Capítulo 31
Colt
Para cuando llegamos a la entrada, Ruby ya dormía profundamente en el asiento trasero, con la respiración lenta y regular, y la corona de papel resbalándole sobre un ojo.
Hacía ya kilómetros que se había rendido al sueño, consecuencia de un exceso de azúcar y de una tarde pasada a carcajadas en las destartaladas atracciones de la feria.
Sus brazos seguían aferrados al cuello de aquel oso de peluche ridículamente grande, y sonreí al contemplarla a través del espejo retrovisor.
Apagué el motor y me quedé sentado un minuto, escuchando el silencio de la noche a nuestro alrededor. Le eché una ojeada a Blaire, que tenía la vista clavada al frente. No me miró, pero le temblaba la mandíbula y se mordisqueaba las uñas.
Empujé la puerta para abrirla, tuve cuidado de no dar un portazo para despertar a Ruby y rodeé el coche.
Abrí la puerta de Blaire y di un paso atrás cuando ella por fin levantó la vista hacia mí y me miró fijamente, como si buscara una prueba de que lo que había pasado esa noche no se iba a desvanecer al amanecer.
Esperé. Podría haber esperado toda la noche si ella lo hubiera necesitado. Los años me habían enseñado a ser paciente en el trabajo, ante las pérdidas, y a saber que nada que valiera la pena se conseguía fácil ni rápido, y esa no era una noche para precipitarse.
Le tendí la mano y ella la tomó; apoyó la otra en el asiento y balanceó las piernas hacia fuera.
Luché contra el impulso de rodearla con los brazos y pegarla a mí, aunque la distancia entre nosotros me resultaba insoportable.
Pero di un paso atrás, dejándole espacio, y ella se bajó de mi camioneta y me soltó la mano.
Abrí la puerta del coche de Ruby, le desabroché el cinturón de seguridad, le quité el osito de los brazos y la saqué del asiento con un solo movimiento hábil.
Apenas se movió. Se derritió contra mí, con su pequeño cuerpo pegado al mío, y su pelo me hizo cosquillas en la mandíbula.
Podía sentir los latidos de su corazón, lentos y constantes contra mi pecho, e intenté calmar los míos para sincronizarlos con los suyos mientras la olía.
Sentí a Blaire a mi espalda cuando subí a Ruby por las escaleras y crucé la puerta principal.
Normalmente habría esperado que se quedara atrás, que inventara una excusa para desaparecer antes de que las cosas se volvieran demasiado emotivas o demasiado reales, pero se mantuvo cerca.
Entró justo detrás de mí y dejó que la puerta se cerrara suavemente a su espalda antes de echar el cerrojo.
En la habitación de Ruby, el caos del día yacía esparcido por todas las superficies, prueba de una vida disfrutada con alegre abandono, y casi tropecé con un dibujo a medio terminar y unos lápices de colores que estaban tirados en el suelo.
Era un dibujo de mí, de Ruby y de Blaire, los tres cogidos de la mano, y no pude evitar el dolor en el pecho al pasar por encima.
Cambié a Ruby de posición entre mis brazos, con cuidado de no moverla mucho, y la acosté en su cama.
Ella suspiró y se acurrucó contra la almohada.
Blaire se agachó, le desató rápidamente los zapatos y se los quitó de los pies.
—Buenas noches, Ruby —susurró Blaire; colocó junto a ella el enorme oso de peluche que tanto le gustaba y la arropó con la manta.
Le apartó el pelo enredado de la frente, se detuvo para acariciarle la mejilla, y vi algo en su rostro que me retorció las entrañas: quería a mi niña—.
Se lo ha pasado muy bien esta noche —susurró.
Asentí, tragándome el nudo que tenía en la garganta.
—Sí. Se lo ha pasado genial. Mañana tendré que lavar sus sábanas a presión.
—Tú eres quien le dejó comer el algodón de azúcar en la furgoneta.
—Blaire me señaló el pecho con el dedo. Le agarré la muñeca y se la puse contra mi cuerpo.
Tenía la piel cálida y podía sentir cómo le latía el pulso bajo mi pulgar.
Intentó soltarse, pero no se lo permití.
Nos quedamos allí, con los cuerpos muy cerca, y el estrecho espacio que nos separaba se cargó de tensión mientras su respiración se entrecortaba.
—Ven a mi habitación esta noche. —Mi voz era áspera, desnuda por el deseo que ya no podía ocultar—. Se acabaron las escapadas. Se acabó el fingir.
Blaire entreabrió la boca y dejó escapar un suave suspiro; cuando se pasó la lengua por el labio inferior, tuve que apretar el puño para no abalanzarme sobre ella en ese mismo instante.
Asintió una vez, con un movimiento apenas perceptible, pero la descarga eléctrica que me recorrió el cuerpo casi me hizo caer de rodillas.
Dejé que mis dedos rozaran los suyos; aquel ligero contacto me provocó un escalofrío que me recorrió el brazo.
Cuando la pegué a mí, el pequeño gemido que se le escapó de la garganta hizo que la sangre me hirviera bajo la piel.
Cada paso por aquel pasillo era una tortura.
