Capítulo 10 #3
Una ira lenta se acumuló en mi pecho y cerré los ojos con fuerza.
Quería gritar. Quería atravesar el teléfono y sacudirlo hasta que temblara, hasta que todos esos años en los que me había tragado mi propia voz salieran a la luz e inundaran cada centímetro de esta casa.
En lugar de eso, apoyé la nariz en la coronilla de Ruby e inspiré hondo.
—Me encanta esta granja, y cuando cumpla treinta años, una parte de ella será legalmente mía. Mi madre se encargó de ello.
Hizo una larga pausa antes de volver a hablar.
—No lo estás entendiendo, Blaire. —Sus palabras sonaron con fuerza al otro lado de la línea antes de carraspear—.
El lugar de la boda sigue reservado. Si se cancela, la gente empezará a hacer preguntas.
Los periodistas ya están husmeando, a la espera de cualquier noticia que puedan encontrar.
Tienes que arreglar esto antes de que se nos vaya de las manos. Voy a llamar al padre de Grant…
Ahí estaba. Ni siquiera intentaba ocultar la verdad de lo que le importaba en realidad.
No era mi desamor ni cómo Grant me había traicionado y humillado.
El padre de Grant era un hombre mucho más poderoso que él y mi padre lo necesitaba.
Y necesitaba esa imagen tan bien pulida para mantener las cosas exactamente como él quería.
Una fachada cuidadosamente elaborada que yo le había ayudado a crear.
Había sido un padre de mierda durante casi toda mi infancia, poco más que un fantasma cuando se había alejado de mi madre y de mí sin mirar atrás. Ni siquiera había acudido a su funeral.
Pero cuando se había presentado para sacarme de Willow Grove, se había puesto la paternidad como si fuera un traje a medida.
Me había llevado a rastras a todas las galas de donantes y eventos de clubes de campo que me aceptaran.
Había aprendido a andar con tacones, a sonreír y a callarme cuando él quería, a convertirme en una extensión perfecta de su ambición.
Tenía tantas ganas de que se sintiera orgulloso de mí… Quería que me viera, que me eligiera. Me decía a mí misma que, si hacía todo a la perfección, iba a ablandarse y tal vez incluso iba a disculparse por el desastre que había dejado a su paso.
Pero nunca lo hizo. Me había enseñado a ser útil. y, en ese momento, yo no le servía de nada.
—No me voy a casar con Grant.
Se quedó tan callado que pude oír mi pulso en los oídos, pero entonces suspiró, y con ese sonido me dejó clara su decepción.
—Estás complicando las cosas sin necesidad. —Su voz sonaba aún más fría, más precisa y condenatoria—. ¿Te das cuenta de a lo que estás renunciando?
Mis ojos se desviaron hacia Ruby cuando se movió y su manita se aferró a la tela de mi camiseta. De repente sentí, a partes iguales, lástima y rabia hacia mi padre.
—Me doy perfecta cuenta.
—Te dejaré que lo medites —dijo, con la voz tensa por la paciencia forzada—.
No lo eches todo por la borda solo porque Grant no haya estado a la altura de tus expectativas.
Espero que me contestes cuando te llame la próxima vez.
—Se cortó la comunicación y dejé que el teléfono se deslizara de mi hombro hasta el cojín que tenía a mi lado.
Ruby se movió, respirando un poco más fuerte que antes, y me di cuenta de que debía de haberla apretado con mi abrazo. Pegó la cara a mi brazo y parpadeó hasta clavarme sus ojos azules, aún vidriosos por la fiebre y el sueño.
—¿Te vas?
—No. —La palabra salió de mi boca sin que pudiera evitarlo, y me odié a mí misma por el pánico que se percibía en mi voz. Suavicé el tono y me agaché para apartarle el pelo sudado de la mejilla—. Estoy aquí.
Parpadeó de nuevo, dos veces, antes de cerrar los ojos.
La contemplé mientras el sueño la envolvía de nuevo, y las palabras de Lou de la noche anterior surgieron como una marea.
«Hay personas que no están hechas para quedarse» .
Mi padre y la madre de Ruby eran iguales.
No importaba cómo se marcharan, siempre dejaban tras de sí el mismo vacío.
Me quedé sin aliento al darme cuenta de que no quería ser nunca alguien que le provocara ese sufrimiento.
Me quedé allí sentada durante un buen rato, con la luz que entraba por la ventana inundando el salón.
Observé cómo se deslizaba por el brazo de Ruby y sobre la suave curva de sus labios.
Le acaricié el rostro con el dedo antes de coger el termómetro y volver a comprobar la temperatura.
Lo puse suavemente contra la frente de Ruby y centré mi atención en ella, en cómo los números iban cambiando en la pantalla.
Por fin, sonó un pitido. Treinta y siete nueve.
Yo: La fiebre le ha bajado a 37,9 °C. Está dormida. Llámame cuando estés llegando.
Me aferré al teléfono como si fuera la única ancla que me mantuviera en el sitio en medio de una crecida, odiándome a mí misma por necesitar su respuesta, por importarme lo que él pensara. Sin embargo, seguía mirando cada pocos segundos para ver si aparecían esos tres puntos.
La rodeé con mis brazos, estrechándola más contra mi pecho, con una mano recorriendo lenta y suavemente su espalda mientras la otra seguía sujetando el teléfono.
Me concentré en su respiración tranquila hasta que la mía se sincronizó con la de ella.
El sopor nos envolvió a los dos, y ya estaba profundamente dormida cuando el teléfono volvió a vibrar en mi mano.