Capítulo 18
Colt
No podía culparla por estar molesta por lo de Chelsey, pero, joder, yo también tenía mis propios motivos para estar cabreado con ella.
Cada vez que intentaba ordenar mis pensamientos, se enredaban entre sí como alambre de púas.
Esa mañana, en la panadería, había pasado junto a mí sin mirarme, y me había estado evitando desde la primera noche.
Desde aquella noche en el pasillo, cuando estuve a punto de ir demasiado lejos.
Pero aún podía sentir cómo su cuerpo se pegaba al mío y su suave jadeo cuando mi mano le rozó el cuello.
Ese simple recuerdo hacía que mi pene se tensara dolorosamente dentro de los vaqueros.
Podía fingir indiferencia, pero aquella noche había visto la verdad reflejada en su rostro.
Su cuerpo se rendía de un modo que no podían disimular sus palabras.
Y si Ruby no nos hubiera interrumpido en ese momento, habría traspasado todos los límites, habría derribado todas las barreras entre nosotros, sin importarme las consecuencias.
«Un error de juicio», me había llamado. Como si yo fuera como el capullo que la había engañado después de pedirle que fuera su mujer. Su voz había sonado demasiado monótona al decirlo, como si la infidelidad de él no fuera más que un pequeño inconveniente que ya había olvidado.
Quería matarlo.
Quería empotrarla contra la pared, suplicarle hasta que su boca obstinada cediera bajo la mía, hasta que su aliento se convirtiera en jadeos entrecortados contra mis labios.
Quería que viera lo horrible que había sido lo que él le había hecho, borrar hasta el último recuerdo de ese imbécil inútil que la había hecho sufrir.
Y también quería borrar mis propios pecados, quemar los años de remordimiento con el calor de su piel contra la mía.
La deseaba con un ansia que acallaba la razón.
Tendría que haberme ido a la cama y haber dejado que esa obsesión por ella se ahogara en la oscuridad, pero el calor que se extendía por mi cuerpo era insoportable.
Me metí el móvil en el bolsillo, abrí la nevera de un tirón tan fuerte que las botellas traquetearon y cogí una cerveza.
Intenté respirar mientras desenroscaba el tapón, con los músculos del antebrazo tensándose con cada vuelta.
Necesitaba aire.
Abrí la puerta de Ruby un último momento, observando cómo su pequeño pecho subía y bajaba, y luego salí a hurtadillas con el corazón latiéndome tan fuerte que apenas pude oír el clic de la puerta al cerrarse detrás de mí.
Las cadenas crujieron bajo mi peso cuando me dejé caer en el columpio del porche.
Me ardía la piel a pesar del frío de la noche y respiraba de forma superficial; la superficie plateada del lago se burlaba del caos que reinaba en mi interior con su perfecta quietud.
Clavé los dedos en mi muslo y me dije a mí mismo que debía calmarme de una vez.
Blaire ya no era mía, y yo no tenía derecho a alterarme tanto por una chica que seguramente iba a marcharse de nuevo en cuanto se diera cuenta de que el pueblo no tenía nada que ofrecerle.
Intenté convencerme de que se trataba de nostalgia, la misma clase de nostalgia que te invade cuando hueles la hierba recién cortada y recuerdas las noches de tu infancia, con luciérnagas y risas.
Me había convencido mil veces de que ya la había olvidado, y de que lo que alguna vez tuvimos había muerto hasta quedar enterrado bajo años de separación y pena.
Entonces éramos unos críos. No habíamos sido más que dos personas jóvenes, imprudentes y locamente enamoradas la una de la otra. Solo había sido una ilusión.
Pero eso era una tontería, e incluso en ese momento podía sentir cómo la mentira me arañaba la piel.
Me decía a mí mismo que estaba enfadado por el bien de Ruby; que no quería que Blaire entrara y saliera de la vida de mi hija haciendo promesas que no podía cumplir. Pero, si era sincero, si lo analizaba a fondo, lo que no quería era que Blaire se me escapara de las manos otra vez.
Y eso me aterrorizaba. Una cosa era cómo la deseaba cuando éramos niños, pero cómo la deseaba en ese momento, con Ruby durmiendo sobre su vientre, era una falla que se abría a lo largo de toda mi vida.
Me bebí la mitad de la cerveza de un solo trago y me limpié la boca con el dorso de la mano. La botella fría sudaba contra mi palma, anclándome al momento presente, pero mi mente seguía divagando hacia ella por mucho que tratase de evitarlo.
La idea de que se fuera otra vez me ponía enfermo, así que aparté la vista del lago y miré hacia el largo camino de entrada que serpenteaba entre los árboles. La luz que iluminaba el camino lo teñía todo de amarillo, y más allá de él, el mundo era negro e infinito.
Me obligué a inspirar y espirar con los dientes apretados y escuché los sonidos de la noche. El agua lamía el muelle, el viento susurraba entre las hojas y, finalmente, me llegó el crujido de unos neumáticos sobre la grava.