El corazón me latía con fuerza contra las costillas y sus dedos se apretaban contra los míos a cada paso.
Las tablas del suelo crujían bajo nuestros pies, contando los años de espera y de deseo.
Durante casi una semana, Blaire y yo robamos momentos, pero siempre acababan con un pie de vuelta a la realidad.
Esa noche no pensaba contenerme. Quería devorarla por completo, entregarle todo mi ser hasta no poder recordar dónde terminaba yo y empezaba ella, hasta que no quedara nada de mí salvo las partes que ella hubiera marcado como suyas.
Empujé la puerta de mi dormitorio y me obligué a sujetársela, como en una maldita farsa de cortesía, mientras cada fibra de mi cuerpo clamaba por poseerla.
Al pasar me rozó con las caderas y el aroma de su piel me hizo gemir.
Dejé que la puerta se cerrara tras nosotros, con la respiración entrecortada, y el cerrojo encajó en su sitio.
No nos molestamos en encender la lámpara.
La luz de la luna recortaba la silueta de Blaire contra la ventana, y mi cuerpo ardía con un deseo que llevaba años acumulándose.
Atravesé la habitación en dos zancadas, con la erección ya tensa contra los vaqueros.
Mis dedos se clavaron en la suave piel de su nuca y la pegué a mí; un gemido se me escapó al primer contacto de su cuerpo contra el mío.
Nuestras bocas chocaban con tal intensidad que nada existía más allá del calor de sus labios y de la forma en que me arañaba los hombros y de cómo sus caderas buscaban las mías.
Caímos sobre el colchón como una ola rompiendo en la orilla, enredados el uno en el otro.
Los dedos de Blaire se hundieron en mi pelo y me echó la cabeza hacia atrás; sus labios hambrientos me dejaron marcas en la boca.
La intensidad de su contacto, el sabor de su lengua, la forma desesperada en que nos arañábamos la ropa el uno al otro…
Años de contención se habían roto como una presa y nos ahogábamos el uno en el otro, desesperados por no salir a respirar.
Agarré el dobladillo de su camiseta, se la quité de un tirón por la cabeza y rocé con mi boca abierta su piel desnuda hasta perderme en su sabor.
Ella deslizó los dientes por mi cuello, con su aliento temblando sobre mi piel.
Podía sentir los latidos de su corazón contra mi pecho, frenéticos y salvajes, y eso hacía que el mío latiera con tanta fuerza que lo notaba en cada centímetro de mi cuerpo.
Ya no había vacilación ni cautela entre nosotros. Solo era la devoción febril de dos personas a las que se les habían acabado las razones para no amarse.
Y joder, sí que la quería.
La había amado desde que tenía uso de razón y nunca había dejado de hacerlo. Ese amor estaba tan arraigado en mí como los viejos robles de este rancho. Había resistido tormentas y sequías, pero seguía manteniéndose firme.
Me empujó por los hombros, me hizo echarme de espaldas y se sentó a horcajadas sobre mis caderas, con las manos apoyadas sobre mi pecho.
El cabello le enmarcó el rostro como una cortina salvaje de rizos castaño rojizos, y en la penumbra de la luz de la luna vi sus ojos.
Estaban oscuros, decididos y tan llenos de anhelo que me partieron en dos.
Vacilé con el corchete de su sujetador, y ella se rio antes de llevar las manos a la espalda y desabrochárselo ella misma.
—Joder, lo eres todo. —Mi voz se quebró mientras la agarraba por el cuello, clavándole los dedos en el pulso antes de deslizarlos por su pecho, reclamando cada centímetro de su piel desnuda que ardía bajo mi palma.
Ella gimió, restregándose contra mí, y yo me eché hacia delante para hundir los dientes en la curva donde su cuello se unía con el hombro.
Su grito sonó en la oscuridad cuando bajé más y cerré la boca alrededor de su pezón.
Ella se arqueó hacia mí, gimiendo, clavándome las uñas en el cuero cabelludo, tirando de mí, como si fuera a morir sin no tuviera mi boca encima.
Deslicé el pulgar por la cintura de sus pantalones cortos y le desabroché el botón.
Mi mano se hundió por debajo, encontrando solo la fina barrera de algodón, ya empapada.
El calor de su sexo era embriagador, y deslicé los dedos con rudeza a lo largo de su entrada, a través de la tela, saboreando los gemidos desesperados que vibraban contra mi boca.
—Sigues necesitándome tanto —gruñí, apartándole las bragas. Sus caderas se arquearon cuando mis dedos finalmente tocaron su piel desnuda—. Joder, estás chorreando por mí, cariño.
Localicé su clítoris y la hice jadear contra mi boca. Al principio lo acaricié lentamente, provocándola, y vi cómo cerraba los ojos, contoneándose contra mí. Luego presioné con más fuerza y aceleré el ritmo hasta que ella se sacudió contra mi mano.
Su cuerpo ardía en mi memoria, pero el tiempo la había cambiado. Había tanto terreno nuevo que estaba desesperado por conquistar…
—Colt —susurró mi nombre entre gemidos, y clavó las uñas en mis hombros, retorciéndose sobre mi cuerpo.