Cowboy casual Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

Sentí un nudo en el pecho e intenté apartarme.

—Para…

Me soltó la mandíbula y me rozó el labio inferior con el pulgar, de forma brusca y despiadada. La noria volvió a girar con un chirrido, pero yo estaba paralizada por su calor, por la urgencia de su mirada.

—Siempre has sido suficiente, Blaire. Siempre.

Fíjate en cómo te comportas con Ruby. Fíjate en lo que estás haciendo por la granja de June.

—Se acercó tanto a mí que pude saborear su frustración—.

No fuiste la única que quedó destrozada cuando te marchaste.

Yo era un crío. Un maldito idiota que cometió un error gravísimo.

—Su voz temblaba—. Ahora tengo una hija.

Tengo todo lo que siempre pensé que quería y, aun así, he buscado rastros de ti en todas las personas que he conocido.

—Sus dedos en mi cuello se volvieron más brutales, más desesperados, mientras se aferraba a mí—.

Me preguntaste por la madre de Ruby. Fui un maldito cobarde y no te conté la verdadera razón por la que se marchó.

No estaba preparada para ser madre, pero había estado dispuesta a intentarlo por mí.

Pero, hiciera lo que hiciera, no conseguía sentir amor por ella.

No conseguí que funcionara. Nunca funcionó, porque ella no eras tú.

—Cada confesión parecía costarle mucho, como si se estuviera despellejando vivo delante de mí.

Intenté sentir ira. Intenté recordar todas las veces que me había hecho daño, todas las noches que había pasado maldiciendo su nombre y cada mentira que me había dicho.

Pero me sentía vacía, como un abismo de anhelo y arrepentimiento.

—¿Qué? —La palabra sonó tan cruda como me sentía yo.

Sus siguientes palabras me golpearon, una tras otra.

—Ella. No. Eras. Tú.

Dejé escapar un sonido que era casi un sollozo y su boca se estrelló contra la mía. Sus labios me reclamaron con un deseo salvaje, pero sus dedos temblaban mientras me acariciaban el rostro como si fuera algo digno de veneración.

Cada caricia de su lengua era reverente; cada aliento que compartíamos era una comunión. Podía sentir cómo adoraba cada centímetro de mí que tocaba, como si besarme fuera tanto mi salvación como mi condenación.

Nos devoramos con tal desesperación que la idea de que lo nuestro pudiera haber sido algo ocasional parecía una locura. Habíamos sido unos necios al pensar que podíamos ser otra cosa que no fuera eso: eso ardiente y ávido que había entre nosotros.

Sabía a limonada y a algo más oscuro, algo que solo le pertenecía a él y que me mareaba de deseo.

Su cuerpo se ceñía al mío, firme y ansioso, y su corazón latía con fuerza contra mi pecho.

Le clavé las uñas en el cuero cabelludo para pegarlo a mí con todas mis fuerzas, arqueando mi cuerpo hacia el suyo como si intentara fundirme con él por completo.

Quería borrar cada segundo que habíamos pasado separados, quemar cada caricia que no fuera suya.

Su gemido vibró a través de mí cuando sus manos se deslizaron hacia abajo para agarrarme por las caderas; sus dedos se clavaron en mi piel con un aire posesivo que hizo que el calor se acumulara en lo más profundo de mi vientre.

Solo estábamos él y yo, con su boca sobre la mía y sus manos marcando mi piel.

Cada parte de mi ser gritaba su nombre mientras nos besábamos; su sabor ahogaba una década de remordimientos.

No sentí el descenso ni oí el chirrido de la maquinaria, hasta que la noria se detuvo de golpe, separándonos bruscamente al llegar abajo.

Sus dedos se clavaron más hondo en mis caderas, dejando marcas de promesas en mi piel.

Mi pecho se agitaba contra el suyo, nuestras frentes se tocaban, y jadeábamos como si nos hubiéramos estado ahogando y por fin hubiéramos encontrado aire.

Sus pupilas se tragaron el azul de sus ojos, dejando solo un fino anillo de color alrededor de ese deseo insondable que encajaba con la necesidad ardiente que me recorría el cuerpo.

—Vaya, vaya, vaya. —La voz de McCoy rompió el momento, y yo me aparté de un sobresalto, sintiendo cómo el calor me inundaba las mejillas al chocar contra la realidad.

McCoy, Hunter y Ruby se quedaron mirándonos junto a la salida, con unas amplias sonrisas de complicidad. Los ojos de Ruby brillaban con una esperanza tan evidente que se me hizo un nudo en la garganta. El peso de aquello me oprimía el pecho, y el pánico y la nostalgia se apoderaron de mí.

Quería hacerla feliz. Quería ser quien le diera todo lo que siempre había deseado.

Estaba desesperada por demostrarle a Ruby que mi amor no tenía condiciones, y me aterrorizaba la idea de acabar demostrando en cambio que me equivocaba.

Mis dedos seguían enredados en la camisa de Colt; el calor de su piel me quemaba los nudillos a través de la tela. No podía soltarlo. No iba a hacerlo. La sonrisa burlona de Hunter seguía ahí cuando Colt me soltó con evidente renuencia; sus dedos ásperos dejando un rastro de fuego en mis caderas.

—Ya era hora, joder.