Cowboy casual Capítulo 17
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Capítulo 17

Colt

Ruby tenía la barbilla llena de pasta de dientes y me miraba a través del espejo, arrugando la nariz mientras hacía muecas y sonreía con el cepillo de dientes en la boca.

Escupió, ensuciándolo todo, antes de enjuagarse la boca y volverse hacia mí.

—Papá, ¿cuándo va a volver Blaire a casa?

Me apoyé en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, ignorando la inquietud que me retorcía las entrañas.

—Volverá pronto. Creo que ha ido a cenar con la señorita Maggie.

—No me gusta cuando no está aquí. —La voz de Ruby se apagó, y sus palabras me dieron de lleno en el pecho.

Apenas podía mirarla cuando cogí la toalla para limpiarle suavemente la barbilla; mi mente daba vueltas entre lo que debía decir y lo que deseaba que fuera verdad.

Le quité una mancha de pasta de dientes cerca del labio para ganar unos segundos, pero mis manos me traicionaban con su ligero temblor.

Abrí la boca para advertirla de que Blaire era algo temporal, de que la gente siempre acababa marchándose, pero al mirar esos ojos confiados, las palabras se me quedaron atascadas en algún lugar entre el pecho y la lengua.

—A mí tampoco —confesé, con la voz entrecortada.

Esbocé una sonrisa forzada que parecía más bien una mueca y algo dentro de mí se debatió entre el deseo de protegerla de la decepción y la necesidad de prepararla para ello.

Le aparté el pelo de la frente y luego le acaricié los mechones húmedos, dejando que mi mano se demorara un momento entre ellos.

La cogí en brazos, la llevé a su habitación y me dejé caer sobre el colchón con ella, haciendo volar los peluches, lo que le provocó a Ruby un ataque de risa.

Me rodeó el cuello con los brazos, apretándome fuerte, y luego se dejó caer hacia atrás sobre su montaña de unicornios, gatos, un perro azul de peluche bastante maltrecho y la sudadera de los Duke de Blaire que tenía metida debajo de la almohada.

—Hora de dormir, pequeña. —Aparté las sábanas, pero ella saltó de la cama y corrió hacia su estantería.

Recorrió con el dedito los lomos de los libros para decidir cuál iba a llevarse a la cama, y yo la contemplé con una sonrisa, aunque notaba cómo me latía el pulso en las sienes.

Nunca había sentido que la casa estuviera vacía antes de que llegara Blaire, ni siquiera en todos esos años en que solo estábamos Ruby y yo.

Pero en ese momento podía sentir su ausencia por todas partes, porque se había hecho un hueco en nuestras rutinas.

En contra de todos los instintos que me gritaban que tuviera cuidado, la había invitado a formar parte del frágil ritmo que habíamos construido.

Y, con ella fuera solo por una noche, el silencio era ensordecedor.

Miré el móvil. No había notificaciones. Debería haberlo guardado, pero mi pulgar se posó de todos modos sobre el nombre de Blaire.

Escribí un mensaje y lo borré. Volví a teclear y mi dedo se quedó inmóvil sobre la pantalla, en un pulso entre la fuerza de echarla de menos y mi orgullo, pero al final pulsé la tecla para enviarlo.

Yo: ¿Estás bien?

Ruby sacó un libro de la estantería, Donde viven los monstruos, y se metió en la cama con él pegado al pecho .

—Típico —dije; ella se acurrucó bajo las sábanas y yo cogí el libro. Justo cuando me estaba acomodando, el teléfono vibró contra mi pecho. Lo cogí rápidamente y miré la pantalla.

Blaire: Sí.

Y eso era todo. Una sola palabra.

Me quedé mirando la pantalla con el ceño fruncido, hasta que Ruby empezó a darme patadas con impaciencia. Entonces dejé el teléfono y abrí el libro. Leí el cuento con la cabeza de Ruby apoyada en mi pecho, y ya iba por la mitad cuando me miró con ojos somnolientos.

—¿Blaire está enfadada con nosotros?

Había hablado con una seriedad a la que no estaba acostumbrado a verle a mi pequeña.

Recordé los últimos días de su madre y la confusión que permaneció después en la expresión de Ruby durante meses.

Era muy pequeña, pero Becca seguía siendo su madre.

