Cowboy casual Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—¿Qué coño significa eso? —preguntó Colt, y su risa grave retumbó entre nosotros en el aire nocturno.

—¿Estás borracha? —se rio Hunter, echando la cabeza hacia atrás contra mi rodilla.

—No. No estoy borracha. —Negué con la cabeza—. Bueno, quizá un poco achispada, pero esta noche ha sido muy divertida. —Me encogí de hombros.

Hunter me sonrió, y yo no me atreví a mirar a Colt.

—Seguramente me va a matar por contarte esto, pero McCoy y yo llevamos años intentando que Colt nos deje llamarle papá en el rancho.

Me eché a reír tan fuerte que se me llenaron los ojos de lágrimas, y Hunter esbozó una amplia sonrisa.

—Es nuestro papá jefe —declaró Hunter, con la mano sobre el corazón como si estuviera recitando el juramento de lealtad—. Es lo correcto.

—¡Muy bien, muy bien! —McCoy levantó la botella desde donde yacía tumbado de espaldas y se derramó la cerveza sobre el pecho.

—Espera, yo vivo en su casa. —Me toqué la barbilla, fingiendo reflexionar profundamente mientras mi corazón latía con fuerza contra las costillas. Finalmente, levanté la vista hacia Colt—. Quizá debería empezar a llamarle papá de la casa.

La sonrisa que me dedicó iluminó su rostro como el primer amanecer tras el invierno, dejándome sin aliento.

Sus ojos se clavaron en los míos y el resto del mundo se desvaneció hasta que solo quedamos Colt y yo, solo ese instante suspendido entre latidos.

Sentí cómo me echaba hacia él sin quererlo, atraída por el hilo invisible que siempre nos había unido, incluso cuando fingía que no existía.

—¿Qué te dije sobre llamarme papá, Blaire? —Su voz se redujo a un gruñido, y el calor inundó mi cuerpo, acumulándose en lo más profundo de mi vientre y extendiéndose hacia fuera hasta que incluso mis dedos hormiguearon de deseo.

—Por Dios. —Maggie se levantó del muelle y se abanicó la cara con movimientos exagerados de la muñeca.

Levanté la vista y la vi mirándonos a Colt y a mí con los ojos muy abiertos—.

Me voy de aquí antes de que me prenda fuego solo por estar cerca.

La tensión sexual entre vosotros dos es asfixiante.

—Se abanicó la camiseta como si necesitara aire.

—¡Maggie! —Me reí, con la cara ardiendo.

Ella abrió los ojos de par en par, sin arrepentirse en absoluto.

—¿Qué? Todo el mundo lo está pensando.

McCoy se incorporó con un gemido dramático.

—Tiene razón —dijo, dándose unos golpecitos en la frente—. Esta conversación me la voy a guardar en mi archivo de fantasías.

—Dios mío. —Todo mi cuerpo se encogió de vergüenza.

Hunter y Alicia también se pusieron en pie, y Hunter cogió sus cosas del muelle antes de volver a hablar.

—Mags, ¿necesitas que te lleve a casa?

Maggie se puso tensa.

—No hace falta. Ya me lleva McCoy. —Hunter asintió una vez antes de coger la mano de Alicia.

—Por supuesto. —Se puso de pie y se inclinó en una reverencia torcida en dirección a Maggie—. Mi señora.

—Qué tonto eres. —Le sonrió mientras recogía sus cosas—. Buenas noches, chicos. No hagáis nada que yo no haría. —Me guiñó un ojo, y juro que todo mi cuerpo se encendió como una bengala.

Iba a matarla.

Las risas y los pasos se fueron desvaneciendo por la colina mientras se alejaban, dejando el muelle demasiado silencioso, al estar solos Colt y yo.

Ruby solía servirnos de amortiguador; su pequeño cuerpo y su charla incesante llenaban el espacio entre nosotros, pero esa noche esa red de seguridad había desaparecido.

Se me puso la carne de gallina a pesar del calor, y me quedé allí de pie, haciendo equilibrio sobre las tablas irregulares.

Recogí un par de botellas vacías, tratando de parecer ocupada y de no reconocer que era la primera vez que estábamos completamente solos desde que había regresado a casa.

Sentía las manos torpes y notaba que Colt me observaba como un coyote habría controlado a un conejo.

El pulso me latía con fuerza y el aire nocturno me oprimía hasta el punto de que apenas podía respirar.

Llevaba una semana fingiendo que podía pasar desapercibida, pero la forma en que me miraba en ese momento indicaba que ya había desmontado todas las mentiras con las que me había envuelto.

—No hace falta que lo hagas. Yo me encargo —insistió Colt, pero no me volví hacia él. No podía.

Negué con la cabeza y cogí una toalla.

—No pasa nada. Ya lo hago yo. —Mi voz no sonaba tranquila.

Se hizo un largo silencio entre nosotros.

Podía oír el agua golpeando contra la madera, el susurro lejano del viento al pasar entre los árboles.

Era muy consciente de todo lo que nos rodeaba, tanto que di un respingo cuando las tablas crujieron bajo nuestros pies.

Me volví a tiempo para verlo levantarse y estirarse con un perezoso movimiento de sus músculos y, sin decir ni una palabra, ir hasta el borde y zambullirse desde el muelle.

Su cuerpo atravesó la superficie iluminada por la luna antes de que el lago se lo tragara por completo.

La brusquedad del gesto me pilló desprevenida, y me quedé allí plantada, con los brazos llenos de basura, parpadeando, sin saber muy bien qué hacer.

No había nada más que la noche y el latido de mi propio corazón, pero entonces Colt salió a la superficie, echándose el pelo hacia atrás con un solo movimiento. Las gotas se le quedaron pegadas a las pestañas y a los hombros, reflejando la luz de la luna, y me sonrió con puro desafío.

—Me voy a la cama —dije antes de poder hacer o decir algo de lo que sabía que iba a arrepentirme.

—Espera. —Me detuvo, con voz baja y los ojos fijos en mí—. Ven a nadar conmigo. —No le respondí porque no estaba segura de poder hacerlo. Solo negué con la cabeza—. Vamos, Blaire. —Aún no había apartado la vista de mí—. No vas a dejarme aquí solo, ¿verdad?

Puse los ojos en blanco, pero notaba cómo el calor me subía a las mejillas.

—Has sido tú quien se ha tirado al agua.

—Sí, pero es menos divertido si lo haces solo. —Extendió los brazos, dejando que sus dedos surcaran la superficie lisa—. Venga. El agua está estupenda ahora mismo.

Me di la vuelta, concentrándome por completo en apilar las botellas y meterme la toalla bajo el brazo.

—De verdad que debería entrar —protesté, y lo decía en serio. La casa se alzaba en lo alto de la colina, pero aun así no conseguía obligarme a moverme en esa dirección.

—¿Te vienes a nadar o es que tienes miedo? —Había humor en su voz, pero, bajo él, también había algo más, algo que podía sentir en cómo me había quedado sin aliento en cómo mis manos temblaban nerviosamente al sujetar las botellas.

—No tengo miedo —mentí—. Estoy cansada.

Se acercó nadando; el agua se abría a su alrededor formando perezosas ondas. Agarró la escalera del muelle, echó la cabeza hacia atrás y me miró.

—Pues al menos siéntate conmigo un momento. El papá de la casa no muerde. Te lo prometo.