Cowboy casual Capítulo 8
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Capítulo 8

Blaire

Había pasado todo el día intentando convencerme para no ir a la cena.

Una persona más sensata ya habría llamado a Colt para alegar una intoxicación alimentaria, una migraña o cualquier otra excusa con tal de librarse de ir a casa de sus padres, y yo había regresado a Willow Grove con una sola certeza: tenía que evitar a Colt Calloway a toda costa.

Sin embargo, al tercer día, ya estaba en el porche de sus padres con un cuenco gigante de pudín de plátano entre los brazos mientras June llamaba a la puerta.

Mis argumentos sobre por qué era un error no habían sido suficientes para convencerme cuando lo único en lo que podía pensar era en la manita de Ruby entre las mías mientras se apoyaba en mí, con los ojos inundados de esperanza.

Podría haber decepcionado a Colt, quien, estaba segura, en realidad no me quería ahí, pero no podía soportar la idea de defraudarla a ella.

Ir a cenar esa noche no tenía que ver con Colt. Se trataba de volver a la vida que había dejado atrás y elegir lo que quería de ella.

No estaba preparada para conocer a la madre de Ruby. Me la había imaginado de mil maneras diferentes: lo bastante dulce y sensata como para suavizar el carácter de Colt, o lo bastante rebelde como para seguirle el ritmo.

En cualquier caso, la odiaba por ello, y ni siquiera la conocía aún.

Ruby no había dicho ni una palabra sobre su madre mientras nadábamos.

Habíamos pasado la tarde entre risitas, con Ruby enseñándome todos sus movimientos en el agua y su salto de bomba desde el final del muelle.

Había salido a la superficie con una sonrisa que le arrugaba la nariz y le marcaba los hoyuelos.

Cuando sus pequeños dedos habían encontrado los míos bajo el agua, no la había detenido.

Su mano se había perdido en la mía, pequeña y confiada, como si fuéramos amigas de toda la vida en lugar de conocernos desde hacía solo unas pocas horas.

Pensaba que iba a ser una situación incómoda, quizá incluso un poco forzada, pero había disfrutado de verdad de su compañía.

Su ingenio y sus preguntas tontas me habían desarmado, pero no debería haberme sorprendido lo encantadora que era para tener solo cinco años: al fin y al cabo, era una Calloway.

Las preguntas me picaban en la punta de la lengua. Había tantas cosas que quería saber sobre su vida y su padre… Pero no tenía derecho a preguntárselas. ¿Y si hubiera dicho algo que yo no hubiera estado preparada para oír?

Al final había dejado que esas preguntas quedaran en el olvido, y Ruby y yo habíamos nadado, nos habíamos reído y habíamos flotado una al lado de la otra mientras discutíamos sobre las formas que veíamos en las nubes.

Cuando me había encontrado con June, todavía húmeda por el lago, me había tragado todas las preguntas que me arañaban la garganta.

—Supongo que eso significa que Colt te ha encontrado. —June había sacudido su móvil frente a mí—. Intenté llamarte, pero este maldito aparato no tenía cobertura. —Sus labios esbozaron una sonrisa cómplice que había visto mil veces antes.

Sabía que me estaba provocando, dándome a entender cosas sobre Colt y esperando a que le preguntara.

Pero June y yo éramos del mismo palo, las dos demasiado testarudas para nuestro propio bien.

Debería haberme tragado mi orgullo y haberle suplicado que me contara hasta el más mínimo detalle, así habría tenido algo de protección contra lo que fuera que me esperaba tras la puerta de los Calloway, que en ese momento se abrió de par en par; se me puso la piel de gallina.

June estaba justo delante de mí e inspiré hondo, mientras miraba más allá de ella, hacia el umbral.

De repente, volvía a tener quince años y estaba sobre esas mismas tablas desgastadas, esperando a que Colt bajara rápido las escaleras para poder desaparecer entre las extensas hectáreas del rancho hasta que el atardecer nos hiciera regresar a casa.

—¡No dejes que Blaire se haga daño! —Su madre nos gritaba lo mismo cada vez que nos íbamos, pero apenas la escuchábamos.

Lou Calloway siempre se había preocupado por nosotros, y estaba tal y como la recordaba, ahí, en la puerta, con su escaso metro y medio de altura; se había recogido el pelo oscuro con una pinza para apartárselo de la cara.

Tenía más canas de las que recordaba, pero esos penetrantes ojos azules que tanto Colt como Ruby habían heredado eran exactamente los mismos.

Una sonrisa se dibujó en su rostro al mirarme, e irradiaba esa misma amabilidad que en su día había hecho que esa casa me resultara más acogedora que la mía propia.

—Blaire —susurró mi nombre, envolviéndome en un abrazo tan fuerte que casi se me cayó el pudín. Me estrechó contra ella como si intentara recuperar todo el tiempo perdido en un solo abrazo—. Dios mío, cómo te he echado de menos, pequeña.

Me invadió la culpa.

—Yo también te he echado de menos, Lou —se me escapó de los labios, derritiéndome en sus brazos.

