Cowboy casual Capítulo 30
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Capítulo 30

Blaire

Pasamos horas siguiendo a Ruby de una atracción a otra, con el estómago lleno de comida de feria.

Hunter y McCoy se habían se habían unido a nosotros poco después de dejar el puesto de June, y yo me había sentido nerviosa toda la noche mientras jugaba con Ruby y trataba de ignorar a su padre.

Ahora Ruby intentaba andar bajo el peso de un oso de peluche que era más grande que ella, pero lo arrastraba con orgullo y se negaba a dejar que Colt la ayudara.

—Esa cosa no se viene a casa con nosotros —murmuró Colt, mirando al oso—. Se la enviaremos a tu tío Hunter.

Hunter le dio un codazo a su hermano.

—Ruby, cariño, tu papá solo está celoso porque yo he derribado esas botellas a la primera, mientras que él se ha gastado quince dólares.

Colt tensó la mandíbula y yo contuve una sonrisa.

Hunter tenía razón: después de ver a Colt soltar palabrotas con cada tiro fallido, Hunter se acercó tranquilamente, derribó todas las botellas a la primera y se llevó el oso que Colt había estado intentando ganar para Ruby.

El músculo de la mandíbula de Colt no había dejado de temblar desde entonces.

Ruby estrechó el osito con más fuerza contra su pecho y Colt puso los ojos en blanco.

—Vamos a la noria, Ruby —dijo McCoy, tendiéndole la mano—. Tú y yo iremos juntos en una cabina, y Hunter puede cuidar de tu osito, ya que no tiene pareja.

Hunter respondió medio enfadado.

—Vaya, y eso lo dice alguien que tampoco ha venido acompañado.

Ruby se aferró con más ganas al oso y me miró con preocupación por encima de la cabeza del peluche.

—¿Y Blaire?

—No te preocupes por Blaire —dijo Colt, rodeándome los hombros con el brazo para pegarme a él—. Está conmigo.

Capté tres expresiones diferentes dirigidas hacia mí: la ceja enarcada de Hunter, la sonrisa cómplice de McCoy y la amplia sonrisa de Ruby.

—Está contigo, ¿eh? —bromeó McCoy.

Colt sacudió la cabeza.

—Cállate y vete antes de que perdamos nuestro sitio en la cola.

Ruby se adelantó saltando y, en cuanto fijó la mirada en la imponente noria, le di un codazo a Colt en el costado.

Él se apartó de un tirón riendo, pasándose la mano por las costillas bajo la camiseta.

—¿A qué ha venido eso?

—Sabes perfectamente por qué ha sido —murmuré mientras nos acercábamos a la entrada de la noria.

Ruby se subió a toda prisa a la cabina que esperaba, con las piernas balanceándose libremente bajo ella.

McCoy se acomodó a su lado, rodeando con gesto protector sus pequeños hombros para pegarla a él.

Cuando el encargado bajó la barra de seguridad con un golpe metálico, Ruby soltó un chillido de alegría y se agarró a la barra con las dos manos.

—¡Pórtate bien y hazle caso al tío Coy! —gritó Colt cuando el vagón dio un tirón hacia atrás y comenzó a subir.

Hunter se hizo con el siguiente vagón, metiendo a duras penas al enorme oso en el asiento de al lado. Cuando se dio cuenta de que lo estábamos mirando y riéndonos, nos enseñó el dedo corazón con una sonrisa mientras la atracción lo llevaba hacia arriba.

Me subí a nuestra cabina y el suelo metálico se balanceó bajo mis pies.

Colt me siguió y su hombro rozó el mío cuando nos acomodamos.

El operario cerró la puerta con un empujón experto y el receptáculo se balanceó.

Eché la cabeza hacia atrás, contemplando las luces de la feria y las estrellas dispersas en lo alto.

Nos elevamos; el movimiento inicial fue suave antes de que la cabina se disparara hacia arriba con un chirrido.

El recinto ferial se fue reduciendo bajo nosotros, y la música y las risas de la feria se desvanecieron; el viento silbaba entre los puntales y el zumbido mecánico y rítmico del motor sonaba a nuestro alrededor.

Podía sentir cada centímetro de Colt a mi lado.

Tenía el muslo pegado a él y el tejido vaquero que nos separaba me parecía demasiado fino y, al mismo tiempo, demasiado grueso.

Tenía el brazo apoyado en la parte trasera del vagón y los dedos enredados en mi pelo; su pulgar curtido me rozaba la muñeca, donde los latidos de mi corazón me delataban.

El vagón se detuvo con una sacudida, dejándonos suspendidos en el aire mientras más pasajeros subían por debajo.

Desde esa altura, aún podía ver los puestos, el de June y todos los demás, y sonreí al ver la cadena de luces que se entrecruzaba entre ellos como estrellas.

Intenté grabar ese momento en mi memoria, para igualarlo a todos los demás que lo habían precedido, pero lo único en lo que podía concentrarme era en la suave presión de sus dedos entrelazados en mi cabello.

Me volví hacia él; sus ojos azules eran tan oscuros que me recordaban al cielo. Una de las comisuras de su boca se curvó hacia arriba y se le movió el bigote. Su pulgar seguía rozando mi piel en una promesa silenciosa, y mi pulso se aceleró bajo su contacto.

