Cowboy casual Capítulo 15
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Capítulo 15

Colt

Estaba guardando los últimos platos cuando oí que se cerraba el grifo de la ducha. Se me resbaló un vaso de las manos y estuve a punto de dejarlo caer; me costaba concentrarme sabiendo que ella estaba al final del pasillo, descalza sobre mis baldosas y con el agua resbalándole por la espalda.

Me agarré al borde de la encimera mientras la imaginaba pasando una de mis toallas por su piel, con el pelo húmedo pegado a la nuca y un rubor extendiéndose por sus clavículas.

—Papá —llamó Ruby desde el sofá, y me sobresalté tanto que casi rompí el vaso.

Me sequé las manos con un paño de cocina e intenté convencerme a mí mismo de que debía calmarme de una vez. Blaire iba a estar en mi casa durante semanas, y ese era solo el primer día.

—¿Sí, cariño? —Levanté la vista hacia Ruby e intenté aparentar que no era un hombre de veintinueve años que se estaba volviendo loco por culpa de la chica que estaba en su casa.

Ella estaba acurrucada en el extremo más alejado del sofá, con los dos pies asomando por debajo de una vieja colcha.

—¿Me estás escuchando? —preguntó; se puso de rodillas para mirarme por encima del respaldo del sofá.

—Lo siento. —Me pasé una mano por la cara y esbocé una sonrisa débil—. Ha sido un día muy largo.

—¿Sigue en pie lo de la noche de cine? Blaire y tú estáis tardando una eternidad. —Hizo un puchero antes de señalar la tele, donde ya estaba puesta Enredados . Era la peli favorita de Ruby, y la única que veíamos casi siempre, con la excepción de Moana .

—Vale, vale. —Levanté las manos en señal de rendición—. ¿Por qué no la pones mientras voy a buscar a la invitada de honor?

Ella asintió y pulsó el play, y yo estiré el cuello al salir de la cocina.

Apenas había puesto un pie en el pasillo cuando se abrió la puerta del baño y Blaire salió envuelta en una nube de vapor.

Llevaba una camiseta vieja que le quedaba holgada y demasiado ancha en el cuello, y unos pantalones cortos de dormir que apenas le llegaban a la parte superior de los muslos.

La luz se reflejaba en sus piernas desnudas y sentí un impulso irresistible de acercarme a ella y deslizar una mano por su piel para comprobar si estaba tan caliente como parecía.

Se quedó inmóvil al verme, con la mano apoyada en el marco de la puerta. Tenía el pelo mojado, que le caía en perfectos rizos, y me miró parpadeando, con esas pestañas tan largas y con la boca apretada en una línea suave, como si se estuviera preparando para una pelea.

—Ruby está esperando por ti —dije, porque si intentaba añadir cualquier otra cosa, iba a hacer el ridículo.

—Creo que voy a irme a la cama.

Odiaba que no me mirara a los ojos.

—¿Estás segura? Tenemos Enredados listo para ver, y Rapunzel es toda una reina por aquí. Nunca nos perdemos nada de ella.

—Yo… —Blaire dejó la frase en el aire y negó con la cabeza, como si quisiera sacudirse de encima cualquier pensamiento que le rondara por la cabeza.

—Solo es una película, Blaire. —Me crucé de brazos—.

Vas a romperle el corazón a Ruby si no vienes.

—Era un golpe bajo y lo sabía, pero no estaba preparado para que se fuera a la cama.

Lógicamente, sabía que iba a estar ahí durante semanas, pero había una parte de mí que temía que entrara en esa habitación y que cuando nos despertáramos al día siguiente se hubiera ido.

Entrecerró los ojos, con un destello de recelo en la expresión.

—Estoy convencida de que sobrevivirá a una noche de cine sin mí.

—Y yo estoy convencido de que no —le respondí, incapaz de contener la sonrisa que se dibujó en mi rostro—. Si Ruby ha heredado algo de mí, es mi terquedad, y créeme, no parará hasta conseguir lo que quiere.

Ya podía oír los sonidos de Enredados procedentes del salón, seguidos de la suave risita de Ruby.

Blaire me miró fijamente y pensé que iba a negarse. Pero entonces soltó un suspiro y puso los ojos en blanco.

—Vale, pero si me apetecen palomitas, me las preparas tú.

—Sí, señora. —Le hice una reverencia y ella pasó junto a mí por el pasillo, más cerca de lo necesario, y percibí el aroma del gel de baño en su piel.

Era cálido, amaderado e inconfundiblemente mío.

