Capítulo 8 #4
La culpa me oprimía el pecho, no solo por Ruby, sino también por Lou, por June, por todas las personas a las que había dejado atrás.
Ni siquiera había sido capaz de coger el teléfono y llamar a Lou después de todo lo que ella había hecho por mí.
Era una cobarde, y llevaba tanto tiempo huyendo que no había pensado en todo lo que había dejado atrás.
Me había resultado muy fácil convencerme de que marcharme solo tenía que ver con Colt y conmigo, pero también había huido de ellos.
Casi pude sentir cómo Lou me leía la mente.
—Lo siento —se me escaparon las palabras—. Debería haberte llamado o escrito o… —Tragué saliva—. No te merecías algo así.
Su rostro se entristeció y extendió la mano para tomar la mía entre las suyas. Su palma estaba cálida y su apretón era firme.
—Ay, mi niña. No me refería a eso. No tienes nada de qué disculparte, al menos conmigo no. —Me apretó la mano y yo intenté no derrumbarme ante todo aquello—. Todos tenemos que hacer lo que podemos para sobrevivir en este mundo.
Bajé la mirada hacia su mano, hacia el anillo de oro que le rodeaba el dedo, y experimenté de nuevo ese dolor en el pecho; me latía en los pulmones, hasta que sentí que me ahogaba.
—Te he echado de menos —dije, con la voz temblorosa—. Os he echado mucho de menos a todos, pero yo… —Me atraganté con las siguientes palabras, sintiéndome de repente demasiado pequeña y tonta—. Colt y yo…
Lou me soltó la mano solo para pegarme a ella; me rodeó los hombros con los brazos y me meció suavemente.
—Lo sé. —Su aliento me calentaba la mejilla. Inspiré hondo y Lou me soltó lo justo para poder mirarme a la cara—. ¿Puedo preguntarte algo? —dijo en voz baja, y yo asentí—. ¿Por qué le hiciste caso a tu padre después de todo lo que pasaste para quedarte aquí? ¿Por qué te fuiste?
Había esperanza en sus ojos, como si aún pudiera decirle que todo había sido un gran malentendido, una broma del destino, y podría haberle mentido. Pero nunca había sido capaz de mentirle.
—Colt me dijo que me fuera. —La voz se me quebró al pronunciar esas palabras, y no pude ocultar la tristeza que encerraban—.
Dijo que sería lo mejor para los dos, que necesitábamos tiempo, y que yo…
—Me dolía el pecho, como si todos los años que había pasado intentando olvidar aquella noche se hubieran derrumbado dentro de mí—.
Que mi padre podía darme cosas que nunca encontraría aquí.
Que podía pagarme la universidad y cuidar de mí.
—Tragué saliva con dificultad y parpadeé rápidamente, pero el ardor en los ojos se negaba a desaparecer.
El recuerdo de aquella noche, de la forma en que le grité y le supliqué que no lo hiciera, la forma en que él se quedó allí plantado con la mandíbula apretada, dejando que lo nuestro se convirtiera en cenizas, nunca iba a desaparecer, por mucho que intentara olvidarlo—.
Me dijo que ya no podía ser él quien lo hiciera.
—Inspiré profundamente hasta que me ardieron los pulmones—.
Que yo lo estaba frenando. —La puerta de cristal del porche se abrió con un chirrido estridente, y me aparté de Lou al oír pasos detrás de nosotros.
Una lágrima me resbaló por la mejilla y me la sequé con la mano a toda prisa, esforzándome por esbozar una sonrisa.
—Blaire —me llamó Lou, con voz suave y preocupada, pero yo ya me estaba yendo, y cada paso me alejaba más de la verdad que había soltado en su cocina.
—¡Ahora mismo vuelvo! —grité por encima del hombro, con la voz temblorosa a pesar de mi intento desesperado por parecer normal—. Tengo que ir al baño un momento.
Hui por el pasillo por donde Ruby había desaparecido, con la vista borrosa por las lágrimas. El pasillo estaba más oscuro y era más frío, pero no había dado más que unos pocos pasos cuando estuve a punto de chocar contra un pecho ancho. Colt.
Sus manos se extendieron para sujetarme, y me quedé sin aliento. Por supuesto que era él quien había entrado. Su aroma me envolvió cuando se agachó lo suficiente para mirarme a los ojos, y recé para que no pudiera ver las lágrimas que amenazaban con derramarse.
Intenté escabullirme, pero él no me soltó.
Se quedó allí, con las manos ahuecadas alrededor de la parte posterior de mis brazos, donde sus pulgares trazaban pequeños círculos invisibles.
La presión era mínima, casi imperceptible, pero cada roce de sus pulgares me parecía una marca de la que no podía escapar.
—¿Qué te pasa? —Su voz era suave pero exigente. Intenté apartar la mirada, pero él bajó la cabeza para que sus ojos volvieran a encontrarse con los míos.
—Nada —mentí, hincando los dientes en el interior de mi mejilla—. Tu madre me estaba matando a trabajar y necesitaba un momento.
Mi cuerpo me traicionó acercándose hacia él incluso mientras intentaba alejarme.
—Nunca has sabido mentir. —El azul de sus ojos reflejaba demasiada preocupación, y no podía soportar verlo.
—Estoy bien. No te preocupes por mí. —Me obligué a zafarme de su abrazo, y él no me detuvo.