Mis ojos recorrieron la línea marcada de su mandíbula, la curva de sus labios y ese maldito bigote. Su mirada se posó en mi boca y se quedó allí con tal ansia descarnada que mis labios se entreabrieron sin que pudiera evitarlo; mi respiración se volvió rápida y superficial.

Ya debería haberme quitado esa inquietud de encima, pero, de alguna manera, era peor.

La noche se extendía a nuestros pies, amplia y desenfrenada.

En lo alto de la noria ya no quedaba ningún límite que traspasar.

Tras años de tirones y empujones, de luchar por no ser yo quien quería ser, allí estaba yo, suspendida junto a él.

Nadie nos observaba, ya no quedaba nadie a quien culpar por haberme desmoronado salvo yo misma.

Me temblaba todo el cuerpo, atrapado entre lo que quería y lo que temía, suspendido en el aire igual que esa maldita noria.

Su aliento me calentaba el cuello, y me pegué a él, quedándome sin aliento cuando se acercó más. La risita de Ruby atravesó la niebla, fuerte y llena de energía, y levantamos la cabeza de golpe cuando la noria volvió a ponerse en marcha.

Mientras la atracción daba vueltas y caíamos de nuevo hacia la tierra, sentí un vuelco en el estómago, como en caída libre, y los dedos de Colt se deslizaron desde mi cabello hasta mi hombro.

Recorrió lentamente mi piel desnuda, y yo no podía respirar ni moverme ni hacer nada más que rendirme a la sensación de tenerlo cerca.

El vagón metálico crujió bajo nosotros, y el sonido vibró a través del asiento, sincronizándose con el latido que sentía entre mis muslos. La risa de Ruby llegó flotando desde abajo, y una punzada de culpa atravesó mi neblina de deseo.

Su felicidad era el precio que teníamos que pagar por todo eso.

Yo lo sabía. Él lo sabía. Pero yo ardía por él, egoísta y temeraria, aun sabiendo que, inevitablemente, íbamos a hacernos daño.

Porque amar a Colt Calloway siempre me había parecido como encender una cerilla en medio de una sequía: algo que te consumía y a lo que era imposible sobrevivir.

—Es tan buena —solté, señalando con la cabeza a Ruby—. Buena de verdad, en el fondo.

—Sí. —El rostro de Colt se suavizó—. No sé cómo he tenido tanta suerte.

Negué con la cabeza, y luego volví a centrar la mirada en las luces parpadeantes de la feria.

—Todo es gracias a ti, ¿sabes? Eres muy buen padre.

Su sonrisa se desvaneció un poco y se movió a mi lado.

—Me preocupo por ella todo el tiempo. Me preocupa estar echándolo todo a perder de alguna manera. Tomo todas las decisiones; ¿y si estoy tomando las equivocadas?

Le di un empujón con el hombro, con el corazón acelerado.

—Ruby es la niña más feliz que he conocido nunca. Te mira como si fueras todo su mundo.

—Es feliz. —Asintió, pero luego dudó—. Solo quiero que crezca fuerte y segura de sí misma. Si tengo suerte, de mayor será como tú.

Esas palabras me golpearon con una fuerza para la que no estaba preparada, y me quedé sin aliento. Se me humedecieron las palmas de las manos y sentí un cosquilleo de nervios bajo la piel. Intenté restarle importancia con una risa, pero me salió áspera y amarga.

—No, eso no es lo que quieres.

Sus ojos no se desviaron, pero se suavizaron cuando las luces de la feria se reflejaron en ellos como estrellas.

—Lo digo en serio —dijo, bajando la voz hasta ese susurro áspero que siempre lograba traspasar mis defensas—.

Eres feroz. Eres terca como el demonio, incluso cuando no deberías.

—Su mano se posó en mi rodilla, y su pulgar trazó un pequeño círculo que hizo que una oleada de calor me recorriera el cuerpo, y yo me estremecí.

Su mirada siguió el movimiento, pero él siguió adelante—.

Eso es todo lo que quiero para ella: que tenga ese fuego que siempre he visto en ti.

—¿Fuego? —La palabra se me atragantó en la garganta. Me aferré a la barra metálica hasta que me dolieron los nudillos, hasta que sentí cómo el frío acero se me clavaba en las palmas como un hierro candente—. No tengo fuego, Colt. No le desearía a Ruby ninguno de mis errores.

Su mano permaneció sobre mi rodilla, pesada y tan cálida, en contraste con el dolor que se apoderaba de mis manos.

Me di cuenta de que estaba agarrando la barra de seguridad de la noria con tanta fuerza que el metal estriado se me clavaba en las palmas como un castigo, como si necesitara ese dolor para evitar derrumbarme.

Contemplé el recinto ferial que se extendía a mis pies, con su caos de luces de colores y el mundo seguro y corriente que se escondía en su interior.

Por un instante, deseé ser cualquier otra persona menos Blaire Monroe, la chica que se había escapado, la chica que amaba a un hombre que ya le había roto el corazón una vez.

La mano de Colt se tensó sobre mi pierna, sujetándome al asiento.