Cowboy casual Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Ruby se lanzó desde el muelle, con las rodillas pegadas al pecho, y aterrizó justo delante de Colt.

Él la rodeó con los brazos cuando se sumergió, y el chapoteo lo empapó por completo.

Ruby volvió a salir a la superficie, gritando y riendo tan fuerte que era imposible no contagiarse de su entusiasmo.

Ella le salpicó la cara; él la acercó a su pecho y Ruby le rodeó los hombros con los brazos.

—Creo que ha sido el mejor salto de bomba que he visto nunca. —Le tocó la punta de la nariz con el dedo y ella sonrió, radiante.

—¿Lo has visto, Blaire? —preguntó ella, nadando ya de vuelta al muelle para volver a intentarlo—. ¡He llegado muy lejos!

Me encontré sonriéndole a mi vez.

—Lo has hecho muy bien, Ruby. Nunca había visto a nadie llegar tan lejos.

La mirada de Colt volvió a posarse en mí, con los ojos aún oscuros y hambrientos. Se sumergió más hasta que el agua del lago le rozó el labio superior, sin apartar los ojos de los míos.

No me moví; no podía; Ruby trepó por la escalera para saltar de nuevo, pero entonces Maggie se acercó nadando, con el pelo hacia atrás y las gafas de sol cubriéndole los ojos. Aun así, pude ver cómo miraba alternativamente a Colt y a mí. Me dio un golpecito con las piernas bajo el agua y sonrió.

—Blaire, cariño —dijo con voz arrastrada—. Tú, yo y unos margaritas, ya mismo.

Me cogió del brazo y, juntas, nadamos hasta la orilla. Luego fue tirando de mí hacia arriba por el terraplén, con la tierra y las rocas resbaladizas bajo nuestros pies. Cuando llegamos a la orilla, me arreglé el bikini y me atreví a echar un vistazo por encima del hombro.

Colt seguía manteniéndose a flote con Ruby a la espalda, y McCoy se había unido a ellos; se salpicaban unos a otros como si fueran tres niños.

Ruby se rio cuando McCoy intentó sumergirlos, y la risa de Colt, profunda y espontánea, se propagó por toda la superficie y llegó directamente a mis venas.

Era el sonido de mi Colt: el de antes de que la vida se volviera dura, antes de que se viera sepultado bajo las obligaciones del rancho y de ser padre soltero.

Maggie se acercó sigilosamente y se bajó un poco las gafas de sol para mirarme por encima del borde.

—Eres un caso perdido —susurró—. Lo sabes, ¿verdad?

Negué con la cabeza suavemente, sintiendo cómo el calor me subía por el cuello, y ella suspiró antes de seguir tirando de mí. Llegamos al maletero y saqué una de mis toallas de la bolsa y me la puse contra la cara.

Maggie acercó una gran jarra rosa al borde del maletero y se sirvió un vaso del grifo que tenía acoplado. Le echó una rodaja de lima antes de dar un largo y teatral sorbo.

—Esto me recuerda a las vacaciones de primavera.

Me reí entre dientes mientras ella llenaba otro vaso y me lo pasaba.

—Eso es lo bueno de los margaritas. Son perfectos para cualquier etapa de la vida.

—Y que lo digas. —Chocó su vaso contra el mío a modo de brindis y bebimos; ella se dio la vuelta, se recostó contra la camioneta y se puso a contemplar el agua.

Se quedó en silencio durante un largo rato hasta que me dio un golpecito en el codo con su vaso—.

No, en serio. ¿Cómo es que sigues viva? —Señaló con la cabeza hacia donde sabía que Colt seguía nadando—.

Yo habría entrado en combustión espontánea si alguien me hubiera mirado así.

—¿Cómo? —pregunté, pero aún podía sentir el escrutinio Colt como un cable eléctrico contra mi piel.

Ladeó la cabeza y me dedicó una mirada que me hizo soltar una risita contra la copa.

—Como si fueras su cena y él estuviera a punto de devorarte hasta el último centímetro.

—Miró hacia el agua y volvió a señalar en dirección a Colt.

Él estaba con las manos levantadas en actitud protectora mientras Ruby se balanceaba sobre los hombros de McCoy—.

No intentes decirme que no lo has sentido.

Se me encendieron las mejillas y apuré de un trago la mitad de mi margarita.

—A ver, ha sido… —Dejé la frase en el aire, buscando palabras que me ayudaran a describir lo que estaba pasando entre nosotros—. Él es así. Es solo… Es Colt.

Maggie soltó una carcajada, a punto de atragantarse con su margarita.

—Lo conozco desde hace unos años y nunca he visto a Colt Calloway mirar a nadie como te mira a ti.

Me pasé la lengua por el labio inferior y le eché otro vistazo furtivo.

—No pasa nada entre nosotros —mentí—. Lo nuestro ya es agua pasada. Si acaso, será solo que le ha entrado nostalgia.

Ella volvió a resoplar.

