Capítulo 7 #2
Un grupo de robles centenarios marcaba el límite de la propiedad de June, con sus ramas retorcidas extendiéndose hacia el agua.
Las hojas susurraban suavemente con la brisa y, cuanto más me acercaba, más se me oprimía el pecho, cada paso me costaba más que el anterior, como si mi cuerpo ya supiera lo que me esperaba más allá de esos árboles.
Y entonces las oí. La risa de Ruby me llegó primero, con esa alegría burbujeante y espontánea que siempre me hacía sentir un nudo en el pecho.
Pero luego se mezcló con otro sonido, uno en el que no me había permitido pensar durante años.
Reduje el paso al salir de entre los árboles y las vi al final del muelle. Blaire estaba sentada bajo la luz del sol, con los pies desnudos rozando la superficie del agua, y Ruby se aferraba a sus pantorrillas, medio sumergida, levantando una tormenta de pequeñas salpicaduras a su alrededor.
Blaire levantó las piernas y Ruby salió del lago como un pez risueño al que habían pescado, antes de volver a sumergirse con un chapoteo y un grito de alegría.
Blaire me daba la espalda, pero pude distinguir su sonrisa cuando apartó con delicadeza los mechones de pelo mojados de la frente de mi hija.
Me apoyé en el árbol más cercano, sintiendo cómo la áspera corteza se me clavaba en la palma de la mano, y las contemplé durante un largo rato.
Ruby susurró algo y Blaire echó la cabeza hacia atrás, riendo.
Ruby se acurrucó contra ella; los músculos de mi mandíbula se tensaron y di otro paso hacia delante.
—¡Deberíamos hacer una carrera! —exclamó Ruby.
—Nadas como un pez —dijo Blaire con un resoplido, echándose el pelo hacia atrás por encima del hombro. Su piel brillaba gracias al agua del lago que le resbalaba por la espalda, y no pude evitar seguir el recorrido de las gotas con la mirada—. No creo que pudiera ganarte nunca en una carrera.
—¡Eso es porque tienes miedo! —rio Ruby, y le salpicó un poco de agua a Blaire.
—¿Yo? ¿Miedo? —protestó Blaire, llevándose las manos al pecho con un gesto exagerado—.
Que te quede claro que yo ya era la reina de este lago antes incluso de que tú nacieras.
—Movía suavemente las piernas de un lado a otro, y pude ver cómo Ruby se aferraba a ella y se bebía cada una de sus palabras.
—No me lo creo. —Ruby volvió a reír, con el pelo mojado pegado a sus mejillas sonrosadas por el sol. Blaire soltó un gritito dramático.
—¿Perdón? Claro que lo era. Pregúntale a tu padre. Solía nadar más rápido que él por todo este lago. —La naturalidad con la que hablaba de mí me pilló desprevenido.
—¡No puede ser! —Ruby se rio tanto que tuvo que taparse la boca con las dos manos mojadas.
—Es la verdad. —Blaire se inclinó hacia ella como si fuera a compartir un secreto entre ellas dos—. No sé si lo sabes, pero tu padre es muy mal perdedor.
La sonrisa de Ruby se desvaneció un poquito y las comisuras de sus labios se tensaron.
—¿Es por eso que ya no sois amigos?
Blaire enderezó la espalda.
—No he dicho que no fuéramos amigos.
—Dijiste que no dirías eso. —Ruby ladeó la cabeza y entrecerró los ojos, como si intentara entender lo que estaba diciendo Blaire.
—Eres muy lista para tener cinco años. —La voz de Blaire se suavizó; se echó hacia delante y le tocó la punta de la nariz con el dedo—. ¿Te lo han dicho alguna vez?
Ruby le sonrió, y fue demasiado: la forma en que se le iluminaron los ojos, la forma en que Blaire la miraba. Me aparté de la áspera corteza para acercarme a la orilla del agua, y me hice notar carraspeando.
Ruby me vio primero; abrió mucho los ojos antes de que una sonrisa se dibujara en su rostro.
—¡Papá!
Soltó las piernas de Blaire, nadó a patadas hacia la escalera y salió del lago; las tablas de madera crujieron bajo mis botas cuando me acerqué y ella se abalanzó sobre mí, con el agua goteando por sus brazos y piernas; me agaché para cogerla en brazos.
Sus bracitos se enroscaron alrededor de mi cuello y cerré los ojos con fuerza inhalando su aroma.
—¿Estás bien? —le pregunté; me levanté el bajo de la camiseta para secarle la cara.
—¡Sí! —dijo riendo y tratando de apartar la cara de mi alcance—. ¡Blaire me ha enseñado a dar una voltereta hacia atrás bajo el agua, y contamos todos los pececitos!
Me agaché para ponerme a la altura de sus ojos, apartándole el pelo mojado de la cara, pero mi mirada se posó en Blaire, que estaba detrás de ella.
Se había levantado y el agua resbalaba por sus muslos desde el bañador. La luz del sol acariciaba su piel clara, que me dejaba sin aliento.
Nuestras miradas se cruzaron y algo pasó entre nosotros, una vieja y peligrosa corriente que había pasado años intentando olvidar.
Ella me sostuvo la vista mientras alcanzaba su camiseta, y yo observé, incapaz de darme la vuelta, cómo se la bajaba por los pechos, con la tela, ahora húmeda, ceñida a sus curvas hasta deslizarse sobre su vientre.
—Nos lo hemos pasado muy bien, papá. —Ruby se retorció en mis brazos para señalar a Blaire—. ¡Ahora somos amigas!
—Ya lo veo. —Esas palabras salieron a regañadientes de mis labios, delatándome más de lo que quería.