Capítulo 9
Colt
Dejé caer de nuevo el martillo con fuerza, con los hombros ardiendo de dolor.
El poste de la valla se hundió otro par de centímetros en el tierra dura y luego se detuvo en seco.
El tramo de alambre de púas que debería haber reparado la semana pasada tenía en ese momento más pinta de necesitar que lo sustituyeran, y ya me había cortado media docena de veces mientras sacaba del suelo la parte dañada.
El sudor me dibujaba un surco salado entre los ojos y me escocía muchísimo, pero lo agradecía.
Agradecía cualquier cosa que me ayudara a apartar a Blaire de mi mente.
Espiré, me sequé la frente y moví los hombros.
Luego volví a golpear con fuerza el martillo y el poste se movió un poco más.
Al final, cedió y se hundió lo suficiente como para que pudiera pasar al siguiente.
Estiré las manos y dejé que el dolor que sentía en ellas me devolviera a la realidad. Era lo único que tenía sentido.
Las vallas eran pura matemática. El resto, no tanto.
El viernes vencía la factura del pienso, el gasóleo había vuelto a subir y tenía que llamar al veterinario para que acudiera a ver a uno de nuestros caballos.
La cita del cardiólogo de mi padre se cernía como una nube de tormenta en el calendario de mi madre, y todos fingíamos no estar aterrorizados por lo que pudieran encontrar esa vez.
Y Ruby… Dios, la clase de baile de Ruby estaba a punto de empezar.
—¿Puede venir Blaire conmigo a mi clase de baile? —me había susurrado la noche anterior, cuando ya estaba casi dormida. No lo había dicho con tono exigente, sino con esa frágil esperanza que me hacía querer prometerle el mundo y sentirme destrozado por no poder cumplir mis juramentos.
La madre de Ruby se marchó cuando ella tenía tres años, dejando a mi hija con una mirada recelosa que ningún niño debería tener.
Sin embargo, se había aferrado a Blaire sin pensárselo dos veces.
Quería odiar a Blaire por eso, por haberse metido en la vida de Ruby como si siempre hubiera estado destinada a estar allí, sabiendo perfectamente que iba a hacerle daño cuando, inevitablemente, se marchara.
Pero entonces la recordaba en la cocina de mi madre, con los hombros tensos y los ojos atormentados por algo que no quería nombrar, y sentía cómo mi ira se disolvía en algo peor.
Esa necesidad desesperada de protegerla también a ella.
Había angustia en sus ojos, pero entonces parpadeó y su máscara volvió a su sitio y compuso una sonrisa despreocupada mientras se sentaba junto a Ruby durante la cena.
La transformación fue tan perfecta que me temblaban las manos: en parte por la frustración de que pudiera ocultarse tan bien y, en parte, por el impulso de estirar la mano por encima de la mesa y tocarle la cara, para ver si podía sentir la costura donde desaparecía la verdadera Blaire.
Los recuerdos de ella me acechaban, tendiéndome emboscadas en cada poste de la valla, en cada abrevadero, en cada trozo de tierra por donde alguna vez la había perseguido a través de esos campos. No había ni un solo acre de este rancho que no me recordara su nombre.
No podía quitármela de la cabeza. Ni de mi mente ni de ese estrecho espacio detrás de las costillas donde toda la ira que había acumulado se había transformado en algo más desesperado.
Quería alejar a Ruby de la esperanza. Yo podía soportar otra ruptura si fuera necesario. Ya había sobrevivido a Blaire antes, pero no estaba seguro de que mi chica pudiera hacerlo.
La siguiente estaca entró con más facilidad. Ya tenía las palmas entumecidas y mi mente por fin se sumergió en esa fresca nada que produce el trabajo duro. Disfruté de la sensación de control, de la fiabilidad de la madera y el alambre.
Nadie podía confundir el propósito de una valla. Mantener las cosas dentro, mantener las cosas fuera.
Sabía cómo levantar una valla y cómo mantenerla bien cerrada.
Mantuve a Ruby a salvo tras la alambrada mientras yo me llevaba las púas.
Funcionó bien hasta que Blaire volvió al pueblo.
Ella siempre había encontrado las grietas en mi percepción, colándose por ellas antes incluso de que me diera cuenta de que lo había hecho.
Cuando éramos niños, el mundo parecía muy sencillo.
Estaba ese lugar, mi familia, Blaire y un futuro tan vívido que podía cerrar los ojos y ver hasta el más mínimo detalle.
Conducíamos por carreteras secundarias con las ventanillas bajadas y mi mano sobre su muslo desnudo.
Ella apoyaba la cabeza en mi hombro y me decía que nunca había querido estar en ningún otro sitio.
Y yo la creía porque yo también lo deseaba, lo deseaba más que nada en el mundo, pero eso había sido antes de que todo se complicara.
Antes de que nuestra tierra empezara a escapárseme de las manos, antes de que el cuerpo de mi padre se debilitara, antes de darme cuenta de que el amor por sí solo no bastaba para retenerla aquí.
