Capítulo 8 #2
Le aparté el pelo de los ojos mientras ella contemplaba radiante la pulsera, pero era muy consciente de la presencia de la familia Calloway en el porche, detrás de ella.
Lou estaba a mi izquierda, observándonos con atención, y cuando aparté a Ruby un paso hacia atrás, me puse de pie para enfrentarme a ellos.
Hunter fue el primero en romper el silencio.
—Vaya, caray. Me preocupaba un poco que nos dejases plantados después de lo de la otra noche. —Sonrió con expresión pícara.
—¿Qué pasó la otra noche? —preguntó Lou, y la sonrisa de Hunter no hizo más que ampliarse.
—Blaire tenía a todos los vaqueros alborotados. ¿Verdad, Colt? —Hunter me guiñó un ojo.
—Eso no es cierto —respondí antes de que Colt pudiera hacerlo—.
Creo que Hunter está confundido porque tuve que ver cómo tu hijo, aquí presente —señalé a Hunter—, se comportaba como un idiota mientras suspiraba por mi amiga Maggie.
Cualquiera habría pensado que habría aprendido algo con la edad, pero, de alguna manera, sigue recurriendo a comportarse como un idiota si le gusta una chica.
—Hunter Owen Calloway —lo regañó su madre, y no pude evitar que una sonrisa burlona se dibujara en mi rostro—. ¿Maggie, la hermana de Ella?
Un rubor se apoderó de las mejillas de Hunter, y se llevó la mano a la nuca. Estaba deseando saber qué había detrás de todo aquella historia, pero podía preguntárselo a Maggie más adelante.
—Sí, la Maggie de Ella. Somos amigos. —Me miró con los ojos muy abiertos, pero él había empezado.
Lou suspiró, tan exasperada con su hijo como lo estaba cuando era adolescente.
—June, no sé cómo has criado a una nieta tan bien educada cuando pasó tanto tiempo con esta pandilla mientras crecía.
Colt resopló y volví la mirada hacia él de inmediato. Sus ojos se encontraron con los míos y la comisura de su boca se curvó hacia arriba de una forma que hizo que mi estómago se revolviera traicioneramente.
—Lo siento —rio; cogió a Ruby en brazos y la acomodó sobre las caderas—, pero todos sabemos que eso es una gilipollez.
—¡Esa boca! —lo reprendió Lou, pero su voz sonaba cálida; pasó a mi lado y le dio un beso en la frente a Ruby—. Aquí estamos intentando criar a otra niña bien educada.
—Y que te quede claro que me porto de maravilla. —Me crucé de brazos y me planté frente a Colt.
—Claro. —Él asintió y apretó los labios en una línea tensa bajo ese maldito bigote, como si estuviera intentando no sonreír—. Seguro que has cambiado mucho desde que te fuiste. ¿Por eso se ha acabado el tequila en el Dusty Spur?
McCoy escupió la cerveza cuando una carcajada le brotó de la garganta. Sentí cómo el calor me subía por el cuello, incapaz de apartar la mirada de la forma en que Colt me observaba, pero el señor Calloway me salvó.
—Deja en paz a la chica —intervino antes de volverse hacia mí—. Blaire Monroe, ¿te vas a quedar ahí plantada aguantando a los idiotas de mis hijos, o le vas a dar a un viejo un saludo como es debido?
Sonrió, y vi al hombre que recordaba: hombros anchos, con esas manos curtidas que me habían enseñado a montar a caballo, y con una risa que había retumbado por esos campos cada verano de mi infancia.
Pero el tiempo lo había marcado de formas que no esperaba.
Tenía esos hombros encorvados, y su complexión, antes imponente, se había reducido, como si el peso de todos esos años en este rancho se hubiera acumulado finalmente en sus huesos.
Atravesé el porche, con el pulso latiéndome con fuerza en los oídos, y me agaché para abrazar al señor Calloway. Todavía olía a cuero.
Cuando dudé en pegarlo a mí, él me estrechó contra su pecho, inhalando mi aroma y rodeándome la nuca con una mano. Seguía siendo Owen Calloway, pero se me partió el corazón al sentir lo delgado que estaba.
Cuando me aparté, sus dedos se quedaron un momento sobre mi brazo.
Intenté no mirarlo fijamente, pero no pude evitar percatarme de esa nueva fragilidad que se percibía en él.
Tenía los nudillos hinchados, la piel tensa sobre el entramado azul de venas que se ocultaba debajo, y presentaba hematomas a lo largo de los antebrazos.
—No pongas esa cara de pena. —Su voz seguía teniendo ese tono ronco que siempre me había encantado—. Aún no pienso morirme. ¿Te imaginas a estos chicos llevando el rancho solos, si yo no pudiera estar aquí al menos para darles apoyo técnico?
—Por Dios, papá —se quejó Colt, y yo me volví hacia él, mirándolo de verdad por primera vez desde que había llegado a esa casa.
Recolocó a Ruby sobre su cadera con una destreza nacida de la práctica y le puso una mano protectora sobre la espaldita, acariciándosela suavemente con el pulgar describiendo pequeños círculos.
Cuando había pensado en volver a encontrarme con Colt, me había preparado para ver a un desconocido, pero seguía siendo el mismo de siempre, solo que un poco más sereno, más tierno y más duro, todo a la vez.