Y no quería volver a ver jamás esa expresión en su rostro.

Tensé la mandíbula.

—Por supuesto que no, cariño. Solo está pasando el rato con su amiga.

—Yo soy su amiga. —Ruby frunció la nariz, y, joder, quería protegerla del mundo. Quería evitar que se le rompiera el corazón si Blaire decidía marcharse otra vez, aunque una parte de mí sabía que estaba igual de aterrorizado por mí mismo.

—Es verdad, pero Maggie es su amiga aburrida y, a veces, los adultos necesitamos hablar de cosas aburridas durante un rato.

Ruby asintió, como si lo que había dicho tuviera todo el sentido del mundo, y sus ojos volvieron a cerrarse por el sueño.

—¿Le pedirás que me haga trenzas antes de ir al colegio?

—Lo haré —susurré, y me quedé así un rato, escuchando su respiración superficial y algún que otro ronquido suave.

Dejé el libro a un lado, con cuidado de no perturbar a Ruby, que me agarraba el brazo, y alcé la mano para apagar la lámpara. La habitación quedó sumida en la oscuridad, salvo por la luz de la luna que se colaba por el hueco de las cortinas, salpicando un pálido resplandor sobre su mejilla.

La casa estaba en silencio, y yo, solo con mis pensamientos y una inquietud de la que no podía deshacerme. Volví a coger el móvil y la pantalla me iluminó el rostro. Mi pulgar se cernió sobre el teclado mientras escribía una docena de mensajes diferentes y los borraba todos, uno por uno.

El recuerdo de la cara de Blaire en la panadería esa mañana me perseguía.

Sus ojos marrones se habían abierto de par en par al verme, tanto que pude ver el destello dorado en sus iris antes de que se nublaran de dolor.

Se había apresurado a salir después de que Chelsey se abalanzara sobre mí y me preguntara por nuestra cita, y ni siquiera se había vuelto cuando la había llamado por su nombre.

No tenía una cita con Chelsey Leland. Por Dios. Se me revolvía el estómago solo de pensarlo. Claro, era guapa, pero cada vez que me sonreía, lo único que oía era su voz rebotando en las taquillas metálicas, con ese apodo cruel que le había dado a Blaire extendiéndose por los pasillos como veneno.

«Follahermanos».

Todavía me rechinaban los dientes al recordarlo.

En aquel entonces, habría querido ponerme delante de Blaire para protegerla de esos susurros con mi propio cuerpo.

Y, siendo sincero, una parte irracional y posesiva de mí no soportaba oír su nombre asociado a nadie más que a mí, ni entonces ni en ese momento; ni aunque se tratara de mi propio hermano.

Pero Mia, la hija de Chelsey, y Ruby eran inseparables en el colegio, y no podía privar a mi hija de esa amistad solo porque la mano de Chelsey se quedara demasiado tiempo en mi brazo cada vez que hablábamos.

No había hecho nada malo, así que ¿por qué me sentía tan culpable?

Dejé caer el teléfono sobre mi pecho, con la esperanza de que su peso me inmovilizara y me impidiera hacer alguna tontería.

Ruby se retorció en sueños, se dio la vuelta y murmuró algo que no pude entender.

Le aparté el pelo de la frente, deseando poder conseguir que su mundo fuera sencillo y se mantuviera ajeno a toda esa mierda de adultos que me tenía despierto por las noches.

El silencio se hizo insoportable hasta que mi pulgar volvió a la carga, desplazándose arriba y abajo por el chat, buscando algo menos patético que decir, pero no se me ocurrió nada.

Yo: Ruby pregunta por ti. Te echa de menos.

Lo envié, sabiendo que estaba usando a mi hija como excusa, y Blaire respondió casi al instante.

Blaire: Dile que pasaremos un rato juntas por la mañana, antes de que se vaya al colegio.

Eché un vistazo a Ruby, que dormía con el pecho subiendo y bajando en la penumbra, y luego volví a mirar la pantalla.

Yo: Te ha llegado un envío de etiquetas. Tienen buena pinta. Pero ¿qué leches es una brida de fresa?

Esta tarde había abierto la caja, sin darme cuenta de que era suya, y no pude evitar reírme al ver las bonitas etiquetas en tonos pastel, llenas de fresitas rojas que llevaban todas un sombrero de vaquero.