Volví a golpear el poste, colocando el segundo en su sitio, antes de dejar el martillo en el suelo y subirme el bajo de la camiseta para limpiarme la cara.
Pasé al alambre, tensándolo y retorciéndolo con los alicates.
Una púa se me clavó en la muñeca mientras trabajaba sin prestar atención, pero agradecí ese pinchazo de dolor.
Agradecía cualquier cosa que me mantuviera en el presente y no me dejara darle vueltas a lo que podía haber sido.
Pero mi mente era una cabrona y le daba igual que yo no quisiera pensar en ella.
Por mucho que lo intentara, no podía evitarlo.
Todavía me veía a mí mismo con diecisiete años, forcejeando con un trozo de alambre igual que ese, solo que entonces tenía a Blaire, con unos pantalones cortos, sentada en el capó de mi camioneta.
Ella estiraba las piernas hacia delante y su risa flotaba a mi alrededor.
Me tomaba el pelo por cada palabrota, cada gesto de mal humor, y cuando finalmente perdía los nervios y le decía que se acercara y me demostrara que podía hacerlo mejor que yo, ella había hecho precisamente eso.
Pero, por alguna razón, la valla nunca se arreglaba, porque yo la agarraba por la cintura antes de que pudiera hacer nada y la besaba hasta dejarla sin sentido.
Habíamos pasado mil tardes así y mil noches bajo esas mismas estrellas con su piel pegada a la mía, sus rizos enredados en mis dedos, y los dos prometiéndonos que nunca íbamos a permitir que el mundo nos separara.
Pero las promesas no eran más que palabras, y esas palabras se desmoronaron cuando su padre apareció con la oferta de una vida que yo nunca habría podido darle y con amenazas de quitárselo todo.
Cerré los ojos y volví a aquel verano, aquel en el que el mundo de Blaire y el mío dieron un vuelco.
Su madre llevaba enterrada solo unas semanas cuando su padre la había llamado y le había pedido que se fuera a vivir con él.
No quería a Blaire como un padre debía querer a su hija.
Se había pasado la mayor parte de la vida de ella en otro lugar y no había empezado a llamarla hasta que había comenzado su campaña para el Senado.
Primero, cada dos semanas, luego todos los domingos, siempre preguntándole a Blaire cuáles eran sus planes tras la graduación, siempre intentando convencerla de que se fuera a vivir con él, de que se matriculase en la universidad.
Y ella siempre me miraba de reojo mientras le decía que no.
A él le importaba un comino ella, en realidad.
Le importaba cómo se veía ella a su lado.
Le importaban las historias que salían en el periódico y que mancillaban su imagen de perfecto padre de familia.
Quería a Blaire porque era suya, y porque en el mundo estrecho y frío de la política, eso era lo que la familia siempre había sido en realidad: posesiones que aprovechar, activos que exhibir.
Blaire había creído que, si seguía diciendo que no, si seguía aferrándose a mí y a este lugar, él iba a abandonar la batalla legal por la custodia contra June y a desaparecer, como siempre había hecho hasta entonces.
Pero aquel verano se había presentado en persona, con trajes caros y sonrisas calculadas, y no había perdido ni un minuto en dejar claro lo que quería. Ella iba a ir a la universidad y a marcharse con él. Y cuando eso aún no había sido suficiente, habían comenzado las amenazas.
Fue entonces cuando me había dado cuenta de lo poco que podía hacer en este mundo.
Por aquel entonces mi padre ya iba y venía de las consultas médicas, aunque aún no nos habíamos dado cuenta de lo graves que iban a ser las cosas, y cada día en el rancho me había parecido una espera hasta que la siguiente mala noticia nos echara por la borda.
Apenas lograba mantener la compostura, apenas podía lidiar con las presiones de las responsabilidades que sabía que mi familia necesitaba que asumiera, y entonces el padre de Blaire se había presentado en mis tierras con una escritura en la mano y una sonrisa de satisfacción en el rostro.
Nunca olvidaré su aspecto, ahí apoyado contra mi valla mientras golpeaba suavemente la madera con los papeles doblados.
—¿Sabes, Colt? —había dicho con tono relajado—. Sería una pena que le pasara algo a todo esto. —Había vuelto la cabeza y se había puesto a contemplar el horizonte, hacia las tierras por las que mi padre prácticamente se había matado a trabajar.
—Me da igual lo que digas. —En aquel momento había estado tan seguro, tan equivocado…—. Blaire nunca se irá contigo. Willow Grove es su hogar. Yo soy su hogar. Ya casi tiene dieciocho años. Es su decisión.
Él había vuelto a dar unos golpecitos con los papeles antes de tendérmelos; a mí me habían temblado las manos al cogerlos.
—Una demanda, una impugnación del testamento de Mae, y todo acabará en los tribunales. La casa de June, la de tus padres también, y el terreno que se supone que Blaire va a heredar.