Capítulo 9 #2
Había clavado la mirada en la escritura de la propiedad de June y en un gravamen que tenía las firmas de mis padres justo debajo de la de June. Estaba fechado poco después de que la madre de Blaire enfermara, justo antes de que hubiera empezado el tratamiento.
Había sentido cómo se me helaba la sangre en las venas al darme cuenta de todo.
Mis padres habían avalado el préstamo, seguramente para ayudar a June y Mae a salir adelante durante la peor etapa del cáncer de ella.
Todo había cobrado sentido ante mis ojos: la tensión en la voz de mi padre y los terrenos al oeste que habían vendido, a pesar de haber jurado que nunca iban a hacerlo.
La madre de Blaire y la mía habían sido amigas toda la vida, y mis padres habían hecho todo lo posible por ayudarla hasta el final. Pero no había sido suficiente.
Esa noche, había empezado a hacer cálculos que nadie me había pedido. Turnos extra, segundos turnos y depósitos discretos para saldar una deuda que no era mía.
—No vas a ganar, Colt. —Había sacudido la cabeza como si le pesara decirlo—.
¿Cuánto tiempo crees que se quedará Blaire cuando yo haya acabado con este lugar?
No tienes nada que ofrecerle más que un rancho en ruinas.
Ella quiere ir a la universidad. Quiere un futuro, y…
Tú no puedes dárselo, hijo. —Me había quitado los papeles de las manos y se los había guardado en la chaqueta—.
Blaire va a irse conmigo. La pregunta es si vas a ponérnoslo fácil o si voy a tener que convertir esta situación en un infierno.
Y, que Dios me ayudara, lo había creído.
Mi voz se había reducido a un susurro cuando le había respondido que debía irse con él.
Luego habían llegado los gritos, las súplicas para que no lo hiciera, mientras sus dedos se clavaban en mis brazos como si pudiera aferrarse a mí.
Pero lo que más me atormentaba, lo que aún me despertaba sobresaltado en plena noche, era cómo se había apagado el fuego de sus ojos cuando finalmente había pronunciado las palabras que sabía que iban a hacerle más daño.
Aquellas que nunca iba a poder retirar.
Se había marchado después de eso, dando un portazo tan fuerte en la puerta de mi camioneta que había temido que la arrancara de cuajo.
Se había quitado de un tirón el collar que le había regalado el año anterior y me lo había lanzado, y la delgada fresa de metal me había hecho un corte justo debajo de la mandíbula; después, ella había entrado corriendo en la casa de June.
Había agachado la cabeza y había trabajado en ese rancho hasta que me habían sangrado las manos y me habían dolido todos los músculos.
Aquella noche la había destrozado, había hecho añicos todo lo que había entre nosotros.
Durante años, el peso de lo que había hecho me había asfixiado hasta impedirme respirar.
En aquel entonces solo podía perder a Blaire y a mí mismo, pero en ese momento también estaba Ruby, y ella lo había cambiado todo. Tiré del cable con más fuerza, con los brazos ardiendo, pero no paré.
Por mucho que lo repitiera en mi mente, no podía racionalizar la decisión, no podía hacer que sonara noble en lugar de cobarde. Me había dicho a mí mismo que la estaba protegiendo, que estaba salvando a mi familia, pero no era suficiente.
Me había convencido a mí mismo de que, si trabajaba duro y me sacrificaba por mis seres queridos, todo iba a salir bien, que iba a dejar de oír el eco de su voz en mi cabeza.
Pero nunca sucedió. Nunca dejé de quererla.
Y por mucho que lo intentara, por muchas estaciones que pasaran, no conseguía querer a nadie durante más de una noche.
Ruby había sido fruto de una de esas noches, y aunque Becca y yo habíamos intentado que las cosas funcionaran por el bien de mi hija, también la había cagado en eso.
Me despertaba en mitad de la noche con el nombre de Blaire medio susurrado en sueños, y Becca estaba allí tumbada, con los ojos abiertos, mirando al techo.
No soportaba vivir con un fantasma, y, joder, no podía culparla.
