Capítulo 22
Blaire
Debería haber regresado a casa. Mi cerebro me gritaba que era una mala idea, que, si me quedaba un segundo más, iba a ocurrir algo irreversible.
Pero, de alguna manera, me encontré caminando hacia el final del muelle como una tonta.
Apoyé las manos en la parte superior de la escalera, manteniendo el equilibrio para sentarme justo delante de él, con los pies colgando por el borde.
El agua se ondulaba en lentas y suaves olas, oscura salvo donde la luna se reflejaba en su superficie. Colt se mantenía a flote a unos metros de mí, con los hombros apenas visibles sobre la superficie.
—Juguemos a otro juego —dijo en voz baja, sin apartar la mirada de mi rostro.
—¿No te has cansado de los juegos, Colt? —pregunté, apoyándome en las manos.
No respondió. En lugar de eso, se sumergió más en el agua, hasta que la superficie le quedó justo por encima del labio superior.
Su expresión no delataba nada, pero sentí un escalofrío recorriendo mi piel cuando sus dedos se aferraron a los peldaños de la escalera y se acercó al lugar donde yo estaba sentada.
La sonrisa que se dibujó en su rostro prometía un montón de líos que no me convenía desear.
—¿Te acuerdas de cuando jugábamos a «verdad o reto»? —Su voz mostraba un tono desafiante, ligero pero peligroso.
Una risa se me escapó de los labios, y empecé a sentir un cosquilleo en lo más profundo de mi vientre.
—Creo que ya somos un poco mayores para eso.
—También somos un poco mayores para el «yo nunca», pero te lo has pasado bien. —La expresión de su rostro era pura picardía, pero había un nerviosismo subyacente que me pilló desprevenida—. Juguemos. Solo por esta noche. Mañana podrás olvidarte de todo esto y volver a odiarme como antes.
Dios, no había ni una sola parte de mí que lo odiara.
—Vale. ¿Verdad o reto, vaquero?
Sonrió, y toda su puñetera cara se iluminó.
—Verdad.
Me eché hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas. Debería haberle preguntado algo sencillo o algo que nos hiciera reír a los dos, pero no hice ninguna de esas dos cosas.
—¿Dónde está la madre de Ruby?
Su expresión cambió de golpe y algo inquietante se reflejó en ella antes de que respondiera.
—Se marchó hace poco más de dos años. En realidad, nunca quiso ser madre, y Ruby y yo no fuimos suficientes para hacer que se quedara.
Sentí una punzada en el pecho por la forma en que lo dijo, por lo sencillo que lo hacía parecer.
Quería decirle que él era más que suficiente, que Ruby nunca iba a dejar de sentirse amada, pero las palabras se me atascaron en la garganta, demasiado frágiles y aterradoras como para pronunciarlas en voz alta.
—¿La querías? —susurré, con voz débil y temblorosa.
Parpadeó y movió los músculos de la mandíbula. Parecía tan joven, tan parecido al Colt del que me había enamorado, que se me encogió el corazón mientras esperaba su respuesta.
—Ya te he respondido a una pregunta —dijo, y la sonrisa que me dedicó contrastaba con la rigidez que se había apoderado del resto de su cuerpo—. ¿Verdad o reto?
—Verdad —dije, preparándome para lo que viniera.
—¿Lo amabas? —preguntó al instante—. ¿Al chico con el que ibas a casarte?
Esa cuestión me impactó de lleno y vacilé, clavando los dedos en el muelle. Podría haber mentido. Llevaba mucho tiempo mintiéndome a mí misma, pero allí sentada, a solas con él, no fui capaz de hacerlo.
—No. La verdad es que no.
Asintió una vez, como si ya supiera la respuesta y solo necesitara oír la confirmación.
Nos quedamos allí sentados en silencio, respirando con demasiada fuerza, y pude ver cómo le pasaba el pulgar por el acero rugoso de la escalera, como si necesitara hacerlo para sentirse seguro.
Me pregunté si estaría recordando todos los juegos de «verdad o reto» a los que habíamos jugado de niños, si recordaba que ninguno de aquellos retos me había dado ni la mitad de miedo que esas verdades.
—¿Verdad o reto? —solté, desesperada por cambiar el ambiente entre nosotros.
—Verdad —dijo, y había un desafío en esa palabra, como si me estuviera retando a ir más allá.
Me perdí en sus ojos, sumergiéndome en ese azul que llevaba años buscando en todo lo que me rodeaba, y el corazón me latió con fuerza. Me sentía temeraria.
—¿Alguna vez has pensado en lo que habría pasado si nunca me hubiera ido?
Inspiró profundamente y el agua reflejó un pálido tono plateado en sus pómulos, acentuando los rasgos de su rostro.
—Cada maldito día —dijo, y esa vez no había bravuconería en ello ni la arrogancia despreocupada de un vaquero. Solo sinceridad, tan cruda que dolía.
Tragué saliva con dificultad porque había demasiado peligro en la forma en que lo dijo y en la forma en que me miraba.