Los faros trazaron un lento arco sobre el porche en penumbra. Los vi acercarse lentamente, con el motor vibrando a coro con el chirrido de los grillos, y cada nervio de mi cuerpo se tensó con la expectación.
No me moví. Me quedé sentado en el columpio del porche y la vi acercarse.
Su coche se detuvo al borde de la grava, con los faros iluminando la fachada de mi casa, y, por un momento, no pasó nada.
Se quedó allí dentro, con las manos en el volante, y su silueta apenas se distinguía a través del resplandor del parabrisas.
Me preguntaba si me habría visto, si habría notado cómo la miraba. Le di otro trago a la botella, con ese sabor amargo, y me obligué a permanecer quieto.
Blaire por fin apagó el motor y abrió la puerta del coche. La luz del porche la iluminó al salir a la fresca noche. Se quedó allí, con la incertidumbre reflejada en su rostro, antes de enderezar los hombros y dirigirse hacia mí.
Estaba la hostia de guapa.
Cada paso que daba hacia la puerta me cortaba la respiración, y para cuando llegó al primer escalón del porche, apenas podía contenerme.
Buscó a tientas la barandilla, y hasta su forma de respirar, entrecortada, superficial y desafiante, me indicó que había estado ensayando ese enfrentamiento durante todo el trayecto por el sendero de entrada.
Aún no había mirado hacia mí, no había reparado en mi presencia, y casi llegó a la puerta antes de que me viera obligado a hablar.
—¿Te lo has pasado bien?
Se sobresaltó al oírme, se estremeció tanto que se llevó la mano al pecho, y al instante me arrepentí de no haberle avisado de que estaba ahí, sentado en la oscuridad.
—Me has dado un susto de muerte —jadeó, y pasó la vista de mí a la puerta.
—Pero en lugar de echarse atrás, se cruzó de brazos, con una sonrisa burlona ya formándose en la comisura de los labios.
Me miró directamente a los ojos, sin vacilación y sin pestañear—.
Ah, no me digas… ¿Me he metido en un lío?
—preguntó, con voz baja y burlona—. Nunca me había pasado lo de tener a papá esperándome en el porche.
La palabra «papá» que salió de sus labios me golpeó como un cable eléctrico; esas sílabas vibraron entre nosotros y me olvidé de cómo respirar.
Contemplé los labios de Blaire como si fuera a repetirlo, como si el sonido en sí mismo pudiera partirme en dos y ponerme de rodillas.
Apreté el puño alrededor de la botella hasta pensar que el cristal iba a hacerse añicos, y me moví en el columpio, de repente demasiado consciente de lo cerca que estaba ella.
—No me llames papá a menos que quieras que te ponga sobre mi regazo. —Las palabras salieron como un gruñido.
Blaire se quedó paralizada, y vi cómo se le abrían los ojos y un rubor rosado se extendía por sus mejillas. Parpadeó una vez, dos veces, y luego abrió la boca como si fuera a replicar, pero no salió nada de sus labios.
Se aferró con fuerza a la correa de su bolso, y no apartó la vista de mí mientras la amenaza y la promesa de lo que había dicho danzaba en el aire.
Observé cómo se le movía el cuello al tragar saliva con dificultad, y me pregunté si su mente, al igual que la mía, estaría reviviendo la última vez que la tuve en mi regazo: el roce aterciopelado de su lengua, la forma desesperada en que le agarré el pelo con las manos, cómo me miró como si nunca hubiera confiado tanto en nadie en toda su vida.
Se humedeció los labios, vaciló y luego soltó un suspiro tembloroso.
—No puedes decirme cosas así.
Ninguno de los dos se movió. El aire nocturno vibraba entre nosotros, el sonido de los grillos y las cigarras se desvanecía de fondo, mientras el silencio se prolongaba. Podía ver cómo le latía el pulso en el cuello, y me moví en el columpio, haciendo crujir las cadenas.
—¿Por qué no? —dije en voz baja, agachando la cabeza—. Has empezado tú.
Puso los ojos en blanco, pero el rubor de sus mejillas no hizo más que intensificarse.
—Madura, Colt. No puedes decir cosas así porque esto —nos señaló— no es nada.
La única razón por la que acepté quedarme aquí fue porque dijiste que podríamos comportarnos como adultos y que eso no era complicado.
Así que no lo compliques. —Hizo una pausa, tragó saliva con dificultad y me miró fijamente a los ojos—.
Lo que pasó entre nosotros quedó en el pasado. Tú no me quieres y yo no te quiero.
Ella quería hacerse la indiferente, actuar como si yo no le hubiera calado hondo, pero yo lo había visto en la panadería. Había visto cómo había perdido la compostura cuando Chelsey me había tocado, cómo le temblaban las manos al salir de allí, furiosa.
Esperé en silencio, hasta que ella apartó la vista, parpadeando con fuerza en la oscuridad.