Cuando bajó la mirada hacia su hija, pude ver las sutiles sombras oscuras que se cernían bajo sus ojos. Su mandíbula se tensó bajo la piel cubierta de barba incipiente, y sus hombros estaban rígidos bajo la camisa de algodón desgastada.
Me preguntaba cuánto tiempo llevaba sustituyendo a su padre en el rancho. Siempre había sabido que eso era lo que quería, que ese rancho iba a ser su vida, pero ninguno de los dos pensaba que fuera a suceder tan pronto.
—¿Qué? —El señor Calloway entrecerró los ojos—.
Ella me ha mirado como si ya estuviera bajo tierra, pero te diré una cosa: con el corazón mal o no, todavía puedo zarandear a tu madre en el dormitorio cuando me apetezca.
—Acompañó estas palabras con un guiño y una sonrisa que le marcaba las profundas arrugas alrededor de los ojos.
Los tres chicos Calloway soltaron gemidos de disgusto, McCoy se tapó los oídos con las palmas de las manos y yo me puse los dedos contra los labios para reprimir la risa que amenazaba con brotar de mi pecho.
Lou le dio un golpecito en el brazo a Owen.
—Ya basta.
Ella lo estaba regañando, pero él se limitó a sonreír aún más mientras la rodeaba con el brazo, con la mano apenas por encima de sus muslos. La pegó a él con un suave tirón.
—Me quieres.
Lou puso los ojos en blanco, pero las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba, suavizando todo su rostro. Lo miró de arriba abajo con la precisión de quien lleva toda la vida anticipándose a las necesidades de los demás.
Cuando era pequeña, los contemplaba desde el otro lado de la mesa: cómo él le buscaba la mano sin mirar, cómo ella le rellenaba la taza de té antes de que él se diera cuenta de que estaba vacía.
Mis padres se habían divorciado cuando yo tenía cuatro años, y nunca había visto a nadie que se mostrara un afecto tan espontáneo; solía tumbarme en la cama por la noche y desear que algún día pudiera encontrar un amor como aquel.
Pero en ese momento habría preferido que me atropellara un camión Mack antes de sufrir más amor como el que había estado atrayendo.
Siempre había soñado con encontrar a un hombre con manos firmes y una devoción inquebrantable, como Owen Calloway, pero cuando me pusieron un diamante en la mano izquierda, procedía de un hombre que se parecía mucho más a mi propio padre.
Había renunciado a ese amor fácil con el que siempre había soñado en el momento en que le había dicho que sí a Grant.
—Ahora —la voz de Owen se redujo a un susurro destinado solo a ella—. Dame un beso.
Lou se agachó y posó sus labios sobre los de Owen; luego le acarició la mejilla con el pulgar hasta detenerse en la comisura de su boca antes de que ella se enderezara.
—Será mejor que termine de preparar la cena antes de que mis hijos se mueran de hambre.
—Gracias a Dios —resopló McCoy, dándose una palmadita en su vientre plano—. No he dejado de pensar en tu comida desde el domingo pasado.
—Puedes venir a comer cualquier día aparte de los domingos. Lo sabes, ¿verdad? —Lou arqueó una ceja mirando a McCoy, y este se limitó a señalar a Colt.
—Díselo a tu precioso niñito de ahí, que nunca hace nada malo. ¡No me deja descansar!
—La cosa se está poniendo fea por aquí —se quejó Colt, dejando a Ruby en el suelo.
Nuestras miradas se cruzaron por encima de la cabeza de ella, y yo quería apartar la vista, pero no podía.
Odiaba que mi cuerpo siguiera respondiendo a él, incluso cuando mi mente me gritaba que recordara todas las razones por las que me había marchado.
—¿Puedo ayudar? —Las palabras salieron de mi boca demasiado rápido, con demasiado entusiasmo.
—Claro que puedes. Vamos. —Lou me hizo un gesto para que la siguiera, y sentí un gran alivio al tener una excusa para moverme, para alejarme del porche y de la mirada penetrante de Colt.
Ruby se abalanzó hacia mí y me agarró la mano; sentí su palma cálida contra la mía.
—¡Yo también quiero ayudar!
Entramos cogidas de la mano, y Ruby se subió a un taburete de madera junto a la isla, dando golpecitos con los pies contra los peldaños mientras balanceaba las piernas de un lado a otro. Me arremangué y me lavé las manos, intentando inspirar hondo.
—¿Qué necesitas? —le pregunté a Lou, y ella puso un gran cuenco de cerámica lleno de patatas humeantes delante de mí y de Ruby.
—¿Podrías machacarlas y añadirles la leche y la mantequilla? Ruby lo hace muy bien. —Lou le sonrió a su nieta, y Ruby cogió la cuchara de madera, frunciendo el ceño en señal de concentración.
Juntas removimos el bol de patatas, viendo cómo la mantequilla amarilla se derretía y salpicaba por el borde. Ruby se rio tanto que se quedó sin aliento cuando un trozo de patata cayó sobre mi camiseta, y discutimos sobre quién lo hacía mejor.
—¿Crees que eres la mejor removiendo? —Arqueé una ceja y le di un codazo en el costado mientras me limpiaba la camiseta—. Dile eso al puré de patatas que has dejado por toda la encimera y en mi ropa. —Señalé la mancha oscura de mi camiseta.
Los ojos de Ruby se agrandaron y su expresión se volvió traviesa.