Cowboy casual Capítulo 11
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Capítulo 11

Colt

La casa aún estaba a oscuras, salvo por el parpadeo de la televisión. Al principio no las vi. Estaban hechas una maraña de brazos y piernas en el sofá, durmiendo tan profundamente que ninguna de las dos se movió cuando entré en la casa.

Me quedé ahí, mirando a mi hija. Estaba tumbada sobre el pecho de Blaire, con la cara hundida en su cuello y la manta enredada alrededor de las dos. Blaire tenía un brazo echado sobre ella en actitud protectora, mientras que su otra mano descansaba sobre la mejilla de Ruby.

Podría haberme quedado allí para siempre, embebiéndome de la imagen de las dos, pero eso no me habría servido de nada. Parecían demasiado naturales, como si Blaire siempre hubiera estado destinada a estar allí, y eso me aterrorizaba.

Y ahí estaba la razón por la que me había impuesto unas reglas estrictas.

Nunca iba a permitir que Ruby se encariñara con ninguna de mis relaciones fugaces.

Ni con las mujeres que me veían como un proyecto de rescate, ni con las que se ofrecían a ayudar solo para poder echar un vistazo a nuestra vida.

Así que no dejaba entrar a nadie, en realidad. Ni presentaciones ni mujeres que se quedaban a dormir. Nada que pudiera hacer pensar a Ruby que alguien iba a quedarse con nosotros, o peor aún, que le hiciera desear que se quedaran.

Pero al ver a Blaire con ella, sentí que esa línea empezaba a difuminarse. Llevaba años protegiendo a Ruby y, en solo unos días, pude ver lo fácil que era para Blaire echarlo todo por la borda.

Intenté contener el anhelo seco y ardiente que me subía por la garganta mientras me acercaba. La respiración de Ruby era tranquila y, mientras dormía, dejaba escapar unos ronquidos casi imperceptibles. Su piel estaba fresca al tacto.

Me agaché junto al borde del sofá, frente a ellas, y aunque sabía que no debía hacerlo, no pude evitar mirar a Blaire.

Por primera vez desde que se había marchado, me permití observarla de verdad.

Llevaba el pelo más largo que antes y me fijé en que se le veían más pecas en la cara, ya que no llevaba maquillaje.

Extendí la mano hacia su hombro, pero vacilé. Me invadió el recuerdo de cuando se había quedado dormida así, acurrucada contra mí, con el pelo sobre mi pecho, y todos los años de separación se desvanecieron en un instante.

Mi cuerpo me traicionaba con cada latido del corazón: los músculos recordaban sus curvas, los pulmones ansiaban su aroma, las yemas de los dedos me ardían por recorrer su clavícula. El subir y bajar de su pecho me hipnotizaba, y quería ahogarme en ella.

Finalmente, le puse los dedos sobre el hombro, sintiendo el calor de su piel a través del fino algodón de su camiseta, y la sacudí suavemente.

Parpadeó un par de veces, con sus largas pestañas oscuras rozándole las mejillas, y se acurrucó más cerca de Ruby.

La volví a sacudir, dejando que mis dedos se demoraran más de lo necesario.

Volvió la cabeza hacia mí, con la vista desenfocada. Estaba con la guardia baja, y su mirada recorrió mi rostro como dedos que trazaban un mapa medio olvidado.

Pero entonces su cuerpo se quedó rígido y Ruby frunció el ceño en señal de protesta, mientras dejaba escapar un gemido somnoliento y se acurrucaba aún más contra el cuello de Blaire.

—Lo siento. —Sacudió la cabeza, apartando la mirada de mí—. No era mi intención quedarme dormida.

—No te disculpes. —Mi voz sonó ronca, así que carraspeé—. ¿Lleva mucho tiempo dormida?

Blaire se volvió hacia Ruby y luego de nuevo hacia mí.

—Quizá una hora. —Su expresión se suavizó mientras acariciaba un mechón de pelo de la mejilla de Ruby—.

La verdad es que no sé cuánto tiempo he estado dormida.

Le ha bajado la fiebre y estábamos viendo Enredados .

—Había cuidado muy bien de mi hija cuando esta la había necesitado, y aborrecía lo mucho que me gustaba eso.

Ver a Blaire acariciar a mi hija con tanta ternura me hacía sentir como si quisiera salirme de mi propia piel.

Me parecía bien y mal al mismo tiempo, y lo único que podía hacer era asentir y fingir que aquello no me estaba destrozando por dentro.

Abrí la boca, buscando las palabras que rompieran aquel silencio opresivo, cuando la voz de Blaire se me adelantó—. Estás diferente.

—¿Diferente? —La palabra me salió acompañada de una risa nerviosa mientras su mirada recorría mi mandíbula, mis labios, mis ojos.

—Sí. —Asintió, y detuvo su escrutinio en mis labios.

—Han pasado diez años. No puedes culparme por parecer mayor.

—No es eso. —Ella negó con la cabeza y finalmente volvió a mirarme a los ojos—. Pareces cansado.

—Vaya, Blaire —me reí—. Eres genial para subirle el ego a un hombre. —Sus palabras eran crudas, sinceras y no estaban lejos de la verdad. Estaba cansado.

—No necesitas mi ayuda para eso. —Su mirada volvió a posarse en mi boca—. Te has dejado bigote.