Sin pensarlo, extendí la mano y la agarré de la muñeca, deteniéndola en el estrecho espacio entre la puerta de mi dormitorio y la de ella.

Se frenó al instante; sentí su pulso latir con fuerza bajo mi pulgar y noté cómo se le ponía la carne de gallina en el antebrazo cuando me agaché hacia ella—.

Has usado mi gel de baño —murmuré, y sonó como una acusación.

Me miró con los ojos muy abiertos.

—No pude entrar en el baño de casa de June para coger el mío, y lo único que había en el de Ruby era champú para bebés.

Sabes que Ruby tiene cinco años, ¿verdad?

Mañana tengo que ir corriendo a la tienda o mis rizos no van a sobrevivir.

—Su tono era tranquilo, pero su pulso latía bajo mi mano como una bomba.

Debí haber hecho caso a la advertencia y haberla dejado marchar, pero era como tener la mano en una mecha, y era incapaz de no encender la cerilla.

—Blaire —pronuncié su nombre, con una voz demasiado suave.

Ella parpadeó y me miró como si estuviera aturdida, y dejé que mi pulgar trazara un lento recorrido por la parte interior de su muñeca.

Agaché la cabeza hasta que mis labios casi rozaron su piel, y mi voz se redujo a un susurro áspero que la hizo estremecerse entre mis manos—. Hueles como yo.

Parpadeó e hizo un pobre intento de apartarse. Pero no la dejé ir, no podía.

—No ha sido a propósito —dijo rápidamente, pero se le quebró la voz.

—No importa. —Clavé la vista en los rizos húmedos que le acariciaban las clavículas, en la camiseta pegada a su piel en los lugares donde el vapor no la había secado—. Me encanta olerme en ti.

No era mi intención decirlo, al menos no en voz alta, pero el daño ya estaba hecho. Abrió mucho los ojos y entreabrió los labios; un rubor se extendió por su cuello mientras su pecho subía y bajaba bajo el algodón húmedo.

Debí haberla dejado marchar, pero mi mano se deslizó por su brazo hasta la nuca, donde su pulso latía con fuerza contra mi palma, y se hundió en la maraña húmeda de su cabello, con mis dedos enroscándose posesivamente contra su cuero cabelludo.

Su voz rompió el silencio entre nosotros, débil y temblorosa.

—Colt…

—¿Sí? —susurré; mi pulgar seguía tanteando el pulso en su cuello.

Me eché hacia ella, lo bastante cerca como para sentir el calor de su aliento contra mis labios.

Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que la probé, y el calor se desataba en cada punto de contacto; una década de contención se desmoronaba con cada respiración entrecortada entre nosotros.

—No puedes decir cosas así —susurró con voz vacilante, y bajo el pulgar que tenía sobre su cuello sentí cómo su pulso se aceleraba salvajemente bajo mi contacto. Sus ojos se oscurecieron y se le escapó un suave gemido que vibró a través de mis dedos y llegó directamente a mi entrepierna.

Diez años de deseo concentrados en un solo sonido devastador.

Contuve mi propio gemido, que me subía por la garganta, y apoyé la frente contra la suya.

—Dime que pare. —Las palabras se me atascaron en la lengua, densas y peligrosas de cojones, porque una parte de mí suplicaba que no me lo dijera y el resto rezaba para que lo hiciera.

Se le cortó la respiración y sentí cómo me agarraba con fuerza la camisa, arrugando el algodón sobre mis abdominales.

—Quiero que… —Sus palabras se desvanecieron, y eso debió haber apagado por completo el ardor que me recorría el cuerpo, pero su mano se aferró con más fuerza a la tela para pegarme a ella hasta que lo único que pude sentir fue su calor a través de la ropa.

—¿Qué quieres que haga, Blaire? —susurré, y ella dejó escapar un gemido casi inaudible.

Levantó un poco la barbilla, lo justo para que su labio superior rozara el mío inferior, y eso me provocó un escalofrío que me recorrió la espalda y se enredó en mis entrañas. Dejó escapar el aliento con un jadeo que hizo que mis dedos se tensaran involuntariamente sobre su cuello.

—Quiero…

No se movió. Ni hacia atrás ni hacia delante.

Nos quedamos suspendidos en ese centímetro de espacio que nos separaba, como si ninguno de los dos estuviera dispuesto a arriesgarse a lo que podía pasar si salváramos esa distancia.

Mi cuerpo ansiaba acortarla, volver a saborear sus labios y empujarla contra la pared hasta que sintiera mi miembro duro contra su vientre.