—¿Sabes? —dije, dejando que las palabras flotaran entre nosotros—. Para ser alguien que no me quiere, hoy has hecho un trabajo increíble fingiendo estar celosa.
Frunció los labios y se dio la vuelta.
—No estaba celosa —espetó—. Pero sabes lo mucho que odio a Chelsey, sabes lo mala que fue conmigo antes de…
Antes de que se fuera.
Me levanté del columpio, que hizo ruido a mi espalda, y todo su cuerpo se tensó.
—¿Me estás diciendo que te has ido enfadada por culpa de Chelsey y no porque me ha puesto las manos encima delante de ti?
Dejó caer los brazos a los costados y apretó los puños.
—A veces eres un auténtico capullo —susurró, con un ligero temblor en la voz.
Me acerqué, acortando la distancia entre nosotros, lo bastante cerca como para que su aroma me envolviera.
—¿De verdad crees que me importa una mierda Chelsey o cualquier otra chica de este condado?
¿De verdad crees que alguna vez estaría con alguien que te hubiera hecho daño?
Hoy te has enfadado conmigo sin motivo alguno.
—La miré a los ojos y vi allí vulnerabilidad y pena.
Sabía exactamente por qué Chelsey la había hecho enfadar, porque yo lo sentía cada vez que pensaba en Grant—.
Pero lo que me cabrea, Blaire, es pensar en ti.
—Ella se puso a la defensiva, pero yo ya estaba agotando cualquier atisbo de moderación que me quedara—.
No puedo dejar de pensar en él, en ese imbécil que te tuvo.
—Las palabras se me escaparon de los labios—.
El que te engañó. Ese cabrón que no te merecía te tuvo en su cama, tuvo derecho a tocarte, te puso un maldito anillo en el dedo y tuvo la osadía de mirar a otra persona.
—Ella se quedó pálida de golpe—. Él te tuvo por entero, tuvo todo eso que me persigue en la oscuridad cuando no puedo dormir, y te trató como si no fueras suficiente.
El aire se le escapó de los pulmones y parpadeó con fuerza, con los ojos llorosos y airados.
—Eso no es asunto tuyo, Colt. Tú también me trataste como si no fuera suficiente.
Sus palabras deberían haber sido un muro, un límite claro que yo no debía traspasar, pero lo único que hicieron fue encenderme.
Di otro paso hacia delante, hasta quedar lo bastante cerca como para que la luz del interior de la casa se reflejara en su mejilla, lo bastante cerca como para sentir el calor que desprendía su piel y percibir el ligero temblor de sus labios.
—Quizá lo hice. —Se me crispó un músculo en la mandíbula—.
Pero eso no me impide querer matar a ese cabrón.
No soy el mismo crío que era cuando te dije que te fueras, cuando dejé que el mundo decidiera en quiénes nos convertiríamos.
Ahora tengo una hija, Blaire. Tengo toda esta vida.
—Alcé la mano y señalé la casa y la finca que nos rodeaban—.
Y nada de eso me impide seguir queriéndote.
Puede que tú no me quieras, pero que te quede claro que yo nunca he dejado de quererte, joder.
Me agaché lentamente, dándole la oportunidad para que apartara la cara, para que diera un paso atrás o me detuviera antes de que hiciera algo de lo que iba a arrepentirme, pero ella no se movió: cuando mi frente tocó la suya, cerró los ojos y nos quedamos allí, suspendidos entre el pasado y el presente.
Mi cuerpo ardía de deseo por acortar el último centímetro de distancia que nos separaba, por volver a saborearla después de todos esos años.
El ansia me invadió por completo y, en ese instante, lo vi con toda claridad.
Éramos gasolina y cerillas, una colisión que no iba a dejar tras de sí más que un rastro de cenizas.
—Entra, Blaire —dije, con la voz ronca por todo lo que estaba conteniendo mientras daba un pequeño paso para alejarme de ella—. Antes de que deje de fingir que me queda algo de autocontrol cuando se trata de ti.
Me miró a los ojos.
—No puedes decirme lo que tengo que hacer.
La cruda vulnerabilidad que vi en su expresión me destrozó por dentro.
Su respiración era superficial y rápida, y todo su cuerpo temblaba con la misma necesidad violenta que me estaba desgarrando las entrañas.
Pero, bajo el deseo, capté un destello de algo que me dejó paralizado.
Reconocía esa mirada. Yo mismo la había provocado una vez, cuando había destruido todo lo que había entre nosotros.
Y esa noche había vuelto a provocársela con mi mala lengua y mi mal genio. Si hubiera cubierto ese último centímetro que nos separaba, ella me lo habría dado todo, pero se habría arrepentido al llegar la mañana.
—Entra —repetí, bajando la voz hasta convertirla en una orden gutural que me arañaba la garganta. Ella me miró fijamente, con el pecho subiendo y bajando rápidamente. Luego se dio media vuelta y huyó por la puerta, y yo me obligué a no seguirla.