Cowboy casual Capítulo 12 #2
37%

Capítulo 12 #2

Pensé en todas las veces que mi madre se había sentado a esta mesa de la cocina, mirando por la ventana con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, diciéndome que no me preocupara.

Una parte de mí la había creído, necesitaba creerla, mientras que otra parte había visto la verdad en el temblor de sus dedos al sujetar la taza de café.

Había elegido el consuelo de la mentira antes que el terror de lo que pudiera acontecer.

Y había sido una tontería.

Sostuve los papeles mientras la ira y la gratitud luchaban en mi interior.

Intenté imaginarme a June, orgullosa y obstinada hasta la médula, pidiéndoles ayuda a los Calloway.

Sabía que tanto el señor Calloway como Lou habían accedido sin dudarlo ni un instante.

No habría importado que la madre de Colt y la mía hubieran sido amigas casi toda la vida; los Calloway eran buenas personas hasta en lo más profundo de su ser.

Habían firmado ese documento, habían puesto en juego el rancho al que habían dedicado toda su vida, todo para que mi familia pudiera sobrevivir, para que mi madre tuviera una oportunidad.

Los Calloway habían vinculado todo su legado al nuestro.

Habían apostado cada poste de la valla, cada acre de su propio futuro, y apenas podía respirar al darme cuenta de ello.

Si algo hubiera salido mal, sus tierras también habrían estado en juego.

Me pregunté si Colt lo habría sabido, si se habría dado cuenta de lo que su familia había apostado por la mía.

El peso de todo lo que no había sabido ni había querido saber me oprimía; se extendió por mi pecho y me estranguló la garganta.

Pensé en todos esos años transcurridos desde entonces, en cómo me había marchado para construir mi nueva vida, mientras June y los Calloway habían seguido cargando con una deuda cuya existencia yo desconocía.

Al darme cuenta de eso, me quedé sin aliento.

Levanté la vista hacia June, con los dedos agarrando el borde de los papeles con tanta fuerza que los arrugué.

Quería gritarle por ocultármelo, por haber llevado esa carga ella sola, pero las palabras se enredaban con una gratitud intensa.

Gracias a ella y a los Calloway, había pasado los últimos meses con mi madre con la ilusión de que todo iba a salir bien.

Puse los papeles sobre la mesa, alisándolos con los dedos hasta que quedaron perfectamente alineados. El gesto me pareció inútil, pero no podía controlar la vergüenza que me invadió por no haberlo sabido ni el alivio que me inundó porque June me había protegido.

—¿Qué es esto? —logré decir al fin, con la voz quebrada, entre la acusación y la súplica.

June no respondió de inmediato. Se echó hacia delante, apoyando los codos en el borde de la mesa, y se quedó mirando los papeles que tenía delante.

—Eso —dijo por fin, cogiendo la escritura— es la razón por la que este lugar sigue siendo nuestro.

—No lo sabía —dije, porque ¿qué otra cosa podía decir?—. Deberías habérmelo contado.

June esbozó una sonrisa triste.

—Tenías quince años cuando lo firmamos, Blaire. ¿De qué habría servido decírtelo? —Se subió las gafas y me clavó la vista—. Tu madre y yo intentamos resolverlo todo por nuestra cuenta, pero a veces hay que aceptar la ayuda cuando te la ofrecen. Sobre todo si viene de gente que te quiere.

—No me habría ido —admití, negando con la cabeza—. Deberías habérmelo dicho y me habría quedado. Te habría ayudado.

June soltó un suspiro largo y exagerado.

—Tú querías irte, Blaire, y tu padre… —Su boca se torció como si hubiera mordido algo agrio—.

Puede que ese hombre no sea mi persona favorita en el mundo, pero te dio oportunidades que yo no podía darte.

Una educación universitaria. Un futuro más allá de estas vallas.

Si hubieras querido quedarte, habría movido cielo y tierra para que funcionara, pero tú querías irte.

Por culpa de Colt.

Pensé en cómo había pasado toda mi vida girando en torno a Colt Calloway, en cómo todos los planes que hacía estaban condicionados por él.

Era cierto. Había querido irme, pero solo porque él me lo había dicho.

Me había convencido a mí misma de que estaba protegiendo mi corazón, construyendo una vida más allá de la chica que había sido en Willow Grove.

No había pensado en lo que dejaba atrás aparte de él.

No me había planteado lo mucho que mi abuela me necesitaba ni lo mucho que su familia había dado por nosotras.