Después de que Becca se marchara, juré que Ruby nunca iba a encontrarse a una desconocida en nuestra casa.
Ninguna otra mujer que hubiera dejado un rastro que mi hija pudiera encontrar.
Mi anhelo por Blaire iba a quedarse encerrado donde debía estar: en la oscuridad, donde me enfrentaba a él en soledad, noche tras noche.
Casi había terminado la valla cuando sonó mi teléfono, vibrando con tanta fuerza contra mi muslo que me sobresaltó. Me quité los guantes a toda prisa y lo saqué de un tirón, esperando que fueran McCoy o Hunter con noticias sobre el pastizal del este.
Pero era el colegio de Ruby.
El corazón me latía con fuerza contra las costillas mientras me llevaba el teléfono a la oreja. El silencio entre mi «hola» y su respuesta se alargó como el alambre de púas que tenía delante, obligándome a enfrentarme a todas las posibilidades terribles que se me ocurrían.
—Hola, ¿señor Calloway? Soy Suzie, de la escuela primaria Willow Grove. Siento molestarle.
—¿Ruby está bien? —pregunté.
—Está bien —se apresuró a decir—. Solo se encuentra un poco indispuesta. Tiene fiebre y dice que le duele la garganta. Está descansando en la enfermería, pero está un poco triste. Creo que solo quiere a su padre.
—Dígale que su abuela o yo iremos a buscarla tan pronto como podamos.
—Por supuesto, señor Calloway. Le daré un polo mientras esperamos.
—Gracias. —Colgué el teléfono y miré hacia el siguiente tramo de valla, que seguía aplastado contra el suelo, y luego volví la vista hacia el ganado que pastaba cerca.
Joder. Si lo dejaba así, íbamos a pasarnos una semana persiguiendo al ganado.
Primero intenté llamar a Hunter para que fuera a arreglar la valla, pero su teléfono saltó directamente al buzón de voz. No me sorprendió. Él y McCoy se dirigían al lado este de nuestra propiedad cuando los había dejado esa mañana temprano, y allí no había ni una mierda de cobertura.
Colgué rápidamente y llamé a mi madre. Contestó al tercer tono.
—Hola, cariño. —Su voz sonaba tranquila.
—Hola, mamá. —Me quité la gorra y me sequé la frente con el antebrazo—. Han llamado del colegio. Ruby tiene fiebre. Estoy atrapado en el campo del norte y no consigo localizar a Hunter. ¿Podrías ir a recogerla?
Ella dudó, lo que significaba que no podía.
—He ido con tu padre a la cita que tenía en la ciudad. No regresaremos hasta las tres. —Podía notar la decepción en su voz. No quería defraudarnos a ninguno de los dos, y nunca habría sido capaz de hacerlo a propósito—. Puedo dejar a tu padre aquí, ir corriendo a buscarla y…
—Mamá, para. No pasa nada. —Intenté que mi voz sonara más alegre de lo que sentía, atrapado entre la valla rota, el ganado disperso y mi pequeña que me necesitaba.
Mi madre debió de percibir la tensión que se escondía tras mis palabras, porque soltó uno de esos suspiros, de esos que dicen que sabía que me estaba ahogando, pero que no tenía ni idea de cómo solucionarlo.
—Llama a June —sugirió. Su voz era enérgica, siguiendo el ritmo de solución de problemas en el que las madres eran tan buenas.
—Dejaré la valla e iré hasta ahí. —Ya me estaba acercando a Buck y le acariciaba el cuello con la mano. El resto era un problema de mañana.
—Vale, cariño. Puedo ir a recogerla en cuanto lleguemos a casa y prepararle una sopa.
—Gracias, mamá. —Colgué antes de desatar la rienda de Buck y subirme a la silla de montar.
Pulsé el botón de mi móvil para llamar al número de June mientras azuzaba a Buck para que se moviera. Estaba a punto de colgar cuando por fin contestó.
—Hola. —Joder, esa no era June.
—Eeeh, hola. ¿Está June? —¿Por qué demonios me trababa al hablar?