuerza. Mi autocontrol se desvanecía por momentos y sentía cómo se acercaba el clímax, con una presión cada vez más intensa en las entrañas.
—Córrete para mí —le exigí contra sus labios, y ella se derrumbó pronunciando mi nombre. Se corrió y su cuerpo se retorció bajo el mío, y yo me dejé llevar en ese mismo instante, vaciándome dentro de ella con un gemido que sonó más como una plegaria.
Me quedé dentro de ella, negándome a soltarla, aunque nuestros cuerpos se habían quedado sin fuerzas y el sudor se enfriaba sobre nuestra piel. Puse mi frente contra la suya, inhalé su aroma y grabé en mi memoria cómo era tener sus brazos rodeando mi cuello.
Me aferré a ella como si temiera no volver a encontrar el camino de regreso a su lado nunca más.
Me miró, parpadeando, con las pestañas húmedas y las mejillas sonrojadas. Esbozó una sonrisa, tímida y vacilante, y yo quise decirle mil cosas, pero solo la besé, con suavidad y lentitud, y esperé que ella entendiera todo lo que yo no podía expresar con palabras.
Me separé de ella y nos quedamos tumbados, entrelazados, con las sábanas enredadas en nuestras piernas, mientras mis manos recorrían cada centímetro de su cuerpo, redescubriendo la forma de sus costillas, la curva de su cadera, la forma en que su columna se arqueaba justo por encima de su trasero.
No podía dejar de tocarla. No quería hacerlo.
Quería que me sintiera durante días, quería que recordara cómo era cuando nada ni nadie se interponía entre nosotros.