Blaire: Mermeladas de June - Colección Cowboy. «Bridas de fresa», «Fresas de la novia del vaquero», «Rodeo de frambuesas», «Las cerezas del cowboy», «Arre, uvas».

Me eché a reír al leer la lista. Esa era la chica que una vez había activado la alarma antiincendios preparando macarrones con queso de caja, subida a una silla y sacudiendo un paño de cocina mientras maldecía como un marinero.

Cuando Blaire creía en algo siempre tenía la misma mirada, como si pudiera ver lo que era de verdad importante.

Me bajé con cuidado de la cama de Ruby con el móvil en la mano. Miré a mi chica por última vez antes de cerrar la puerta en silencio.

Yo: ¿Me estás tomando el pelo?

Blaire: ¡No! Ya tenemos pedidos. Y June me ha dicho que deberías ser el modelo de la marca, así que prepara ese cuerpo, vaquero.

Me invadió una extraña punzada de nervios. No sabía si me estaba tomando el pelo, pero la idea de que ella pensara en mi cuerpo me aceleró el pulso.

Yo: Tengo casi treinta años. ¿Quién va a querer ver mi cuerpo?

Los globos de diálogo iban apareciendo a medida que escribía, y joder, qué bien me sentaba hablar con ella así.

Blaire: Ah, sí, claro, quién iba a querer ver el six-pack de un cowboy que, encima, es padre soltero.

Yo: ¿Cómo sabes que tengo un six-pack ?

Blaire: Bueno, hace mucho que no te veo desnudo, pero sería muy triste si no siguiera ahí.

Sus palabras me pillaron desprevenido. Una sensación de calor me invadió, lo que me hizo cambiar el peso del cuerpo y apoyarme contra la encimera. Tragué saliva con dificultad, consciente de repente de cada centímetro de tela vaquera contra mi piel.

Blaire: ¿Y si se lo pregunto a ese vaquero que conocí en el Dusty Spur? ¿Cómo se llamaba?

La sangre me hirvió en las venas, acallando cualquier pensamiento racional.

Me estaba provocando, y maldita sea, estaba funcionando.

Yo: Eso no va a pasar, joder.

Blaire: Bueno, no está en tu mano impedirlo.

Su siguiente mensaje llegó tan rápido que no tuve tiempo de responder al primero.

Blaire: Aunque probablemente también debería verlo desnudo. ¿Qué clase de mujer de negocios sería si no llevara a cabo un control de calidad?

Me poseyeron las ganas de ir corriendo al pueblo, cogerla al hombro y llevarla a casa. En lugar de eso, apreté la mandíbula y le envié otro mensaje.

Yo: Blaire Wilma Monroe, no me toques los cojones.

Blaire: Colt Oliver Calloway, no me digas lo que tengo que hacer.

Me crujió el cuello al girarlo, en un intento por aliviar la tensión que se acumulaba en mi interior. Era un intento inútil por calmar el deseo que sentía por ella y por esa boca que sabía de sobra cómo sacarme de quicio.

Yo: ¿Vas a volver pronto?

Blaire: ¿Por qué? ¿Me echas de menos?

Se me aceleró el corazón, una oleada de esperanza que intenté sofocar de inmediato.

Dios, tenía que darme cuenta de lo que estaba haciendo.

Pero antes de que pudiera decidir si responderle con sinceridad o ir a lo seguro, llegó el siguiente mensaje, como si se arrepintiera de haberme dado esa oportunidad.

Blaire: Estoy cenando con Maggie. No tardaré mucho.

Me puse a pasear de un lado a otro del salón, pasándome la mano libre por el pelo.

Yo: Dale recuerdos a Maggie de mi parte. Y sí, siempre te echo de menos.

Me quedé mirando lo que había enviado, con el pulso tan acelerado que lo notaba en las yemas de los dedos. Esas palabras ardían en la pantalla como una confesión arrancada de mis entrañas que no podía retirar.

Los tres puntos aparecieron, desaparecieron y volvieron a aparecer.

Me quedé sin aire mientras esperaba su respuesta.

Blaire: Si necesitabas compañía, deberías haber invitado a Chelsey a cenar.

—Joder —maldije entre dientes, volviéndome para mirar por la ventana, donde la luz de la luna se derramaba sobre el lago.