Me había pasado todos esos años, egoístamente, intentando crear una nueva vida, y para nada.

Se me había escapado entre los dedos con facilidad porque en realidad nunca había sido mía.

—El fideicomiso de tu madre protegió esas hectáreas específicamente para ti. Se aseguró de que su parte de la tierra te estuviera esperando cuando cumplieras los treinta, pasara lo que pasara con el resto. —June me miró a los ojos.

Asentí lentamente. Me había enterado de mi herencia poco después de que ella muriera, pero el fideicomiso había sido un hecho lejano en el fondo de mi mente todos esos años. Pero el resto, los préstamos, los Calloway, la desesperación… Eso me lo habían ocultado por completo.

Quería preguntarle a June si se arrepentía, si alguna vez se había sentado en el silencio de esa cocina y se había preguntado si había merecido la pena.

Pero mi teléfono vibró sobre la mesa tan de repente que casi di un respingo.

El sonido atronó por toda la cocina, y vi cómo se iluminaba la pantalla, con el nombre del senador Monroe parpadeando una y otra vez.

June miró rápidamente el teléfono, luego a mí y luego volvió a mirar el teléfono.

—¿Vas a contestar? —Su tono era despreocupado, pero me di cuenta de que ya se estaba preparando para lo que fuera que yo pudiera decir a continuación.

—Es… —La frase quedó suspendida en el aire, y yo pasé la mano sobre los papeles, deseando que el mundo se detuviera unos segundos—. Es mi padre. —Cogí el teléfono y pulsé el botón para desviar la llamada al buzón de voz—. No pasa nada. Hablé con él ayer.

Ella se quedó quieta, observándome con atención.

—¿Qué quería?

—Quiere que regrese y salve mi relación —dije con una risa amarga—.

Cree que debería arreglar las cosas con Grant, fingir que todo va bien y dejar de avergonzarme al renunciar a un «hombre tan bueno».

—Las palabras «un hombre tan bueno» salieron de mi boca como una maldición, rebosantes de todo el veneno que no podían retener.

June gruñó y se cruzó de brazos.

—Odio a ese hombre.

—No lo entiende —dije, sacudiendo la cabeza—. Cree que, si vuelvo a hablar con Grant, me daré cuenta de que estoy echando por la borda lo mejor que me ha pasado en la vida.

—No es así —comentó June sin dudar. —Ese capullo nunca te mereció. No es más que un ricachón, y nunca me cayó bien.

No pude contener la risita que me brotó de los labios.

—Ni siquiera conoces a Grant.

Le había rogado muchas veces que fuera a verme, pero ella siempre había encontrado una excusa.

—No hacía falta. —Se recostó en la silla—.

Lo vi en las fotos que me enviaste. En la forma en que hablabas de él.

Hay hombres que son buenos y hombres que saben fingir muy bien.

Tu padre siempre fue de los segundos, y me di cuenta de que Grant era igual.

—Intenté restarle importancia con una risa, pero tenía razón—.

Si alguna vez se te ocurre volver con ese hombre, más te vale que acudas a mí para que pueda hacerte entrar en razón primero.

Las palabras de June me pesaron mucho, porque sabía que mi padre y Grant no iban a dejar de intentar llevarme de nuevo a esa vida, sin importar lo que me costara.

—Ni de coña. —Negué con la cabeza—. No voy a volver.

—La idea de instalarme para siempre en la casa de mi abuela y ayudarla a cuidar la granja día tras día me parecía a la vez imposible y reconfortante.

Pero entonces pensé en Las Mermeladas de June y en cómo podíamos hacer que funcionara.

Luego estaba el legado de mi madre, esas hectáreas que ella había reservado solo para mí.

Llevaba años sin pensar en esa herencia, en esa red de seguridad, pero en ese momento se asentó en mi mente.

No se trataba solo de tierra, sino también de las raíces.

Eran suyas y mías, y eran mi hogar. Me limpié las manos en la parte delantera de los pantalones cortos, recomponiéndome antes de volver a hablar—.

Creo que me voy a quedar por aquí una temporada, si te parece bien.

La sonrisa de June era tan amplia que dejaba ver el ligero hueco entre sus dientes delanteros; se echó sobre la mesa, me apretó la mano y sentí sus dedos cálidos entre los míos.

—Cariño —dijo con la voz cargada de emoción—, no hay ningún otro lugar en el que preferiría que estuvieras.