Cowboy casual Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Hola —dijo Blaire vacilante, y pude oírla moverse—. No. Se ha ido al bingo y se ha dejado el teléfono en casa. Eso tiene que ser un problema de seguridad para alguien de su edad, ¿no? —dijo riendo.

Me quedé paralizado con el teléfono pegado a la oreja como un maldito idiota, mientras Buck se movía inquieto debajo de mí. Todas las emociones que había pasado el día tratando de reprimir volvieron a invadirme al oír su voz al otro lado de la línea.

—Lo siento —gruñí—. No quería molestarte. Voy a…

—¿Va todo bien? —me interrumpió, y la calidez de su voz me sentó como un puñetazo en el estómago.

—¿Tú estás bien, Blaire?

Ella contuvo el aliento, y me imaginé que entrecerraba los ojos y se mordía el labio inferior mientras su frustración conmigo crecía.

—Tú eres quien ha llamado. ¿Qué pasa? Suenas raro.

Dios, odiaba lo fácil que le resultaba darse cuenta, lo fácil que le resultaba leerme después de todos esos años, incluso por teléfono.

—Ruby está enferma. Iba a pedirle a June que la recogiera, pero ya voy para allá.

—Oh. Yo… yo puedo ir a recogerla —dijo con una vacilación que me oprimió el pecho, pero su oferta me dejó sin palabras.

—No, no pasa nada. Estaba trabajando fuera, pero puedo llegar a la casa grande en quince minutos. —Odiaba lo abatida que sonaba—. Llamaré al colegio y…

—Diles que estaré allí en diez minutos para recogerla. —Había una firmeza en su tono que me recordaba mucho a la antigua Blaire.

Mi pulso se aceleró y abrí la boca para objetar. Intenté imaginarme a Blaire entrando de nuevo en los pasillos de la escuela primaria Willow Grove y saliendo con mi hija.

—Blaire…

—No voy a discutir contigo, Colt. Necesitas ayuda. June no está aquí, y no voy a dejar a Ruby en el colegio estando enferma. Lo hago por ella, no por ti. —Hubo una pausa, y casi pude ver cómo levantaba la barbilla con esa obstinación que siempre había admirado y odiado a partes iguales.

—No creo que sea una buena idea —dije finalmente.

Había normas para garantizar la seguridad de mi hija.

Ruby estaba en plena forma, pero cuando se ponía enferma era otra persona.

Se mostraba dependiente y vulnerable. Su expresión valiente daba paso a mejillas enrojecidas por la fiebre y labios temblorosos.

En una sola tarde, Blaire iba a descubrir lo que yo había pasado cinco años protegiendo.

Ella resopló al otro lado de la línea.

—Bueno, Colt, si no me falla la memoria, a veces no se te ocurren las mejores ideas, y ahora mismo, yo soy la única opción que tienes.

Tenía razón.

O se lo permitía, o me iba a quedar con tres metros y medio de valla derribada y el ganado listo para escaparse.

Ser padre era un tira y afloja constante: Ruby tiraba de un brazo y el rancho, del otro.

Había heredado más responsabilidades de las que pensaba a mis veinticuatro años, y daba igual que llevara prácticamente cinco al frente del rancho.

No se hacía más fácil.

Todos contaban conmigo, y la idea de defraudarlos me aterrorizaba.

Mi pequeña, sobre todo, y más después de que su madre se fuera.

Eso era lo que nadie te decía cuando te convertías en padre: la culpa siempre estaba ahí, bajo la piel, como un nervio irritado, palpitando sin cesar.

Podía tener los músculos doloridos desde el amanecer hasta el anochecer, la ropa cubierta de barro, las manos surcadas por cortes de alambre de púas y, aun así, al día siguiente podía volver a montarme en el caballo.

Pero la idea de que Ruby me necesitara y yo no pudiera darle todo lo que precisaba me partía el corazón.

Me había convencido a mí mismo de que lo estábamos haciendo funcionar. Teníamos nuestros rituales de tortitas al amanecer, y ella se reía cuando la lanzaba sobre la cama por la noche. Las cenas de los domingos en casa de mis padres eran sus favoritas, y tenía dos tíos que la mimaban muchísimo.

Esperaba que eso pudiera, de alguna manera, llenar el vacío que había dejado su madre cuando había decidido que no éramos suficiente para ella.

Pero a veces, como esa, cuando el mundo avanzaba más rápido de lo que mis botas podían seguir, captaba esa mirada en los ojos de Ruby y me odiaba a mí mismo por haberla defraudado.

—Vale. —Asentí aunque Blaire no pudiera verme—. Gracias, Blaire. —Las palabras se me atascaron en la garganta—. Te debo una.

La línea estuvo en silencio tanto tiempo que miré mi teléfono para ver si había colgado, pero entonces oí el rugido de su motor.

—No me debes nada, Colt. —Sonaba cansada—. Ruby y yo estaremos bien. Te llamaré en cuanto la recoja.

Colgó, y llamé rápidamente al colegio para avisarles de que Blaire tenía mi permiso para ir a recogerla.

Me quedé mirando fijamente el tramo roto de la valla, irregular e inútil como las promesas que me había hecho a mí mismo.

Ruby estaba por encima de todo, eso lo tenía claro.

Pero no podía ignorar el alivio que había sentido en el pecho al oír la voz de Blaire.

Quería mantenerla a distancia, necesitaba hacerlo, y, sin embargo, una parte de mí se preguntaba que podía pasar si ella se colara por los huecos que yo parecía incapaz de reparar.