Esa vez sí que me reí, incapaz de contenerme.

—Sí. ¿No te gusta?

Entrecerró los ojos, y todo en ese momento, en la forma en que me miraba, me recordó a la Blaire que había sido mía.

—Yo no he dicho eso. —Una leve sonrisa se dibujó en sus labios—. Y estoy segura de que a todas las mujeres de por aquí les encanta. ¿Es así como las conquistas?

Sentí cómo se me curvaban las comisuras de los labios.

—¿Qué mujeres? Estoy un poco ocupado como para entretenerme con mujeres, Blaire.

Su mano acarició la nuca de Ruby.

—A lo mejor me engañas… —susurró Blaire mientras subía la manta hasta taparle la cabeza a Ruby—. Pero es una monada. —No me miró el tiempo suficiente para que pudiera deducir qué estaba pensando en realidad, pero se me hizo un nudo en la garganta cuando le acarició la mejilla a Ruby con el pulgar.

—¿Te refieres a mi bigote o a mi hija? —pregunté, bajando la voz para no despertar a Ruby.

Los ojos de Blaire captaron la tenue luz de la tele, reflejándola con un desafío que hacía tiempo que no veía.

—Me refería a Ruby. Esa cosa que tienes en la cara… —Me miró entrecerrando los ojos, como si necesitara verlo desde todos los ángulos—. Es un poco vulgar.

Se me escapó una carcajada.

—¿Vulgar?

Blaire se encogió de hombros. Le temblaban los labios, y yo sabía perfectamente que estaba conteniendo una sonrisa de verdad.

—Eso he dicho.

—¿Cómo demonios puede un bigote ser vulgar? —Me pasé los dedos por el vello facial y sus ojos siguieron el movimiento.

—Yo no pongo las reglas, Colt. Es solo que te hace parecer… —Se quedó callada, así que terminé la frase por ella.

—¿Provocativo? —Arqueé una ceja.

—Exactamente. —Levantó una mano y señaló toda mi cara—. Provocativo.

Me reí de nuevo, y me recorrió todo el cuerpo con los ojos.

—Puede que esté dando una mala impresión como padre soltero. Quizás debería afeitarme.

—No. —La palabra se le escapó antes de que apretara los labios y sus mejillas se sonrojaran—. Te queda bien.

—¿Me queda bien llevar algo vulgar? No sé muy bien si me estás insultando o no.

Se encogió de hombros otra vez, apartando la vista de mí.

—Supongo que nunca lo sabrás.

Sentía un dolor sordo en el pecho por lo fácil que me resultaba todo eso, y me alegraba muchísimo de que ella no pudiera leerme la mente.

Mis pensamientos eran un caos, chocaban tan rápido que no podía captar uno antes de que llegara el siguiente.

Cada risa, cada sonrisa, cada segundo solo empeoraba las cosas, avivando ese ansia por alguien que ya no era mía.

—Tú también estás diferente, ¿sabes?

Levantó la cabeza, sorprendida, como si pensara que solo ella tenía permiso para darse cuenta de los cambios que el tiempo había esculpido en una persona.

—Estoy exactamente igual —dijo, con un tono monótono pero demasiado rápido, un farol con las cartas ya sobre la mesa.

Negué con la cabeza y me obcequé en no permitirle que se saliera con la suya.

—No, no es así.

Apretó los labios y noté en un pequeño espasmo de su boca que quería discutir; pero no lo hizo. Blaire siempre decía la última palabra, pero el silencio que se había instalado entre nosotros era más tenso que cualquier pelea que hubiéramos tenido jamás.

Había una dureza alrededor de sus ojos que antes no estaba allí y su mirada era más severa, como si el mundo le hubiera enseñado a esperar lo peor y ella hubiera aprendido la lección demasiado bien.

—Tienes más pecas en el puente de la nariz —dije—.

Y aquí —añadí, extendiendo la mano antes de poder pensármelo dos veces.

Recorrí con los dedos la línea de su mandíbula y el grupo de nuevas pecas.

Contuvo la respiración, como si temiera inhalar mi aroma.

Sus ojos se posaron en mi mano y luego volvieron a mi rostro, y por un instante, todo lo demás se desvaneció.

Se estremeció, solo un poco, y yo debí haberme apartado.

Debí haber recordado todas las razones por las que aquello era una mala idea.

Pero dejé que mi pulgar descansara sobre su piel, justo debajo de la oreja—.

Y aquí. —Levantó la barbilla, casi imperceptiblemente, y se quedó sin aliento.

Mi corazón latía tan fuerte que estaba seguro de que ella podía oírlo a través del hueso y la carne que nos separaban—.

Hemos cambiado, pero hay muchas cosas que siguen igual, ¿verdad?

—La miré a los ojos y el ambiente entre nosotros se volvió tan denso que sentí como si ella fuera lo único que pudiera respirar.

Sus pupilas se dilataron y vi cómo se le movía el cuello al tragar saliva; ninguno de los dos quería ser el primero en apartar la vista.

—Colt —susurró mi nombre, y supe que tenía que poner fin a aquello.

—Gracias por recogerla. —Bajé la cabeza para contemplar las tenues pecas que salpicaban la nariz de Ruby y que siempre me recordaban a ella—. Debería llevarla a casa.

—Por supuesto. —Se movió con cuidado debajo de Ruby.