Capítulo 12
Blaire
Lo que quedaba de mi manicura había desaparecido para cuando terminé el campo norte.
June me había dado unos guantes antes de salir esa mañana, pero los había dejado en la barandilla del porche.
Había algo especial en sentir la tierra en las manos, en ver cómo se me metía bajo las uñas hasta que casi no las reconocía.
El trabajo me parecía necesario, y cada vez que mis dedos se hundían en la tierra, mi pecho se tranquilizaba y volvía a echar raíces en ese lugar.
No podía dejar de pensar en la idea de vender las mermeladas de June por internet. La noche anterior había cogido el portátil para crear una página web y diseñar etiquetas.
—Lo voy a llamar «Las Mermeladas de June» —le dije a June, y ella resopló como si fuera la cosa más tonta que hubiera oído jamás. Pero no se había opuesto.
Para cuando por fin me fui a rastras hasta la cocina de June, tenía las manos cubiertas de tierra hasta las muñecas y cada músculo de mi cuerpo temblaba con un agotamiento satisfactorio que me llegaba hasta los huesos.
Me acerqué al fregadero, me lavé las manos y me bebí dos vasos de agua antes de volverme para mirar a mi abuela.
June estaba sentada a la mesa, que estaba cubierta de caóticas pilas de papeles. Llevaba las gafas de lectura colocadas en lo alto de la cabeza y miraba con el ceño fruncido las hojas que tenía delante.
—¿Qué haces ahí? —le pregunté, apoyándome contra la encimera.
June levantó la vista con tal exasperación que tuve que contener la risa.
—Más me valdría empezar a planificar mi funeral.
Llegará el momento antes de que consiga ordenar todo esto para mi contable.
—Cogió una nota adhesiva de la encimera, la arrugó y la lanzó por encima del hombro, sin ni siquiera acercarse a la papelera—.
Me ha llamado para pedirme los documentos de los impuestos, pero le he dicho que va a tener que esperar.
Sentí dolor en mis piernas cuando atravesé la cocina y me dejé caer en la silla frente a ella.
—¿Quieres que te ayude?
June frunció el ceño y esbozó una mueca.
—Es muy amable por tu parte, pero no sirve de nada intentar desenredar este lío. Es una causa perdida.
—No es una causa perdida —dije, acercándome a la pila más cercana. Cogí una factura de agua de hacía años y se la mostré—. ¿Cómo lo organizas? ¿Las tienes ordenadas por fecha o por tema?
—¿Organizarlo? —resopló June, quitándose las gafas—. Qué gracioso. Lo único que hago es tirarlo todo en una caja.
—Por Dios, June. —Hojeé la pila y encontré una garantía amarillenta de una nevera que sabía a ciencia cierta que ya no tenía—.
Sabes que no tienes por qué guardar cada papelito que se te cruza por el camino.
Hay gente que incluso tiene esas cosas llamadas ordenadores.
—Moví los dedos en el aire entre nosotras, como un mago conjurando algún artefacto raro sobre el escenario.
—No lo necesito —respondió, obstinada; levantó las manos y me mostró sus palmas curtidas—. Los ordenadores son para gente que no sabe usar las manos.
—Sin embargo, los archivadores son para todos.
—Le eché un vistazo a una pila de recibos descoloridos y extractos bancarios tan antiguos que la tinta apenas se distinguía—.
Por favor, déjame encargarme de esto antes de que esta avalancha de papeles nos sepulte a las dos.
Vas a acabar con Las Mermeladas de June antes incluso de que lo pongamos en marcha.
June resopló y se cruzó de brazos.
—De acuerdo, chica de ciudad, adelante. Pero recuerda cuando «arreglaste» mi nevera y no pude encontrar ni una maldita cosa. —La señaló con la cabeza—. No he vuelto a ver la mostaza.
—Le darás las gracias a esta chica de ciudad cuando Hacienda no esté llamando a tu puerta y esa mostaza haya caducado.
June se rio, con una carcajada gutural que parecía llenar cada rincón de su cocina, y esa calidez me relajó un poco los hombros mientras me ponía manos a la obra y empezaba a clasificar los papeles.
Pasó una hora, quizá más, mientras revisábamos décadas de cartas, facturas y documentos.
Había un recorte de periódico con mi nombre marcado con un círculo, en el que aparecía en el cuadro de honor.
Luego había una foto mía con Hunter; yo no debía de tener más de doce años.
Hunter estaba flaco y desgarbado, y llevaba aparatos dentales que se veían claramente al sonreírle a la cámara.
Cogí el teléfono y le hice una foto para enviársela a Maggie.
Yo: Aquí tienes. Por si necesitas material para el chantaje, ya sabes.
La respuesta de Maggie fue casi instantánea.
Maggie: Joder, dime que es Hunter y no Colt.
Yo: Es él.
Aparté la foto y me encontré con viejas tarjetas de cumpleaños de mi madre, cuya letra seguía siendo reconocible a pesar de los años. Pasé los dedos por el familiar trazo de sus letras y la ligera mancha de tinta que dejaba al pasar el meñique por ellas cuando escribía.
