Cowboy casual Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Me eché hacia delante y deslicé las manos bajo el pequeño cuerpo de mi hija, con los dedos rozando el algodón de la camiseta de Blaire mientras levantaba el peso inerte de Ruby de su pecho.

Estaba completamente dormida y tenía la ropa húmeda por la fiebre que ya le había bajado.

Apoyó la cabeza sobre mi hombro y me rodeó el cuello con los brazos.

Bajé la cabeza y la besé en la sien y, aunque intenté evitarlo, mi mirada volvió a posarse en Blaire.

Apartó la vista rápidamente, como si la hubiera pillado entrometiéndose.

Puso las manos sobre el sofá y se levantó mientras yo acomodaba a Ruby en mis brazos.

El cuerpo de Blaire rozó el mío por un instante, y ese contacto me provocó una oleada de calor, tan repentino y abrumador que me costó articular las siguientes palabras.

—Le gustas mucho, ¿sabes? —Blaire se quedó inmóvil.

—A mí también me gusta.

Sus palabras apenas se oían, y me permití leer entre líneas, buscando todos los «quizás», «casi» e «y si» que pudieran estar ocultos entre esas sílabas.

Sus ojos marrones se clavaron en los míos, recorriendo cada línea y cada sombra de mi rostro con tal intensidad que mi piel se calentó bajo su mirada.

Estreché a Ruby más fuerte contra mi pecho y acomodé su peso como si estuviera hecha para encajar entre mis brazos. El silencio se extendió entre nosotros; todo lo que sabía que debería haber dicho se me atascó en la garganta y solo su nombre acertó a salir de mis labios.

—Blaire.

Abrió los ojos, con los párpados pesados, pero inconfundiblemente vivos, de una forma que me aceleró el pulso.

—¿Sí?

Dios, era preciosa.

Se veía exactamente igual que en mis sueños, por la noche, cuando cerraba los ojos y lo único que veía era a ella.

No podía apartar la mirada mientras ella permanecía allí con los labios entreabiertos, esperando a que encontrara las palabras que parecían atrapadas en algún lugar entre mi corazón acelerado y mi garganta.

Di algo, idiota. Lo que sea.

—Esto resulta demasiado fácil. —Tragué saliva y recorrí con la mirada cada centímetro de su cuerpo que mis ojos podían alcanzar—. Eres peligrosa.

Podía oír cómo el viento golpeaba el revestimiento de madera de la casa, el tictac del reloj de la cocina, la respiración de Ruby contra mi hombro.

El resto del mundo se desvaneció hasta que solo quedamos los dos y la verdad de lo que había dicho.

Blaire era peligrosa como un arma cargada o una tormenta que se avecina.

Su peligro residía en la silenciosa persistencia de la esperanza.

Era una astilla clavada bajo mi piel que se hundía más con cada latido del corazón, imposible de extraer por mucho que lo intentara.

Ella se estremeció y abrió mucho los ojos; bajó la cabeza y volvió a levantarla.

—Eso no es cierto.

—Sí lo es. —Por un segundo de descuido, me permití acercarme más, lo bastante cerca como para percibir el tenue aroma a fresas que se aferraba a su piel, lo bastante como para recordar la forma en que ardíamos el uno por el otro cuando éramos solo nosotros y nadie más.

Mi mirada se posó en su boca y sus labios se separaron al suspirar—. Ruby ha pasado por muchas cosas.

Su rostro se suavizó al recorrer con la vista la silueta dormida de Ruby; cuando se volvió hacia mí esa dulzura aún perduraba.

—Solo intentaba echarte una mano, Colt. No sé de qué me crees capaz.

Tragué saliva, sintiendo cómo el viejo y temerario deseo surgía antes de que pudiera reprimirlo.

—Sé exactamente de lo que eres capaz. Ese es el puñetero problema.

Movió lentamente la cabeza de un lado a otro.

—Colt —susurró, y el sonido de mi nombre en sus labios se me metió bajo la piel.

En sus ojos había sombras que nunca había visto, una vacilación que me hizo preguntarme qué le habría pasado durante los años que habíamos estado separados.

Pensé en la voz de su padre cuando la había llamado aquel verano, en lo frío y distante que se mostraba incluso al pedirle que se fuera con él.

Pensé en el diamante que debía de haber llevado, elegido por un hombre que nunca la había visto subirse al techo de su camioneta a medianoche, inventándose los nombres de constelaciones mientras las señalaba.

Me pregunté si alguna vez la había visto doblarse de risa, jadeando en busca de aire, o si la había visto nadar en un lago, hablando de sus sueños, mientras él se mantenía a flote a su lado y se aferraba a todas sus palabras.

Su padre le había dicho que yo era solo una etapa, algo alocado por lo que tenía que pasar antes de sentar cabeza y hacerse útil, y en ese momento, frente a ella, podía ver lo que eso le había costado.

Los muros que se había construido a su alrededor, ladrillo a ladrillo, eran muy evidentes, y algo dentro de mí se rebelaba contra ellos.

Me odiaba a mí mismo por haberle hecho creer que era difícil quererla, cuando quererla había sido lo más fácil que jamás había hecho.

Ruby se interpuso entre nosotros y su vocecita rompió el hechizo.

—Blaire —murmuró contra mi hombro, rodeándome el cuello con los brazos.

Deslicé la palma de la mano por la espalda de Ruby, tratando de tranquilizarla.

—Hola, cariño. Aquí estoy —le susurré, y ella se apartó un poco para mirarme.

—¿Papá? —Su voz era débil y estaba pastosa por el sueño.

—Estoy aquí, pequeña. —Le aparté el pelo de la mejilla sonrojada.

Ruby parpadeó lentamente antes de volver a apoyar la cara sobre mi camisa, aferrándose a ella con los dedos, pero sus ojitos somnolientos buscaron a su alrededor hasta que se posaron en Blaire.

—¿Puede venir Blaire con nosotros? —susurró, arrastrando las palabras por culpa del sueño; aun así eran lo bastante claras como para atravesarme.