Capítulo 16
Blaire
La campanilla tintineó cuando empujé la puerta y sentí el aroma de la vainilla y el azúcar caramelizado.
Y el repentino silencio que se apoderó de la sala.
Apreté con más fuerza la caja de fresas contra mí; los bordes ásperos se clavaron en mi piel, y me obligué a avanzar bajo el peso de sus miradas.
Había pasado mucho tiempo desde que la última vez que había estado en el pequeño pueblo de Willow Grove, pero había una cosa de la que estaba segura: la gente de ahí era muy cotilla. Eso no había cambiado.
La pastelería de Maggie —Darlin’ Delights— estaba abarrotada de caras conocidas en todas las mesas.
Esbocé una sonrisa cortés mientras me dirigía hacia la vitrina de tartas, pero se me borró de la cara en cuanto posé la mirada en Chelsey Leland.
Era una antigua reina de las carreras de barriles, iba un curso por encima de mí y era la chica que había convertido mi vida en un auténtico infierno en segundo de secundaria.
Se había encargado de que todo el mundo en nuestro colegio supiera mi «secretito»: que, supuestamente, no podía decidirme entre los hermanos Calloway, y el apodo de «follahermanos» me persiguió por los pasillos durante el resto del año.
Sin embargo, Chelsey se equivocaba. Mi corazón pertenecía a un hermano, no a los dos, y ella estaba cabreada porque el chico al que yo amaba era el mismo que ella quería. El chico de oro cuya simple sonrisa hacía que todas las chicas de Willow Grove se quedasen sin aliento.
Amar a Colt no era nada raro, pero él lo había hecho muy fácil.
Chelsey estaba sentada con sus amigas, con su coleta rubio miel balanceándose al ritmo de sus carcajadas. En cuanto me vio, su sonrisa se torció y se levantó. Atravesó la tienda en un par de segundos y a punto estuvo de derribar a un niño pequeño en su prisa por llegar hasta mí.
—No me lo puedo creer —dijo con voz melosa, mirándome de arriba abajo—. Si es la mismísima Señorita Fresa.
Dejé la caja de fresas sobre la encimera y Chelsey se acercó.
—Hola, Chelsey —logré decir, con la mandíbula tensa. Mis dedos se aferraron al borde de la caja—. ¿Cómo estás?
—Bien. —Le dio un sorbo a su café helado, y sus labios dejaron un perfecto borde rojo en la pajita.
El hielo de su vaso tintineó cuando lo agitó, sin apartar los ojos de los míos—.
Regresé después del divorcio. Mi padre necesitaba ayuda con los caballos.
—Dijo «divorcio» como si fuera una medalla de honor—.
He oído que estás en casa de June. Pensaba que no ibas a volver nunca.
—Sí, bueno. —Me encogí de hombros y finalmente me volví para mirarla de frente—. No entraba en mis planes.
Los ojos de Chelsey recorrieron cada centímetro de mi cuerpo, fijándose en mis vaqueros sucios y en la camiseta gastada que me quedaba un poco pequeña.
—¿Sabes? —dijo ella, bajando la voz—. Te vi en la tele el año pasado. En tu fiesta de compromiso en Raleigh. La mujer de mi primo trabaja en una empresa de allí, y estábamos hablando de lo afortunada que eras por haber conseguido a ese inversor. ¿Qué pasó? ¿Seguís comprometidos?
Tragué saliva al recordar con todo detalle lo que había pasado; aquellas fotos seguían en mi ordenador, por si acaso.
—Grant y yo lo hemos dejado. No funcionaba.
Chelsey arqueó las cejas y abrió mucho los ojos, en lo que parecía una auténtica sorpresa.
—Había oído que era alguien muy importante. No me puedo creer que lo hayas dejado —comentó en voz demasiado alta, de modo que toda la cafetería pudiera oírlo—. Supongo que eso significa que te vas a quedar por aquí un tiempo, ¿o vas a irte otra vez a la ciudad?
—Ahora mismo estoy echándole una mano a June en la granja.
—Me crucé de brazos y le eché un vistazo al espacio que había detrás del mostrador.
¿Dónde demonios estaba Maggie? Mi dedo encontró el timbre de servicio que había sobre la barra y lo pulsé con más fuerza de la necesaria—. Vamos a vender sus mermeladas.
—¿Mermeladas? —Chelsey soltó una risita burlona y yo me puse a la defensiva—.
Y yo que pensaba que quizá habías vuelto a casa por Colt.
Ya sabes, ahora que está soltero y todo eso…
—Su voz rezumaba falsa preocupación—. ¿O es que vosotros dos ya…
? —Hizo un pequeño gesto con los dedos que podía significar cualquier cosa, pero sus ojos lo decían todo.
Se me hizo un nudo en la garganta, pero la miré a los ojos, negándome a darle lo que quería.
—¿Sabes qué? Puede que seas la única persona de este pueblo a la que le importe más mi vida sentimental que a mí misma, Chelsey.
Sonrió, ladeando la cabeza como un depredador que estudia a su presa.
—Oh, no me importa en absoluto. —Sus ojos se deslizaron de mis botas sucias a mi pelo revuelto, registrando cada imperfección—.