—Cariño, eso no era nostalgia. Ese hombre parecía dispuesto a follar contigo aquí mismo, en el maletero, mientras todos mirábamos, y estoy dispuesta a apostar a que habría sido un espectáculo de los de verdad.

—¡Maggie! —Le tapé la boca con la mano. ¿Por qué gritaba tanto?—. Colt y yo solo somos amigos —siseé, y ella sonrió bajo mi mano—. O al menos nos tratamos con cortesía, incluso con amabilidad —insistí, como si decirlo en voz alta lo hiciera real—. Eso es todo. Él tiene a Ruby. El rancho.

—Oh, amigos. Claro. —Maggie arqueó las cejas de forma sugerente—. Ah, lo que daría por un «amigo» que se pusiera tan cachondo conmigo que tuviera que tirarnos a los dos al lago para refrescarnos. Te juro que estaba a un pelo de sacarle un ojo a alguien con esa erección.

—Por favor, para. —Me tapé la cara con las manos, pero ella se echó a reír.

—¿Qué se siente al ser la favorita de Dios? Si ese vaquero me mirara como si estuviera a punto de follar conmigo hasta hacerme suplicar, me habría subido a él como a un árbol.

—¿Te callas ya? —Le di un codazo en las costillas, pero no pude contener la risa—. Ruby está a unos seis metros de aquí.

—Ah, así que de repente te preocupa que Ruby esté aquí. —Levantó las manos en señal de rendición, en broma, y yo me bebí el resto de mi margarita.

Colt y McCoy estaban metidos en el agua hasta el pecho, lanzándose a Ruby por el aire.

Cada vez que ella caía al agua con un chillido y un chapoteo, los hombros de Colt se sacudían de la risa.

McCoy la lanzó de nuevo hacia Colt, y él la atrapó con facilidad antes de que se sumergiera.

Él hundió la cara en su cuello, soplando contra su piel y dándole pequeños besos, y algo se retorció en mi pecho.

¿Qué demonios estaba haciendo?

—Mierda. Estás loca por él, ¿no? —dijo Maggie, pero esta vez el tono juguetón había desaparecido de su voz. Miró a Colt y luego sus ojos se posaron en mí.

Quería negarlo, hacer una broma, pero no pude.

En cambio, miré a Colt y a Ruby, la forma en que él la rodeaba con los brazos como si fuera lo más preciado del mundo, lo desinteresado que parecía su amor por ella.

En su día sentí esa naturalidad con él, y me odiaba a mí misma por querer volver a sentirla.

—No, de eso nada —dije, aunque mi voz escapó como un susurro—. Lo de Colt y yo fue hace mucho tiempo —dije, obligándome a volverme hacia Maggie—. Y él no es alguien a quien se olvide fácilmente.

Maggie extendió la mano y me apretó la mía, y sentí su palma firme y cálida.

—Mira —dijo, bajando la voz—. Puedo meterme en mis propios asuntos cuando tengo que hacerlo, sobre todo teniendo en cuenta que solo me has contado lo mínimo indispensable. —Frunció el ceño y yo solté una risita—. Pero si necesitas hablar de ello, sabes que estoy aquí, ¿verdad?

Asentí, agradecida por su apoyo.

—A veces desearía poder deshacerlo todo. Volver atrás, tomar una decisión diferente y ver cómo acaba todo.

Maggie esbozó una sonrisa, pero era de las tristes.

—Lo entiendo, de verdad. —Asintió—. Pero no puedes volver a tener huevos después de cascarlos para hacer un revuelto. Lo mejor que puedes hacer es freír otros diferentes y esperar que no se quemen.

Me reí, me reí desde lo más profundo de mi vientre, y el nudo en mi pecho se aflojó un poco.

—¡No os preocupéis, capullos! ¡Por fin ha llegado la fiesta!

—gritó Hunter; su voz nos llegó mientras bajaba tranquilamente por la pendiente cubierta de hierba hacia el lago.

De su mano derecha colgaba un pack de doce cervezas, mientras que con la izquierda agarraba de la mano a una morena de piernas larguísimas.

Maggie contuvo el aliento a mi lado, apretando el vaso de plástico hasta que crujió. Sus ojos se clavaron en Hunter solo unos segundos antes de deslizarse hacia la mujer que estaba a su lado, y su rostro se vistió con algo cuidadosamente inexpresivo.

Sus uñas repiquetearon contra el borde del vaso, muy rápido y muy en desacuerdo con la sonrisa forzada que esbozaba.

Me giré mientras ella apuraba su bebida de un solo trago y se acercaba a la nevera.

—¿Y tú qué? —le pregunté en voz baja, para que solo ella pudiera oírme—. ¿Vamos a hablar alguna vez de que es el ex de tu hermana, pero que cada vez que está cerca pareces haber visto un fantasma?

—Hoy no. —Ella negó con la cabeza mientras volvía a mirar en su dirección.

—Vale —dije, pasándole mi vaso vacío—. Entonces, sírveme otro margarita.