Por fin me soltó y me acarició la cara, pasando los pulgares suavemente por mis mejillas mientras me observaba.

—Estás más guapa que nunca.

—¡Deja que la chica entre en casa, Louise! —oí la voz del señor Calloway desde el interior—. Ya podrás ahogarla con tu cariño y tus preguntas una vez que esté dentro.

—¡Ah, cállate! —exclamó Lou; puso los ojos en blanco y me hizo entrar detrás de June. Me quitó el pudín de las manos sin dejar de sonreír ni un instante—. Esto tiene muy buena pinta, June. —Cerró la puerta—. Owen lleva mucho tiempo pidiendo tu famoso pudín de plátano.

Me empujó suavemente para que avanzara, apoyando la mano en mi espalda, y el aroma a vainilla, carne asada y bollos calientes me resultó tan familiar que no pude evitar sentir una profunda nostalgia.

La casa de los Calloway estaba prácticamente igual que hacía una década: desde los ganchos de la puerta, donde se colgaban los sombreros, hasta el pequeño banco situado junto a una fila de botas gastadas.

—Siempre que su médico diga que no hay problema, le haré los que quiera —dijo June riendo.

—Vamos, Blaire. Todos están en el porche trasero. Están deseando verte.

La seguí por el pasillo, pasando junto a la pared de fotos familiares, y mis pasos se detuvieron al ver una foto descolorida de Colt, Hunter y McCoy, conmigo, junto al lago.

Todos teníamos los brazos y las piernas larguiruchos y unas sonrisas despreocupadas.

La foto seguía colgada en un marco de madera exactamente donde siempre había estado.

Atravesamos el salón hacia la cocina y, al pasar, Lou dejó el pudín sobre la isla, ya repleta de comida.

A través de las puertas acristaladas que daban al porche, los vi a todos: Hunter tenía las botas apoyadas en la barandilla mientras hablaba con su padre, que estaba recostado en una mecedora descolorida.

McCoy estaba abriendo una cerveza y sonriendo hacia el jardín, y seguí su mirada cuando por fin salimos: Ruby iba descalza y el pelo le ondeaba a la espalda mientras Colt la perseguía por la hierba.

Rodearon el jardín de Lou, repleto de flores de todos los colores, y Ruby dio un gritito cuando Colt acortó la distancia entre ellos.

Corrió hacia el porche, pero entonces nos vio en el umbral.

—¡Blaire! —chilló, sin reducir la velocidad; abrió los brazos de par en par y se lanzó hacia mí.

Me agaché, preparándome para el impacto, y ella chocó contra mí; su peso casi me derribó. La cogí, rodeando con mis brazos su pequeño cuerpo, mientras ella me estrechaba el cuello con fuerza.

—Me alegro tanto de que estés aquí. —Se apartó un poco y vi que tenía las mejillas sonrojadas—.

¡Mira lo que te he hecho! —Levantó una de sus manos y me mostró dos pulseras: una bien ajustada a su muñeca y la otra a punto de caerse.

Se quitó la más grande y me la puso. La pulsera era un derroche de cuentas rosas de todas las formas y tamaños, y me encantaba—.

Son pulseras de la amistad. No tenía cuentas con letras, pero papá dijo que no hace falta que tengan letras para que sean pulseras de la amistad.

¡Y a las dos nos encanta el rosa! —Las palabras de Ruby salieron a borbotones, sin aliento, y mi mirada se desvió por encima de su cabeza hasta encontrar a Colt, que estaba en el porche con los brazos en jarras, recuperando el aliento.

Tenía el pelo revuelto por haber corrido y un mechón cayéndole sobre la frente; el sudor le pegaba la camiseta blanca a los hombros. Me obligué a apartar la vista de él y a volver a fijarla en ella.

—Gracias, Ruby. —Hice girar la pulsera en mi muñeca, observando todas las cuentas diferentes—. Nunca había tenido una pulsera de la amistad.

Esa noche había planeado ser cautelosa con ella, no acercarme demasiado, pero ella ya lo había hecho imposible en menos de un minuto.

—Yo tampoco. —Ruby sonrió mientras pasaba los dedos por sus propias cuentas.

—Has hecho un trabajo estupendo eligiendo las cuentas —susurré, bajando la voz como si fuera un secreto solo para nosotras dos—. Las dos sabemos que el rosa es el mejor color.

—Papá me ha ayudado a elegirlas. —Ruby se echó hacia delante y me acarició la muñeca con el dedo. —Esta es una fresa. ¿Y ves esta amarilla? Es un girasol. Papá dijo que teníamos que ponerla aunque no fuera rosa porque es tu flor favorita.

Mis dedos recorrieron las cuentas que ella me había señalado: el óvalo rojo deforme con su capuchón verde que parecía una fresa y, junto a él, aquel pequeño girasol amarillo.

Se me hizo un nudo en la garganta mientras pasaba el pulgar por cada protuberancia irregular y cada curva lisa de plástico, memorizando sus formas bajo mi piel.

—Tiene razón —susurré, y mis palabras apenas se oyeron por culpa de la repentina opresión que sentía en el pecho.