Se me llenaron los ojos de lágrimas; casi había olvidado que June estaba allí hasta que carraspeó.
—Ruby está mejor. No ha tenido fiebre desde anoche.
—Sí —asentí, concentrándome intensamente en alinear las esquinas de una pila de recibos—. Le he enviado un mensaje a Colt esta mañana.
Los ojos de June se encontraron con los míos por encima de sus gafas de lectura, y enarcó una ceja.
—¿Has estado enviándole mensajes a Colt?
Mis dedos se enredaron con los papeles, haciendo que varios se deslizaran por la mesa, pero los recogí rápidamente.
—No es eso. Quería ver cómo estaba Ruby. Saqué su número de tu móvil cuando fui a recogerla ayer.
—Mmm. —El murmullo comprensivo de June se perdió en el aire y recé para que no insistiera más cuando mis propios pensamientos eran un caos.
No solo le había enviado mensajes a Colt esa mañana: también había estado pendiente de Ruby varias veces durante la noche, y cada respuesta suya me provocaba una confusa mezcla de calidez y temor.
Aún podía sentir el recuerdo de su mano en mi cuello cuando me había señalado las nuevas pecas en mi piel.
Ya no me tocaba como solía hacerlo, con esa posesión despreocupada y distraída que me hacía sentir como la única chica del mundo: era cauteloso, no dejaba que sus dedos se demoraran demasiado.
La escena del día anterior no dejaba de pasar por mi mente como un disco rayado. Había separado a Ruby de mi pecho y la había levantado con cuidado en sus brazos. En todo momento no había apartado los ojos de mi rostro, mirándome como si fuera algo peligroso de lo que tuviera que protegerse.
«Peligrosa» .
Ya me había llamado así antes, en su camioneta, en nuestro penúltimo año de instituto.
Después de que me cansara de que diéramos vueltas el uno alrededor del otro con una tensión que iba aumentando día a día hasta que apenas podía respirar.
Me había subido al desgastado asiento corrido de su camioneta, me había sentado a horcajadas sobre él y había visto cómo se le oscurecían los ojos.
—Dios, Blaire —había susurrado, con las manos suspendidas sobre mis caderas, sin llegar a tocarlas—. Eres peligrosa de cojones.
Pero eso era diferente: me veía como una amenaza para el frágil mundo que había construido para Ruby y para él.
La palabra se me clavó en las entrañas y no supe qué hacer con ella. Una parte de mí quería volver a arriesgarse con él, quería sentir el calor de su mirada por todas las razones correctas, las razones de siempre.
Pero había otra parte de mí, aquella que había aprendido a mantener mi corazón a salvo porque sabía lo rápido que todo ese ardor podía quemarlo todo a su alrededor, y me negaba permitir que Ruby saliera perjudicada por mi culpa.
Había pasado años convirtiéndome en la chica que no se enamoraba de hombres con botas, muslos musculosos y un maldito bigote, pero una sola mirada suya me había llevado al punto de partida.
Colt era un mal hábito en el que iba a volver a caer si no tenía cuidado.
Fingí no darme cuenta de que June me estaba observando.
Cogí otra pila de papeles y empecé a clasificarlos de forma mecánica, pasando los documentos uno a uno con el pulgar mientras los ordenaba en categorías bien definidas.
Pero entonces un sobre grueso me llamó la atención; deslicé los dedos bajo la solapa y saqué los papeles que había dentro.
«Escritura de fideicomiso».
La fecha que figuraba en la parte superior era del año en que mi madre había enfermado, y eché un vistazo rápido a la página, sin fijarme mucho en los detalles hasta que dos nombres me llamaron la atención: Owen y Louise Calloway.
Me quedé mirando los nombres de los padres de Colt, escritos con letra clara al pie de la página, junto a los de June, con las tres firmas encima. La tinta negra se difuminó y tuve que parpadear para volver a enfocar la vista.
¿Por qué aparecían en la escritura de la propiedad de mi abuela?
Intenté hurgar en mi memoria para recordar si eso había sucedido, pero nunca se había mencionado ni una sola palabra al respecto. Por aquel entonces yo era una adolescente y estaba sumida en la pérdida de mi madre y también absorta en Colt y en cómo él parecía ser lo único que me mantenía en pie.
Pasé la página siguiente y apareció el nombre de mi madre, entre jerga jurídica y sellos notariales.
No se trataba tan solo una escritura, sino también de un préstamo.
Y tampoco era una cantidad pequeña: superaba con creces las seis cifras, y sentí cómo se me tensaba la mandíbula al darme cuenta de lo mucho que debió de costar evitar que nuestra casa, nuestras vidas, se vinieran abajo cuando mi madre enfermó.
Y los Calloway habían avalado el préstamo. Habían puesto sus tierras como garantía junto con las nuestras.
¿Cómo no me había dado cuenta? Por supuesto que sabía que los tratamientos eran caros, pero ni mi madre ni June me habían dado a entender lo grave que era la situación.