Cowboy casual Capítulo 7
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Capítulo 7

Colt

Subí por el camino de June y apagué el motor. Mi camioneta temblaba y petardeaba mientras yo estaba allí sentado, con el pulso retumbando contra mi sienes.

Iba a casa de June tan a menudo que podía moverme por allí con los ojos cerrados, pero ese día no conseguía convencerme de salir de la camioneta.

June me había estado ayudando con Ruby durante los dos últimos años, echándonos una mano cuando el infarto de mi padre obligó a mi madre a hacerse cargo de su cuidado y a mí a asumir aún más responsabilidades en el rancho.

Al final, resultó que en realidad hacía falta todo un pueblo para criar a una niña. Entre June, mis padres, Hunter y McCoy, habíamos encontrado el modo de que funcionara. La mayoría de los días, al menos.

Pero seguía acostándome casi todas las noches con la sensación de que le estaba fallando a mi pequeña.

Gruñí al bajarme de la camioneta, con el cuerpo dolorido y agarrotado. Flexioné las manos para aliviar el dolor de los nudillos.

Subí los escalones del porche y me detuve ante la puerta mosquitera. Hacía tiempo que había dejado de llamar a la desgastada puerta azul de June, acostumbrado a seguir a Ruby, que entraba corriendo descalza en su casa sin siquiera avisar de que estábamos allí.

Ese día, sin embargo, llamé.

Estaba tremendamente nervioso al dejar a Ruby allí, y esa mañana, al saber que Blaire iba a estar allí, seguía nervioso y cambiaba el peso de una bota a la otra cuando la voz de June llegó desde algún lugar del interior.

—¡Un momento!

El día ya se estaba desvaneciendo, la luz dorada del sol acariciaba cada rincón de la tierra circundante, y me recosté contra la barandilla mientras lo contemplaba.

Este pueblo y el rancho de mi familia, que se extendía más allá de esa valla, eran todo lo que había conocido. Eran todo lo que siempre había deseado.

Aparte de ella.

Siempre había sabido que hacerme cargo del rancho era mi deber, pero nunca me había parecido una carga.

Mis padres nos habían bendecido con esa tierra, con esa vida, y en el fondo sabía que estaba hecho para eso.

Mi padre se había dejado el corazón en esa tierra, y yo también me estaba quedando sin fuerzas.

Siempre habíamos sabido que algún día iba a ser mía y de Hunter, mil acres de responsabilidad que anhelaba tanto como me pesaban, y que se me habían echado encima mucho más rápido de lo que jamás había imaginado.

June abrió la puerta de un golpe, con la mitad de su cabello de mechas plateadas escapándose de las dos trenzas que siempre llevaba. Su sonrisa era más amplia de lo habitual. El aroma de algo cálido y dulce me llegó desde el interior.

—Vaya, qué pinta tienes —dijo, mirándome de arriba abajo hasta detener la mirada en mis botas cubiertas de barro—. ¿Un día duro?

—Se podría decir que sí. —Me crucé de brazos, con el corazón aún latiéndome con fuerza contra las costillas, y señalé con la cabeza hacia la puerta.

Una parte de mí quería coger a Ruby en brazos y desaparecer en mi camioneta hasta que el recuerdo de la noche anterior se desvaneciera por completo.

Pero otra parte, la que me hacía sudar las palmas de las manos y sentir un nudo en el estómago, quería pasar como una exhalación junto a June y recorrer cada estancia de esa casa hasta encontrar a Blaire.

Durante todo el día me había perseguido la imagen de su rostro, la forma en que sus labios se habían entreabierto cuando nuestras miradas se habían cruzado, y cómo casi había perdido la cabeza luchando contra el impulso de acortar la distancia entre nosotros—. ¿Dónde está mi chica?

La sonrisa de June se hizo aún más amplia.

—¿Cuál? —preguntó con tono burlón, apoyándose en el marco de la puerta, con los brazos en jarras.

—Muy graciosa —repliqué, y me obligué a inspirar hondo, tratando de mantener la voz firme—. ¿Dónde está Ruby?

—Te hemos hecho una tarta de fresas —anunció June; dio media vuelta y la puerta mosquitera se cerró de golpe tras ella.

Me sacudí las botas contra los escalones antes de seguirla al interior, donde me envolvió el cálido aroma a vainilla y azúcar.

Olía como en mi infancia, y no pude evitar recordar las carreras que hacía con Blaire a través de esa puerta cada vez que June nos llamaba para decirnos que había estado horneando algo y que había creado una nueva receta con sus montañas de fresas.

June salió de la cocina con una caja blanca de pastelería en las manos.

—Pensé que os gustaría tomarla después de cenar.

Ruby me ayudó unos diez minutos, hasta que Blaire sacó la crema solar, y entonces perdí a mi pequeña ayudante antes de que sonara el temporizador.

—Me tendió la caja, pero dejó sus manos sobre las mías—.

Está en el lago. Han estado allí toda la tarde.

—La mirada de June se posó en mi rostro, y habría apostado lo que fuera a que aquella mujer podía leerme la mente.

—¿Qué? —Apreté con más fuerza la caja al imaginarme a Ruby con Blaire.