—Me toca a mí —dijo—. ¿Verdad o reto?
—Verdad —respondí demasiado rápido.
Se pasó la mano por el bigote y, cuando volvió a hablar, su voz sonó grave y áspera.
—Cuando estabas con él, ¿alguna vez pensaste en mí?
Su pregunta me atravesó el cuerpo como un rayo. Sentí cómo el calor se acumulaba en mi cuerpo y mis dedos se clavaron en la madera del muelle mientras una necesidad insistente latía entre mis muslos.
—Todo el tiempo —susurré, y la confesión me arañó la garganta hasta dejarla en carne viva.
Sus pupilas se dilataron hasta que sus ojos quedaron casi negros, clavados en los míos con expresión depredadora. Su pecho se expandía con cada respiración mesurada, y el agua resbalaba por su piel con cada movimiento ascendente y descendente.
—Y antes, junto al camión... —Su mirada se posó en mi boca—. ¿Estabas mojada por mí?
Mi respiración se entrecortó. Me ardía toda la piel, y los pezones se me tensaron dolorosamente contra la camiseta. Me aferré al borde del muelle hasta que me dolieron los dedos.
—Pensaba que estábamos jugando —logré decir, pero me sentí completamente desnuda.
—Lo estamos. —Su mirada se posó donde mis muslos se apretaban, y me sentí demasiado expuesta. Se recorrió con la lengua el labio inferior, dejándolo reluciente—. Te reto a que me lo demuestres.
—¿Qué? —La palabra se fracturó entre nosotros, aunque ambos sabíamos muy bien a qué se refería.
—Enséñame lo mojada que estás. —Su voz era ronca, casi reverente, y sus manos se aferraban a la escalera a ambos lados de mis muslos como si fuera lo único que lo mantuviera anclado al mundo—. Déjame ver qué efecto sigo teniendo en ti, Blaire.
Quise decirle que se fuera a la mierda, que recordara que ya no éramos quienes un día habíamos sido, pero lo único que pude hacer fue mirarlo fijamente, con los labios entreabiertos y la respiración entrecortada.
Colt esperó en silencio, salvo por el sonido del agua a su alrededor y el ritmo constante de su aliento.
Un reto. Eso se suponía que era, pero la verdad me rondaba por la cabeza. Si no quisiera hacerlo, podía marcharme. Los dos habríamos podido despertarnos por la mañana, cansados y con un poco de resaca, y fingir que nada de eso había pasado.
Pero no me fui.
En cambio, separé las piernas, unos centímetros al principio, luego más, como si mis rodillas tuvieran una voluntad propia, independiente de la mía.
Me ardía la piel allá donde se posaba su mirada, y el muelle parecía vibrar con cada latido atronador de mi corazón.
El aire nocturno me electrizaba la piel febril, y el lago oscuro que nos rodeaba se convirtió a la vez en voyeur y cómplice de lo que estábamos a punto de hacer.
—Colt. —Su nombre fue una súplica en mis labios.
—Solo estamos tú y yo, Blaire. —Se echó hacia delante y su aliento me abrasó la piel cuando deslizó la boca por la parte interior de mi rodilla.
Mi cuerpo se estremeció con una corriente violenta que partía de ese único punto de contacto y se dirigía hacia mi sexo sin dudarlo—.
Enséñamelo. —Mi respiración se aceleró en jadeos cortos y desesperados.
Aún podía decirle que no. Debería haberle dicho que no, pero su voz me envolvía la garganta, la muñeca, entre los muslos.
Sus ojos me devoraban, y cualquier resistencia a la que me hubiera aferrado se hizo añicos.
Abrí más las piernas; la madera áspera rozó mi piel, y el aire nocturno acarició el calor húmedo entre mis muslos, cubierto únicamente por la tela del bikini.
A Colt se le escapó un gemido, un sonido que me hizo vibrar hasta los huesos y se acumuló como fuego líquido en mi interior.
Su mirada trazó un camino desde mis rodillas abiertas hasta el fino trozo de tela que las separaba, ya oscuro de deseo—.
Joder —dijo—. Estás empapada por mí, ¿verdad?
Debería haberme dado vergüenza. Debería haberme sentido mortificada por que él pudiera ver lo que me hacía, por que el simple hecho de atreverme a mostrárselo hiciera que mi cuerpo reaccionara de forma tan instantánea, tan impotente.
Pero ardía de deseo y por los recuerdos de cómo me había tocado en otras ocasiones.
Así que asentí y deslicé la mano por mi cuerpo como si le perteneciera a otra persona, a alguien más valiente. Mis dedos recorrieron mi vientre y cada caricia encendía un rastro de fuego que se extendía hacia abajo, haciendo que mis caderas se contonearan de anticipación.
Los nudillos de Colt se tensaron alrededor de la escalera cuando se impulsó hacia arriba, con el agua chorreando por sus hombros. Su aliento me abrasaba la parte interior de la rodilla; cada espiración era como un hierro candente contra mi piel.