Colt, por otro lado… Bueno, se suponía que iba a llevarme a ese sitio nuevo en Belmont este fin de semana, pero hace unos días que no sé nada de él.
He pensado que estaba con el rancho, pero…
Me mordí el interior de la mejilla. Por un instante, me vi agarrándola de la coleta y tirando de ella hasta que esos perfectos mechones rubios se desprendieran y quedaran en mi puño.
Chelsey no sabía nada, absolutamente nada, sobre Colt y yo, y sin embargo ahí estaba, pronunciando su nombre como si fuera suyo.
Ella no sabía que yo dormía bajo su techo ni cómo sus dedos habían recorrido mi cuello en el pasillo de su casa hacía tres noches, hasta que lo había apartado de un empujón y le había dicho que eso no iba a volver a pasar.
Tampoco sabía que había aprendido a esperar el rugido de su motor cada mañana, escondida en mi habitación hasta que sus neumáticos crujían sobre la grava.
Se había convertido en un ritual diario de abnegación que mi pulso acelerado delataba con cada segundo que pasaba.
Pero, había que reconocerlo, funcionaba. Apenas hablábamos cuando Ruby no estaba presente.
—¿Estáis follando? —Arrugó la nariz como si la idea le repugnara, y yo me estremecí ante su pregunta—. Porque no me interesa salir con él si…
—¿Si qué? —pregunté, con un nudo de posesividad en la garganta—.
¿Si estamos follando? —La miré fijamente, observando su reacción ante lo que acababa de decir.
Sabía que debía parar, pero era incapaz de contener el torrente de palabras—.
Incluso aunque no lo hiciéramos ahora mismo —me acerqué a ella, bajando la voz como si le estuviera contando un pequeño secreto solo entre nosotras, las chicas—.
Me lo he tirado de formas que ni te imaginas, Chelsey.
—Me eché hacia atrás lo justo para ver cómo se le abrían los ojos—.
No hay ni un solo centímetro de Colt Calloway que no conozcan ya mis manos.
Chelsey se quedó con la boca abierta antes de cerrarla de golpe, con los labios apretados en una delgada línea roja. Sus fosas nasales se dilataron y su compostura maliciosa, tan bien ensayada, se desvaneció como un letrero de neón a punto de apagarse.
Se estremeció cuando la puerta detrás del mostrador se abrió de par en par, y yo di un paso atrás, sin creer lo que acababa de decir.
Maggie salió de la trastienda de la panadería, con el pelo escapándose de las horquillas y un poco de harina en el lado de la nariz.
Llevaba un delantal rosa con cerezas y la inscripción «Darlin’ Delights» en la parte delantera.
—Chelsey, guapa —dijo Maggie, limpiándose las manos en el delantal—. ¿Por qué no la dejas en paz? Apenas son las ocho y media de la mañana y ya le estás dando la lata sobre qué hombres va a quitar de tu lista.
Chelsey se volvió hacia ella con el ceño fruncido, pero Maggie se limitó a mirarla fijamente con los brazos en jarras.
—Solo le estaba dando la bienvenida a casa —mintió Chelsey.
Maggie soltó una risita y se concentró en la caja de fresas. Cogió una de la parte de arriba y la hizo rodar entre los dedos con un gesto de aprobación.
—Tienen una pinta estupenda, Blaire.
Espiré, sintiendo cómo la tensión se desvanecía de mis hombros al tener a Maggie junto a mí.
—Las he recogido esta mañana. También tengo mermeladas de la marca Las Mermeladas de June en el maletero. Te vas a volver loca cuando veas lo bonito que es el envase.
A Maggie se le iluminaron los ojos al coger la caja.
—Justo a tiempo. Tengo un rincón especial preparado para ellas, justo al lado de los cruasanes.
— Me guiñó un ojo antes de volverse hacia Chelsey con una sonrisa melosa—.
Hay cosas que siempre parecen destinadas a estar juntas, ¿no?
—Su mirada se posó significativamente en mí y luego en la puerta—. Siempre ha sido así.
Me giré al oír la campanilla y vi a Colt entrando con aire despreocupado en la cafetería.
—Buenos días, Colt —saludó alguien desde el otro lado de la sala, y vi cómo Chelsey se ponía tensa en el mismo instante en que mi propio cuerpo me traicionaba con una sacudida.
Debía de haber venido directamente después de dejar a la niña en el colegio, porque esa mañana había calculado mi huida precisamente para evitar coincidir con él, y me había escabullido mientras su camioneta aún estaba en la entrada con el motor en marcha.
Colt llevaba el sombrero de vaquero calado hasta los ojos, pero no podía ocultar el ángulo marcado de su mandíbula ni la forma de su boca, que yo había memorizado hacía años. Y ese bigote, Dios…, ese bigote habría tenido que ser ilegal.
El corazón me latió con fuerza contra las costillas antes de que mi cerebro pudiera recordarle que se comportara. A nuestro alrededor, la gente le daba los buenos días mientras las sillas rozaban el suelo, y media docena de hombres se levantaron para estrecharle la mano.
El chico de oro de Willow Grove de pies a cabeza.
Encajaba tan bien en ese lugar que yo ya no estaba segura de dónde pertenecía.