Tenía una deuda con June y con medio pueblo que nunca iba a poder saldar por haber intervenido cuando Ruby había necesitado algo de estabilidad en su vida, alguien que llenara los vacíos que yo, por mucho que lo intentara, no conseguía llenar.

Pero Blaire no formaba parte de ese acuerdo.

Ella nunca había formado parte del plan, al menos desde hacía mucho tiempo.

Blaire había sido en su día todo mi mundo, pero en ese momento ese papel lo ocupaba Ruby. Mi hija era la única luz que tenía algunos días, la única razón para salir a rastras de la cama cuando el peso del rancho y de todo lo demás parecía que iba a aplastarme.

La idea de que Blaire regresara a mi mundo, de que estuviera cerca de Ruby, hacía que algo agudo y primitivo se removiera en mi interior. Temía cualquier cosa que pudiera echar a perder la pizca de estabilidad que había construido para mi niña.

Intenté imaginar el momento en que se había enterado de que yo tenía una hija. ¿Ya lo sabía? ¿Se lo habría contado June por teléfono, como había hecho conmigo cuando me había hablado del compromiso de Blaire?

Me había pasado años, desde el momento en que la había apartado de mí, levantando un muro entre mi mundo y aquel en el que ella vivía. Casi todo lo que sabía de ella me lo había contado June o lo había visto en las noticias sobre su padre.

—Ruby lleva todo el día queriendo ir a nadar, y yo ya soy demasiado mayor para eso —se quejó June, y una oleada de culpa se apoderó de mi pecho—. Y ha convencido a Blaire para que la acompañara.

Los ojos de June se encontraron con los míos con una expresión que era mitad disculpa, mitad desafío. Como si me estuviera retando a decir lo que pensaba en realidad, pero ni de coña iba a hacerlo.

—¿Ha comido algo? —pregunté, balanceándome sobre los talones, escudriñando su salón.

—Por el amor de Dios. —June puso los ojos en blanco—. No, Colt. La he matado de hambre. —Se me escapó una risa; moví los hombros, pero la tensión se negaba a ceder—. ¿Por qué clase de abuela sustituta me tomas? —June cruzó los brazos, levantando una ceja.

—Te agradezco mucho, June. No sé qué haríamos sin ti.

—Ya lo creo —resopló ella, y no pude evitar reírme.

—Voy a ir a buscarla. —Di un paso atrás, y mis botas rozaron el parqué mientras me dirigía hacia la puerta—. Probablemente tendré que sacarla a rastras del agua.

—¡Buena suerte! —dijo June con una risita, y su voz se desvaneció tras la puerta mosquitera. Yo ya estaba atravesando el patio a zancadas, y me colé por la ventanilla del copiloto para dejar el pastel sobre el asiento.

Eché un vistazo a la puerta trasera de mi camioneta y me invadieron los recuerdos de Blaire y yo tumbados juntos en otra parecida.

Le había acurrucado la cabeza contra mi hombro y habíamos hablado de todo lo que queríamos en la vida como si ya fuera nuestro.

Ella se había reído al imaginarse a una niña con sus rizos y mis ojos y a un niño con el pelo oscuro y mi carácter testarudo.

Yo había escuchado cada palabra, las había guardado en mi corazón y había convertido esos sueños en mis propios planes.

Ruby no formaba parte de ese sueño. Era algo completamente distinto.

Era mi nuevo sueño, con mi pelo oscuro y mis ojos azules.

Era mejor de lo que jamás habría imaginado, mejor de lo que me merecía, y algunos días me sorprendía a mí mismo mirando cómo dormía y sintiendo un amor tan intenso que me llenaba de luz.

Pero aun así, me dolía el pecho al pensar en cómo podría haberlo vivido si Blaire hubiera sido quien acunara a Ruby en su cadera, enseñándole a trenzarse el pelo como lo hacía June.

Pero esa no era la realidad de Ruby, y que me condenaran si iba a permitir que nadie, y menos aún Blaire Monroe, entrase en el mundo de mi hija para luego desaparecer de nuevo.

Y menos después de todo lo que ya había pasado.

Atravesé el campo, con mis botas de cuero gastadas hundiéndose en el suelo, que aún estaba blando y cedía bajo mi peso por la lluvia que había caído a principios de semana.

El sol de la tarde se acurrucaba bajo en el cielo y proyectaba largas sombras a través de la hierba alta que rozaba mis vaqueros.

La finca de June era mucho más pequeña que las extensas hectáreas del rancho Calloway, pero no por ello menos impresionante.

Nuestras dos propiedades lindaban con la orilla del lago Willow, con dos embarcaderos desgastados por el tiempo que llevaban uno al lado del otro desde antes de que yo naciera.

Cuando miré a la izquierda, vi el orgullo de June: hileras e hileras de fresas, con las plantas salpicadas de flores blancas y frutos maduros que asomaban entre las hojas verdes.

June era nuestra única vecina en kilómetros a la redonda; entre nosotros y el pueblo no había más que colinas onduladas, el amplio lago y el cielo abierto, y a mí siempre me había gustado que fuera así. Me encantaba la inmensidad de todo aquello, la tranquilidad.