Pero eso ya no era solo cosa mía y de Blaire: tenía a Ruby, y no iba a permitir que se convirtiera en un daño colateral por culpa de mis decisiones imprudentes.

—¿Qué he dicho antes? —pregunté con voz ronca, con los dedos aún posados sobre su piel—. ¿Que podemos ser cordiales?

Ella soltó una risa entrecortada que vibró contra la palma de mi mano, con las pupilas tan dilatadas que habría podido ahogarme en ellas.

—¿A esto lo llamas cordialidad?

Sus caderas se rozaron contra las mías, casi sin que se diera cuenta, y yo gemí al ver cómo se pasaba la lengua por el labio inferior.

Estaba deseando agacharme y atrapar ese labio entre mis dientes.

No podía pensar en nada más que en su sabor, su contacto y su aroma; estaba tan embriagado por el deseo que estaba a punto de dejar que todo mi anhelo se desbordara.

—Papá, ¿venís o qué? —La voz de Ruby llegó hasta nosotros, y Blaire se echó hacia atrás como si la hubieran golpeado.

Se zafó de mi abrazo tan rápido que casi me hizo trastabillar, y el rubor de sus mejillas se extendió hasta las orejas.

Se cruzó de brazos, clavándose los dedos temblorosos en la piel, con la mirada fija en algún punto invisible más allá de mi hombro.

La forma en que se cerró en banda, como si se preparara para el impacto, hizo que algo posesivo surgiera dentro de mí.

En otro tiempo había sido como un rayo de sol en mis manos, cálida, desenfrenada y radiante, y yo la había arrojado a los lobos, a un mundo que le había exigido convertirse en otra persona.

—¡Ya vamos! —le respondí a Ruby, tratando de que mi voz no delatara mi tensión, y luego me interpuse en el camino de Blaire hasta obligarla a volver a mirarme—. ¿Estás bien?

Ella asintió, mordiéndose el labio inferior hasta que la piel se le puso blanca. Mis manos se crisparon a mis costados por el deseo irreprimible de pegarla a mí, pero la voz de Ruby retumbaba en mi cabeza.

Y Blaire… Dios, no se atrevía a mirarme a los ojos y por el ligero temblor de sus hombros parecía que quería salir corriendo.

Esbozó una sonrisa forzada.

—Por supuesto que estoy bien —dijo—. ¿Por qué no iba a estarlo?

—Blaire. —Di un pequeño paso en su dirección, pero ella retrocedió.

—Somos adultos, Colt. —Sus ojos me recorrieron con una indiferencia ensayada.

Era como ver a la Blaire que yo conocía desaparecer tras una máscara que no reconocía—.

Tú mismo lo has dicho antes. Esto ha sido…

—Hizo un gesto con la mano hacia el lugar donde su cuerpo se había estrechado contra el mío hacía unos instantes—.

Un lapsus momentáneo. —Enderezó los hombros y su voz se endureció—.

Mi exnovio se pasó el último año de nuestro compromiso acostándose con su asistente, así que mi criterio es claramente cuestionable.

—La mención de su exnovio me golpeó en el pecho, desatando un incendio de rabia que consumió todo pensamiento racional, pero bajo él yacía un océano de culpa que amenazaba con ahogarme por completo.

Yo había sido el responsable de eso. La había empujado directamente a los brazos de un hombre, igual que su padre.

Si la hubiera mantenido aquí, si hubiera seguido siendo mía, no habría visto ese brillo afilado como una navaja en sus ojos.

Pero ella había levantado una coraza alrededor de su corazón para sobrevivir en el mundo al que la había arrojado—.

No volverá a suceder, palabra de scout .

—Sonrió y levantó los dedos para hacer un gesto burlón a modo de promesa, pero sus palabras sonaban huecas y me hicieron más daño que si me hubiera dado un puñetazo.

Me quedé paralizado cuando el impulso de pegarla hacia mí fue sustituido por una sensación enfermiza y vacía, y sentí cada centímetro de la distancia que acababa de interponer entre nosotros.

—Sí. —Asentí—. Ya me has dejado claro lo que piensas.

Me hice a un lado para dejarle paso libre y ella dudó un instante, con el rostro abatido y dejando entrever a mi Blaire.

—Colt…

—Ruby está esperando. —Me di la vuelta, mordiéndome el interior de la mejilla hasta sentir el sabor a cobre, y, de repente, el muro que nos separaba volvió a levantarse.

No éramos más que dos desconocidos que tenían que pasar unas semanas bajo el mismo techo, con años de historia crepitando entre nosotros como un cable pelado, y, joder, cada segundo a su lado iba a destrozarme por dentro.